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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

MATAR A SU HOMBRE

MATAR A SU HOMBRE

     El tema había surgido sin premeditación, por desvío casual de la conversación. Una palabra arrastra a otra de la memoria y la controversia se produce.

     Ambos interlocutores habían aprendido a vivir en el infierno de la experiencia, donde el chirrido del tranvía ahoga las mendicidades de los menesterosos  y las proclamas de los vendedores se entretejen con las picardías verbales de los muchachos esquineros.  Lo que se puede leer puede aprenderse también mirando alrededor. Sin saberlo, uno y otro repiten en nivel vulgar, lo que pensaron en griego Platón y en latín Santo Tomás. En la barahúnda de las voces, se articulan promiscuamente los temas académicos de El Ateneo con la filosofía callejera de los malevos del arrabal:

- Ardió Troya.

- Se armó la podrida

    Con el fluir de los pensamientos, la discusión ha caído en el homicidio. Garmendia, el guapo Garmendia de Puente Alsina, sostenía que la peor vergüenza era la cobardía y que cuando tocaba desenvainar el cuchillo, había que hacerlo con la obligación moral de hundirlo hasta el mango en el vientre del desafiante. El duelo forma parte del destino varonil y no hay nada que discutir.

     ¿Es que un hombre ha de tolerar la infamia? A los quince años había hecho amistad con una imitación primordial de madera, que con el tiempo adquirió la dimensión de dos palmos de acero. Ahora, a los cuarenta y tres años, el insobornable caudillo había encallecido su alma con una obstinada premisa: el honor dormita en el filo del arma y sólo espera el momento preciso para levantarse. Y esto sucede cuando se trata de ser fiel a  su padrino político. Tres veces anteriores sus oídos habían percibido los quejidos reprimidos de las víctimas.

     El taita Lucero de Barracas al Sur difería de esta opinión. Los machos se han hecho para pelear por las mujeres. Así de sencilla la cosa. Ni la madre, ni la hermana, ni la novia ni la esposa pueden ser ofendidas sin pagar con sangre el atrevimiento. Lo demás, la premeditación, la alevosía, el ensañamiento son charlatanerías inventadas por los comisarios y los leguleyos. Le había tocado matar de un certero puntazo en el corazón en un baile de carnaval al  morocho Leguizamón, antes de darle tiempo para concluir el peor de los insultos imaginables: “Hijo de …”.

     Garmendia y Lucero, señores del malevaje en sus respectivos territorios, se respetaban entre sí. Los unía el culto a la valentía y la firme convicción de que la muerte es algo que nos sucede cuando menos se la espera, como el amor. Cumplida la fatalidad del primer homicidio, sólo resta continuarla hasta el final.  Se emparentaban como hermanos del destino.

- ¿Otra copa de ginebra, don Garmendia? –preguntó Lucero al tiempo que vertía el

licor en el vaso de su amigo.

- Si usted lo dice, con gusto, don Lucero.

     Corrió su sombrero hacia atrás, aflojó el nudo de su pañuelo de seda, al tiempo que agregaba:

- ¿Sabe, don Lucero? No sé por qué, pero usted me simpatiza.

    El pudor de su hombría le impidió explicar los demás sentimientos de su alma, de modo que calló. La parquedad de su habla formaba parte también de su persona.

     Después de agotar la botella, Lucero y Garmendia abandonaron el cafetín tomados del brazo, sin hablar. Cada uno se preguntaba en su interior si su amigo no sería el hombre que tendría que matar algún día.

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