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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

CUENTOS

CRISTIANO, HACÉ PUM

CRISTIANO, HACÉ PUM

Ese día, como todos, terminó en oscuridad. El hombre se ha acostumbrado ya a esta persecución de la luz y las tinieblas y la afronta sin  asombro. El gaucho Toribio Navarro, alzado contra la autoridad, aprovechaba esa pugna para conversar consigo mismo.

     Agobiado por la travesía de la planicie chaqueña, matizada aquí y allá por oportunos matorrales de espinillos, tiró de las riendas, frenó su alazán y se apeó a mascar su tasajo y matear. Retiró el apero del lomo de su caballo, lo depositó en el suelo y arrrumbó  su cuerpo  contra un algarrobo para reposar. La fricción de un palo contra una tabla seca en medio de una hojarasca aportó la lumbre para calentar el agua y ahuyentar a los pumas.

      El relumbrón mortecino del rescoldo marcó el término de su frugal sustento. Unos sorbos de ginebra y un cigarro de chala  sirvieron de puente al sueño. El pistolón en su puño le garantizaba su permanencia en el mundo de los vivos. A corta distancia, el alazán, después de pastar, se entregó al entresueño vigilante de su raza.

     Un torbellino indescifrable de taperas, paisanos, pulperías, tabas, duelos con patrullas policiales, habitaron su mente esa noche. La avalancha de imágenes sin concierto entre sí, se transformó en confusa pesadilla. Acaso una premonición gratuita ofrecida por el destino, lo preparaba para el nuevo día.

     Una mano sacudió con levedad su hombro izquierdo y lo devolvió a la vigilia. Aletargado todavía por la ensoñación que demoraba en retirarse, entreabrió los ojos y levantó la mirada. De pie, inmóvil frente a él, con el rostro de piedra inexpresiva, un indio lo observaba. Callado e inmutable, con una carabina en su diestra, botín tal vez de un malón inmisericorde, nada podía inferirse de su actitud. Desconcertado, Toribio hurgueteó en su mente alguna explicación, pero fue en vano. Nunca había vivido una experiencia similar. Le habían dicho que la muerte se presiente. Acaso habrá llegado mi hora, pensó. Se persignó sin pronunciar palabra alguna.

     El alazán del indio, en pelo y con una soga por bozal, mascullaba el cáñamo del cabezal unos metros más allá, como obediente testigo histórico de lo que estaba por suceder. Parecía remiso a participar de la escena. Sacudió la cabeza ventilando las crines, giró su inquisición de su amo al indio, como interrogándolos a ambos. Era el papel que tenía asignado.

     A la mente de Toribio asomaron los trances de su vida pasada. Desde su atalaya de guardia armado en la reducción jesuítica de San Javier había visto en cierta ocasión  una flecha guaraní abrirse paso por entre los omóplatos del padre campanero mientras tocaba a misa matutina. Apenas un tenue  quejido, casi imperceptible, había marcado el tránsito del mártir. Las embestidas de los malones indígenas lo habían confirmado en su opinión de que la revancha forma parte de las necesidades humanas. La vida, algunas veces se justifica con la muerte ajena.

     No alcanzaba ahora a discernir si estaba sereno o aterrorizado. El miedo superlativo es siempre callado y el pudor de mostrarse cobarde obra igual. Toribio se mantuvo expectante sin pretender explicarse la situación. El indio rompió el silencio alargándole el arma que traía:

   - Cristiano, hacé pum –le dijo.

   Toribio recibió el arma de su interlocutor, y sin dejar resquicio alguno que permitiera adivinar su actitud, enterró el plomo de un proyectil en el pecho de aborigen. El caballo volvió la cabeza, observó el espectáculo, lanzó un relincho al aire y continuó su tarea de comer.

    Así ha sido siempre y así seguirá siéndolo. No hay nada que explicar, y según Concolorcorvo, ni los sabios de Lima podrían hacerlo.

LOS FUNERALES DEL ROBOT

LOS FUNERALES DEL ROBOT

Hubiera preferido titular a este artículo como el entierro de un robot, pero dado que entierro significa poner bajo tierra y con el robot muerto no hicieron eso, tuve que someterme al título que pongo.

     Empiezo por declarar que según mis conocimientos el Japón es el país actual que más confía en los robots y siente por ellos una veneración desconocida en Occidente, como en Haití por los zombies, en la India por las almas reencarnadas y en Egipto por las momias. En la Argentina no hay zombies, ni almas reencarnadas, ni momias, pero existen las “almas en pena” o sea aquellas que andan rodando de un lugar a otro porque sus cuerpos muertos no han sido enterrados todavía. Se carece, pues, de robots.

     En el Japón el mecánico Tomodata, conocido por su invención del autómata Sillo, que saludaba, lloraba, bailaba sobre sus piernas, saltaba a la cuerda, cantaba y rezaba, y no se preocupaba si era rico o pobre, estaba en el apogeo de la fama, ratificada por una tarjeta de felicitación que le había enviado el mismísimo Bill Gates animándolo en su creación. Pero como en este mundo el hombre propone y Dios dispone, sucedió lo inesperado, el autómata Sillo además de sus extraordinarias habilidades también había adquirido la de morir, y un día se murió no más.

     Tomodata, convencido hasta la médula de los huesos de que los robots suplantarían con el tiempo a los seres humanos en la faz de la tierra, lo primero que pensó fue en hibernarlo a 272 grados bajo cero, hasta que la robótica descubriera la técnica de dotar a su criatura de inmortalidad. Desistió sin embargo de este propósito porque al no saberse de qué enfermedad había muerto, se corría el peligro de complicar aún más cosas. No se tenía experiencia de cómo reaccionarían los circuitos y mecanismos plásticos y metálicos a tan baja temperatura.

     Lo más prudente, a su criterio, era organizarle un gran funeral y  depositarlo en un panteón especial. Adquirió entonces un predio de varias hectáreas cercanas a Tokio, y diseñó un cementerio exclusivo para muñecos mecánicos en todo el mundo. Hizo construir en el centro un túmulo con una cubierta de cristal transparente donde depositaría al cadáver informático. Invitó a sus colegas a concurrir con sus ingenios electrónicos a los funerales del primer robot muerto en el mundo, y obtuvo del gobierno el derecho a consagrar la ciudad como la capital mundial de los “robots.” Se consagraría con exclusividad a los robots antropomórficos, o androides, excluidos los zoomórficos y los meros artefactos móviles, sin forma humana., y que se utilizan para localizar minas y aparatos explosivos, espiar al enemigo, inspeccionar cráteres de volcanes, transportar cargas y otras tareas menores. Tampoco fueron invitados los robots simplemente biológicos, como los minúsculos que se infiltran entre las cucarachas o los muñecos meramente mecánicos con un índice intelectual inferior al de un mosquito.

     El día del funeral, se hicieron presentes los mayores ingenios de todo el orbe, encabezados por los “robots hábiles” que caminan, corren, suben y bajan escaleras, cocinan y ayudan a las amas de casa, lavan la ropa sucia, limpian los pisos con estropajos, ejecutan órdenes verbales y hasta orinan y defecan. Marchaban cabizbajos y sollozantes, a paso lento y fúnebre, en columnas y filas ordenadas como en un desfile militar.

     Separados por una distancia diferenciadora, venían los “robots intelectuales”, reconocidos por su capacidad mental excepcional, ejecutores de obras reservadas a los genios, sacar instantáneamente la raíz cuadrada de cualquier número, traducir lenguas, clasificar fósiles de dinosaurios y otras excelencias del pensamiento, hasta la fabulosa de inventar otros robots.

     En tercer lugar marchaban los “robots artísticos”, famosos por su capacidad de pintar cuadros, componer canciones, crear coreografías, incluso la de escribir poemas. Traían impresos en sus pechos los nombres de los artistas humanos superados, Biogogh, Cervantic, Vincivic, y otros. En sus testas lucían coronas de laureles y desfilaban erguidos, quizás también apesadumbrados, pero orgullosos al fin.

     El cuarto lugar le había sido denegado a los “robots suicidas”, que pretendieron aparecer encapuchados y con sus armas y explosivos, para evitar conflictos ideológicos entre los países fabricantes.          

     Al final de la caravana, rodeado de una docena de ingenios tocadores de harpas, marchaban los “robots místicos” portando el ataúd del fallecido. Cerraba el cortejo llorando a toda lágrima Tomodata. Depositaron el cuerpo a la espera de una próxima resurrección en el túmulo de cristal  y hombres y androides se dispersaron.

    Como se estila este tercer milenio, Tomodata ofreció a los periodistas una conferencia de prensa.     

    - Señor Tomodata, ¿de qué falleció su robot?

    - No lo sé todavía, hay que investigarlo.

    - Pero ¿podría decirnos al menos cómo fueron sus últimos momentos?

    - Eso sí. Estaba rezando y le pidió a Dios que le dejara ver la cara. El Padre le respondió “Sube y me verás”. Mi hijo androide quiso hacerlo, se puso de pie y cayó al suelo. Eso es todo, señores periodistas, muchas gracias.

MEMORIAS DE UN TIGRE

MEMORIAS DE UN TIGRE

 

 

               Tendría un mes, no más, cuando comencé a darme cuenta de que la piel de mi mamá no tenía pelaje como el mío. El de ella era corto, de color ocre subido y uniforme, en tanto el mío era gris amarillento con rayas negras, suave como un plumón. Éramos dos hermanos semejantes, entre otros seis diferentes que se atropellaban unos con otros sobre las ubres maternas para alimentarse, mientras que yo y mi igual  hurgábamos entre ellos para conseguir un lugar entre los pezones. Los hijos legítimos, amontonados y atropellados,  sólo accedieron a cedernos un sitio cuando comprobaron en sus pellejos que teníamos uñas filosas en los extremos de las patas.

            Una mañana un guardián del zoológico se llevó a mi hermano. Me quedé solo en el chiquero, entre esos animales extraños y opté por resignarme. Otro día vinieron a vernos a mi mamá o a mí, no sabría decirlo, los chicos de una escuela con su maestra, un fotógrafo y un camarógrafo de televisión. El director del zoológico, un veterinario mediático, medio barbudo y con chaquetilla blanca, me tomó en sus manos, me acarició y arrulló en su seno y hasta me dio un beso para demostrar su cariño. Explicó a los visitantes  quién era yo y pidió a los escolares que entregaran un papelito con el nombre que quisieran ponerme. Después del concurso que duró un mes, resultó que vine a llamarme Jim, como el niño indio de una novela, en vez de Boby (nombre de perro), Falucho (soldado de la guerra de la independencia), Facundo (caudillo argentino del siglo XIX apodado el Tigre de los Llanos) o Mickey (ya había un ratón famoso con ese nombre).

           A las semanas vine a saber que mi padre había sido un cuadrúpedo carnicero de Birmania y se mandó a mudar a la selva por su instinto de polígamo, dejando a mi madre abandonada, que a las semanas murió de tristeza o neumonía, no pude saberlo bien. Por ese entonces privaba en el mundo la moda de la solidaridad, y acorde con sus principios, el director del zoológico asiático nos había obsequiado al de Buenos Aires junto con mi hermano. Éste nos aceptó sin tener madre que nos amamantara. Nos encerró en un corral con una obesa chancha cordobesa que nos dio leche sin darse cuenta de que éramos unos intrusos, aunque cada tanto nos miraba de reojo, vaya uno a saber por qué razón.

     Yo me cuidaba muy bien de ocultar a la chancha mi extranjería procurando succionar sus mamas sin lastimarla con mis filosos dientes. De este modo, en un mes engordé con su leche al doble de mi peso. Tengo fundadas sospechas de que como el presupuesto del director apenas  alcanzaba para alimentar a los animales nacionales, el funcionario había decidido sacarse de encima a mi hermano y a mí. Mi hermanito fue canjeado a un gobernador de provincia por una montura criolla, un mate y una bombilla de plata labrada,  mientras yo fui a parar a manos del ministro de agricultura y ganadería, cuya esposa coleccionaba mascotas exóticas en la parte posterior de su residencia. Allí conviví entre papagayos del Caribe, monos tití del Paraguay, avestruces del África, gatos de Persia, una perra de Terranova y otros animales forasteros.

          El director del zoológico ascendió a secretario de comercio exterior y la esposa del ministro se lucía mostrándome a sus amistades, acariciándome, besándome en la boca sin temor y narrando a sus huéspedes lecciones de ciencias naturales aprendidas de apuro en la enciclopedia Espasa Calpe. “El nombre tigre proviene del latín tigris y no se puede cabalgar sobre este animal, porque una vez que se subió a su lomo, si se desmonta lo ataca, como dicen los brahmanes –comentó con prestada erudición la anfitriona. En una recepción de Nochebuena me sacó a relucir en el salón y me pasó de mano en mano para que me palparan. Hastiado de tanto manoseo, a una de ellas engalanada con una estola de tigre auténtico, le olí mi raza en la prenda y en un arranque instintivo le arañé las mejillas y le  mordí un labio. Me arrojó furiosa al suelo y de un puntapié me estrelló contra la pared. Las dos hijitas de la dueña de casa aparecieron a la carrera cuando oyeron mis aullidos de dolor, me recogieron, me consolaron con abrazos y besuqueos, y la mayorcita masculló a su hermana su repudio mediante una reminiscencia televisiva: “Vieja hucha, lo patea porque no es el tigre de la Esso”.

           Cuando me hice más grande, los animales comenzaron a alejarse de mí. Los avestruces me miraban con desconfianza desde un rincón, las gallinas me sobrevolaban al trasladarse, los gatos monteses me olfateaban  extrañados desde lejos al ver a tan extraño pariente,  los perros se aproximaban cautelosos desde atrás con la cola entre las patas y el guardián me arrojaba la comida desde detrás del alambrado. Yo la comía porque tenía hambre, pero la carne vacuna  no era de mi agrado y necesitaba otra clase de carne. Comprobé así que esos animales eran racistas, aunque se cuidaban de dar a conocer sus ideas. Me pusieron una gruesa cadena por collar y me sacaban a pasear atado. Poco a poco fui perdiendo la paciencia con los transeúntes que me tiraban de la cola, me hacían muecas con las manos pegadas a las orejas,  me provocaban con gritos, me arrojaban  caramelos y golosinas ajenas a mi paladar, cuando no palos y piedras pequeñas. En la plaza hombres, mujeres y niños me miraban ansiosos de que bostezara y mostrara mis colmillos. Yo los miraba aburrido, y entre bostezo y bostezo, arrojaba al aire un mugido que los entusiasmaba. En una ocasión en que los observadores se agruparon en exceso, se acercó un policía uniformado para saber qué pasaba, pero cuando lo vi cerca  con rostro de disgusto, de un zarpazo le arranqué el silbato de la mano. Fue el acabóse de mi felicidad. El comisario llamó a su despacho a mi patrona y le indicó que debía desprenderse de mí.

         El ministro de agricultura y ganadería preguntó entonces a su consorte:

         -¿Qué hacemos con el tigre? Los chicos lo extrañarán, pero no podemos correr el riesgo de que hiera a una persona. La noticia saldría en todos los diarios y pondría en peligro mi carrera política.

         - Podríamos enviárselo al rey de Etiopía y de paso, hacemos confraternidad.

-                                        - Imposible, porque en ese país hay millones. Sería como enviarle un naranjo al presidente del Paraguay.

         Entretanto el matrimonio debatía mi destino, la casualidad quiso entonces que un circo norteamericano, el Barnum Brothers, anunciara a todo cartel que a la semana siguiente abriría sus puertas durante doce días en una jira de espectáculos procedente del Uruguay. Repetidos desfiles de animales enjaulados precedidos por una banda de música, el director montado en el lomo de un elefante enjaezado como príncipe oriental, una bandada de payasos revoloteando y haciendo piruetas y malabares, llamó la atención de los vecinos. Una idea brillante se filtró en la mente del ministro. Envió reservadamente  a su secretario privado  para que me ofreciera en venta o en canje, según fuera su preferencia, con tal de sacarme de la ciudad. El director vino a verme una mañana muy temprano acompañado de su domador mayor, quien me azuzó con su látigo, me obligó a treparme a unos cajones altos, me pinchó las nalgas, me hizo abrir la boca amenazándome con una tea encendida y comentó a su patrón:

        - Es de buena raza, pero medio caprichoso. Pero yo me encargaré de amaestrarlo. Por algo nos hizo Dios inteligentes a los hombres

       Eso sí, discutieron  y mucho la transacción. El ministro pretendía dinero, el director del circo un canje. Acordaron al final que darían por mí dos mil dólares en efectivo y a la mano, sin recibo, y una pareja de pavos reales asiáticos con colas de vistosas plumas verdes y visos de azul y oro, para exhibirlos en el aviario del zoológico, sin peligro para los cuidadores ni gastos excesivos en la manutención.

        - De acuerdo –dijo el ministro-. Pero mándemelos  más bien a mi casa que yo me encargaré de entregarlos.

         Mi vida en el circo fue una serie de tragedias y sufrimientos. Una vez me quemé la cola al saltar a través de un aro encendido, otra casi pierdo un ojo por un golpe de vara del domador en una sesión de entrenamiento. El otra oportunidad, estuve rengo de la pata trasera izquierda durante quince días  debido a una caída del trapecio.  De la comida ni hablar. Apenas unos kilos de carne podrida o de animal muerto, porque me resistía a ingerir como alimento mezclas comerciales para gatos. Yo temblaba cuando se moría algún animal, porque sabía que iría a parar a mi estómago. Cuando se murió el hipopótamo, me indigesté con su carne grasienta, que con gran sacrifico tuve que comer durante dios semanas. A mi entrenador lo tenía entre ojos, dispuesto a pegarle un zarpazo en la cara y dejarlo tuerto hasta el fin de sus días, pero el muy cochino era tan cobardón que nunca se me acercó a menos de ocho metros de distancia y protegido por un escudo portátil y tres ayudantes con tridentes.

        A todo esto, ya había crecido y madurado en mis gustos y experiencia de los hombres. Dejé de ser un tigrecito mascota para convertirme en un tigre hecho y derecho, con todas las de la ley. Si alguien me atacaba, seguro que acababa entre mis garras y mis colmillos y en una cama del hospital. Entre los peones del circo me hice fama de peligroso y ellos trataban de no pasar cerca de mí. Es una bestia asesina –decían-. Un empleado correntino era la excepción. Con más amor propio que una reina universal de belleza, se mofaba del temor de sus compañeros. Para demostrar su valentía apostó un día a que me enfrentaría. Mejor no lo hubiera hecho. Se metió en la jaula con un poncho en la mano izquierda para defenderse, una red y una horquilla como gladiador romano, y me desafió. Le advertí con un rugido que no se me acercara, pero el estúpido no me creyó. De un salto caí sobre el atrevido, quien se enredó y no le sirvieron para nada sus defensas. En menos de medio minuto desafiante estaba a los gritos en el suelo y yo le hubiera arrancado un brazo si el capataz no me dispara dos balazos que por fortuna no me tocaron.

        Sólo sentía cariño por los niños y los respetaba, a menos de que alguno tuviera la ocurrencia de acercarse a mi jaula y me arrojara una pedrada o me pinchara con una vara. Seguía soñando con la carne de venado. Algo interior me decía que ése era el plato preferido de nosotros los felinos. Naturalmente, el patrón del circo presentía mi instinto, pero no estaba en sus proyectos mandar a cazarlos a los bosques del sur para darme el gusto.

        No me quedaba otro recurso que escaparme y huir adonde la suerte me llevara, porque yo no conocía el mundo. Dedicaba horas enteras a planear la fuga. Ansiaba ser yo mismo, un tigre real y valiente, sin la intromisión de los hombres, para los cuales yo no era otra cosa que un instrumento para obtener ganancias.

        Como nunca falta en la vida la oportunidad de hacer una cosa, a mí también se me presentó. Un lunes de descanso del personal, al atardecer, mi cuidador, un yugoslavo perseguido por la justicia de su país, irradiando vapores de alcohol por todos los poros, coqueteaba a una trapecista con intenciones no precisadas y fanfarroneaba con su valentía. Ella, desconfiada de toda jactancia varonil, lo desafió a que entrara en mi jaula sin látigo. El muy bobo abrió la puerta y entró. Lo recibí a manotazos por todos lados y no le comí un brazo o una pierna para no perder tiempo. Aproveché la confusión y me fugué por un matorral próximo. La trapecista se desmayó en el acto sin alcanzar a proferir grito alguno y me dio el tiempo suficiente para esconderme trepado en la copa frondosa de un árbol. Me acurruqué entre las ramas superiores, hecho un ovillo, y esperé hasta la noche.

        Los vecinos, organizados en piquetes con horquillas, machetes, escopetas y pistolas salieron en  persecución mía. Los policías y bomberos, desacostumbrados a cazar bestias, lo hacían con redes y metralletas, y traían perros husmeadores que ladraban, se movían agitados de un lado para otro, iban y venían  sin encontrarme. Yo había tenido la precaución de fugarme por el curso de una acequia de modo que su olfato no les servía para su propósito. Salía del agua y orinaba al borde, volvía a meterme en el riachuelo, mataba una gallina aquí y un pato allá,  de modo que los remolinos de plumas dispersas por el viento confundían sus sentidos. De noche, en la oscuridad, saltaba de rama en rama; mientras los perseguidores me olfateaban por el norte yo me hallaba por el sur. Los hombres suspendían el rastreo por la noche, temerosos de que yo los saltara por detrás y acrecentara el número de viudas y huérfanos.

        Las autoridades publicaron bandos ofreciendo dinero por mi captura, la bestia salvaje de Hircania, sin saber que Hircania estaba en Persia y yo provenía de Birmania. De todos modos, morir por morir, poco importa la nacionalidad de la víctima. A uno de los vecinos, con fama de inteligente, se le ocurrió dejar atado a un inocente cordero y a su alrededor cuatro trampas de acero. Con bastante experiencia sobre los humanos, no me dejé tentar por el cebo a pesar de la mezquina comida que tenía en el estómago.

        Sin embargo, no las tenía todas conmigo. Por arriba dominaba yo la situación, ¿pero qué sucedería cuando el hambre mi obligara a bajar a tierra? Abajo ellos son nuestros depredadores. Sabía que el cautiverio o la muerte eran mi destino fatal y sin embargo luchaba por la vida en libertad. Por momentos deseaba ser águila para volar. No tenía un dios felino para pedirle un milagro, ni estaba a mi alcance el recurso de suicidarme que usan los hombres. No entiendo por qué estoy condenado a matar para subsistir, pero no conozco otra forma de ser. Mejor están las jirafas y los monos, que se alimentan de vegetales, aunque tampoco escapan del encierro en los zoológicos.

        Llevaba ya seis días de fuga, cuando se me ocurrió una idea. De noche los vigías y centinelas tienen sueño y si llueve, se cuidan más de no mojarse que de vigilar. Una inesperada tormenta acompañada de rayos y truenos vino a darme un respiro. Me deslicé sigilosamente sin impedimento de una rama a otra, hasta que encontré un vacío para arrojarme al suelo.  Caminé toda la noche por una senda sin saber adónde iría a parar y al cabo trepé en el techo de una vivienda, me encogí debajo de un tanque de agua y esperé hecho un ovillo.

        La mañana siguiente amaneció radiante como un cristal. Sólo se escuchaba el ronquido de un helicóptero explorador, revoloteando como mariposa, con dos fusileros apuntando a uno y otro lado. Me buscaban desde el aire y terminaron por encontrarme. Sentí un disparo y una flecha pequeña con un líquido se introdujo entre mis costillas. Me dormí profundamente. No podría decir cuánto tiempo estuve dormido, pero deben de haber sido bastantes horas porque tuve varios sueños. Soñé que unos cazadores indígenas me habían atrapado haciéndome caer en un foso profundo con la entrada de ramas disimulada y  estacas puntiagudas en el fondo. Me tuvieron allí sin darme de comer hasta que extenuado y desangrado, pudieron alzarme sin peligro. Me degollaron hasta dejarme la cabeza y el cuero. Me dejaron secar al sol y después me canjearon con un explorador por dos botellones de licor y un rifle, quien a su vez me vendió un millonario inglés. Convertido en alfombra, yo miraba a mis nuevos propietarios sin comprender el cambio, pensando en los  años interminables que tendría que esperar hasta mi muerte definitiva.

          No podría precisar cuánto tiempo estuve dormido, pero al despertar me encontré otra vez cautivo Esta vez el encierro era distinto. Estaba en un espacio mucho mayor que el anterior, como de media manzana de superficie, bastante más abajo del piso, con unos troncos de árbol y una peñas de adorno. Una covacha con barrotes de hierro me servía para dormir.  El empleado me arrojaba la comida desde el borde y podía tomar agua de una cascada que me servía también para refrescarme los días muy calurosos. Un foso profundo y una verja de hierro me impedían cualquier nuevo intento de huir.

         Los chicos ya no me llamaban  Jim, me ponían cualquier nombre, abuelo,  mordisquito y otros para burlarse de mi vejez, ni provenía de Birmania ni de Hircania, sino que era un simple tiger asiaticus,, según rezaba en nuevo cartel. Ya no me arrojaban galletitas ni golosinas, sino latas vacías, piedras, botellas y papeles encendidos para hacerme salir de mi refugio. Molesto y avergonzado yo salía de vez en cuando, me dejaba observar unos minutos, lanzaba un rugido sordo y volvía a entrar desanimado y triste. Apenas me movía, no miraba a los visitantes, soportaba las bromas y burlas, y me mantenía ajeno al mundo. Tirado de costado en el suelo, con la cabeza entre las patas, sin fuerzas y aburrido, espero, espero y espero, no sabría decir qué, pero espero. Presiento que algo está por sucederme y no sé qué. Cada día que pasa soy menos yo mismo, menos que el tigre de antes. Ni el guardián me tiene respeto, hace la limpieza sin encerrarme en la guarida y hasta me empuja a escobillazos para que me corra de lugar.

        Llevo ya varios años en este cautiverio. Mis músculos se han vuelto fláccidos, mis fuerzas están debilitadas, mi voz está apagada, mis colmillos ya no tienen filo y varios dientes se me han caído.

        He perdido la prestancia y las energías de antes. Me acuerdo de mis años juveniles, cuando el perfil de mi cuerpo y la elegancia de mi andar provocaban el asombro y los hombres me consideraban  un soberano del mundo animal.

       El público me mira con indiferencia. Un visitante, al verme en este estado, me señaló desdeñoso a su hijita:

      -Parece un gato en ruinas.

      Ya no me molesto ni siquiera en llamar la atención. Los caminantes prefieren a mi vecina, la pantera negra de Cambodia, de mirada acechante y tenebrosa, inmóvil en la espera del momento del salto mortal. Hace unos días le arrancó de un mordiscón la mano a un osado que se atrevió a ofrecerle una galleta por entre los barrotes.

-                                              Es curioso todo esto. Los hombres parecen respetar sólo lo que temen. No se      preocupan por las glorias pasadas y sólo admiran al triunfador del día, olvidando que el que una vez fue vez tigre, siempre será tigre.

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