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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

ALICIA LA PIQUETERA

ALICIA LA PIQUETERA

      Se levantó ese día para cumplir su trabajo habitual. Desayunó, acomodó en su biblioteca los libros en que había estudiado para su último examen, desayunó y se endilgó su uniforme de trabajo, zapatillas deportivas, pantalón vaquero descolorido y deshilachado, camisa colgante y gorro pasamontaña. Extrajo de un bolsillo un papelito arrugado con una dirección y salió hacia la estación de trenes Constitución.  Gritó “Chau, vuelvo tarde”, sin esperar respuesta y salió dando un portazo. Una vez en la estación se juntó con sus compañeros que aparecieron de los baños y salas de espera.       

     El grupo formó fila a la entrada cubiertos sus rostros y con bastones en sus manos. En el centro de la fila Alicia daba los órdenes. Nadie podía entrar ni salir del edificio. La policía uniformada cercaba el local para evitar desmanes sin intervenir en el conflicto, conforme a las consignas recibidas. Dos ambulancias estaban disponibles para emergencias, un helicóptero sobrevolaba el espacio y los periodistas y camarógrafos garabateaban sus movimientos entre la multitud observadora. La fuerza del orden

reconocía a los dirigentes piqueteros pero prestaba particular atención a Alicia, al centro de la primera fila. Podían carteles y pancartas con las conocidas leyendas de “Yanquis afuera”, “Basta de Fondo Monetario”,  “Los pobres al gobierno”, y así tantas otras. Alicia sabía que sus compañeros no conocían esas instituciones, ni distinguían entre el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, y le bastaba con que quemaran cubiertas de automóviles, soplaran pitos, revolvieran matracas, y saltaran al compás de tambores y tamboriles.

     Hacia la caída del sol, un hombre de pelo recortado, impecable traje negro y anteojos oscuros, se dirigió directamente hacia Alicia, y en tono respetuoso tono dijo:

     - Señorita, el señor Presidente tendría mucho gusto en poder conversar esta noche con usted.

     - ¿Conmigo? ¿Para qué?

     - No lo sé, señorita. Si acepta la invitación, nosotros nos encargaríamos de lo demás.

     Alicia le pidió cinco minutos para consultarlo con sus compañeros y así lo hizo, al cabo de los cuales la propuesta fue aceptada. La entrevista se efectuaría a las once en un lugar reservado y sin testigos.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

         Dicho y hecho. A la hora convenida dos individuos parapetados detrás de anteojos oscuros y sombreros aludos la subieron a un automóvil negro con vidrios del mismo color y cortinillas internas, y al término de una media hora de viaje le desataron la venda de los ojos, le pasaron un detector de metales por el cuerpo, y la introdujeron en un despacho sobrio, con un mínimo de muebles y ninguna insignia ni fotografía en los muros.

     - Adelante, señorita, tome asiento –le dijo el Presidente sin ponerse de pie y señalándole una silla delante del escritorio.

     Alicia, aunque descarada, concurrió vestida con un coqueto traje sastre, y la  cabeza  descubierta. La entrevista duró una hora, durante la cual intercambiaron palabras, café y cigarrillos. El Presidente administró la conversación y Alicia redujo su papel a responder. Confirmó a su interlocutor que acababa de graduarse en licenciada en sociología, que trabajaba en  favor de los pobres y desprotegidos de la sociedad, y eludió con astucia las preguntas sobre sus autores favoritos, porque eso habría dado indicios sobre su ideología. Admitió que había creado un velatorio de lujo para los muertos humildes, donde se velaba por una noche a los fallecidos y se los retiraba a la mañana siguiente en un ataúd de pino para ser inhumados en el cementerio. Al menos por una noche conocerían el esplendor de la riqueza. La reunión y los temas tratados no se dieron a publicidad, pero algo había quedado pendiente, según podía esperarse del saludo final: “Nos veremos, Alicia.”

     Los piquetes continuaron realizándose, pero en un tono más alarmante. La fila de encapuchados de primera fila se había triplicado, los manifestantes vestían pecheras amarillas, blancas, rojas y verdes distintivas de cada grupo disidente, banderas de por lo menos treinta grupos y países, y los mismos ruidos anteriores incrementados con explosiones de petardos y bombas de estruendo. Detrás de ellos venían mujeres con sus niños en brazos y cochecitos, ancianos e inválidos en sillas de rueda reclamando aumentos de sueldo y pensiones,  casa propia, vacaciones pagadas y turismo gratuito, canastas de comidas diarias, remedios gratis y hasta alimentos para los pobres de Biafra.

       Habrían pasado unas dos o tres semanas cuando Alicia  comprobó que el dinero disponible para dar de comer a los manifestantes se agotaba. Remedió la escasez con una nueva idea, cobrar peaje para entrar o salir de la estación. Aunque los trabajadores protestaron al principio, poco a poco se acomodaron a la nueva exigencia porque más perjudicial les resultaba perder el salario del día, y en cuanto a los seguidores de Alicia, aplaudieron contentos la iniciativa que los beneficiaba con el agregado de dos tazas de café a la dieta diaria. Los empresarios del ferrocarril simulaban en declaraciones públicas repudiar el atropello pero en secreto se sentían reconfortados en recuperar en parte los ingresos perdidos en los últimos tiempos. El único perjudicado era el Presidente del país por el creciente aumento del caos popular y los insultos personales que se iban agregando en las pancartas. Su paciencia estalló cuando le hicieron conocer un insulto personal, “Cambio Presidente por diablo. Pago la diferencia.”.

     De inmediato hizo venir a su despacho a Alicia, que en definitiva se llamaba Alicia Monteavaro, y mantuvo con ella otro diálogo privado:

     - Le ofrezco un trato: si usted abandona la conducción de los piquetes, le aseguro un escaño en la Legislatura y un subsidio vitalicio para su madre y otro para su padre.   

     - Por mis viejos no se preocupe, Presidente, hace tiempo que me separé de ellos. ¿Cómo se puede ser hija de un obrero más pobre que las ratas que va una vez por mes a la iglesia de San Cayetano a rezar para le aumenten el salario?

     - Bueno, Alicia , elija usted.

     - Está bien, ¿me da unos días para pensarlo? Mis camaradas me tomarían por una traidora.

     - Categóricamente no, Alicia. El tiempo apremia y si usted no acepta, tengo otras opciones para manejarme.

    - Si es así, entonces acepo, Presidente. Preferiría un cargo en la UNESCO  en París.

    Alicia se puso a delinear el plan con los ayudantes del magistrado y a moverse sin descanso entre los piqueteros. Conforme a lo pactado recibió su nombramiento como asesora de la delegación nacional y un monto indeterminado de dólares para gastos de traslado, instalación, alquileres, propinas y anexos imprevistos. Tomó el avión a París y alquiló un departamento en el Barrio Latino a nombre de Alicia Monteavaro, de profesión pedicura. Si el agua de un río se encuentra en su camino con una fractura del lecho, no le queda más opción que convertirse en cascada, decía y pensaba. Por eso se había hecho oficialista, lo cual no le impedía que se reconvirtiera en piquetera una vez

que corriera por cauce llano. En su adolescencia le habían dicho  que las clases sociales      se han hecho para odiarse, y ella, odiar por odiar,  se había  inclinado por odiar a los ricos que tenían poder, sin diferenciar entre ricos buenos y ricos malos, y sin darse cuenta tampoco de que el bien y el mal son asunto de las personas y no de las clases. Su lema había sido siempre  “Todo puede ser de otra manera” y nadie había podido hacerla cambiar de opinión.

     Se guardaba muy bien de hablar de sus ideas por lo peligroso que resultaba publicarlas. Su lema lo había reforzado con el de un compañero de ruta creador del lema “Si me escupen y me conviene, digo que llueve.”  Y en homenaje a la verdad no le había ido mal. Alicia se involucró con grupos de disconformes y rezongones europeos y latinoamericanos y acompañó cuanta manifestación callejera se presentaba. Abogó por la disminución de la semana laboral, por la venta libre de estupefacientes, por las vacaciones anuales gratuitas de los desocupados, sin importarle si la demanda era justa o injusta, razonable o antojadiza. A falta de esposo, se había casado con la idea del caos, y con esa comía, dormía, piqueteaba y rompía.

     Alojó clandestinamente en su departamento a un terrorista canadiense, ocultó cocaína en su desván, invadió con activistas un supermercado parisiense exigiendo como regalo paquetes de golosinas para los niños pobres y sirvió de apoyo a dos amigos en el robo de tres cajeros automáticos. No buscaba,  para decirlo con justicia, dinero en los asaltos, dejaba que los camaradas se lo repartieran entre sí y su diversión consistía en ver sufrir a los contrarios.  El saber no cambia nada, las bombas sí. Su actividad llegó al escándalo cuando se enfureció con un agregado cultural africano, a quien agravió en una reunión oficial diciéndole que su patria era un zoológico de tigres, elefantes y negros, y a un hispanoamericano que su país era una colonia bananera. Con los franceses no se metía porque estaba en su territorio, pero no desperdiciaba ocasión para cuchichear que “endiosan la revolución pero no quieren el cambio.”

     Mientras tanto en Buenos Aires el Presidente estaba al corriente de las malandanzas         

de su compatriota que ponía en peligro las buenas relaciones con Francia.y le ordenó el inmediato regreso al país. Pero Alicia no acató la orden, y una madrugada su cuerpo fue hallado estrellado contra el suelo de la acera. La policía recogió el cuerpo, lo enfundó en una bolsa de plástico negro y lo llevó a la morgue. La hipótesis aceptada de la muerte fue que la extinta se había suicidado arrojándose por el balcón. Nadie reclamó su cuerpo y fue sepultado en el cementerio de Père Lachaise como N.N.

     Sin embargo, aunque las conjeturas no coincidieron por algún tiempo con la versión policial francesa, nadie volvió a ver otra vez en Buenos Aires a Alicia Monteavaro, más conocida como Alicia la Piquetero.   

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