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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

EL PERRITO JAPONÉS

EL PERRITO JAPONÉS

              Se llamaba Tomodata y era de oficio mecánico, muy aficionado a la construcción de juguetes. Entre sus méritos contaba con la invención de una muñeca que suspiraba y exhalaba un perfume de rosas cuando se le oprimía el pecho. Sin embargo, su obra cayó en el olvido cuando en los Estados Unidos apareció la grácil figurilla de Barbie con su acompañamiento de vestidos, casa y enseres domésticos.

            Esto le sucedió a fines del siglo pasado, cuando todavía se creía que las cosas inanimadas no pensaban. Llegó entonces la electrónica del brazo con la cibernética y sus deslumbrantes promesas, y adiós a los juguetes con engranajes y baterías, movidos por la voluntad de sus dueños. Tomodata se propuso entonces idear una mascota que pudiera resolver los problemas del exterior con criterio propio

             Se inclinó por los caninos, inspirado en su inseparable perrita Tuigi que lo acompañaba paciente y sumisa en sus interminables horas de trabajo, extendida a sus pies  del hocico a la cola. Por momentos giraba la cabeza a uno y otro lado y levantaba las orejas tratando de interpretar a la distancia cualquier sonido errabundo, o husmeaba cuanto insecto minúsculo le pasaba por delante. Miraba luego a su amo indicándole que no había peligro a su alrededor, para volver finalmente a su posición inicial y dormitar hasta la aparición del próximo sonido o intruso desconocido. Satisfacía su hambre con las escasas migajas que caían al piso del emparedado de queso de su señor y resistía a la sed y demás necesidades hasta que Tomodata se levantaba de su silla y salía al jardín a tomar un poco de aire fresco y tonificar su imaginación. Siempre a su pies, más de una noche la pasó sin comer por olvido del laborioso mecánico.

              En su empeño de lograr un perrito lo más acabado posible, Tomodata asistió a exposiciones en todo el país, aprendió inglés para leer manuales traídos de América y mantuvo correspondencia epistolar con algunos cerebros del Silicon Valley de California, paraíso de la cibernética. Se rumoreaba que el mismísimo Bill Gates le había enviado una tarjeta postal de fin de año animándolo en su proyecto y que un descendiente de Edison lo había distinguido con el aporte de una copia de las memorias íntimas de su abuelo sobre los secretos del arte de inventar.

              No le sirvió de mucho que digamos, pues la fórmula consistía el olvidarse de las ideas aprendidas y poner en su lugar otras nuevas y diferentes. ¡Vaya novedad!, pensó. Si al menos me hubiera indicado dónde encontrar una idea novedosa. Es como la explicación que Miguel Ángel dio en su época sobre el arte de esculpir: sacarle a un bloque de mármol lo que sobra de la figura que pretendemos lograr. La historia de una famosa muñeca china tampoco le resultó provechosa, porque su inventor tenía que meter la mano para hacerla acostarse, sentarse en una silla o arrodillarse a rezar al Gran Dragón.

En la ilusión de Tomodata su perrito tendría que ser capaz de darse cuenta de todo problema y resolverlo por sí mismo. No sabría decir si el mecánico se habría hecho merecedor del castigo de los dioses, considerando que no pretendía un lucro económico y le bastaba con la simple satisfacción de la labor cumplida. No sabría decirlo además, porque yo no estaba en el alma del artesano y mi pobre formación religiosa no alcanzaba para discernir si su afán por las cosas de este mundo se había convertido o no en el pecado de orgullo y soberbia.

Otros varios progresos se añadieron  con el tiempo a los ya obtenidos. Su perrito electrónico movía la cola hacia arriba y la dejaba enhiesta cuando detectaba algún peligro y la meneaba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, nerviosamente, si el incógnito obstáculo resultaba ser un presunto animal enemigo. Había aprendido a tomar la comida de un plato separando la carne de cualquier añadido extraño; orientaba su cabeza con la orejas levantadas y ladraba desde la lejanía a los pájaros invasores. Su mecanismo interno era tan sutil, que había incorporado la habilidad de arrastrarse con la cola entre las patas cuando su amo lo reprendía.

El inventor llegó a sentirse satisfecho. La programación electrónica preveía casi prácticamente toda forma de reacción y comportamiento. La inteligencia artificial del perrito había llegado al increíble punto de percibir el diferente tono de los mandatos, y quedarse quieto sin responder si la voz de orden le era dada en un idioma que no fuera el japonés o el inglés.  Y como todo buen perro, no se preocupaba si su amo era rico o pobre, ni hacía distinción entre un lecho suntuario y un mísero cuchitril. Unos pasos más y su mascota estaría en condiciones de igualar al perro guardián del convento budista próximo, que permitía la entrada al recinto tanto a los monjes residentes como a los feligreses nuevos, pero gruñía y atacaba a dentelladas a cualquier polizón que se disfrazara de creyente. Pero Tomodata confiaba en que arribaría pronto a ese grado de exquisitez.

Lo probaba secretamente en todas las situaciones de vida que se imaginaba, corregía los defectos y dotaba al juguete cada vez de mayor memoria de recursos. Logró instruirlo para ponerse a cubierto cuando llovía, saltar por encima de una piedra si obstruía  su paso y caer sobre sus patas sin trastabillar. Con el tiempo el perrito aprendió también a leer el reloj. Miraba con atención el cuadrante, entornaba los párpados en actitud de pensar y levantaba una pata delantera, dos, cuatro, quince o veinticuatro veces, según fuera el momento del día. Por el momento era suficiente. En unos meses más le enseñaría a leer los minutos.

Llegó por fin el día en que Tomodata consideró que su invento había llegado a un grado casi perfecto de evolución, se sintió satisfecho, vio que su obra era buena, como el dios hebreo Yahvé, y decidió tomarse un mes de reposo, el séptimo día, y presentarlo después al público. Por consejo de un comerciante norteamericano resolvió ponerle nombre y lo bautizó Silly –sedoso-, de pronunciación casi idéntica en todas lenguas modernas, fácilmente memorizable -dos sílabas-, y acorde con la textura de la piel artificial.  Se ofrecería  en el mercado dentro de un estuche de aterciopelado, y más aún, con algunos repuestos adicionales que prolongarían la vida útil del prodigio, y sorprendentemente, con el agregado de un certificado de nacimiento.  El lanzamiento se realizaría el próximo 6 de enero del año 2000, conforme al calendario occidental, en el Kennel Club de Tokio.

El día y hora anunciados unos dos mil espectadores colmaban el anfiteatro en derredor del círculo donde Silly demostraría sus habilidades y destrezas al mundo.  Fabricantes de juguetes de todo el mundo, ingenieros electrónicos, inventores, periodistas, camarógrafos de varias cadenas de televisión, criadores de perros y cazadores de primicias aguardaban entre comentarios y discusiones al prodigio anunciado. Alguien creyó notar la presencia del superior de una orden religiosa, versado en la interpretación del Apocalipsis de San Juan, escandalizado por la posibilidad –satánica en su opinión-, de que el inventor pudiera ser en el nuevo milenio un representante del Anticristo.

Tomodata, vestido de pulcro frac negro, pantalones, camisa y corbata occidentales, con un lujoso kimono sobrepuesto a la usanza del país, hizo su aparición con su perrito dentro de una caja de cristal cubierta de un manto brilloso, destapó el contenedor, lo extrajo con ademán solemne  y lo mostró a los asistentes con los brazos en alto. Lo depositó con suavidad sobre una mesa  y le ordenó:

                 -Saluda, Silly.-  El perrito ladró dirigiendo su cabeza a uno y otro lado. Saludar al prójimo es lo más natural que puede venirle a la mente a un mortal cuando se encuentra en el camino con un semejante, pero  los eruditos saben que eso significa desearle buena salud.  Tomodata nada conocía de esta etimología y por consiguiente mucho menos su engendro mecánico, que sin embargo saludó. Un fuerte aplauso recompensó la hazaña. 

                 -Llora –fue la segunda orden.- Silly se extendió sobre su vientre en el suelo, se tapó con sus manos los ojos y a los oídos de los espectadores llegaron los sonidos de un lamento.  El llanto quita la penuria del remordimiento y descarga el dolor del corazón. Pero aunque Silly había llorado sin lágrimas, el público estalló en una estruendosa salva de aplausos. Cuando el asombro ante un portento abruma, la explicación se hace innecesaria.

Bajo el imperio de los tres mandatos siguientes, el prodigio electrónico bailó sobre sus patas traseras, saltó por encima de una cuerda horizontal y gruñó amenazante a un gato negro que le pusieron delante. Los aplausos cedieron paso a estruendosas ovaciones que atronaron el recinto.

Llegó el turno de la siguiente prueba. Un silencio de tumba se suspendió en el aire y lo puso tenso. La creciente expectativa afloró en los rostros. Tomodata se recostó en el piso apoyado sobre uno de sus brazos y de sus labios brotó la orden final:

-Si me quieres, Silly, bésame –dijo. Esta vez la orden implicaba una condición previa dependiente del servidor. Era un si subordinado a la reacción ajena, un encuentro entre la voluntad del perro y su amo. Los papeles se habían cambiado y la clave del éxito estaba en el lado opuesto.  Pudo haberle ordenado sencillamente que lo besara, pero no lo hizo.

El obediente perrito miró a su amo y no hizo movimiento alguno. Tomodata no pudo ocultar en su rostro la perplejidad, y en la vacilación, optó por insistir en su demanda. Tampoco obtuvo respuesta. ¿Acaso un mecanismo podría insubordinarse contra su creador?

El inventor transformó entonces su exhortación en un tonante imperativo que cruzó el anfiteatro como un atronador relámpago. Su ímpetu espontáneo no tenía explicación posible, puesto que un grito no puede acrecentar la razón de un pensamiento.

-¡Bésame!

Ante el asombro o quizás el desencanto del público, el autómata Silly se mantuvo inmutable.

De pronto, se vio salir corriendo de entre el público a su  perrita Tuigi, ladrando a los saltos y agitando como bandera su cola,

acercarse a su amo, y lamerle gozosamente su boca.

Estas cosas no suceden, pero debieran suceder.

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