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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

LLEGARON LOS GITANOS

LLEGARON LOS GITANOS

     A medida que los vehículos se aproximaban a la ciudad el intendente comenzó a ponerse nervioso. Nadie sabe por qué razón, pero el caso es que temía las próximas actividades de los gitanos: la tradición no las consideraba del todo honorables y con eso bastaba.

     Se detuvieron a la entrada, levantaron sus carpas y en cada una de ellas se instaló una familia. Los chiquillos formaron grupos de curiosos para espiarlos pues se los consideraba emparentados con una raza extraña, dirigida por un rey propio y con leyes propias. En su vida comercial se manejaban con monedas de oro, hablaban entre sí una lengua llamada romaní, no pagaban impuestos ni alquiler por el terreno que ocupaban y se desparramaban por la ciudad, hombres y mujeres, los primeros ofreciendo cacharros de bronce o metales, y las segundas adivinando el porvenir por las palmas de la mano. Unos y otros, pero no todos, no reconocían la propiedad ajena y birlaban lo ajeno si llegaba el caso, para transportarlo a su reino ambulante.

     Al tercer día, una figura femenina encubierta con una manta se acercó a la fogata central del campamento y pidió hablar con el rey. En su media lengua romaní-española el rey dialogó con la forastera, y pidió que permaneciera alejada unos minutos mientras él  parlamentaba con los otros patriarcas. Los gitanos tienen una máxima consideración por sus mujeres, que no deambulan por las ciudades sin otra compañía femenina.

     - ¿Cuánto valdría esa mujer si un gitano tuviera que pagar el “precio de la novia”?

     - Unas 100 libras esterlinas. Pero ésta se ofrece sin precio alguno porque dice no tener familia. Será un gran negocio para el gitano que se la lleve. La sorteamos entre nuestros solteros, y al que le toque le toca. Un negocio redondo.

     - ¿Y de qué trabajará en la tribu?

     - Mañana la probaremos y decidiremos. Por esta noche dormirá en una de las carpas.

     En la prueba los jefes convinieron en que no tenía aptitudes para bailar y que el marido sorteado, Antulo, le enseñaría a adivinar la suerte. En lo sucesivo se llamaría Florinda.

     Así las cosas, Florinda acompañada de otra gitana experta, se dedicó a ofrecer de casa en casa la lectura de la suerte. Cobraba sus servicios en moneda local y los cambiaba en libras esterlinas en un banco. En los treinta días que duró el asentamiento de los gitanos Florinda le llevó 700 libras a su esposo Antulo, quien no salía de su exaltación: una mujer hermosa como una flor sin pago alguno, y una fortuna en su caja de caudales. En el campamento todos festejaban la adquisición hasta que una noche Florinda desapareció después de robar las monedas acumuladas en sus cofres por los jefes de clan.

     Nunca más se supo de ella, aunque se sospechaba que los gitanos habían sido víctimas de una ladrona profesional. En la ciudad la noticia corrió de boca en boca y por fin se extinguió la duda sobre si los gitanos robaban o no.  

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