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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

MIS PARIENTES HOLANDESES

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     Llegaron un sábado a las nueve de la noche desde el aeropuerto de Ezeiza en un taxi que les cobró, por supuesto, mucho más de la tarifa oficial. El chófer no sabía que Lulia, la madre, era argentina, aunque residía en Amsterdam, con su esposo K. y su hijo Polke, ambos holandeses de nacimiento. Pero Lulia sí sabía que los taxistas del aeropuerto no trabajaban bajo normas de honradez y resultaba más práctico hacerse la ingenua y pagar, antes que iniciar las vacaciones con un conflicto personal.

     Los recibimos en casa con gran expectativa, mi esposa e hija. ¿Cómo serían esos parientes que venían de un extraño país? Nos apresuramos a saludarlos y abrazarlos, pero con gran sorpresa nuestra, Polke dio un paso atrás y se negó a que lo tocáramos. No entendimos su actitud y pensamos que probablemente estaba intimidado ante parientes tan expresivos. Tener diez años no es edad todavía suficiente para ser un héroe social. No aceptaron compartir con nosotros una suculenta cena que les teníamos preparada, y únicamente admitieron tomar sendos vasos de una gaseosa con cola de fama universal. ¡Qué prudentes -pensé- no quieren causar molestias!

     Milena, nuestra perrita joven y alegre, les dio una recepción menos confiada. Los ladraba en español con breves pausas en las que nos miraba a nosotros como esperando una respuesta aclaratoria, favorable o desfavorable a los recién llegados, husmeaba las tres enormes maletas que traían, se acercaba a Lulia, a K. y a Folke, los olía  y reolía, sin dejar de mover su rabo cortado y mirarnos en procura de una respuesta. Como no la obtuvo porque nosotros estábamos concentrados en la recepción, se resignó a extenderse en el suelo a nuestro costado, dispuesta a defendernos si fuera necesario. Padre y madre no se inmutaron con los ladridos y sólo Folke le dirigió unas miradas que no alcanzamos a comprender si eran de simpatía o temor. Les mostramos las habitaciones que les teníamos reservadas y nos fuimos todos a dormir.

     Al día siguiente, me desperté temprano y fui a la cocina para prepararme el desayuno, y encontré a  Lulia tomando mate con bombilla como solemos hacerlo nosotros. Hablamos únicamente de la Argentina y sus cosas, que ella no había olvidado y se complacía en rememorar, como sabueso que remueve de la tierra el hueso enterrado. Evidentemente había conservado intactas sus experiencias juveniles en el país enterradas en un voluntario olvido pero no hacía comentarios comparativos ni me decía “En Holanda nos desayunamos con…” A todas luces, evitaba hablarnos de los asuntos que podían suscitar desacuerdos. Mientras ocurría esto, Lulia preparaba el desayuno para su esposo y para su hijo. Para Polke esos pequeños limoncitos que aquí llamamos kinotos, papas fritas disecadas y me parece que una gaseosa de cola. Para K. no recuerdo. Lulia no despertó a ninguno de los dos y esperó a  que se levantaran por su cuenta.

    Quiso después conocer mi computadora. La probó y me dijo que estaba mal configurada . Tecleó y retecleó por aquí y por allá y me la dejó programada de una forma increíble. Mejoró la configuración, agregó programas, instaló entradas directas y otras exquisiteces técnicas que me deslumbraron. Aplicando uno de esos programas, me mostró su casa en Amsterdam, vista desde diferentes altitudes y me explicó cómo era y cómo marchaban sus planes para el pago de las hipotecas.

     En eso estábamos, cuando apareció Polke masticando los kinotos crudos y sonrió al ver el equipo listo para funcionar. A partir de entonces Polke se convirtió en un visitante fantasma, jugando con la computadora, mirando televisión,  masticando kinotos y entreteniéndose horas y horas por día.

     Con K. yo me entendía en un medio inglés, al paso que mi esposa y mi hija se entrometían de vez en cuando escuchaban alguna frase conocida. Yo, por manifestarle mis buenos sentimientos, le mencionaba de vez en cuando algún personaje o hecho relacionado con su país, leído o escuchado de bocas expertas. Desfilaron  así por mi galería el delicado filósofo Erasmo de Rotterdam y sus divergencias  con la Iglesia de Roma; el torturado pintor Van Gogh y su extraño suicidio; las misteriosas reuniones secretas de los miembros e invitados del Grupo Bildelberg, fundado en Holanda por el Príncipe Bernardo entre otros, y al que la opinión pública consideraba  el grupo de poder capitalista más fuerte del mundo.  

    Como mis infructuosos intentos de manifestar  mi simpatía no parecían obtener reciprocidad, intenté temas más cotidianos, y pasé al turismo en las islas de Araba y las Antillas Holandesas, a la esposa argentina del príncipe heredero Guillermo de Orange, a las vacas lecheras holando-argentinas, sin olvidar el próximo encuentro de fútbol entre los equipos de nuestros países en las olimpíadas de Beijing. Tampoco logré conmoverlo. K. escuchaba con atención y me respondía subiendo y bajando la cabeza, con un escueto yes o a lo sumo con una frase en inglés que yo entendía algunas veces y otras no.     

    Me quedaba un último recurso, la ginebra Bols, pero no sabía nada de ella. ¿Dónde encontrar información tan minúscula? Me salvó la Wikipedia, donde de paso aprendí que era una bebida espirituosa producida por el destilador holandés, Lucas Bols y alguna que otra minucia.

     Mientras este torneo no se definía, otro prosperaba, el de Folke y mi perrita. Milena iba y venía de la cocina donde se desarrollaban las conferencias académicas a la sala donde Folke efectuaba sus investigaciones informáticas. Sorpresivamente una mañana encontré que Folke y la perrita se abrazaban gozosos en un sofá frente al televisior y una alegría interior me inundó. ¡Por fin Holanda y la Argentina se habían unido!                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

     A los cinco días llegó el momento de la despedida: Lulia, K. y Folke tomaban un ómnibus a las sierras de Córdoba. Los acompañé en un taxi a la estación  terminal de Buenos Aires, para evitarles inconvenientes y ayudarlos en cualquier imprevisto. Durante la espera, lamenté que la perrita no hubiera podido venir a hacer lo mismo con su amigo Polke, y para ofrecer al niño un última manifestación de cariño, le compré en su nombre un llavero con la figura de un conocido jugador argentino de fútbol. Esta vez me sonrió con franca alegría, pero sólo me permitió que le diera la mano y no lo besara. Me lo imaginé en la escuela de su ciudad natal, exhibiendo el trofeo de su safari.

     A punto de abordar el ómnibus, abracé a Lulia, volví a dar la mano a Polke y me dirigí a K. Lo miré sin decirle nada, como pidiéndole aprobación para lo que iba a hacer, y le di un fuerte abrazo y lo besé. Sólo entonces se despojó de su holandés interior, me sonrió agradecido y me abrazó.

    Dios los bendiga, parientes holandeses. Vuelvan pronto, mi casa es la suya.

 

 

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