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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

CUENTOS

HOMBRE JUGADO

HOMBRE JUGADO

Después de remover el matorral con la luz de su linterna, el taita Sarratea encontró a su hermano Filemón acurrucado a la vera del camino, como puma dispuesto a saltar sobre su presa.

- ¿Qué andás haciendo por aquí –le preguntó.

            La respuesta fue tajante:

            - Menos averigua Dios y perdona.

            Sarratea bajó los párpados y meditó. Si el muchacho agazapado en la oscuridad no hubiera empuñado en su diestra un 38 largo, quizás habría pensado en un secreto amorío juvenil. Pero el arma daba testimonio de una más grave intención:

- Estás por matar a alguien -le recriminó.

            Filemón permaneció mudo comprendiendo el mensaje encubierto de su hermano y bajó el arma. Sarratea insistió:

            - ¿Se puede saber a quién?

            Tampoco respondió Filemón a esa pregunta.

             En el Ford T detenido unos metros antes, el diputado Ponce esperaba el resultado de la exploración previa de su guardaespaldas.  Se inclinó apoyándose en el respaldo trasero del vehículo y preguntó al chófer:

            - ¿Pasa algo?

            - No sé, doctor, en la oscuridad no se ve nada.

            - Está bien, esperemos que vuelva –comentó el diputado Ponce.

            Las elecciones serían el domingo siguiente y el gobernador había manipulado la situación para el triunfo de su caudillo. La votación se haría a voz cantada y el Correo y los comisarios locales colaborarían en el robo y cambio de las urnas. Con todo, corría el rumor de que el presidente de la nación no confiaba en la fidelidad del candidato del partido:

           - Nos volverá locos a todos en el momento menos pensado –confesaba a sus íntimos-. No lo quiero en el Congreso. Encárguense ustedes del asunto.

            La voluntad presidencial había sido trasmitida en forma secreta al comisario del pueblo, que se dijo para sus adentros:

- Entre Ponce y el presidente, me quedo con el presidente.

Hizo venir del calabozo donde tenía detenido a Filemón, conversó con él y le

- Si el doctor Ponce no llega a las elecciones del domingo, me olvido del robo de caballos y del asalto al Jockey Club, y quedamos a mano. Ya sabés que por los caballos la pena es de cinco años y por el asalto a mano armada es de otros diez. Te dejo tu 38 largo, por si te hace falta. Hasta el sábado tenés plazo. Ahora volvé al calabozo y el sábado te doy las balas.

 Para Filemón resultó fácil averiguar que el sábado a eso de las diez de la noche, hora reservada exclusivamente por la regenta del prostíbulo local para los gobernantes y funcionarios, pasaría el doctor Ponce en su Ford T.

Escondido en  el sitio escogido para la emboscada, esperó con paciencia en el matorral. Nadie lo había visto llegar y ocultarse. El atraco se presentaba más sencillo de lo pensado. Pero como el miedo no es zonzo, una duda le martillaba en la cabeza: ¿y si el candidato venía acompañado de un guardaespaldas? Entonces no será uno sino dos, reflexionó, de modo que lo dejó librado al azar.

- ¿Qué tenés para matarlo? –le había dicho su hermano-. ¿No sabés acaso que vivimos de su plata?

La explicación no se hizo esperar:

- El comisario me prometió perdonarme el robo de los caballos y el asalto al Jockey si lo hago.

- ¿Estás seguro de que no me mientes?

- Te lo juro por esta cruz, hermano –contestó cruzando los dedos índices de sus manos y besándolos .- Son quince años.

- Imbécil, nunca aprenderás a vivir. ¿A  tu edad todavía crees en los Reyes Magos?  Te matará ni bien cumplas el pedido para que no queden testigos.

Filemón sintió vergüenza ante el razonamiento de su hermano y se quedó sin palabras para justificarse. En su aturdimiento, alcanzó a oír:

-Ahora dame el revólver y andá a esconderte en la casa del compadre Ramón y no salgas hasta que yo te avise.

Filemón puso el arma en manos de su hermano Sarratea, se arrastró sin hacer ruido por entre las matas y desapareció. El taita lo guardó entre sus ropas y se dirigió parsimonioso hacia el automóvil del caudillo. El doctor Ponce era para Sarratea su salvador y amigo. En dos ocasiones lo había librado de la cárcel por homicidio en asuntos de polleras.

- ¿Qué pasa, Sarratea? ¿Con quién hablabas?

El guardaespaldas no respondió. Súbitamente extrajo de entre sus ropas la Colt que siempre llevaba consigo y apuntando al pecho de su protector, le dijo:

- Discúlpeme, doctor Ponce. Lo hago porque mi viejita no aguantaría la muerte de su hijo menor. Yo, en cambio, ya estoy jugado en la vida.

Dio vuelta la cara para no ver la cara de su protector y descargó su pistola.

EL PERRITO JAPONÉS

EL PERRITO JAPONÉS

              Se llamaba Tomodata y era de oficio mecánico, muy aficionado a la construcción de juguetes. Entre sus méritos contaba con la invención de una muñeca que suspiraba y exhalaba un perfume de rosas cuando se le oprimía el pecho. Sin embargo, su obra cayó en el olvido cuando en los Estados Unidos apareció la grácil figurilla de Barbie con su acompañamiento de vestidos, casa y enseres domésticos.

            Esto le sucedió a fines del siglo pasado, cuando todavía se creía que las cosas inanimadas no pensaban. Llegó entonces la electrónica del brazo con la cibernética y sus deslumbrantes promesas, y adiós a los juguetes con engranajes y baterías, movidos por la voluntad de sus dueños. Tomodata se propuso entonces idear una mascota que pudiera resolver los problemas del exterior con criterio propio

             Se inclinó por los caninos, inspirado en su inseparable perrita Tuigi que lo acompañaba paciente y sumisa en sus interminables horas de trabajo, extendida a sus pies  del hocico a la cola. Por momentos giraba la cabeza a uno y otro lado y levantaba las orejas tratando de interpretar a la distancia cualquier sonido errabundo, o husmeaba cuanto insecto minúsculo le pasaba por delante. Miraba luego a su amo indicándole que no había peligro a su alrededor, para volver finalmente a su posición inicial y dormitar hasta la aparición del próximo sonido o intruso desconocido. Satisfacía su hambre con las escasas migajas que caían al piso del emparedado de queso de su señor y resistía a la sed y demás necesidades hasta que Tomodata se levantaba de su silla y salía al jardín a tomar un poco de aire fresco y tonificar su imaginación. Siempre a su pies, más de una noche la pasó sin comer por olvido del laborioso mecánico.

              En su empeño de lograr un perrito lo más acabado posible, Tomodata asistió a exposiciones en todo el país, aprendió inglés para leer manuales traídos de América y mantuvo correspondencia epistolar con algunos cerebros del Silicon Valley de California, paraíso de la cibernética. Se rumoreaba que el mismísimo Bill Gates le había enviado una tarjeta postal de fin de año animándolo en su proyecto y que un descendiente de Edison lo había distinguido con el aporte de una copia de las memorias íntimas de su abuelo sobre los secretos del arte de inventar.

              No le sirvió de mucho que digamos, pues la fórmula consistía el olvidarse de las ideas aprendidas y poner en su lugar otras nuevas y diferentes. ¡Vaya novedad!, pensó. Si al menos me hubiera indicado dónde encontrar una idea novedosa. Es como la explicación que Miguel Ángel dio en su época sobre el arte de esculpir: sacarle a un bloque de mármol lo que sobra de la figura que pretendemos lograr. La historia de una famosa muñeca china tampoco le resultó provechosa, porque su inventor tenía que meter la mano para hacerla acostarse, sentarse en una silla o arrodillarse a rezar al Gran Dragón.

En la ilusión de Tomodata su perrito tendría que ser capaz de darse cuenta de todo problema y resolverlo por sí mismo. No sabría decir si el mecánico se habría hecho merecedor del castigo de los dioses, considerando que no pretendía un lucro económico y le bastaba con la simple satisfacción de la labor cumplida. No sabría decirlo además, porque yo no estaba en el alma del artesano y mi pobre formación religiosa no alcanzaba para discernir si su afán por las cosas de este mundo se había convertido o no en el pecado de orgullo y soberbia.

Otros varios progresos se añadieron  con el tiempo a los ya obtenidos. Su perrito electrónico movía la cola hacia arriba y la dejaba enhiesta cuando detectaba algún peligro y la meneaba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, nerviosamente, si el incógnito obstáculo resultaba ser un presunto animal enemigo. Había aprendido a tomar la comida de un plato separando la carne de cualquier añadido extraño; orientaba su cabeza con la orejas levantadas y ladraba desde la lejanía a los pájaros invasores. Su mecanismo interno era tan sutil, que había incorporado la habilidad de arrastrarse con la cola entre las patas cuando su amo lo reprendía.

El inventor llegó a sentirse satisfecho. La programación electrónica preveía casi prácticamente toda forma de reacción y comportamiento. La inteligencia artificial del perrito había llegado al increíble punto de percibir el diferente tono de los mandatos, y quedarse quieto sin responder si la voz de orden le era dada en un idioma que no fuera el japonés o el inglés.  Y como todo buen perro, no se preocupaba si su amo era rico o pobre, ni hacía distinción entre un lecho suntuario y un mísero cuchitril. Unos pasos más y su mascota estaría en condiciones de igualar al perro guardián del convento budista próximo, que permitía la entrada al recinto tanto a los monjes residentes como a los feligreses nuevos, pero gruñía y atacaba a dentelladas a cualquier polizón que se disfrazara de creyente. Pero Tomodata confiaba en que arribaría pronto a ese grado de exquisitez.

Lo probaba secretamente en todas las situaciones de vida que se imaginaba, corregía los defectos y dotaba al juguete cada vez de mayor memoria de recursos. Logró instruirlo para ponerse a cubierto cuando llovía, saltar por encima de una piedra si obstruía  su paso y caer sobre sus patas sin trastabillar. Con el tiempo el perrito aprendió también a leer el reloj. Miraba con atención el cuadrante, entornaba los párpados en actitud de pensar y levantaba una pata delantera, dos, cuatro, quince o veinticuatro veces, según fuera el momento del día. Por el momento era suficiente. En unos meses más le enseñaría a leer los minutos.

Llegó por fin el día en que Tomodata consideró que su invento había llegado a un grado casi perfecto de evolución, se sintió satisfecho, vio que su obra era buena, como el dios hebreo Yahvé, y decidió tomarse un mes de reposo, el séptimo día, y presentarlo después al público. Por consejo de un comerciante norteamericano resolvió ponerle nombre y lo bautizó Silly –sedoso-, de pronunciación casi idéntica en todas lenguas modernas, fácilmente memorizable -dos sílabas-, y acorde con la textura de la piel artificial.  Se ofrecería  en el mercado dentro de un estuche de aterciopelado, y más aún, con algunos repuestos adicionales que prolongarían la vida útil del prodigio, y sorprendentemente, con el agregado de un certificado de nacimiento.  El lanzamiento se realizaría el próximo 6 de enero del año 2000, conforme al calendario occidental, en el Kennel Club de Tokio.

El día y hora anunciados unos dos mil espectadores colmaban el anfiteatro en derredor del círculo donde Silly demostraría sus habilidades y destrezas al mundo.  Fabricantes de juguetes de todo el mundo, ingenieros electrónicos, inventores, periodistas, camarógrafos de varias cadenas de televisión, criadores de perros y cazadores de primicias aguardaban entre comentarios y discusiones al prodigio anunciado. Alguien creyó notar la presencia del superior de una orden religiosa, versado en la interpretación del Apocalipsis de San Juan, escandalizado por la posibilidad –satánica en su opinión-, de que el inventor pudiera ser en el nuevo milenio un representante del Anticristo.

Tomodata, vestido de pulcro frac negro, pantalones, camisa y corbata occidentales, con un lujoso kimono sobrepuesto a la usanza del país, hizo su aparición con su perrito dentro de una caja de cristal cubierta de un manto brilloso, destapó el contenedor, lo extrajo con ademán solemne  y lo mostró a los asistentes con los brazos en alto. Lo depositó con suavidad sobre una mesa  y le ordenó:

                 -Saluda, Silly.-  El perrito ladró dirigiendo su cabeza a uno y otro lado. Saludar al prójimo es lo más natural que puede venirle a la mente a un mortal cuando se encuentra en el camino con un semejante, pero  los eruditos saben que eso significa desearle buena salud.  Tomodata nada conocía de esta etimología y por consiguiente mucho menos su engendro mecánico, que sin embargo saludó. Un fuerte aplauso recompensó la hazaña. 

                 -Llora –fue la segunda orden.- Silly se extendió sobre su vientre en el suelo, se tapó con sus manos los ojos y a los oídos de los espectadores llegaron los sonidos de un lamento.  El llanto quita la penuria del remordimiento y descarga el dolor del corazón. Pero aunque Silly había llorado sin lágrimas, el público estalló en una estruendosa salva de aplausos. Cuando el asombro ante un portento abruma, la explicación se hace innecesaria.

Bajo el imperio de los tres mandatos siguientes, el prodigio electrónico bailó sobre sus patas traseras, saltó por encima de una cuerda horizontal y gruñó amenazante a un gato negro que le pusieron delante. Los aplausos cedieron paso a estruendosas ovaciones que atronaron el recinto.

Llegó el turno de la siguiente prueba. Un silencio de tumba se suspendió en el aire y lo puso tenso. La creciente expectativa afloró en los rostros. Tomodata se recostó en el piso apoyado sobre uno de sus brazos y de sus labios brotó la orden final:

-Si me quieres, Silly, bésame –dijo. Esta vez la orden implicaba una condición previa dependiente del servidor. Era un si subordinado a la reacción ajena, un encuentro entre la voluntad del perro y su amo. Los papeles se habían cambiado y la clave del éxito estaba en el lado opuesto.  Pudo haberle ordenado sencillamente que lo besara, pero no lo hizo.

El obediente perrito miró a su amo y no hizo movimiento alguno. Tomodata no pudo ocultar en su rostro la perplejidad, y en la vacilación, optó por insistir en su demanda. Tampoco obtuvo respuesta. ¿Acaso un mecanismo podría insubordinarse contra su creador?

El inventor transformó entonces su exhortación en un tonante imperativo que cruzó el anfiteatro como un atronador relámpago. Su ímpetu espontáneo no tenía explicación posible, puesto que un grito no puede acrecentar la razón de un pensamiento.

-¡Bésame!

Ante el asombro o quizás el desencanto del público, el autómata Silly se mantuvo inmutable.

De pronto, se vio salir corriendo de entre el público a su  perrita Tuigi, ladrando a los saltos y agitando como bandera su cola,

acercarse a su amo, y lamerle gozosamente su boca.

Estas cosas no suceden, pero debieran suceder.

CAMPEONATO DE SUICIDIOS

CAMPEONATO DE SUICIDIOS

     En estos tiempos en que todos o casi todos coincidimos en que los hombres nacemos a la vida con iguales derechos, llama la atención que mientras por un lado se proclama a todo viento esa igualdad, por otro se realizan competencias en el norte y en el sur, en el este y el oeste, para decidir quién es el mejor de los iguales. Esta incongruencia puede imputarse en la cuenta de los organizadores y de los participantes. Los primeros vaya uno a saber por qué causa, aunque hay razones para suponer que son el espacio de poder y notoriedad, mezclados con el dinero. Los segundos, porque en las competencias se ganan fortunas, se obtienen privilegios fotográficos, de promoción y de popularidad,  y muchos más, pero fundamentalmente porque el placer de ser mejor que el otro, de vencerlo y superarlo,  parece brindar una gratificación inmensa. Se diría –si no se oponen los psicólogos- que este impulso de triunfar forma parta de la naturaleza humana, como el apetito, la sed, y el sentido del dolor.

     Mientras los psicólogos discuten el problema, el mínimo conocimiento histórico permite comprobar la existencia de la oposición o lucha entre los hombres por lograr y ostentar la supremacía. Los combates de los samurai japoneses, las olimpíadas de los griegos, los espectáculos circenses de los romanos, los torneos de los caballeros medievales, las juegos olímpicos modernos, los concursos mundiales de belleza, los campeonatos nacionales, continentales y mundiales de fútbol, en fin, son algunos de los más notorios. Faltan que se instauren las competencias opuestas, las de los peores, que llegarán algún día, porque ser el peor de todos es también una manera de ser el único, y a buen seguro habrá fotografías, primeras planas en  las revistas, dinero en efectivo y otros privilegios. ¿Qué tal un campeonato de los más feos, de los más gordos, de las más descocadas, de los más criminales? Ya vendrán, todo es cuestión de tener paciencia y no desesperar en este siglo XXI donde nada es improbable. Si mis cocimientos no me traicionan, creo que los indios  no han caído en esa incongruencia, porque no se han registrado competencias de fakires en lechos de clavos,  de ascetas en oración, ni de encantadores de serpientes. 

     Sin remontarnos a la respetable antigüedad, nos consta que casi toda cultura o pueblo cultiva alguna especie de competencia: carreras de embolsados, camareros de café con bandejas cargadas, lanzamiento de objetos a la mayor distancia, ingestión de hamburguesas o salchichas, subida a palos engrasados, incrementados ahora con saltos en paracaídas desde la mayor o menor altura posible, inmersión en aguas sin respiradores, longevidad, procreación de hijos, natación submarina entre cardúmenes de tiburones, duración de abrazos y besos, y es de esperar, número de divorcios y de adulterios. La modernidad no respeta ni siquiera a los niños, dado que los hace competir en duración de los llantos, menor edad en caminar sin caerse, rapidez en los cálculos aritméticos mentales, y así etcétera.

     Las formas de competencia proliferan escandalosamente. No contentos los humanos con competir entre sí, han tenido la ingeniosidad de involucrar en sus desvaríos a los animales. Hoy puede asistirse a carreras caballos, de perros, de pulgas, de cóndores, de belleza entre mascotas caninas, sin que los espectadores se inmuten.

     Frente a estos hechos, alguien podría pensar que en esto de ser el ganador, la civilización ha llegado al límite. Ingenuo error. Faltaría en mi opinión otro campeonato, el campeonato de suicidios. Me lo imagino así. Un comité organizador convoca a los interesados a un campeonato de suicidios, con inscripción gratuita y un premio de 1.000.000 de dólares. Cada aspirante debe entregar en ese momento un sobre cerrado y lacrado con el nombre de beneficiario. Precio de entrada para los 100.000 espectadores, 2.000 dólares. Total de ingresos, 200.000.000 de dólares. Menos 5.000.000 de gastos organizativos y 1.000.000 para el premiado, da un beneficio bruto de 194.000.000.

      El día anunciado, se presentan en el estadio, en un escenario apropiado, cuatro candidatos. Comienza el espectáculo y el primer sorteado saluda con su diestra al público, extrae de un bolsillo una pastilla de cianuro, la ingiere y cae muerto en segundos. Se escuchan intentos aislados de aplauso que cesan de inmediato. ¿Aplaudirlo porque ha participado o guardar silencio por respeto a su muerte? Nadie lo había pensado, ni sabía que el enfermo desahuciado por los médicos había hecho testamento el día anterior en beneficio de su pobrísima familia.

     Después de retirarse el cuerpo, una campana hace saber que le toca el turno al segundo. No se oye entre el público ni el suspiro de un gorrión. El hombre, con rostro de oriental, extrae una daga curva de entre su atuendo, se la inserta en el bajo abdomen y cae sin proferir palabra en medio de un charco de sangre. Un médico revisa el cadáver y constata su muerte, que comunica al jurado con un gesto de cabeza. Nadie sabía que era un samurai sentenciado a muerte por sus compañeros debido a un acto de cobardía.                  

     El tercero cometió el suicido sin gran espectacularidad. Extrajo una pistola de su cintura, apuntó a su corazón que tenía marcado en el pecho para no errar el disparo y pasó al otro mundo. Como en los casos anteriores, nadie conocía las razones del acto. Era un asesino serial, autor de once asesinatos, acorralado por la policía, con una sentencia segura a la cámara de gas.

     Cerraba la serie el cuarto inscripto. Se presentaba con una vestimenta promiscua, un pantalón vaquero cuidadosamente deshilachado y desteñido, una chaqueta de cuero abultada en la cintura y un turbante oriental arrollado en torno a la cabeza. Al sonar la campana indicando el momento de ejecutar el suicidio, el desconocido abrió súbitamente su chaqueta, giró su cuerpo mostrando a los asistentes una faja negra con explosivos y un dedo metido en una argolla para hacerlos explotar. A la sorpresa siguió el pánico cuando el candidato se bajó del estrado y comenzó a caminar frente a las tribunas. El espectáculo convirtióse en un pandemonio de corridas tumultuosas, alaridos  de horror, pisoteos, atropellos, con heridos y lastimados, revolcados y aplastados, mientras el prometido suicida actor caminaba con un brazo en alto como torero vencedor en la arena y se esfumaba del estadio con rumbo imprecisable.

     Nadie quedó en el recinto. Los organizadores se refugiaron en su centro de operaciones, gozosos de que la masacre no se hubiera consumado, y se apresuraron a buscar el sobre con el nombre del beneficiario. Lo abrió el presidente del comité, levantó las cejas y bajó las comisuras de los labios, mientras leía el texto: “Estúpidos.”

DUELO CRIOLLO

DUELO CRIOLLO

El mulato Eusebio, con las manos apoyadas sobre el fuste de la montura y el cuerpo inclinado hacia delante, interrumpió la siesta del gaucho Cuenca con la escueta fórmula tradicional:

- Ave María Purísima.

     - Sin pecado concebida –agradeció Cuenca ratificando al mismo tiempo la fe común.

     Un diálogo de miradas, sin palabras ni pestañeos, inmovilizó la escena. Eran miradas escrutadoras en procura de un indicio revelador. 

     - Amigo –dijo el recién llegado-, estoy ofendido con usted y vengo a matarlo.

     - Si usted lo dice…

     - Nazareno era mi hermano.

     - Ajá…

     - Usted lo mató.

     - Quiso quitarme a la Manuela y tenía que escarmentarlo. Ella es mía.

     - Pues vengo a llevármela. Démela.

     Fue todo. El mulato desmontó parsimonioso . Cuenca se puso lentamente de pie. Hacía pocas semanas que Cuenca y Manuela habían llegado a orillas del río Dulce huyendo de la partida policial que los perseguía. El crimen había ocurrido delante de testigos, por culpa de la propia víctima. A Nazareno lo habían escuchado en la pulpería afirmar, entre trago y trago, que las hembras son del que las puede agarrar. Sin saberlo, había rebajo a la condición de antojo personal el texto bíblico que “no es bueno que el hombre esté solo.”

     - ¿Con qué nos divertiríamos si no los varoncitos?

     En la carrera cuadrera Nazareno había visto a la Manuela por primera vez y sus instintos habían aflorado. Pensó que su decir ingenioso y su fama de enamorador bastarían para seducirla. Pero allí estaba Cuenca, el dueño, observando en silencio el intento de despojo. Nazareno miró con desdén por encima del hombro a su oponente e insistió en su pretensión, confirmándola con un escupitajo despectivo.

     Cuenca desenvainó su facón y acabó con hombría la insolencia. Mientras secaba el acero en la suela de su bota, explicó a los testigos su razón:

     - Tuve que matarlo, no más. No se ofende así a un paisano.

     El destino lo había puesto ahora frente al hermano. Al apearse el mulato Eusebio se quitó el poncho, lo arrolló como escudo en su brazo izquierdo, y con el arma alerta, invitó a su rival:

     - Cuando guste, amigo.

      Cuenca, impasible, se debatía en sus adentros por alejar el recuerdo de la mueca mortuoria de Nazareno. Tomó a su vez el poncho, envolvió su brazo, y con el arma apretada en su puño, previno a su desafiante:

- No me obligue, mi amigo. Dos hijos muertos son mucho para una madre.

El mulato respondió:

- La mía puede parir otros dos sin llorar.

La respuesta de Cuenca no se hizo esperar:

- Siendo así, qué le vamos a hacer.

Una turbonada de polvo se levantó cubriendo los pies de los duelistas. El relampagueo de los puñales  anticipaba la inminencia de una muerte.

    La figura de la Manuela se recortó entonces en el vano de la puerta del rancho, atraída por el golpeteo de los cuchillos. Desde allí se escuchó su voz:

- No te dejes matar, Cuenca.

    Un viajero español por tierras argentinas refiere en sus memorias que ha visto morir a muchos gauchos sin una queja de dolor. Cuenca volvió a limpiar la sangre de su cuchillo en la suela de sus botas y dijo su lamento:

     - Si al menos no hubieran sido hermanos… 

EL PLEITO DE LAS GORDAS Y LAS FLACAS

EL PLEITO DE LAS GORDAS Y  LAS FLACAS

      De vez en cuando no viene mal repasar los textos que alguna vez hemos leído y sobreviven empolvados en los estantes de nuestra memoria. Digo más aún, es necesario hacerlo para no caer en transgresiones por olvido y provocar daños a nuestros semejantes. Revisando por ejemplo la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948) y la Convención Americana sobre Derechos Humanos (1978) que la complementa en el área de América, descubro que por olvido muchas personas están transgrediendo un derecho, como lo es el de que todos los seres humanos tienen a ser reconocidos y respetados “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma,   religión, opinión política o de cualquier otra índole.”

     En efecto, entre mujeres y hombres no debe haber ninguna distinción, pese a que la imprecisión del corte entre lo femenino y lo masculino no ha alcanzado todavía un grado satisfactorio y emergen a menudo rebrotes de feminismo y de machismo, sin contar con que hay varones feministas y mujeres machistas.

     En cierta república sudamericana caracterizada por estar siempre en desacuerdo con alguien o con algo, se ha promovido últimamente una discordia inesperada. Dentro de la especie misma de las mujeres, un sector, el de las gordas, o mejor el de las obesas para decirlo en lenguaje científico, ha creado una organización no gubernamental en defensa de su derecho a la gordura, violado a su entender por el auge de las delgadas en la televisión y por la exclusión de toda gorda de los concursos internacionales de belleza.

    La querella lleva ya cinco años en el tapete, con intensidad alternativa, pues en pleno verano las flacas ostentan a todo viento sus cuerpos gráciles y estilizados aprovechando que las gordas no pueden hacerlo porque el calor las abruma  y la estética se les opone. En invierno, en cambio, las gordas se esconden en vestiduras amplias y así algo aprovechan de la vida,  al paso que las flacuchas se ven forzadas a envolverse en pieles, bufandas y gorros sin poder exhibir sus excelencias corporales. De todos modos, el problema de la diferenciación subsiste y las leyes de los derechos humanos no se cumplen.

     En el caos de opiniones, el presidente decidió convocar  a su despacho a cinco de los juristas más afamados de La Haya para que lo asesoraran en la toma de decisión. Quedó pasmado de asombro cuando se encontró con que tres eran mujeres, dos gordas y una magra. Las dos gruesas sacaron de su error al presidente asegurándole que no era cierto que por cada siete mujeres gordas hubiera otras siete flacas, como en el caso de las siete vacas gordas y las siete flacas que postulan los economistas. La tercera de las mujeres, una letona desmirriada, enteca y enjuta, opinó que el invocado problema era inexistente, puesto que se es gorda hasta los setenta años y flaca desde los setenta en adelante, debido a que la naturaleza se encarga de desengordar a las grasosas hasta emparejarlas con las raquíticas.  Según era de esperar, ni fu ni fa.

     El presidente, que se regía por el principio chino de que la verdad está siempre en el medio, razonó que las dos gordas hablaban como gordas, y la flaca lo hacía como flaca, y que no existía un término medio entre dos y uno. Haciendo entonces gala de su vocación democrática, estimó que para dirimir el conflicto lo mejor era entrevistar a la representante de la Liga de la Gordura en primer término, y luego a la delegada de la Liga de la Flacura.      

     Ambas expusieron sus argumentos al presidente y responsabilizaron a personas e instituciones a diestra y siniestra, a la UNESCO, a la Convención de San José de Costa Rica, a la CIA, al Fondo Monetario Internacional, a la Reserva Federal, al Consenso de Washington, al catolicismo, al judaísmo, a los musulmanes, a Fidel Castro, a Bush, a Condolezza Rice, a Bin Laden, a Soros, a Greenspan, a los fabricantes de lácteos, a los productores de azúcar, a los laboratorios medicinales, a los entrenadores personales, a lo criadores de cerdos, a las empresas aceiteras, a los fabricantes de dulces y golosinas, a los inventores de regímenes dietéticos. Nadie, ni el Creador se salvó de la queja, por no haber previsto en su plan de salvación beatífica un paraíso especial unificado para las féminas .

     El presidente, aturdido entre los cientos de alegatos, razonó: “Pero yo no estoy para hacer bien lo que el Creador hizo mal”. Pidió una tregua de cinco días corridos para 

dictaminar, sin darse cuenta de que si el juez es ignorante, no puede saber cuál de los litigantes tiene la razón.  Recordó un caso que uno de sus consejeros le había referido hacía años, en el que un monarca de la China debía decidir cuál de dos mujeres que se disputaban la maternidad de un infante era la verdadera. Sentenció que se cortara al niño en dos y se le diera a cada peticionante una mitad. La madre auténtica gritó de dolor y renunció al niño antes de que lo dividieran, al tiempo que la segunda permanecía indiferente. Comprendió que el ejemplo no le servía puesto que no había un tercero en disputa y no podía tampoco dar a la gruesa la mitad de la fina y a la fina la mitad de la gruesa. ¿Qué hacer en la encrucijada?

      No le quedaban sino dos soluciones, enflaquecer a las gordas o engordar a las flacas. No tuvo que devanarse mucho los sesos para entender que una cosa barata es más conveniente al gobierno que otra cara; las esqueléticas son muchísimas menos que las regordetas y economizaría un vagón de billetes subsidiando a las primeras antes que a las segundas, con el agregado de que la adiposidad no se soluciona, y si se logra, retorna al poco tiempo. Que las burbujas la eliminan, que el jugo de naranjas es altamente eficaz, que caminar diez minutos en determinado aparato gimnástico equivale a recorrer una legua, que evitar las bebidas gaseosas disminuye un kilogramo de peso por quincena, que el chocolate es el demonio engordador, son todos engaños comerciales, lobos disfrazados de corderos.   Como máximo estímulo democrático, premiaría con un cargo de ministra a la campeona del programa nacional de engordamiento.

     Todavía está en marcha el campeonato y sólo resta esperar. 

AUTOBIOGRAFÍA COMPUTADA

AUTOBIOGRAFÍA COMPUTADA

     El asesor presidencial le indicó que debía mejorar su imagen para ganar las elecciones. El inconveniente estaba en que el candidato no tenía antecedentes propios y se hacía necesario crearlos. Le recomendó entonces que escribiera una autobiografía para difundirla  entre el pueblo. Pero ¿cómo encontrar una imagen más convincente que las ya publicadas por sus competidores? Nadie cree en los libros escritos por los políticos pues ya se sabe que los escriben periodistas a sueldo.

     Pero el asesor de Nemo Neminis era superior a los asesores ajenos y se puso en la tarea de redactarla con datos extraídos de Internet y la Wikipedia. Navegó por las enciclopedias más acreditadas de occidente y leyó las vidas de gobernantes famosos en la historia con la intención de  adaptarlas a las circunstancias de su empleador.   

     Después de diez jornadas de trabajo había extractado ya unas trescientas biografías ajenas, antiguas y modernas, una lista demasiado extensa para reproducirla íntegramente aquí. Me limitaré tan sólo a  las escogidas para el candidato Nemo Neminis por considerarlas básicas en esta especialidad.

     Como en estos tiempos lo más seductor para los votantes es prometerles riqueza, salud, sexo y poder, el asesor seleccionó una frase de Pietro Aretino, “El que es pobre es bueno” y le indicó a su cliente que castigara en el libro a los ricos y los culpara de la  pobreza ajena. Los pobres son pobres porque los ricos los han robado y yo restituiré a cada uno lo suyo, pensó. Agregó un pensamiento de Juan de Castellanos actualizado en la jerga popular. “Y si el rico defiende sus alhajas, los pobres no se duermen en las pajas.” En la nueva versión quedó  “Los ricos defienden sus campos; yo defenderé a los campesinos. A cada trabajador rural, su propio campo.”

      En el tema de la salud, el asunto se volvió más difícil. Nemo padecía de cálculos en los riñones, arritmia cardíaca y úlcera duodenal y no podía tomárselas con los médicos porque su galeno privado se ofendería. Pero algo había que prometer y se quedó con esta  modificación  de una milenaria máxima anónima: “Las enfermedades no las escogemos nosotros, nos vienen sin pedirnos permiso. Las afrontaremos y les daremos batalla hasta vencerlas. Nadie morirá de enfermedad, sino de muerte natural.”   

     El tercer tema a desarrollar se refería al sexo y aunque Nemo era machista hasta la médula de sus huesos, sabía que las mujeres también votan y había que prometerles algo. Pensó inicialmente prometer “A cada mujer un marido personal”, pero desistió ante la objeción de que si bien es cierto que las mujeres quieren tener su propio marido, no aceptarían que se los eligiera el Estado. Razonó además que los homosexuales no tendrían que ofenderse y que en realidad las mujeres no tenían gran necesidad del apoyo del gobierno pues en esta elección materia se las arreglan bastante bien solas. Él mismo tenía su propia pareja y no podría ocultarlo, de modo que era mejor alejarse del tema del matrimonio y abordar a las mujeres por otro lado. El de la maternidad era la solución, aunque el problema de la esterilidad, la concepción in vitro, las madres sustitutas y demás materias conexas lo introducirían en el campo de la bioética y lo enfrentarían con las electoras católicas y la Iglesia. ¿Entonces? Podría hacerse el distraído y pasar por alto el tema, pero como las mujeres constituían la mitad del electorado, correría el riesgo de perder su voto.

     En esa encrucijada, su asesor le recomendó prometer un poco a cada parte, que era como no prometer nada a ninguna y asunto resuelto. La solución estaba en los derechos humanos de las mujeres, reconocerlos sin amedrentar a los varones. Las ideas proliferaron a diestra y siniestra: casas de tránsito para madres solteras, leyes rápidas de adopción, pensiones para madres sin esposos, seis meses de vacaciones pagadas antes y después del parto para las obreras, asistencia psicológica para las embarazadas primerizas, salas cunas en las fábricas para dejar a los niños mientras se trabaja, enfermerías de primeros auxilios en cada población, vacaciones gratuitas para madre e hijos de padres desconocidos, y mil franquicias más. El único obstáculo era la falta de recursos.

    –En su momento lo veremos –dijo Nemo Néminis-. Si no alcanzan, no alcanzan. Para sus honorarios no faltarán. Por ahora lo importante es la autobiografía. Busque usted las ideas convincentes y un eslogan atractivo. Pasemos al tema del poder.

     –Aquí tengo disponibles varias frases de autores célebres. Hay una de Arquímedes que me gusta mucho: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

    -¡Qué buena! No me diga más. Déle una redacción popular y nacional y ya tenemos de paso la consigna para las próximas elecciones.   

     Los comicios se realizaron y Nemo Néminis ganó las elecciones con su autobiografía computada. Yo no he podido leerla y por lo tanto no podría decir si es buena o mala. De lo que sí estoy seguro, es de que el vencedor no se sintió avergonzado.

                                         

AMBROSIO PAREDES ME DICEN

AMBROSIO PAREDES ME DICEN

     Se llamaba realmente Nemesio Leiva, pero sólo de día, porque de noche era Ambrosio Paredes.

     Cada hecho tiene su escenario propio para suceder. En lugares de iluminación profusa la indiscreción lumínica entorpece el fingimiento y delata los pasos furtivos. La oscuridad hipócrita favorece desde los tiempos de la candela de aceite los amores espurios y los atracos en los callejones.

     En el suburbio de Barracas, donde se asienta la espuma proletaria de obreros y artesanos abandonados por las olas atlánticas, Nemesio había aprendido gracias a su deambular callejero esta elemental verdad. El tango presumido engaña al ruedo de admiradores y apostadores los sábados y domingos por la noche,  bajo el relumbrón agonizante de las asmáticas lamparillas eléctricas. El cuchillo justificador del honor engreído ostenta su insolencia en el cinturón de los bailarines, en la espera paciente y silenciosa del desafiante que ponga en duda la valentía del  taita portador.

     Es esa lánguida frontera donde la pampa y el asfalto discuten el derecho de avanzar, Nemesio Leiva ha comprendido que su redención social requiere abrirse paso desde los   cafetines y bailongos arrabaleros hasta los cabarets del centro de la ciudad, donde las damas ricas distraen su aburrimiento conyugal en procura de un auténtico macho salvador, y donde la lenidad de las leyes y la corruptela de los vigiladores públicos hacen vista gorda al delito a cambio de un  fajo de billetes.     

     - El cuchillo es lo único que respetan los hombres –le había dicho su madre-. Si lo desenvainas, húndelo hasta el fondo.

    En su recoveco del fondo del conventillo esperaba que el traqueteo del tranvía del Bajo hubiera despertado al más remolón de los inquilinos para liquidar del todo el silencio nocturno con su sinfonía de martillazos y el canturreo de valsecitos criollos. Fungía de hojalatero alargando la vida de cacerolas y cacharros de metal con su destreza en el golpeteo y la soldadura de estaño, matizados de tanto en tanto con los resoplidos de satisfacción por los resultados obtenidos.

      Complaciente y amistoso, sus vecinos del inquilinato recogían de sus labios los buenos días prometedores, el elogio estimulante del traje o vestido recién estrenados, las felicitaciones gozosas por el premio ganado en la quiniela, cuando no el piropo zalamero que hacía sonreír ir y exagerar el balanceo de cadera de las muchachas en estado de merecer. Mas a pesar de su locuacidad reconfortante, nada ni nadie había logrado perforar la coraza de su intimidad, ni siquiera el coqueteo provocativo de la diosa del albergue al pasar delante de él en busca del agua para el puchero diario en la canilla común.

     Por las noches mudaba su vestimenta obrera apretándose dentro de un angosto pantalón de fantasía rayada, un saco de impecable negrura con ribetes blancos en las solapas y cuello, y un chambergo de ala requintada. Completaban su atuendo de valiente unos espejados zapatos de cabritilla negra y el legendario pañuelo de seda blanca con el monograma bordado A.P.  Con estos atavíos de vestuario advertía a los parroquianos del cafetín que debajo de la faja de su cintura dormitaba latente la muerte al filo de su facón.

     Para los vecinos de Barracas no pasaba de ser un presumido enamorador de hembras, último ejemplar quizás de una estirpe en extinción, despojada ya de su fama heroica y salpicada por la irreverencia burlesca de la nueva generación. Acorralado entre dos fidelidades, Nemesio Trejo se inclinaba por la heredada consigna de su madre en su lecho de muerte:

     -Sé algo, hijo mío. Nosotros no pudimos.

     Para los varones de la lunfardía, el culto del cuchillo letal venía después de Dios y del amor a la viejecita. Nuca se sabe por qué se mata, pero es algo que no se puede evitar. Forma parte del destino y sucede en el momento menos pensado, sin buscarlo, como sucede con el amor. Quien traiciona al caudillo político o infama a la mujer del prójimo se ha internado en el laberinto del cuchillo. El honor se limpia únicamente con la sangre chorreante del filo acerado.

     En los lúgubres bailongos de Nueva Pompeya, los compadritos menores abrían paso a Ambrosio Paredes cuando entraba en los locales vecinos a confirmar su fama de taita mayor, no fuera que olvidaran su nombre o buscaran sustituir su señorío. Si se anticipaba a requebrar a alguna coqueta o le indicaba con un gesto del mentón que la había escogido para la próxima pieza, el compañero de la bailarina se apresuraba a desprenderse de ella, quedarse quieto en su lugar y mirar de reojo a su competidor, sin decir esta boca es mía, tragándose el desafío. Y si algún parroquiano arrancaba los aplausos de los concurrentes por sus cortes y quebradas, Ambrosio retomaba su fama con las improvisaciones de una guitarra.

     Una noche de Carnaval de mil novecientos dieciocho, cuando el médico de guardia del Hospital Rawson le retiraba respetuoso del vientre la hoja del cuchillo y suturaba las entrañas para restañar los borbotones de sangre, intrigado por la derrota del afamado rey, se atrevió a preguntarle cautelosamente:

     -¿Y por qué no se defendió con el cuchillo que llevaba, don Ambrosio?

     - Es que soy Nemesio Leiva y no Ambrosio Paredes como me dicen, doctor. Y ese cabrón lo había presentido.

MATAR A SU HOMBRE

MATAR A SU HOMBRE

     El tema había surgido sin premeditación, por desvío casual de la conversación. Una palabra arrastra a otra de la memoria y la controversia se produce.

     Ambos interlocutores habían aprendido a vivir en el infierno de la experiencia, donde el chirrido del tranvía ahoga las mendicidades de los menesterosos  y las proclamas de los vendedores se entretejen con las picardías verbales de los muchachos esquineros.  Lo que se puede leer puede aprenderse también mirando alrededor. Sin saberlo, uno y otro repiten en nivel vulgar, lo que pensaron en griego Platón y en latín Santo Tomás. En la barahúnda de las voces, se articulan promiscuamente los temas académicos de El Ateneo con la filosofía callejera de los malevos del arrabal:

- Ardió Troya.

- Se armó la podrida

    Con el fluir de los pensamientos, la discusión ha caído en el homicidio. Garmendia, el guapo Garmendia de Puente Alsina, sostenía que la peor vergüenza era la cobardía y que cuando tocaba desenvainar el cuchillo, había que hacerlo con la obligación moral de hundirlo hasta el mango en el vientre del desafiante. El duelo forma parte del destino varonil y no hay nada que discutir.

     ¿Es que un hombre ha de tolerar la infamia? A los quince años había hecho amistad con una imitación primordial de madera, que con el tiempo adquirió la dimensión de dos palmos de acero. Ahora, a los cuarenta y tres años, el insobornable caudillo había encallecido su alma con una obstinada premisa: el honor dormita en el filo del arma y sólo espera el momento preciso para levantarse. Y esto sucede cuando se trata de ser fiel a  su padrino político. Tres veces anteriores sus oídos habían percibido los quejidos reprimidos de las víctimas.

     El taita Lucero de Barracas al Sur difería de esta opinión. Los machos se han hecho para pelear por las mujeres. Así de sencilla la cosa. Ni la madre, ni la hermana, ni la novia ni la esposa pueden ser ofendidas sin pagar con sangre el atrevimiento. Lo demás, la premeditación, la alevosía, el ensañamiento son charlatanerías inventadas por los comisarios y los leguleyos. Le había tocado matar de un certero puntazo en el corazón en un baile de carnaval al  morocho Leguizamón, antes de darle tiempo para concluir el peor de los insultos imaginables: “Hijo de …”.

     Garmendia y Lucero, señores del malevaje en sus respectivos territorios, se respetaban entre sí. Los unía el culto a la valentía y la firme convicción de que la muerte es algo que nos sucede cuando menos se la espera, como el amor. Cumplida la fatalidad del primer homicidio, sólo resta continuarla hasta el final.  Se emparentaban como hermanos del destino.

- ¿Otra copa de ginebra, don Garmendia? –preguntó Lucero al tiempo que vertía el

licor en el vaso de su amigo.

- Si usted lo dice, con gusto, don Lucero.

     Corrió su sombrero hacia atrás, aflojó el nudo de su pañuelo de seda, al tiempo que agregaba:

- ¿Sabe, don Lucero? No sé por qué, pero usted me simpatiza.

    El pudor de su hombría le impidió explicar los demás sentimientos de su alma, de modo que calló. La parquedad de su habla formaba parte también de su persona.

     Después de agotar la botella, Lucero y Garmendia abandonaron el cafetín tomados del brazo, sin hablar. Cada uno se preguntaba en su interior si su amigo no sería el hombre que tendría que matar algún día.