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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

CAMPEONATO DE SUICIDIOS

CAMPEONATO DE SUICIDIOS

     En estos tiempos en que todos o casi todos coincidimos en que los hombres nacemos a la vida con iguales derechos, llama la atención que mientras por un lado se proclama a todo viento esa igualdad, por otro se realizan competencias en el norte y en el sur, en el este y el oeste, para decidir quién es el mejor de los iguales. Esta incongruencia puede imputarse en la cuenta de los organizadores y de los participantes. Los primeros vaya uno a saber por qué causa, aunque hay razones para suponer que son el espacio de poder y notoriedad, mezclados con el dinero. Los segundos, porque en las competencias se ganan fortunas, se obtienen privilegios fotográficos, de promoción y de popularidad,  y muchos más, pero fundamentalmente porque el placer de ser mejor que el otro, de vencerlo y superarlo,  parece brindar una gratificación inmensa. Se diría –si no se oponen los psicólogos- que este impulso de triunfar forma parta de la naturaleza humana, como el apetito, la sed, y el sentido del dolor.

     Mientras los psicólogos discuten el problema, el mínimo conocimiento histórico permite comprobar la existencia de la oposición o lucha entre los hombres por lograr y ostentar la supremacía. Los combates de los samurai japoneses, las olimpíadas de los griegos, los espectáculos circenses de los romanos, los torneos de los caballeros medievales, las juegos olímpicos modernos, los concursos mundiales de belleza, los campeonatos nacionales, continentales y mundiales de fútbol, en fin, son algunos de los más notorios. Faltan que se instauren las competencias opuestas, las de los peores, que llegarán algún día, porque ser el peor de todos es también una manera de ser el único, y a buen seguro habrá fotografías, primeras planas en  las revistas, dinero en efectivo y otros privilegios. ¿Qué tal un campeonato de los más feos, de los más gordos, de las más descocadas, de los más criminales? Ya vendrán, todo es cuestión de tener paciencia y no desesperar en este siglo XXI donde nada es improbable. Si mis cocimientos no me traicionan, creo que los indios  no han caído en esa incongruencia, porque no se han registrado competencias de fakires en lechos de clavos,  de ascetas en oración, ni de encantadores de serpientes. 

     Sin remontarnos a la respetable antigüedad, nos consta que casi toda cultura o pueblo cultiva alguna especie de competencia: carreras de embolsados, camareros de café con bandejas cargadas, lanzamiento de objetos a la mayor distancia, ingestión de hamburguesas o salchichas, subida a palos engrasados, incrementados ahora con saltos en paracaídas desde la mayor o menor altura posible, inmersión en aguas sin respiradores, longevidad, procreación de hijos, natación submarina entre cardúmenes de tiburones, duración de abrazos y besos, y es de esperar, número de divorcios y de adulterios. La modernidad no respeta ni siquiera a los niños, dado que los hace competir en duración de los llantos, menor edad en caminar sin caerse, rapidez en los cálculos aritméticos mentales, y así etcétera.

     Las formas de competencia proliferan escandalosamente. No contentos los humanos con competir entre sí, han tenido la ingeniosidad de involucrar en sus desvaríos a los animales. Hoy puede asistirse a carreras caballos, de perros, de pulgas, de cóndores, de belleza entre mascotas caninas, sin que los espectadores se inmuten.

     Frente a estos hechos, alguien podría pensar que en esto de ser el ganador, la civilización ha llegado al límite. Ingenuo error. Faltaría en mi opinión otro campeonato, el campeonato de suicidios. Me lo imagino así. Un comité organizador convoca a los interesados a un campeonato de suicidios, con inscripción gratuita y un premio de 1.000.000 de dólares. Cada aspirante debe entregar en ese momento un sobre cerrado y lacrado con el nombre de beneficiario. Precio de entrada para los 100.000 espectadores, 2.000 dólares. Total de ingresos, 200.000.000 de dólares. Menos 5.000.000 de gastos organizativos y 1.000.000 para el premiado, da un beneficio bruto de 194.000.000.

      El día anunciado, se presentan en el estadio, en un escenario apropiado, cuatro candidatos. Comienza el espectáculo y el primer sorteado saluda con su diestra al público, extrae de un bolsillo una pastilla de cianuro, la ingiere y cae muerto en segundos. Se escuchan intentos aislados de aplauso que cesan de inmediato. ¿Aplaudirlo porque ha participado o guardar silencio por respeto a su muerte? Nadie lo había pensado, ni sabía que el enfermo desahuciado por los médicos había hecho testamento el día anterior en beneficio de su pobrísima familia.

     Después de retirarse el cuerpo, una campana hace saber que le toca el turno al segundo. No se oye entre el público ni el suspiro de un gorrión. El hombre, con rostro de oriental, extrae una daga curva de entre su atuendo, se la inserta en el bajo abdomen y cae sin proferir palabra en medio de un charco de sangre. Un médico revisa el cadáver y constata su muerte, que comunica al jurado con un gesto de cabeza. Nadie sabía que era un samurai sentenciado a muerte por sus compañeros debido a un acto de cobardía.                  

     El tercero cometió el suicido sin gran espectacularidad. Extrajo una pistola de su cintura, apuntó a su corazón que tenía marcado en el pecho para no errar el disparo y pasó al otro mundo. Como en los casos anteriores, nadie conocía las razones del acto. Era un asesino serial, autor de once asesinatos, acorralado por la policía, con una sentencia segura a la cámara de gas.

     Cerraba la serie el cuarto inscripto. Se presentaba con una vestimenta promiscua, un pantalón vaquero cuidadosamente deshilachado y desteñido, una chaqueta de cuero abultada en la cintura y un turbante oriental arrollado en torno a la cabeza. Al sonar la campana indicando el momento de ejecutar el suicidio, el desconocido abrió súbitamente su chaqueta, giró su cuerpo mostrando a los asistentes una faja negra con explosivos y un dedo metido en una argolla para hacerlos explotar. A la sorpresa siguió el pánico cuando el candidato se bajó del estrado y comenzó a caminar frente a las tribunas. El espectáculo convirtióse en un pandemonio de corridas tumultuosas, alaridos  de horror, pisoteos, atropellos, con heridos y lastimados, revolcados y aplastados, mientras el prometido suicida actor caminaba con un brazo en alto como torero vencedor en la arena y se esfumaba del estadio con rumbo imprecisable.

     Nadie quedó en el recinto. Los organizadores se refugiaron en su centro de operaciones, gozosos de que la masacre no se hubiera consumado, y se apresuraron a buscar el sobre con el nombre del beneficiario. Lo abrió el presidente del comité, levantó las cejas y bajó las comisuras de los labios, mientras leía el texto: “Estúpidos.”

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