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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

HOMBRE JUGADO

HOMBRE JUGADO

Después de remover el matorral con la luz de su linterna, el taita Sarratea encontró a su hermano Filemón acurrucado a la vera del camino, como puma dispuesto a saltar sobre su presa.

- ¿Qué andás haciendo por aquí –le preguntó.

            La respuesta fue tajante:

            - Menos averigua Dios y perdona.

            Sarratea bajó los párpados y meditó. Si el muchacho agazapado en la oscuridad no hubiera empuñado en su diestra un 38 largo, quizás habría pensado en un secreto amorío juvenil. Pero el arma daba testimonio de una más grave intención:

- Estás por matar a alguien -le recriminó.

            Filemón permaneció mudo comprendiendo el mensaje encubierto de su hermano y bajó el arma. Sarratea insistió:

            - ¿Se puede saber a quién?

            Tampoco respondió Filemón a esa pregunta.

             En el Ford T detenido unos metros antes, el diputado Ponce esperaba el resultado de la exploración previa de su guardaespaldas.  Se inclinó apoyándose en el respaldo trasero del vehículo y preguntó al chófer:

            - ¿Pasa algo?

            - No sé, doctor, en la oscuridad no se ve nada.

            - Está bien, esperemos que vuelva –comentó el diputado Ponce.

            Las elecciones serían el domingo siguiente y el gobernador había manipulado la situación para el triunfo de su caudillo. La votación se haría a voz cantada y el Correo y los comisarios locales colaborarían en el robo y cambio de las urnas. Con todo, corría el rumor de que el presidente de la nación no confiaba en la fidelidad del candidato del partido:

           - Nos volverá locos a todos en el momento menos pensado –confesaba a sus íntimos-. No lo quiero en el Congreso. Encárguense ustedes del asunto.

            La voluntad presidencial había sido trasmitida en forma secreta al comisario del pueblo, que se dijo para sus adentros:

- Entre Ponce y el presidente, me quedo con el presidente.

Hizo venir del calabozo donde tenía detenido a Filemón, conversó con él y le

- Si el doctor Ponce no llega a las elecciones del domingo, me olvido del robo de caballos y del asalto al Jockey Club, y quedamos a mano. Ya sabés que por los caballos la pena es de cinco años y por el asalto a mano armada es de otros diez. Te dejo tu 38 largo, por si te hace falta. Hasta el sábado tenés plazo. Ahora volvé al calabozo y el sábado te doy las balas.

 Para Filemón resultó fácil averiguar que el sábado a eso de las diez de la noche, hora reservada exclusivamente por la regenta del prostíbulo local para los gobernantes y funcionarios, pasaría el doctor Ponce en su Ford T.

Escondido en  el sitio escogido para la emboscada, esperó con paciencia en el matorral. Nadie lo había visto llegar y ocultarse. El atraco se presentaba más sencillo de lo pensado. Pero como el miedo no es zonzo, una duda le martillaba en la cabeza: ¿y si el candidato venía acompañado de un guardaespaldas? Entonces no será uno sino dos, reflexionó, de modo que lo dejó librado al azar.

- ¿Qué tenés para matarlo? –le había dicho su hermano-. ¿No sabés acaso que vivimos de su plata?

La explicación no se hizo esperar:

- El comisario me prometió perdonarme el robo de los caballos y el asalto al Jockey si lo hago.

- ¿Estás seguro de que no me mientes?

- Te lo juro por esta cruz, hermano –contestó cruzando los dedos índices de sus manos y besándolos .- Son quince años.

- Imbécil, nunca aprenderás a vivir. ¿A  tu edad todavía crees en los Reyes Magos?  Te matará ni bien cumplas el pedido para que no queden testigos.

Filemón sintió vergüenza ante el razonamiento de su hermano y se quedó sin palabras para justificarse. En su aturdimiento, alcanzó a oír:

-Ahora dame el revólver y andá a esconderte en la casa del compadre Ramón y no salgas hasta que yo te avise.

Filemón puso el arma en manos de su hermano Sarratea, se arrastró sin hacer ruido por entre las matas y desapareció. El taita lo guardó entre sus ropas y se dirigió parsimonioso hacia el automóvil del caudillo. El doctor Ponce era para Sarratea su salvador y amigo. En dos ocasiones lo había librado de la cárcel por homicidio en asuntos de polleras.

- ¿Qué pasa, Sarratea? ¿Con quién hablabas?

El guardaespaldas no respondió. Súbitamente extrajo de entre sus ropas la Colt que siempre llevaba consigo y apuntando al pecho de su protector, le dijo:

- Discúlpeme, doctor Ponce. Lo hago porque mi viejita no aguantaría la muerte de su hijo menor. Yo, en cambio, ya estoy jugado en la vida.

Dio vuelta la cara para no ver la cara de su protector y descargó su pistola.

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