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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

EL DERECHO A SER VIUDO

EL DERECHO A SER VIUDO

  Los tribunales de justicia del país se caracterizan por su morosidad en sentenciar las causas pendientes. A veces tienen razón en demorarse porque los juzgados existentes son insuficientes para despachar los miles de causas pendientes; en otros casos su razón es dudosa, porque entre feriados, vacaciones, ferias judiciales y otros privilegios, no disponen ni siquiera de doscientos días hábiles por año para el cumplimiento de sus funciones. Esto sin considerar que algunos jueces son abiertamente haraganes, o mienten con descaro alegando inasistencias por maternidad de su mujer cuando en verdad están jugando al golf.

     Ni esperar entonces de ellos una respuesta a una inquietud que me da vueltas en la cabeza  desde hace tiempo. La cuestión es ésta: dado que los llamados derechos humanos me reconocen la libertad de opinar y pensar conforme a mi voluntad, vale decir, conforme a mi personalidad,  en estos momentos mi deseo es ser viudo.

     - Vamos por partes, mi amigo -me dijo un amigo garantista-.  Pare ser viudo hay que haber estado casado primero. ¿Usted está legalmente casado o está en pareja?

     - Casado -respondí.

     - Entonces vamos bien. Puede ser viudo. Pero además, su esposa debe morir. O la convence usted de que se suicide o la mata.

     - ¿Y no puedo hacerlo por interpósita persona?

     - Sería lo ideal. De esa manera usted no tendría responsabilidad criminal ninguna.

     - ¿Pero dónde encontrar un individuo que quiera hacerlo?

      - Muy sencillo, debe buscar una persona cuyo deseo sea precisamente el de matar a otro. De esa manera los dos estarían en legítimo uso de sus derechos humanos.

      - ¿Y mi esposa qué derecho humano reclamaría?

      - Ninguno, porque los derechos humanos son válidos para los vivos y no para los muertos. Una vez muerta, una persona deja de tener derechos humanos. La Declaración Universal  de los Derechos  Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1948) está concebida y redactada en ese sentido.

     - ¿Y si no encuentro ningún individuo para mis fines, ¿qué puedo hacer?

      - Hasta que lo encuentre tiene derecho a la "libertad de opinión y de expresión", "sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión" (art. 19). Puede, por ejemplo, fundar una asociación y reclutar afiliados (art. 20). Pero, permítame una aclaración: ¿usted no ama realmente a su esposa?

     - De ninguna manera. La amo todavía.

     -¿Y entonces?

     - Solamente pretendo saber cómo se siente un individuo viudo. Se me ha ocurrido que tal vez no sea tan trágico como se dice. Por eso he pensado que con el tiempo a lo mejor se muere naturalmente, la mata un criminal o se le antoja suicidarse. Formaré una sociedad, "Viudos sin Fronteras",  y veré qué pasa.

     -¿Y qué va a pasar? Nada. Hay tantas asociaciones desparramadas por el mundo en estos días que nadie les presta atención.

    - ¿Para qué se escribieron entonces los derechos humanos? 

    - Pues para que los gobiernos y los individuos sepan cómo deberían ser, no para que lo sean. No los conoce ni aplica ningún gobierno. Únicamente los estudian los universitarios para los exámenes. Los políticos los recitan de memoria en las campañas  electorales o en los encuentros internacionales. Por un eslogan político no le dan ni una salchicha en un quiosco callejero.

     - ¿Y no le parece que también deberían haber escrito las Naciones Unidas una Declaración Universal de Obligaciones Humanas?  Yo propondría el artículo primero:

"Todos los seres humanos nacen libres y obligados, y dotados como están de estos dos  atributos, deben comportarse fraternalmente unos con otros." ¿Qué le parece?

- Parecer me parece bien, pero lo considero un intento perdido. ¿Se imagina usted

 una ley que fijara la pena de horca para los violadores? El mundo se quedaría sin gobernantes. Ni en las Naciones Unidas se firmaría tal declaración. ¿Firmaría usted su propia condena de muerte?        

     - Con tales imitaciones no puedo ejercitar mi derecho a ser viudo ni crear una asociación "Viudos sin Fronteras.", ni proponer a las Naciones Unidas una Declaración  Universal de Obligaciones Humanas. No me queda entonces nada que hacer.

      -Sí, mi amigo, algo le queda: dejar de creer que cuando le dicen "derechos humanos" le han dicho la verdad absoluta cuando no es más que una aspiración de deseos o una mentira convencional. Las leyes no son más que enunciados verbales que los hombres escriben.

     - Desisto en tal caso de mi libertad de ser viudo.

     - Hágalo si lo desea, pero no vaya a ocurrírsele decir que los gobiernos son mentirosos porque va a ir a parar a un calabozo detrás de las rejas. Y mucho menos que el Estado tiene el derecho de coacción, porque lo condenarán por fascista. ¿Tanto le cuesta darse cuenta?

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