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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

FOTOS PARA LA POSTERIDAD

FOTOS PARA LA POSTERIDAD

 

     La moda de fotografiarse para la posteridad se inició cuando Fotolito descubrió que una placa de papel era mucho más económica que una estatua de bronce o un cuadro al óleo.

     Los abuelos siempre tuvieron la obsesión de fotografiarse, vaya uno a saber porqué. Solos o rodeados de su familia, hacían imprimir sus imágenes en color sepia y las colgaban de la pared enmarcadas en gruesos armatostes. Por ese procedimiento los  parientes venideros podrían enterarse de sus virtudes. Coincidió esta costumbre con la aparición de una nueva ciencia, la fisiognómica, según la cual el rostro mostraba el espíritu: mentón cuadrado reflejaba una voluntad inquebrantable; bigotes espesos en manubrio revelaban severidad en las costumbres; nariz recta y frente alta eran signo natural de inteligencia y firmeza en las convicciones. Las conformaciones más vergonzantes eran las orejas en punta que sugerían la ignorancia de los asnos, y la frente estrecha, por su parecido con los monos.

     Fotolito, nuestro protagonista, combinando el arte de la fotografía con la cosmética y la caracterización teatral, llegó así a generar los nuevos patricios para la posteridad. La calvicie la disimulaba con pelucas, las carencias dentales las rellenaba con dientes de madera pintados de blanco; la riqueza se simulaba con una cadena de gruesos eslabones dorados circuncidando el abdomen,  y la nobleza con un collar de grueso calibre sosteniendo un medallón como sol. Con medallas de utilería se mentían supuestas victorias militares, y con corbatas negras voladores se insinuaba el talento poético. No existían por esos tiempos las inyecciones de bótox ni los rellenos musculares de  silicona, que se disimulaban con almohadones de lana. Para esconder el embarazo prematuro se inventaron las polleras con miriñaque o armazones de alambre, al tiempo que las arrugas de los ojos se emplastaban con masilla de carpintero. A los familiares encorvados los sostenían con trípodes por detrás, a los rengos los fotografiaban sentados y a los tuertos en tres cuartos de perfil.

     - ¿Cómo quiere que lo fotografíe? –inquiría cierta vez el obsequioso Fotolito a su cliente.

     - Como el general Roca en su expedición a los indios ranqueles.

     - Lo siento mucho, señor, pero no tengo un quepis de esa época.

     - ¿Podría ser entonces como el brigadier general Juan Manuel de Rosas? Tengo entendido que él también hizo una expedición contra los indios.

     - Así fue en efecto, mi estimado señor, pero no se lo aconsejo porque el país está divido en rosistas y antirrosistas.

     - Entonces podría ser como Bernardino Rivadavia; también fue un hombre importante en la historia.

     - Por supuesto, señor, pero fue civil y no usaba uniforme militar. No podríamos emplear las medallas y condecoraciones. Además era retacón, mulato, panzón y con pelo duro.

     - Bueno, don Fotolito, a este paso sólo me queda el general San Martín. ¿Qué le parece?

     - No, eso sí que no. El general San Martín es intocable. No me animo ni se lo aconsejo. Nadie lo ha hecho hasta ahora ni lo hará.

     - Acabemos, caballero, ¿o usted me va a decir ahora como quiero parecer yo? Yo necesito aparecer a mis descendientes como militar.  

     - En ese caso, mi estimado señor, podríamos imitar al general Urquiza, el vencedor de Caseros. Tengo uniformes parecidos a los de esa época, aunque le advierto que después de la batalla desfiló en la ciudad de Buenos Aires montado, con poncho blanco y galera negra de copa.

     -En ese caso, podríamos hacer una combinación: con bigotes como un kaiser alemán,  uniforme militar y condecoraciones, de pie, una franja presidencial con borla cruzada al frente, y una galera negra en el brazo.     

     - Podría ser, pero sus amigos actuales no lo reconocerán.

     - No interesa, porque la foto no es para ellos sino para mis nietos, biznietos y demás descendientes. Quiero que puedan mostrar con orgullo a este antepasado. Para ese entonces yo estaré muerto y nadie podrá poner en duda mi figura.

     - De acuerdo, señor. Entonces pase al tocador de la sala de atrás.

     Con los años don Fotolito y su cliente murieron y el cuadro se perdió en una subasta de antigüedades.   

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