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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

CAMA 14

CAMA 14

     - ¿ Dónde se encuentra el paciente?  –preguntó el médico al enfermero del Hospital de Agudos.

     - Cama 14, doctor –respondió el asistente.

     El médico recorrió de un vistazo el pabellón y dirigió su mirada al lugar indicado. Vio entonces encogido en el lecho a un hombre canoso, más bien envejecido que viejo,  de unos cincuenta años, apoyado sobre su costado derecho como signo de interrogación caído, que no miró al recién llegado ni respondió a su saludo. El facultativo recabó los datos previos necesarios y se enteró de que el enfermo había sido internado de urgencia unos minutos antes por fuertes dolores en el costado derecho. Una cortina colgada de un caño lo separaba de la cama vecina numerada con el fatídico 13, el número de la mala suerte, como  se sabe en todo Occidente. Desde hacía mucho tiempo esa cama estaba desocupada porque ningún enfermo quería  ser acostado en ella por temor. La tradición hospitalaria sostenía que desde esa cama infausta todos los pacientes habían pasado directamente a la morgue.

     Nuestro paciente Eugenio Bonaventura, tampoco parecía dispuesto a romper con esa tradición, y reclamó la cama 14. Por de pronto, una vez que había pasado por debajo de una escalera abierta, un tacho de pintura le había inutilizado el traje, y en otra ocasión , cuando en una comida derramó sal en el mantel y no la arrojó atrás por sobre su hombro, estuvo arrumbado en el lecho por diarreas intermitentes. El facultativo indicó al enfermero inyectarle un calmante para interrogarlo más tarde.  Los manuales de medicina interna reconocen por lo menos quince enfermedades con ese síntoma, desde un simple cólico hasta una perforación intestinal. Esperaría en la guardia hasta después.   

     - El próximo que caiga tendrá que ocupar esa cama porque no tenemos otra disponible -dijo el facultativo.

    Eugenio Bonaventura, el buenaventura bien nacido, según el significado de origen de su nombre y apellido, no se despertó hasta el día siguiente contrariando la previsión médica. Lo hizo cuidadosamente pisando el suelo con el pie derecho, para no transgredir la sabiduría que anticipa un mal día para quien lo haga con el izquierdo.

     En la visita matutina, el médico, acompañado de una media docena de discípulos, explicaba los antecedentes del caso y pedía opiniones. El internado se quejaba de fuertes dolores en el costado derecho y se removía sin cesar en el lecho, aunque movía su vientre con normalidad, tenía buen apetito, lengua y garganta estaban normalmente humedecidas, no experimentaba vómitos ni náuseas ni su piel estaba amarillenta; la  presión arterial y las pulsaciones normales. En definitiva, un extraño caso. Los diagnósticos de profesor y alumnos no se conciliaban entre sí: apendicitis aguda, cólico hepático, derrame biliar, cirrosis, obstrucción intestinal. Y como sin diagnóstico no hay pronóstico, el médico, sin poder echarle la culpa a ninguna bacteria ni virus, dictaminó:

     - Que continúe internado en observación hasta que le hagamos una tomografía computada y un análisis de sangre y anticuerpos.     

       A la hora del almuerzo Bonaventura comió y bebió como un tiburón, pollo hervido,  puré de zapallo, flan sin azúcar y tres cuartos litros de agua mineral. Durmió su siesta habitual, hasta que una camarera lo despertó con la merienda habitual. Bonaventura, para no desdecirse de su apetito del mediodía, pidió repetirla, con gran asombro de la servidora:                                         

     - Si este internado está enfermo, yo soy Marilyn Monroe –comentó.

     En el intervalo entre la merienda y la cena los internados se levantaban de sus camas para conversar entre sí, hacerse bromas y comentar la gravedad de otros pacientes. Bonaventura, en cambio, se mantenía incólume en su lecho y leía con fervor un libro forrado que se había hecho traer por un amigo. Daba la impresión de estar ensimismado en una interminable paciencia a la espera de algún acontecimiento.

     Una semana duró la espera. Un paciente víctima de un ataque respiratorio fue instalado en la cama 13. Bonaventura escuchó al médico de guardia diagnosticar asma al enfermo y tenerlo en observación por unos días. Corriendo la cortinilla que los separaba trabaron conversación  a los pocos minutos, sin interrogarse por discreción sobre las dolencias respectivas. Bonaventura no se quejaba salvo cuando las enfermeras le traían botellones de agua y le controlaban la temperatura corporal. Les extrañó oírlo decir “¡Cruz diablo!”cuando una lechuza pasó graznando cerca de la ventana., pero como estaban habituadas a toda clase de expresiones, ruegos y conjuros, no le dieron importancia.

     Pero ni la tomografía ni los análisis llegaban por falta de recursos del hospital. Una mañana fue despertado súbitamente por un nuevo médico. Fue suficiente que lo viera tuerto para que aumentaran los latidos de su corazón. En un instante tocó un bastón de madera que tenía al lado del lecho, al tiempo que pensaba: “¡Zas, un tuerto al despertar! ¡Mala suerte para hoy! Menos mal que tenía una madera a mano para tocarla.”

     Tranquilizado con el  conjuro, prestó atención a las palabras del tuerto al otro lado de la cortinilla. corrediza.

- ¿Estoy grave, doctor? –preguntó asustado el paciente.

- ¿Grave? Está enfermo como todos los demás de esta sala. Eso es todo. ¿O quiere algo más? 

     - Ni lo diga, doctor, con lo que tengo me basta.

     Cuando se retiró el médico Eugenio Bonaventura descorrió la cortinilla y le extendió  una cola de conejo diciéndole:

     - Téngala, amigo, espanta los malos espíritus. Cuando no la necesite, me la devuelve.

     Tuvo lástima del enfermo de la 13 que no había tenido la oportunidad de negarse. Si llega a morir le cerraré los ojos porque en caso contrario, lo seguirá un familiar, pensó.

     En pocas horas más en la sala todos los enfermos estaban enterados del poder de los amuletos de don Bonaventura y lo rodeaban solicitándole uno para uso personal.

     - Lo siento, amigos, pero no tengo ninguno más. Pero si alguien consigue una herradura de siete agujeros, puede protegernos a todos.

     - Yo puedo conseguirla –terció una enfermera recién integrada al grupo-. Aunque no estoy en cama, tengo también mis problemas de salud. Un sobrino herrero me la puede hacer.

     En efecto, a los dos días la enfermera llevó escondida en su ropa la herradura  de la salud, con poder para toda una sala. Estaba por ponerla debajo de una imagen la Virgen, pero la reminiscencia de su niñez, cuando tenía fe, se lo impidió. Tampoco podía exhibirla a la vista de todos los pacientes para no violentar la conciencia de algunos creyentes musulmanes. Eugenio Bonaventura le sugirió entonces que  la disimulara debajo del colchón de su cama donde él se encargaría de custodiarla. En ese refugio cualquier interesado podía ir en horas de la tarde a tocarla en demanda de salud.

     Entretanto, el vecino de la cama 13 empeoraba día a día. Echaba pálidos suspiros, se ahogaba  y sus debilitados pulmones no alcanzaban a absorber suficiente oxígeno. Bonaventura le aconsejó  acostarse del lado del corazón para comprimir los pulmones y expulsar a los malos espíritus del cuerpo. Para confirmar su presunción sólo le quedaba la prueba del espejo. Colocaría un espejo grande en el testero del habitáculo, y si se caía al suelo y se hacía añicos, la muerte del paciente sería irremediable. Dicho y hecho con el consentimiento del paciente y del médico tuerto.

     Pasaron trece días y sus noches sin efecto alguno, pero una madrugada pasó por delante de hospital un camión recolector de basura, gran y pesado como diez elefantes, los muros vibraron y se estremecieron, y el espejo se desprendió de la pared. Cayó sobre la cabeza de Bonaventura, quien se fue de este mundo sin chistar. Lo llevaron a la morgue, lo pusieron en un mezquino ataúd de pino, y se lo entregaron a la municipalidad para su inhumación por falta de parientes conocidos.

- ¿Quién era este Bonaventura? Nunca pudimos averiguarlo –comentó un paciente.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

     Nadie lo sabía, hablaba poco, se lo pasaba leyendo y mascullando palabras que no se entendían. 

    A todo esto, la enfermera se mantenía en silencio, pero tal vez por remordimiento, explicó:

    - Yo sí lo sé. Era un supersticioso que buscaba una fórmula para la salud universal.  Se internó fingiendo una enfermedad en este hospital, el mejor lugar para experimentar sus ideas.  

     En los meses siguientes el médico tuerto se descalabró en una escalera y se rompió la crisma, la enfermera fue internada en la sala de mujeres donde falleció de un derrame cerebral y el paciente de la cama 13 se recuperó de su asma y hoy en día es entrenador de un equipo de fútbol. 

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