DESFILE DE MODAS

Llegó por fin el día del desfile. A las nueve de la noche se presentó el fígaro Antonucci, feo como su madre lo había traído al mundo, camisa sin abrochar para ostentación de su pecho velludo, pantalones vaqueros desteñidos y una lengua inagotable en mixturas de inglés y español: - Hello, mis amigos, my name is Antonucci, el más grande hairdresser en esta ciudad -dijo presentándose como si estuviera filmando en Hollywood-. Noi siamo tutti uomini moderni y amantes de la fashion. ¡Arriba los corazones! Sursum corda! - Empezamos mal -dijo un argentino a su vecino un jeque árabe. Comenzó el desfile con un conjunto de niñas de hasta diez años, empujando carritos con muñecas y luciendo vestidos largos, con cintas y prendedores y moños en los cabellos., como en las fotografías de antaño. Los espectadores toleraban con paciencia y respeto el desfile para no desanimar a las modelos. Al cabo, las niñas volvieron al testero de la pasarela sin inconvenientes, salvo una que huyó a los llantos por temor al público - Menos mal que yo soy soltero –dijo un espectador. - Vamos, mi amigo, los hombres no somos nunca solteros- contestó el jeque. Acto seguido hizo su aparición a paso ondulante la serie de modelos femeninos con escotes en lugar de telas, flacas como esqueletos, con colgajos, prendedores, hebillas, tules, cueros, tachuelas, nidos de pájaros en sus testas y cuanta novedad pueda suponerse. Al llegar a la punta de la pasarela hacían un movimiento de caderas provocativo y retornaban a paso redoblado. - Esto es otra cosa –dijo el jeque con un gesto de picardía. - De acuerdo –respondió su vecino del otro costado, un millonario estadounidense especializado en hamburguesas de conejo. No había acabado de emitir su opinión, cuando una modelo perdió el equilibrio por la altura de los tacos y cayó al suelo en indecorosa posición. El millonario trepó a la pasarela como ángel venido del cielo, pero tropezó con un reborde de la alfombra y cayó sobre la infortunada damisela. Antonucci corrió desde el fondo para colaborar con el salvataje, a los gritos de “Maledetto tappeto, maledetto tappeto. Restablecido el orden, llegó el turno de los varones. En el costado de enfrente las damas fingían imparcialidad leyendo, al tiempo que sus secretarias escribían papelitos con direcciones que esperaban entre bambalinas los escogidos. - Pero, mi querida, ese rubio es un taxi-boy. Cobra por horas. Al menos mil dólares por cita. - Y bueno, los gustos hay que dárselos en vida, qué quiere que le diga. Después del revoloteo de las secretarias, el desfile continuó con las ancianas (abuelas, en lenguaje misericordioso), unas en sillas de ruedas, otras sostenidas en andadores, y las más ayudadas por damas de compañía. - Lo único que faltaba -se burló un diplomático con lentes oscuros-. ¿Qué hacen aquí estas momias de museo? Me imagino que no vendrán a buscar novios. Deberían considerarse felices de no haber muerto todavía. - Vaya uno a saber. A lo mejor son viejas contratadas para esta noche. De todos modos, le aseguro que mi abuelita no está. A un osado que quiso entrometerse en su intimidad, una abuela le respondió: - No sea impertinente, señor, que a mi vejez la administro yo. Los hombres de un lado de la tarima y las mujeres del lado de enfrente aprovecharon el momento para relajarse. En un lugar apartado, se escuchó este diálogo: - ¿Y qué me dice, my friend? Permítame presentarme. Me llamo John Smith, estoy profesor en la Universidad de Texas y vine aquí para tomar apuntes sobre las costumbres latinoamericanas. ¿Qué decirme usted? - ¿Decirle? Si lo que usted ha visto se hace antes y mejor en su país. Los estadounidenses son los inventores de las pasarelas. Interrumpió el diálogo míster o don Antonucci, con su jerga de poliglota: - Thank you, thank you, mis amigos, mes amis, amici miei, a continuación mi secretaria les tomará su nombre y dirección para visitarlos en sus domicilios y concretar las compras. El argentino y sus dos vecinos se escabulleron entre la multitud. Habían concurrido a la pasarela porque la entrada estaba incluida en un paquete de turismo y no deseban perdérsela.
EL SARGENTO Y EL GENERAL

Dice la tradición que una vez un General llamó a su tienda a un Sargento y lo reprochó porque en el campo de batalla en vez de ejecutar a los enemigos vencidos les perdonaba la vida y los conducía prisioneros. El Sargento se justificó respondiendo:
- ¿No ha leído, señor General, los Evangelios?
La respuesta del superior fue inmediata:
- Y usted, Sargento ¿no ha leído el reglamento militar?
En tan sencilla anécdota, verdadera o no, puede resumirse el problema del bien y del mal en este mundo. Naturalmente, el General no debatió el problema con su subordinado, pero las palabras del suboficial se aposentaron en su memoria y lo pusieron frente a su propia conciencia. El General se dijo a sí mismo:
- Nunca he podido ponerme de acuerdo con preceptos morales imperativos, vinieran de donde vinieran. Cuando he debido obrar nunca se me ha ocurrido preguntar ¿cuál precepto debo seguir? He metido el cuerpo en el problema y he hecho lo que me parecía conveniente. A menudo me han reprochado esta falta de reglas, pero andar por el mundo con principios es como meterse por un sendero en el bosque con una vara entre los dientes. La filosofía y la moral sólo sirven para ser discutidas por los eruditos y nada más. ¿Piensa alguien que frente a un soldado que viene a embestirme con su bayoneta yo tendría que sacar de mi mochila un libro de Kant y leer lo que debo hacer?
El General se llamaba Otto Bismarck y era prusiano. Del Sargento la historia no registra su nombre.
LA CURACIÓN ORTOGRÁFICA

Lo que voy a referir no sucedió en ninguna antigüedad, sino en nuestros días, en que tanta sabiduría se ha acumulado por la conjunción de ciencia y tecnología. Ya no es necesario quemarse las pestañas para aprender las reglas ortográficas de las lenguas. Algunas son tan difíciles, que es mejor dedicarse al canto que aprenderlas.
Restringiendo el tema al caso del idioma castellano o español, el novedoso método parte de la premisa de que como materia y espíritu se influyen mutuamente (el alcohol genera determinados pensamientos), lo mismo puede efectuarse con la ortografía y ciertas sustancias bebibles y comestibles. Los niños no tendrán en lo sucesivo que torturarse en las aulas para saber si se escribe consciente o inconsciente, el hacha o la hacha, pues bastará con que el maestro les haga ingerir la sustancia adecuada para que instantáneamente lo haga de la manera correcta.
Como es sabido, los mayores problemas ortográficos se presentan con la b y la v (absorver y absorber); con la s, la c y la z ( zinc o cinc; asedio o acedio); has o haz); con la k y la q ( kiosco o quiosco),y más duramente con la h. La curación medicinal ortográfica ha resuelto en definitiva el problema. Aunque los fármacos para la corrección ortográfica son muchos, tres casos bastan para dar cuenta de su efectividad.
Dado que la diferencia entre b y v es de altura, se da una media pastilla de alfalfa, otra media de eucalipto y una entera de lino, con lo cual se corrige el problema. La alfalfa debe ser de la Pampa argentina y el eucalipto de Australia, por sus más potentes efectos. El lino puede provenir indistintamente de la India o de cualquier otra región del mundo.
El caso de la k y de la q se remedia fácilmente con partes iguales de bacalao alemán y calamar de Galicia, o en su defecto, con trucha del río Guadalquivir.
El más complejo caso de la medicina natural es el de la hache, debido a que es una letra que corresponde a un sonido inexistente. Sería muy extensa la explicación de la medicina pertinente, pero bastará con saber que intervienen en ella componentes vegetales y animales, a saber, la soja, la lavanda, la pasiflora, la zanahoria, los calamares, el salmón de Alaska y la aleta de tiburón del Caribe.
Todo anduvo a la perfección hasta que un día una maestra del Altiplano peruano, perturbada por una rencilla familiar, concurrió a clase fuera de todo control, mezcló unas pastillas unas con otras y se las dio a un alumno. El infortunado discípulo las ingirió, y cuando se le pidió que escribiera “Beso a mi hijo catamarqueño”, lo hizo así: “Vezo a mi ijo katamarkeño,”
Tomando en consideración estos riesgos, el Ministerio de Educación y Cultura decretó que en lo sucesivo quedaba suprimida la ortografía en el país. Para dar el ejemplo, el sello oficial de dicho organismo comenzó a estampar los documentos oficiales con la indicación “Minizterio de Hedukazión i Cultura.””
DE CÓMO EL ZORRO LLEGÓ A REY

Sería superfluo repetirlo porque hasta la persona menos anoticiada sabe o ha oído decir que el zorro es un animal astuto, sagaz, pícaro, capaz de simular hasta su muerte para engañar al ser humano y a cualquier otra bestia que se le ponga en frente. En la antigüedad su astucia se concentraba en infiltrarse en el gallinero para comerse las aves. Era una astucia gastronómica, diríase, movida por el estómago. El zorro actual, en cambio, ha caído en la tentación de gobernar el reino de los animales y destronar al león.
Para satisfacer su nueva pretensión , el nuevo Zorro se da cuenta de que no podrá satisfacerla sin poner en juego alguna de sus tretas. Finge entonces reconciliarse con el León y le ofrece un trato, dejarlo entrar en su guarida oculta y negociar el reinado. El León acepta el trato y va a la guarida, donde el Zorro lo apresa y le pide que firme su abdicación. El rey de la selva, le dice entonces:
- Ah, como te conozco desde hace tiempo, yo he tomado mis precauciones. Antes de venir he raptado a tu hijo y no te lo devolveré hasta que me sueltes. El Zorro le contesta:
- Y yo también. Tengo preso a tus tres hermanos embajadores, y te propongo un intercambio de rehenes.
El intercambio se cumplió aunque el Zorro tenía guardadas otras tropelías. Hace correr la voz de que está enfermo de gravedad y el León envía entonces a un consejero suyo para desearle una pronta recuperación -mejor dicho para espiar a su contendor político.- Pero antes de llegar a destino, el delegado es engullido por el aspirante al reinado escondido detrás de un árbol. El León descubre el crimen por los restos de huesos en el lugar y prepara su venganza. Proclama que unos monjes fronterizos han decidido abandonar su convento por deficiencias en la construcción. El Zorro se entera del mensaje y sale a inspeccionar el lugar aunque no entra por precaución. Espera la oscuridad de la noche, se arrastra en torno al convento y por una rendija descubre a los religiosos armados de flechas y jabalinas, listos para matar a los intrusos merodeadores. Cava entonces un pozo junto a la empalizada, se hunde en él y da atronadores gritos de dolor. Dos leoncitos sobrinos del rey se acercan atraídos por los gemidos y mueren flechados por los monjes.
Un mes más tarde el León envía una carta al Zorro invitándolo a jugar una partida de dados. El Zorro acepta con la condición de ser él quien lleve los dados. Los lleva efectivamente, pero cargados con plomos internos. Se realiza la partida, primero por mil pesos, luego por diez mil y así hasta el último centavo del tesoro del León. Éste sigue jugando y al perder toda su fortuna, apuesta su piel. Pierde, y definitivamente arruinado, se rinde al Zorro.
- Para que veas que soy generoso, te perdono que me entregues tu piel a cambio del reino. Tú decides.
- Conforme. De ahora en adelante, eres del rey. Sólo te pido que tengas piedad por mi familia y mis súbditos. Adiós.
Por supuesto, la cosa no sucedió así porque quien nació zorro es zorro por siempre. Una vez sentado el Zorro en el trono, las cuentas del reino se fraguaron, los informes de la tesorería se falsearon, los súbditos de la selva , los animales opositores, el oso, el búho, los ruiseñores y las golondrinas emigraron a otras selvas, y como astucia mayor, el Zorro se hizo llamar en adelante Presidente. Se acabó así el reinado animal y emergió la república animal.
Como primera acción en su trono, el Zorro inicia una peregrinación por el país. En el camino se encuentra con un cordero, lo estrangula y come sus carnes dejando la piel en el suelo. Alcanza a pasar poco después un avestruz que come los restos sobrantes entre la piel. El Zorro hace sonar un silbato por distintos lugares y así desorienta al
ave, que cuando menos lo piensa recibe un cascotazo en la testa y muere en el acto.
A las semanas, el Zorro pasa frente a un cerezo cargado de frutas donde vive un gorrión y le suplica que le arroje algunos frutos. El gorrión le arroja dos docenas de frutas y le pide en compensación un servicio. Sus seis hijos están enfermos y necesitan un remedio. El Zorro, simulando ser médico, se compromete a quitarles el mal de encima y los hace bajar del árbol, pero ni bien los tiene a su alcance, los devora uno por uno.
- ¿Qué demonios me has hecho maldito? Me prometiste quitar el sufrimiento a mis hijos y los has devorado.
- ¿Y no he cumplido acaso mi promesa? En mi estómago han dejado de estar enfermos.
Entretanto el León no se ha resignado a perder su dominio. Envía un emisario al Zorro, diciéndole que para tranquilidad del pueblo y prevenir la tentación de la promiscuidad, el Zorro debería contraer nupcias, y que en tal caso, lo apoyaría desde su exilio. El Zorro hace publicar un bando solicitando compañera y elige a una zorra boba. Se cumple la ceremonia nupcial en medio del júbilo pueblerino. El Zorro hace abrir el tesoro, compra armas y pólvora para siete años de conflicto, distribuye dinero entre los cortesanos y retiene para sí el resto de caja, temiendo el regreso inesperado del León. Cuando la Zorra reclama su parte de la fortuna se entera de que no está realmente casada puesto que el sacerdote no había sido un religioso verdadero sino un villano fingido.
El León pone sitio al reino, se producen los combates y el Zorro usurpador es despojado de todo poder. A la noche siguiente, el Zorro se desliza subrepticiamente en la carpa del León para degollarlo, pero éste se despierta a tiempo y se miran cara a cara. Dado que ninguno de los desea la muerte en un duelo, entablan un diálogo:
- Ahora que quedamos dos, ¿por qué tendríamos que combatir? Donde cabe un rey, caben dos.
- Lógicamente, hermano, de ahora en adelante somos un reino bicéfalo.
Esto puede comprobarse en el nuevo escudo del país.
ÁRBOL GENEALÓGICO

Quienes deseen tener desde ahora un antecesor a medida de sus deseos o necesidades, pueden hacerlo poniéndose en comunicación con la International Genealogy Corporation. Dicha compañía le ofrece al interesado la posibilidad de disponer de un árbol genealógico personalizado a partir del nombre de algún pariente o hacerlo dirigido a una estirpe o familia determinada.
El desventurado Don N. N. tenía la necesidad urgente de emparentarse con algún linaje famoso de la antigüedad a fin de presentarse como candidato a la presidencia de su país. Recurrió en tal situación a la citada compañía y mantuvo un diálogo con su gerente. Recordémoslo:
- ¿Usted desea un árbol real o un árbol a pedido?
- ¿Y cual es la diferencia entre uno y otro?
- En el primero investigamos a lo que resulte, y en el segundo lo hacemos hasta donde usted desee llegar. Por ejemplo, podemos emparentarlo con el conquistador Hernán Cortés o con Hernando de Magallanes que dio la vuelta al mundo. Depende de su interés.
- ¿Cuestan lo mismo uno u otro?
- Naturalmente que no, son dos trabajos muy distintos. Una cosa es querer saber quién era el padre de su bisabuelo y otra muy distinta hacerlo hermano de un Papa.
- ¿Y si no tengo parentesco alguno con la persona que deseo?
- Ningún problema, para eso estamos nosotros. Usted sólo tiene que darnos algún nombre, una fotografía, una carta, un certificado o cualquier otra cosa que le parezca. ¿De quién desearía descender usted, se puede saber, si no es indiscreción?
- De Túpac Amaru, el héroe inca.
- ¿No tiene alguna referencia más que pueda servirnos?
- No sé si será útil, pero la calle en que vivo yo ahora se llama precisamente Perú.
- Ya es algo. ¿No recuerda alguna otra?
- Sí, sí. La criada que tiene el secretario de mi club está de novia con un peruano..
- Vamos bien, vamos bien. ¿No recuerda algún otro dato?
- Sí, sí. Ahora recuerdo que al primer marido de mi abuela lo llamaban el Perulero, que según me han dicho así los llamaban a los peruanos.
-¿Recuerda el apellido de su abuela?
- Sí, de la Vega.
- ¡Qué bueno! Por ahí iniciaremos la confección de su árbol. Ya tenemos al primer esposo de su abuela de la Vega, el cual nos remite a Garcilaso de la Vega, español residente en el Perú colonial que se casó con una ñusta o princesa inca, prima del emperador Atahualpa , y al mismo tiempo al poeta colonial argentino Ventura de la Vega, y al famoso dramaturgo Lope de Vega Carpio, quien mantuvo amores con Micaela de Luján, y ya encontraremos otras relaciones suficientes para ir de los Vega y los Luján adonde quiera. En nuestros archivos tenemos 5.600 apellidos para combinar.
- ¿Y cuánto me costaría llegar hasta Túpac Amaru?
- Bueno, tendría que hacer un cálculo, pero por darle una idea aproximada, tiene que pensar en algo así como 10.000 dólares.
-¿Tanta plata por un árbol genealógico?
- ¿Mucho para ganar una elección presidencial? Yo más bien diría que poco. Además, deseo aclararle que estamos en condiciones de otorgarle un crédito por esos 10.000 dólares en cincuenta cuotas de 1.000 dólares mensuales.
El susodicho N.N., de apellido Fonseca en la realidad, ganó la elección presidencial amparado por su parentesco con Túpac Amaru. El representante de la International Genealogy Company se presentó el día de la proclamación factura en mano y reclamó el pago de la deuda contraída.
El nuevo presidente Fonseca le respondió con esta sentencia:
- Conforme, señor. Trágame su árbol genealógico para verificar si su antecesor es don International Genealogy y le pagaré con sumo gusto.
ANALFABETISMO CIENTÍFICO

Desde hace tres meses y medio trabaja en mi casa una nueva empleada doméstica. La anterior, pese a tener nada más que treinta años de edad, se retiró del servicio activo beneficiada con una jubilación de excepción otorgada por el ministro de Bienestar Social. Contraté en su reemplazo otra, que decía denominarse Eugenia, es decir, “bien nacida.”
Como en la actualidad los documentos de identidad se fraguan y no es posible verificar los datos de los empleados, cometí el error de dar por supuesto que los documentos presentados por Eugenia eran verdaderos, sin preocuparme por constatar por lo menos alguno de sus antecedentes.
El primer mes de trabajos fue normal, pero un día después se me apareció con una pregunta llamativa:
- Disculpe, señor -me dijo-, ¿pero es cierto que en el aire hay un agujero muy grande
que deja pasar los rayos del sol dañinos y provoca malformaciones en los recién nacidos?
La miré sorprendido por la pregunta, ya que en mi condición de investigador científico sabía que la explicación de dicha cuestión estaba fuera de sus posibilidades intelectuales. Yo tampoco tenía una prueba demostrable del fenómeno, aunque llevo treinta años de investigaciones y sé lo que la ciencia ha llegado a conocer hasta nuestros
días. ¿Cómo habría de saber ella que la atmósfera está formada por varias capas y que a partir de los 25 kilómetros de altura se encuentra una capa de otro gas, el ozono, cuyo papel es filtrar los rayos ultravioletas del sol perjudiciales para la vida humana?
- Me han dicho que ese agujero está encima de la provincia de Santa Cruz y por eso no quise ir a trabajar allí aunque pagan el doble que en la Capital.
Muchas mañanas la sorprendí leyendo en mis libros temas de calentamiento global, erosión del suelo y deforestación, como si fuera propietaria de extensiones de bosques. Llegaba un poco antes del horario de trabajo y leía en mis libros hasta que yo me levantaba. Comprendía entonces que pasaría un mal día con sus inevitables preguntas y para mantener mi tranquilidad espiritual me vi forzado a despedirla.
Dado que por mis estudios no puedo dedicar mis horas a la función de un Sócrates
criollo, tomé a mi servicio doméstico a otra mujer procurando que fuera lo más ignorante posible. Les preguntaba a las aspirantes qué era un año bisiesto, y si me respondían correctamente, les decía que esperaran mi llamado y que oportunamente las convocaría.
La segunda doméstica era una mujer corpulenta y forzuda, capaz de levantar con una mano un saco de harina sin resoplar siquiera. Con tales aptitudes corporales, pensé que no quedaría lugar en tanta carne para los pensamientos. Cuando me visitaban los jueves por la noche mis amigos inteligentes, la escondía en la cocina y no le permitía mostrarse
para ahorrarme las burlas. Pero una mañana, contra toda relación entre cuerpo y espíritu, me sacó de mi error diciéndome:
- No lo tome a mal, señor, pero desearía hacerle una pregunta: ¿usted piensa que el fin del mundo está próximo y terminará con una gran explosión?
Mi sorpresa fue tan estremecedora como si mi perro me hubiera saludado en francés al levantarse y me dijera que había adquirido la ciudadanía francesa y que por tal motivo me hablaba en ese idioma. Razoné de inmediato que para formularme tamaña pregunta mi nueva doméstica debía haber leído al astrónomo británico Stephens Hawkins, pero con las pocas palabras que intercambiamos me di cuenta de que su pregunta no se originaba en una lectura científica sino en una broma que le había hecho
una vecina en el mercado para asustarla.
- Le pregunto porque si esto va a pasar, me voy a vivir a las montañas de Mendoza donde estaré más segura.
No lo pensé ni un segundo más. La despedí con la mayor delicadeza posible, le di una excelente remuneración para que viviera por lo menos tres meses, y me fui a tomar aire a la plaza. Había fracasado por segunda vez. Pero como se suele decir que la tercera es la vencida, me creí con derecho a intentar esa tercera vez, aunque emplearía a un hombre, pues con las mujeres estaba escarmentado.
El tercero me resultó ser un enfermero frustrado, que al mes me había puesto al borde de la locura con sus ignorancias: ¿es cierto que si se come sandía no se debe tomar vino porque se forman piedras en el estómago que provocan la muerte? ¿es verdad que no se deben tomar gaseosas de color amarillo porque intoxican? ¿si el colesterol es colesterol, cómo es eso de que uno es bueno y otro malo?
Quienes me conocen a fondo dicen que yo soy un hombre tranquilo y paciente. Yo también me había
considerado así hasta que se metieron dentro de mi burbuja estos tres lelos. Practicaba el principio de que si
alguien no estaba de acuerdo conmigo lo dejara vivir, pero me avergüenzo de decir que en estos momentos
estoy a punto de abandonarlo, porque he comprobado que esta norma de conducta es válida únicamente
cuando el prójimo también la practica. No aguanto el analfabetismo científico, qué quiere que le diga.
EL DUEÑO DEL AGUA

Hay algunas cosas que no son de nadie, como las estrellas, pero otras sí, como muchas que están en la tierra. No hagamos filosofía para no meternos en otro pleito. En principio y provisionalmente, admitamos que las cosas pertenecen a los que la tienen en su poder (legítimamente o ilegítimamente), de manera que tengamos la posibilidad de discutir el tema de la posesión del agua.
Propiedad es algo que un individuo o grupo tiene como propio, le pertenece por algún derecho (compra, herencia, donación, etcétera), y por lo tanto tiene derecho a tenerla. Un ejemplo sencillo es una casa o vivienda. La casa es del dueño de ella y puede disponer de su destino a discreción, venderla, alquilarla, regalarla o lo que quisiere. La posee en función del derecho humano a la propiedad y nadie puede quitársela. Su escritura legal y escrita de dominio es la prueba del dominio sobre ese bien inmueble.
Con algunos objetos muebles (movibles, transportables), la pertenencia es indiscutible: nadie diría que es dueño de mis zapatillas ni de la mesa de mi comedor. Pero cuando las cosas son de la naturaleza, el asunto se complica. Un perro mío es mío y sus cachorros también, y una higuera y sus frutos son míos y no de otra persona.
¿Y lo que está por los aires encima de su terreno o lo que está en el subsuelo por debajo, de quién son? El Estado se ha proclamado en algunos países el dueño del subsuelo, arrogándose la propiedad subterránea ¿Pero dónde comienza esa propiedad, a un milímetro debajo del piso, a dos metros, a cien metros? La ciencia del derecho habla de subsuelo en términos generales, sin especificarlo.
Por esta falta de definición don Aurelio Aquafonte está atrapado desde hace quince años en una querella judicial. “El subsuelo es mío -alegaba frenético ante el juez-, porque de lo contrario las hojas inútiles de arriba serían mías y las zanahorias enterradas del Estado. Lo único que falta ahora es que me salgan con que tampoco el aire es mío y en consecuencia debo pagarle al Estado el aire que respiro.”
- Y bueno, mi amigo, usted no está en los Estados Unidos. Allí cuando usted compra un terreno, lo compra con atmósfera y subsuelo incluidos. Si hay un pozo de petróleo es suyo, y si encuentra agua, también. Lo mismo sucede con el aire: usted puede respirar todo el que quiera, mientras no asome las narices por encima de la cerca, porque ese otro aire pertenece a su vecino.
- Es cierto, a un sobrino mío que vive en el estado de Colorado una compañía le paga alquiler por atravesar con un caño el subsuelo de su propiedad para llevar petróleo a una refinería distante.
- Así tiene que ser. Por eso yo sostengo que la capa de agua que está debajo de mi propiedad es mía y de nadie más. Yo puedo perforar un pozo, extraerla y venderla.
- De acuerdo, porque esa capa esta a unos pocos metros de la superficie. Pero si se encuentra a miles de metros de la superficie, ¿es también suya?
- Obvio, podría llamar a una compañía de perforación, hacerla extraer y venderla embotellada.
- Pero en ese caso, cuando usted compra un terreno en este mundo resulta que se ha comprado una tajada del globo terrestre, como una tajada de melón. Tenga en cuenta que por debajo de las capas de agua hay piedra y finalmente, fuego y material incandescente.
- Vea, mi amigo, no me haga difícil las cosas. Las piedras y el fuego del centro de la tierra que se las quede el gobierno si las quiere, yo me conformo con bombear agua en mi propiedad y vendérsela a los vecinos. Y eso puedo hacerlo porque me lo permite la ley.
- Por supuesto, no lo discuto, aunque me queda una duda. Si a sus vecinos se les ocurre decir que tienen sed y no están dispuestos a morirse por falta de agua, ¿qué les respondería?
- Bueno, que la sed es un asunto personal de cada uno y que perforen sus propios pozos o compren mi agua. Yo no vine a este mundo a darles a los carentes lo que no tienen y desean tener. Si aceptara ese principio, tendría que proveerlos de esposas, comida, entretenimiento, automóviles y cuanto se les ocurra. Yo, por ejemplo, no tengo esposa y no pretendo que mi vecino me la provea.
El diálogo transcurrió entre éstos y otros razonamientos incoherentes. Al día siguiente, un vocerío inesperado sacó de la cama muy temprano por la mañana a don Aurelio Aquaforte. Asomó la cabeza por la ventana de su dormitorio y vio a un grupo de vecinos que llenaban bidones y cacharros con agua de su fuente y se los llevaban a sus casas. Desconcertado, asustado y furioso, todo al mismo tiempo, corrió a esclarecer el suceso. A la primera pregunta que formuló a uno de los intrusos, encontró la explicación del caso:
- Vea, don Aurelio, ¿no ha oído usted alguna vez el refrán “A buen hambre no hay pan duro”? Pues bien, nosotros lo hemos transformado en “A buena sed, no hay agua ajena” y aquí nos tiene.
UN CHINO EN LA ARGENTINA

Cualquier persona de buena voluntad que desee visitar la Argentina puede hacerlo sin temor ni impedimento alguno. Se lo garantiza la Constitución Nacional, mejor dicho se lo garantizaba, porque en este nuevo siglo no hay nada seguro. ¿Y qué es un hombre de buena voluntad? El más elemental sentido común supone que es una persona que viene con intenciones honestas, recorrer el país para apreciar sus bellezas naturales, conocer sus gentes y cultura, radicarse si lo prefiere, trabajar en oficios lícitos, casarse con una argentina si es soltero, tener hijos y asegurar un futuro a sus descendientes.
Lo único que le está vedado es hablar mal del país, pues para eso bastamos nosotros mismos. No sé por qué extraña razón los argentinos hemos estado destinados desde nuestros orígenes a que cuanto extranjero llegaba nuestro país se sintiera obligado a descubrirnos y a dar su opinión sobre nuestra realidad. No todos eran hombres de buena voluntad, pues hubo espías extranjeros, contrabandistas, fugitivos de la policía, exploradores, aventureros, financistas, escritores y conferencistas profesionales, unos 300 poco más o menos, que en general se abstuvieron astutamente de criticarnos. A un norteamericano que se atrevió a enrostrarnos defectos lo convencieron en el país de que estaba equivocado untándole la cara en el hotel donde se hospedaba con excrementos humanos. Un escritor italiano famosísimo no se animó a venir con el pretexto de que no atravesaba el océano por una caja de cigarrillos. Un escritor colombiano perdió los estribos y se sintió tan ofendido que nos calificó de ser un pueblo fenicio, sin un solo filósofo, ni una obra literaria de valor, jactándose de que venía al para que tuviéramos el orgullo de haberlo conocido a él.
Los visitantes europeos y angloamericanos se apoyaron en un simplísimo criterio comparatista: siendo ellos los civilizados, si los argentinos no éramos como ellos, entonces éramos bárbaros. En mis pesquisas sobre la historia y fundamento del menosprecio en que se nos tiene, tuve la fortuna de toparme con la figura de un chino.
Un día del siglo pasado el oriental tuvo la ocurrencia de darse una vuelta por nuestro país, protegido por su doble fama de filósofo y escritor. ¡Qué bueno!, pensaron los nativos. Por fin podría escucharse una voz oriental no comprometida con intereses colonialistas, explicando la sabiduría milenaria de la China. Había nacido en una familia de chinos cristianos, estudiado en colegios secundarios de su patria, perfeccionado sus estudios universitarios en Europa, enseñado en diversos colegios y escrito una docena de libros y centenares de artículos periodísticos sobre la confluencia de las culturas oriental y occidental.
Al verlo físicamente parecía un sabio ensimismado en sus pensamientos. Su rostro no se veía totalmente chinesco y sus ojos chispeantes despertaban sospechas en los oyentes que no atinaban a saber si eran teatrales o naturales. Su mano derecha se extendía en una pipa inseparable, y la empleaba junto con la izquierda para ilustrar sus ideas.
Fue recibido por el presidente del país, por la Sociedad de Escritores, por la Embajada
china , acompañado siempre por su esposa y un conocido traductor del inglés. Dictó conferencias por todos lados, cuyos sustanciosos emolumentos giraba a Taiwan rigurosamente su esposa. La más decisiva de sus presentaciones la hizo en la sede del Teatro Municipal. Allí, en pasajes ocasionales, expresó estas opiniones:
- ¿Qué opina de Freud?
- Es el inventor del sexo.
- ¿Y de Hemingway?
- No lo he leído, pero no me gusta.
- ¿Cree usted en la coexistencia entre Oriente y Occidente?
- No, mientras los comunistas no abandonen su pretensión de dominio mundial.
- ¿Piensa usted que el progreso tecnológico traerá la felicidad del hombre?
- Al contrario, traerá consigo la infelicidad. Un vendedor de diarios en una esquina puede ser más feliz que un sabio o un gobernante. La felicidad es un asunto individual y no colectivo.
- ¿Cuál sistema es más prometedor, el socialismo o el capitalismo?
- El socialismo no existe. En el socialismo el capitalista es el Estado. El dinero es siempre necesario.
La conferencia giró hacia el final sobre la Argentina. Comenzó, por donde correspondía:
- ¿Qué opinión le mereció nuestro presidente?
- Es una figura interesante que sabe adónde va.
- ¿Qué le parece Buenos Aires?
- No me gustan las ciudades con subterráneos, ni donde se almuerza en media hora.
- ¿Y los argentinos?
- Son impuntuales, pero trabajadores y creativos. Hablan hasta por los codos y gesticulan en exceso, pero trabajan mucho. Me recuerdan a los europeos meridionales.
-¿Hay algo que le disguste de nuestro país?
- Los perros en las calles, pero sobre todo los apretones de mano. Los perros porque sus excrementos me ensucian los zapatos, y los saludos porque son antihigiénicos y pasados de moda. .
Al término del acto, ni un solo aplauso premió al visitante. A la mañana siguiente una leyenda pintada en un muro aclaró la situación: “Sabio o filósofo chino, / que a estas playas viniste, / ¿por qué no te quedaste en las tuyas, / donde no hacen falta las manos?”
DIÁLOGO DE UN RICO Y UN POBRE

Se toparon casualmente sentados en un mismo banco de plaza. Después de mirarse dos o tres veces a los ojos, comprendieron que podían hablar entre sí:
- Disculpe, señor, pero me parece verlo triste. ¿Le sucede algo malo?
- Malo no, muy malo. No tengo dinero para comer.
- ¿Por qué no pide una ayuda a los que pasan?, algo le darán. La gente no es tan mal como parece.
- Ya sé que hay buenos y malos en este mundo. Yo me considero bueno, pero bueno pobre. Y yo preferiría ser bueno y rico.
- ¿Y con cuánto cree usted que sería rico?
- Y…con un millón de pesos por lo menos.
- Hum, eso es un fortunón, no hace falta tanto para ser rico. Yo tengo mucho menos que eso y me considero rico. Una cosa es ser rico y otra ser millonario.
- Está bien, acepto lo que usted dice. Pero como nadie sabe cuánto tiempo vivirá, hay que estar prevenido. No es cuestión de ser rico hoy para volver a ser pobre mañana.
- En ese caso, a razón de un peso por día, necesitaría tener 36.500 pesos para estar seguro los próximos 100 años.
- Eso siempre y cuándo no subieran los precios y apareciera la inflación.
- Tanta seguridad es imposible tener. La inflación no se puede prever y por lo tanto la cantidad de lo que usted considera riqueza no se puede calcular.
- Realmente no, y por esta razón pretendo por lo menos un millón de pesos ahora.
- Su precaución me parece excesiva. Con esa suma se podría convertir a miles y miles de pobres en ricos.
- No lo pongo en duda, así son las cosas en este mundo y yo no tengo la culpa.
Para que haya ricos debe haber pobres porque la riqueza total del mundo no alcanza para todos
- Entonces ¿de qué se queja? A usted le ha tocado estar entre los pobres como a mí entre los ricos. No hay nada que hacer.
- ¿Hasta cuándo? Porque sin comida puedo vivir a lo sumo tres o cuatro meses más.
- ¿Cómo que no? Se pueden hacer muchas, por ejemplo quitarles la plata a los ricos y repartirla entre los pobres.
- Con eso no se resolvería nada, pues habría que robarles a unos su riqueza para regalársela a otros, y el problema subsistiría porque los ricos se volverían pobres y los pobres, ricos. Aparte de que cada uno querría ser rico con diferente cantidad de plata. .
- Ése es otro asunto. Usted me ha preguntado si yo estaba triste y no los otros, y yo estoy triste porque tengo hambre. Cada pobre debe arreglar su problema personal, y dejar que los otros pobres arreglen los suyos.
- Y si cada persona debe arreglar sus problemas personales, ¿por qué los ricos tendrían que ocuparse de los pobres?
- Tanta cosa no sé ni tengo tiempo para pensarlo. Me moriría en el camino. El caso es que necesito comer ya. ¿Me podría dar usted el peso que necesito ahora?
- Con mucho gusto se lo daría si no disminuyera mi riqueza. Yo también he tomado mis precauciones para el futuro y debo cuidar mis reservas. Para que no me falte nunca dinero, me debe sobrar a la hora de la muerte. Tampoco tengo vergüenza de ser rico, porque he conseguido la fortuna con trabajo, y ella me permite ser honesto.
- Lo que me imaginaba: cuanto más se tiene más se quiere tener. El rico es más miedoso que el pobre.
- Y si usted fuera rico, ¿no haría lo mismo o correría el riesgo de volver a ser pobre?
El dinero honesto se consigue con mucho esfuerzo, no se encuentra en la calle ni llueve del cielo. Y no le hablo del dolor de conservarlo en un mundo donde los pillos y los gobiernos tratan de quitárselo. Tanto duele ganarlo como conservarlo.
- No lo discuto, pero aun siendo así, es más doloroso sufrir sin nada que sufrir con algo. Los ricos tienen la obligación de ayudar a los pobres, dice la Iglesia.
- Disculpe, señor, pero creo que usted está equivocado. Están moralmente obligados a la justicia y a la caridad, porque los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Cuando el Creador hizo el mundo, cada individuo tomó para sí lo que necesitaba porque sobraban bienes, pero ahora ya está todo repartido y pretender lo ajeno es injusto.
- Pero en casos extremos admite ciertas excepciones.
- ¿Podría decirme cuáles?
- Las que sean de necesidad urgente y sean el único medio de remediar las
necesidades inmediatas.
- En este momento comer una hamburguesa y tomar una gaseosa, pero para la Nochebuena dentro de un mes, un pan dulce madrileño, dos botellas de sidra, turrones, garrapiñadas, dulces y un sobre con dinero de regalo.
- ¿Nada más? Ésas no son necesidades urgentes e inmediatas. Al menos así lo pienso yo. Y si un rico no se los quiere dar ¿qué haría?
- Podría robarle, dañarle su propiedad, amenazarlo, golpearlo, insultarlo, difamarlo, estafarlo, romperle sus instrumentos de trabajo, envenenarle su cachorro y muchísimas cosas más.
- Sin embargo, ésas no son acciones permitidas y usted está obligado a la templanza, o sea a moderar su apego a los bienes de este mundo.
- ¿Y quién puede decirme en qué consiste esa templanza?
- ¿Quién? Yo. Consiste en mantenerse igualmente alejado de la pobreza que de la riqueza.
- Será como usted dice, señor, pero el caso es que yo no estoy de ninguna manera alejado de la pobreza, porque estoy metido dentro de ella.
Los circunstanciales interlocutores comprendieron que no había manera de hacer concordar sus opiniones, y se separaron con estas palabras:
- Lo espero el próximo 24 de diciembre en este mismo lugar a mediodía, para obsequiarle un pan dulce y una botella de sidra.
- Aquí estaré, pero que sea pan dulce importado de Milán y dos botellas de sidra francesa.
AUTOBIOGRAFÍA DEL NÚMERO PI

Soy una cifra numérica, nada más. Los chicos de la escuela primaria dicen que valgo 3,14 y me llaman Pi, lo cual viene a ser como mi apellido y mi nombre de pila al mismo tiempo. Me utilizan para calcular la longitud de la circunferencia multiplicándome por el valor de diámetro, que es como decir que si usted sabe que el radio de la circunferencia es de 3 metros, un diámetro es el doble, y si a ese número lo multiplica por mí, obtiene como resultado que 18,84 metros es la longitud buscada de la circunferencia.
Los del secundario son ya más respetuosos conmigo y saben que no soy un simple 3,14, así no más, sino que en realidad soy un 3,14159 y algo más que no importa para hacer cálculos, los que por otra parte serían muy largos y engorrosos. Hasta ahora los profesores se conforman con que yo sea 3,1416 y sanseabó. Total, para resolver problemas teóricos en el aula sin aplicaciones industriales, eso basta y sobra. En los colegios más exquisitos de las colectividades extranjeras, bilingües, se me tiene un poco más en consideración debido a que un hombre culto, redondeado como se dice, debe estar imbuido también de conocimientos humanísticos. Los estudiantes saben, por ejemplo, que mi nombre corresponde a la décimosexta del alfabeto griego y que soy de origen milenario. Los más inteligentes que se preparan para trabajar en Europa, están enterados por las dudas de que Arquímedes, matemático, científico e inventor griego,
nacido en la colonia griega de Siracusa, en Sicilia, Italia, hacia el año 287 antes de Cristo me prestó muchísima atención y anduvo medio obsesionado conmigo. Me empleó con harta frecuencia en sus operaciones numéricas de mecánica. De paso, y puesto que la sabiduría está muy prestigiada, los más cultos saben además que este defensor mío murió apuñaleado mientras estaba dibujando figuras geométricas en la arena de la costa. El general romano que gobernaba por ese entonces en la isla había dado órdenes terminantes de respetar la vida del sabio, pero ya se sabe que los soldados son soldados y cuando nadie los mira se creen generales y deciden por su cuenta.
Con los universitarios la cosa es ya más seria. Me tienen especial consideración pues además de lo anterior, conocen mi naturaleza más a fondo. Saben que soy aún más sutil y sofisticado que 3,14159, puesto que soy un número irracional con infinita cantidad de decimales, en otras palabras, que no termino nunca o sea que nadie puede conocerme del todo. Para recordarlo cuando llega el momento recurren a una fórmula inventada por un francés. Es un verso cada una de cuyas palabras indica ordenadamente los primeros números que me componen, contando las letras:
Que j’ aime à faire apprendre un nombre utile aux sages
3 1 4 1 5 9 2 6 5 3 5
A los historiadores que han osado rastrear en mi árbol genealógico las cosas se les han presentado más complicadas. Las calculadoras no les sirven y tienen que rebuscar en tablillas de barro cocido, papiros, pergaminos e incunables. Han descubierto –y eso es cierto- que mi antecedente más remoto aparece relacionado con la rueda, la cual, como se sabe, es un hallazgo de los sabios caldeos. Para calcular la longitud de las llantas, multiplicaban el diámetro de la rueda por 3,14 , porque habían descubierto que una circunferencia cabe dentro de un cuadrado de igual medida que el diámetro y es por consiguiente más chica que él. Pero a su vez, esa circunferencia puede contener dentro de ella un cuadrado más pequeño cuyos vértices la toquen, o sea que yo vengo a ser más grande que 3, es decir, 3,14.
Pero resulta que yo he vivido en varios países de la Antigüedad y en uno de esos viajes residí muchos años entre los matemáticos de Egipto. Esto lo descubrió casualmente un empecinado anticuario escocés, que de paseo en 1858 me encontró citado en un papiro y lo compró.
No sé todavía qué divinidad habrá dispuesto que mi existencia estuviera siempre ligada a la de hombres famosos. Un individuo bastante metido en esto de saber y saber, fue un griego del siglo del siglo V antes de Cristo, muy estudioso pero fantasioso y fabulador. Se llamaba Platón y enseñaba en los jardines de un tal Academus, un amigo suyo. En la puerta de su casa había grabado una inscripción que se ha hecho muy famosa: “No entre aquí el que ignore geometría.” Algunos afirman que fue el filósofo antiguo más eminente, y no lo discuto porque no conozco nada de esta ciencia. El caso es que este griego anduvo entrometido con casi toda la sabiduría, la creación del mundo, la naturaliza divina, la formación de las ideas, la condición del hombre en el universo y la virtud. Hasta llegó a imaginar una república ideal y perfecta. En lo que a mí concierne, me implicó en su teoría de que Dios formó el universo con su inteligencia infinita sobre la base de formas geométricas. En ese fascinante mundo de símbolos aparezco yo, en la relación de triángulos y círculos. Las verdades eternas, esos modelos primeros son productos de la inteligencia de la inteligencia divina, por donde viene a resultar misteriosamente que yo, un modestísimo Pi, existo porque fui pensado por Dios. Realmente es un inmerecido honor para mí, sobre todo considerando que apenas soy una modesta cifra entre los modelos del sol y los astros.
Pero no termina aquí mi trajinada historia. Un mozalbete indio del siglo V a.C., conocido por el nombre de Ariabhata, vino a desenmascararme probando que yo no era exactamente 3,14, sino en verdad 3,1416. Lo escribió en un libro poco conocido donde aparezco entremezclado entre asuntos de la astronomía, trigonometría plana y esférica, aritmética, algebra y otras ciencias más.
Por supuesto que con el desarrollo de las ciencias el conocimiento de mi naturaleza ha progresado notablemente. Ya me tienen casi acorralado dos científicos japoneses, Tamura y Kanada que han logrado ampliar el esquema de mi intimidad hasta un grado extraordinario. Hasta ahora han llegado a saber que yo soy 3,14159 y dieciséis millones de decimales más, con la promesa de que pronto llegarán a conocer 100.000.000 de decimales. Es muy probable que logren su promesa a medida que las computadoras se perfeccionen, pero les va a costar muchísimo dinero, por donde vengo a enterarme de que además de divino soy el número más caro de la historia. Pero bueno, las cosas son así y hay que aceptarlas.
Lo que nunca supe ni imaginé es que yo tenía un pariente, una especie de primo hermano, un gigante numérico, digamos. Se llama Googol y es un número grande, muy grande, consistente en un 1 seguido de cien ceros. Ese número es tan enorme que poquísimas cosas hay en la tierra que lleguen a estar compuestas con esa cantidad de partes. El número de gotas de agua caída con las lluvias en Nueva Y
ork durante un siglo es muchísimo inferir al Googol. El total de granos de arena de la playa Coney Island, en el estado de Nueva York, es apenas un 1 seguido de 20 ceros.
A mí el nombre me lo pusieron en la Antigüedad y nadie conoce al ocurrente que me bautizó con una letra griega. Más suerte tuvo en cambio mi pariente numérico. El doctor Edgard Kasner, norteamericano y profesor de la Universidad de Columbia, preocupado por la idea del número 1 seguido de 100 ceros, le pidió a un sobrino de nueve años que inventara su nombre, y el chiquillo le propuso Googol, una palabra caprichosa sin significado alguno. Pero con el tal profesor Kasner no se conformaba con poco, pensó que todavía el Googol no era el número más grande que se podía imaginar dado que podrían seguir agregándosele más ceros todavía. ¿Pero cuántos ceros? Por más grande que llegara a ser la cifra, siempre habría una mayor. Inventó entonces el Googolplex, es decir, un número 1 seguido de tantos ceros como pudiera escribir una persona hasta agotarse físicamente y no poder escribir más. Curiosa solución por supuesto y además humorística, porque en virtud de ella el campeón de boxeo Mohamed Alí resultaría más matemático que Albert Einstein, puesto que demoraría más tiempo en fatigarse escribiendo números que el matemático judío.
El Googolplex es un número muchísimo más extenso que el Googol, porque es un 1 seguido de un Googol de ceros, y aun así, no sería el último número posible de imaginar y escribir. Si uno viajara por el espacio a la estrella más lejana, la circunvalara y regresara a la tierra poniendo ceros en el camino, uno detrás de otros, todavía no alcanzaría el valor final.
Hasta aquí mi biografía, mi vapuleada existencia por el mundo de la mente humana. Los matemáticos persisten en su obsesión de llegar algún día al final de mí, negándose a aceptar que cuando lleguen a descubrir cien millones de decimales más, les faltarán todavía cientos de millones más. En consecuencia, yo soy hasta ahora un número inalcanzable. Es absurdo cualquier intento de ir más lejos.
Sin embargo, no es justo que yo especule tanto con mi secreto. Por eso quisiera terminar esta biografía con mi propia opinión de mí. ¿Podrá conocerse alguna vez el número total de decimales de Pi? Los que han seguido mi historia seguramente dirán que no. Sin embargo no es ésa la respuesta correcta. La buena contestación dice: “Es posible que sí en el término de un Googolplex o varios más, el día en que los hombres sean como los dioses.” Mientras tanto, estimado lector, manténgase alejado del problema porque el proveedor de alimentos no le hará seguramente cuestión de precios si usted le paga ,1416 o $ 3,14159.
EL GRAN GLOBALIZADOR

Esa mañana llamó a su camarero y le ordenó un té con leche y galletas de agua, al tiempo que hizo venir a su secretario privado para resolver los asuntos del día.
- ¿Qué novedades hoy? –le preguntó.
- Dos, señor. Buenos Aires pregunta a qué precio debe sacar a la venta esta semana el desodorante de ambientes; y Nueva York si debe comprar acciones de la World Oil Company o esperar a que bajen un poco más.
- A la primera conteste que suba un 10 % esta semana y otro 10 % más la próxima. A Nueva York que compre hoy 100.000 acciones y las venda mañana si baja la cotización en el mercado.
Sus apariciones inesperadas no favorecían conjetura alguna acerca de sus movimientos. De pronto se aparecía en una reunión de banqueros en un emirato árabe, de pronto en una ceremonia de graduados en la Universidad de Yale o Princeton. Familiares no se le conocían ni tampoco amigos íntimos ni socios profesionales, pero seguramente debía de tenerlos. Se hacía llamar Megamagno (mega, grande en griego, más magno, grande en latín), es decir “el dos veces grande”, evidentemente un seudónimo que impedía su identificación, tal vez un multimillonario voraz, poseedor de una inmensa fortuna, propietario de múltiples compañías, quizás relacionado con alguna orden secreta mundial.
- ¿Qué hay de nuestra competidora? –preguntó a su asistente.
- En eso estoy precisamente, don Megamagno. Parece que están por lanzar a la venta un nuevo perfume.
Instantáneamente Megamagno tomó el teléfono y se comunicó con el director de French Parfums ordenándole que suspendiera las ventas del año y creara un perfume nuevo mezclando otros anteriores y lo denominara Pegasus, con un envase diferente.
-Haga una promoción especial de lanzamiento y establezca de premio para el primer comprador un viaje a Hong Kong.
A la hora del llamado, Megamagno tomó nuevamente el teléfono y se comunicó con el responsable de French Parfums.
- He cambiado de idea –le expresó-. Dar un premio podría desprestigiar al producto. Está destinado a los millonarios y ellos no comprarán un perfume que haga regalos populares. Son muy susceptibles en ese sentido y no quieren ser confundidos.
- ¿Y por qué no le cambia entonces el nombre, don Megamagno? Si usted no lo toma a mal, le sugiero llamarlo Millenium Parfum y promoverlo bajo el lema Only for very wealthy people (Solamente para ricos).
- De acuerdo, ponga en marcha el plan de inmediato.
A continuación se puso a leer el boletín diario del Financial News. Lo dejó súbitamente en su asiento y llamó con premura a su secretario:
- Que nuestro Banco de Ultramar se declare en bancarrota y anuncie que solamente podrá pagar a los inversores un 15 % de sus inversiones.
A la una de la tarde, pasó a su comedor privado para almorzar. El mucamo le recitó el menú del día: la habitual copa de whisky escocés añejo de veinte años con hielo para preparar el estómago; una entrada de salmón ahumado de Alaska con salsa indonesa y papas hervidas de Iowa, rociadas con aceite de oliva de Andalucía, una dieta sustanciosa sin colesterol, aconsejada por su nutricionista. Como postre un bol de frutas tropicales del Caribe, con crema de Corinto. Esperó unos minutos hojeando una revista de modas, hasta que se abrió la puerta de su ascensor privado y entró una damisela pizpireta.
Ni uno ni otra demostraron emoción en sus actos. Ni Megamagno ni la recién llegada eran personas de andarse con arrumacos sentimentales. Entre ambos había como un acuerdo tácito de no interferir sus obligaciones profesionales con los sentimientos. Reina había sido, no se sabe si Miss Mundo o Miss Universo, pero reina al fin. Probablemente fuera oriunda de Venezuela, que tantos concursos de belleza suelen ganar las jóvenes provenientes de ese país. Ambos pensaban que el amor perturba los negocios y sólo son libres los que no aman. Almorzaron y se separaron.
Megamagno dormitó su ritual media hora con los ojos entornados sin fumar, por su acendrado miedo al tabaquismo. Un caramelo macrobiótico entretuvo su lengua en ese lapso hasta que llegara la agenda vespertina a cumplir. Pasó a su gimnasio donde vibradores, masajeadores, osciladores y caminadores mecánicos al cuidado de un entrenador personal se encargaron de hacerle cumplir sin esfuerzo la cuota diaria de ejercicio físico necesaria para vivir los cien años de vida.
Concluido el esfuerzo, Megamagno volvió a llamar a su secretario. Lo interrogó sobre las novedades y su privado le comentó la de último momento. Por Radio Vaticano acababa de difundirse un comentario adverso a la globalización. Se advertía a los creyentes no dejarse arrastrar de aquí para allá por la oleada de la propaganda consumista, como una barca sin rumbo, y recordar la astucia de los globalizadores en sus prédicas. El secretario pidió permiso a su superior y agregó su opinión adversa.
- Pero esa noticia no nos involucra –expresó Megamagno-. Nosotros los globalizadores sólo queremos vender, y la publicidad no es una ideología. No nos importa si el comprador es católico, judío, o musulmán.
- ¿Pero qué pasa si a algún obispo, rabino o imán, se le ocurre hacernos frente?
- Pues fabricaremos sus rosarios, cirios, relicarios y talismanes, imprimiremos sus libros sagrados, y los venderemos en todo el mundo.
Aunque Megamagno ocultaba en toda ocasión sus pensamientos íntimos, esta vez
consideró necesario extenderse un poco más. Explicó que su estrategia globalizadora
consistía en refugiarse en cada lugar en la tradición cultural y aprovecharse de sus
creencias. Afirmar, dialogar y nunca discutir, tentar con premios y sobornos a las
autoridades, entrar en los resquicios mentales de los clientes y así vencer.
- Disculpe, señor, ¿usted quiere decir que tiene que globalizar también a Dios?
- A Dios por supuesto que no, pero a los creyentes, sí.
ALICIA LA PIQUETERA

Se levantó ese día para cumplir su trabajo habitual. Desayunó, acomodó en su biblioteca los libros en que había estudiado para su último examen, desayunó y se endilgó su uniforme de trabajo, zapatillas deportivas, pantalón vaquero descolorido y deshilachado, camisa colgante y gorro pasamontaña. Extrajo de un bolsillo un papelito arrugado con una dirección y salió hacia la estación de trenes Constitución. Gritó “Chau, vuelvo tarde”, sin esperar respuesta y salió dando un portazo. Una vez en la estación se juntó con sus compañeros que aparecieron de los baños y salas de espera.
El grupo formó fila a la entrada cubiertos sus rostros y con bastones en sus manos. En el centro de la fila Alicia daba los órdenes. Nadie podía entrar ni salir del edificio. La policía uniformada cercaba el local para evitar desmanes sin intervenir en el conflicto, conforme a las consignas recibidas. Dos ambulancias estaban disponibles para emergencias, un helicóptero sobrevolaba el espacio y los periodistas y camarógrafos garabateaban sus movimientos entre la multitud observadora. La fuerza del orden
reconocía a los dirigentes piqueteros pero prestaba particular atención a Alicia, al centro de la primera fila. Podían carteles y pancartas con las conocidas leyendas de “Yanquis afuera”, “Basta de Fondo Monetario”, “Los pobres al gobierno”, y así tantas otras. Alicia sabía que sus compañeros no conocían esas instituciones, ni distinguían entre el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, y le bastaba con que quemaran cubiertas de automóviles, soplaran pitos, revolvieran matracas, y saltaran al compás de tambores y tamboriles.
Hacia la caída del sol, un hombre de pelo recortado, impecable traje negro y anteojos oscuros, se dirigió directamente hacia Alicia, y en tono respetuoso tono dijo:
- Señorita, el señor Presidente tendría mucho gusto en poder conversar esta noche con usted.
- ¿Conmigo? ¿Para qué?
- No lo sé, señorita. Si acepta la invitación, nosotros nos encargaríamos de lo demás.
Alicia le pidió cinco minutos para consultarlo con sus compañeros y así lo hizo, al cabo de los cuales la propuesta fue aceptada. La entrevista se efectuaría a las once en un lugar reservado y sin testigos.
Dicho y hecho. A la hora convenida dos individuos parapetados detrás de anteojos oscuros y sombreros aludos la subieron a un automóvil negro con vidrios del mismo color y cortinillas internas, y al término de una media hora de viaje le desataron la venda de los ojos, le pasaron un detector de metales por el cuerpo, y la introdujeron en un despacho sobrio, con un mínimo de muebles y ninguna insignia ni fotografía en los muros.
- Adelante, señorita, tome asiento –le dijo el Presidente sin ponerse de pie y señalándole una silla delante del escritorio.
Alicia, aunque descarada, concurrió vestida con un coqueto traje sastre, y la cabeza descubierta. La entrevista duró una hora, durante la cual intercambiaron palabras, café y cigarrillos. El Presidente administró la conversación y Alicia redujo su papel a responder. Confirmó a su interlocutor que acababa de graduarse en licenciada en sociología, que trabajaba en favor de los pobres y desprotegidos de la sociedad, y eludió con astucia las preguntas sobre sus autores favoritos, porque eso habría dado indicios sobre su ideología. Admitió que había creado un velatorio de lujo para los muertos humildes, donde se velaba por una noche a los fallecidos y se los retiraba a la mañana siguiente en un ataúd de pino para ser inhumados en el cementerio. Al menos por una noche conocerían el esplendor de la riqueza. La reunión y los temas tratados no se dieron a publicidad, pero algo había quedado pendiente, según podía esperarse del saludo final: “Nos veremos, Alicia.”
Los piquetes continuaron realizándose, pero en un tono más alarmante. La fila de encapuchados de primera fila se había triplicado, los manifestantes vestían pecheras amarillas, blancas, rojas y verdes distintivas de cada grupo disidente, banderas de por lo menos treinta grupos y países, y los mismos ruidos anteriores incrementados con explosiones de petardos y bombas de estruendo. Detrás de ellos venían mujeres con sus niños en brazos y cochecitos, ancianos e inválidos en sillas de rueda reclamando aumentos de sueldo y pensiones, casa propia, vacaciones pagadas y turismo gratuito, canastas de comidas diarias, remedios gratis y hasta alimentos para los pobres de Biafra.
Habrían pasado unas dos o tres semanas cuando Alicia comprobó que el dinero disponible para dar de comer a los manifestantes se agotaba. Remedió la escasez con una nueva idea, cobrar peaje para entrar o salir de la estación. Aunque los trabajadores protestaron al principio, poco a poco se acomodaron a la nueva exigencia porque más perjudicial les resultaba perder el salario del día, y en cuanto a los seguidores de Alicia, aplaudieron contentos la iniciativa que los beneficiaba con el agregado de dos tazas de café a la dieta diaria. Los empresarios del ferrocarril simulaban en declaraciones públicas repudiar el atropello pero en secreto se sentían reconfortados en recuperar en parte los ingresos perdidos en los últimos tiempos. El único perjudicado era el Presidente del país por el creciente aumento del caos popular y los insultos personales que se iban agregando en las pancartas. Su paciencia estalló cuando le hicieron conocer un insulto personal, “Cambio Presidente por diablo. Pago la diferencia.”.
De inmediato hizo venir a su despacho a Alicia, que en definitiva se llamaba Alicia Monteavaro, y mantuvo con ella otro diálogo privado:
- Le ofrezco un trato: si usted abandona la conducción de los piquetes, le aseguro un escaño en la Legislatura y un subsidio vitalicio para su madre y otro para su padre.
- Por mis viejos no se preocupe, Presidente, hace tiempo que me separé de ellos. ¿Cómo se puede ser hija de un obrero más pobre que las ratas que va una vez por mes a la iglesia de San Cayetano a rezar para le aumenten el salario?
- Bueno, Alicia , elija usted.
- Está bien, ¿me da unos días para pensarlo? Mis camaradas me tomarían por una traidora.
- Categóricamente no, Alicia. El tiempo apremia y si usted no acepta, tengo otras opciones para manejarme.
- Si es así, entonces acepo, Presidente. Preferiría un cargo en la UNESCO en París.
Alicia se puso a delinear el plan con los ayudantes del magistrado y a moverse sin descanso entre los piqueteros. Conforme a lo pactado recibió su nombramiento como asesora de la delegación nacional y un monto indeterminado de dólares para gastos de traslado, instalación, alquileres, propinas y anexos imprevistos. Tomó el avión a París y alquiló un departamento en el Barrio Latino a nombre de Alicia Monteavaro, de profesión pedicura. Si el agua de un río se encuentra en su camino con una fractura del lecho, no le queda más opción que convertirse en cascada, decía y pensaba. Por eso se había hecho oficialista, lo cual no le impedía que se reconvirtiera en piquetera una vez
que corriera por cauce llano. En su adolescencia le habían dicho que las clases sociales se han hecho para odiarse, y ella, odiar por odiar, se había inclinado por odiar a los ricos que tenían poder, sin diferenciar entre ricos buenos y ricos malos, y sin darse cuenta tampoco de que el bien y el mal son asunto de las personas y no de las clases. Su lema había sido siempre “Todo puede ser de otra manera” y nadie había podido hacerla cambiar de opinión.
Se guardaba muy bien de hablar de sus ideas por lo peligroso que resultaba publicarlas. Su lema lo había reforzado con el de un compañero de ruta creador del lema “Si me escupen y me conviene, digo que llueve.” Y en homenaje a la verdad no le había ido mal. Alicia se involucró con grupos de disconformes y rezongones europeos y latinoamericanos y acompañó cuanta manifestación callejera se presentaba. Abogó por la disminución de la semana laboral, por la venta libre de estupefacientes, por las vacaciones anuales gratuitas de los desocupados, sin importarle si la demanda era justa o injusta, razonable o antojadiza. A falta de esposo, se había casado con la idea del caos, y con esa comía, dormía, piqueteaba y rompía.
Alojó clandestinamente en su departamento a un terrorista canadiense, ocultó cocaína en su desván, invadió con activistas un supermercado parisiense exigiendo como regalo paquetes de golosinas para los niños pobres y sirvió de apoyo a dos amigos en el robo de tres cajeros automáticos. No buscaba, para decirlo con justicia, dinero en los asaltos, dejaba que los camaradas se lo repartieran entre sí y su diversión consistía en ver sufrir a los contrarios. El saber no cambia nada, las bombas sí. Su actividad llegó al escándalo cuando se enfureció con un agregado cultural africano, a quien agravió en una reunión oficial diciéndole que su patria era un zoológico de tigres, elefantes y negros, y a un hispanoamericano que su país era una colonia bananera. Con los franceses no se metía porque estaba en su territorio, pero no desperdiciaba ocasión para cuchichear que “endiosan la revolución pero no quieren el cambio.”
Mientras tanto en Buenos Aires el Presidente estaba al corriente de las malandanzas
de su compatriota que ponía en peligro las buenas relaciones con Francia.y le ordenó el inmediato regreso al país. Pero Alicia no acató la orden, y una madrugada su cuerpo fue hallado estrellado contra el suelo de la acera. La policía recogió el cuerpo, lo enfundó en una bolsa de plástico negro y lo llevó a la morgue. La hipótesis aceptada de la muerte fue que la extinta se había suicidado arrojándose por el balcón. Nadie reclamó su cuerpo y fue sepultado en el cementerio de Père Lachaise como N.N.
Sin embargo, aunque las conjeturas no coincidieron por algún tiempo con la versión policial francesa, nadie volvió a ver otra vez en Buenos Aires a Alicia Monteavaro, más conocida como Alicia la Piquetero.
LLEGARON LOS GITANOS

A medida que los vehículos se aproximaban a la ciudad el intendente comenzó a ponerse nervioso. Nadie sabe por qué razón, pero el caso es que temía las próximas actividades de los gitanos: la tradición no las consideraba del todo honorables y con eso bastaba.
Se detuvieron a la entrada, levantaron sus carpas y en cada una de ellas se instaló una familia. Los chiquillos formaron grupos de curiosos para espiarlos pues se los consideraba emparentados con una raza extraña, dirigida por un rey propio y con leyes propias. En su vida comercial se manejaban con monedas de oro, hablaban entre sí una lengua llamada romaní, no pagaban impuestos ni alquiler por el terreno que ocupaban y se desparramaban por la ciudad, hombres y mujeres, los primeros ofreciendo cacharros de bronce o metales, y las segundas adivinando el porvenir por las palmas de la mano. Unos y otros, pero no todos, no reconocían la propiedad ajena y birlaban lo ajeno si llegaba el caso, para transportarlo a su reino ambulante.
Al tercer día, una figura femenina encubierta con una manta se acercó a la fogata central del campamento y pidió hablar con el rey. En su media lengua romaní-española el rey dialogó con la forastera, y pidió que permaneciera alejada unos minutos mientras él parlamentaba con los otros patriarcas. Los gitanos tienen una máxima consideración por sus mujeres, que no deambulan por las ciudades sin otra compañía femenina.
- ¿Cuánto valdría esa mujer si un gitano tuviera que pagar el “precio de la novia”?
- Unas 100 libras esterlinas. Pero ésta se ofrece sin precio alguno porque dice no tener familia. Será un gran negocio para el gitano que se la lleve. La sorteamos entre nuestros solteros, y al que le toque le toca. Un negocio redondo.
- ¿Y de qué trabajará en la tribu?
- Mañana la probaremos y decidiremos. Por esta noche dormirá en una de las carpas.
En la prueba los jefes convinieron en que no tenía aptitudes para bailar y que el marido sorteado, Antulo, le enseñaría a adivinar la suerte. En lo sucesivo se llamaría Florinda.
Así las cosas, Florinda acompañada de otra gitana experta, se dedicó a ofrecer de casa en casa la lectura de la suerte. Cobraba sus servicios en moneda local y los cambiaba en libras esterlinas en un banco. En los treinta días que duró el asentamiento de los gitanos Florinda le llevó 700 libras a su esposo Antulo, quien no salía de su exaltación: una mujer hermosa como una flor sin pago alguno, y una fortuna en su caja de caudales. En el campamento todos festejaban la adquisición hasta que una noche Florinda desapareció después de robar las monedas acumuladas en sus cofres por los jefes de clan.
Nunca más se supo de ella, aunque se sospechaba que los gitanos habían sido víctimas de una ladrona profesional. En la ciudad la noticia corrió de boca en boca y por fin se extinguió la duda sobre si los gitanos robaban o no.
FOTOS PARA LA POSTERIDAD

La moda de fotografiarse para la posteridad se inició cuando Fotolito descubrió que una placa de papel era mucho más económica que una estatua de bronce o un cuadro al óleo.
Los abuelos siempre tuvieron la obsesión de fotografiarse, vaya uno a saber porqué. Solos o rodeados de su familia, hacían imprimir sus imágenes en color sepia y las colgaban de la pared enmarcadas en gruesos armatostes. Por ese procedimiento los parientes venideros podrían enterarse de sus virtudes. Coincidió esta costumbre con la aparición de una nueva ciencia, la fisiognómica, según la cual el rostro mostraba el espíritu: mentón cuadrado reflejaba una voluntad inquebrantable; bigotes espesos en manubrio revelaban severidad en las costumbres; nariz recta y frente alta eran signo natural de inteligencia y firmeza en las convicciones. Las conformaciones más vergonzantes eran las orejas en punta que sugerían la ignorancia de los asnos, y la frente estrecha, por su parecido con los monos.
Fotolito, nuestro protagonista, combinando el arte de la fotografía con la cosmética y la caracterización teatral, llegó así a generar los nuevos patricios para la posteridad. La calvicie la disimulaba con pelucas, las carencias dentales las rellenaba con dientes de madera pintados de blanco; la riqueza se simulaba con una cadena de gruesos eslabones dorados circuncidando el abdomen, y la nobleza con un collar de grueso calibre sosteniendo un medallón como sol. Con medallas de utilería se mentían supuestas victorias militares, y con corbatas negras voladores se insinuaba el talento poético. No existían por esos tiempos las inyecciones de bótox ni los rellenos musculares de silicona, que se disimulaban con almohadones de lana. Para esconder el embarazo prematuro se inventaron las polleras con miriñaque o armazones de alambre, al tiempo que las arrugas de los ojos se emplastaban con masilla de carpintero. A los familiares encorvados los sostenían con trípodes por detrás, a los rengos los fotografiaban sentados y a los tuertos en tres cuartos de perfil.
- ¿Cómo quiere que lo fotografíe? –inquiría cierta vez el obsequioso Fotolito a su cliente.
- Como el general Roca en su expedición a los indios ranqueles.
- Lo siento mucho, señor, pero no tengo un quepis de esa época.
- ¿Podría ser entonces como el brigadier general Juan Manuel de Rosas? Tengo entendido que él también hizo una expedición contra los indios.
- Así fue en efecto, mi estimado señor, pero no se lo aconsejo porque el país está divido en rosistas y antirrosistas.
- Entonces podría ser como Bernardino Rivadavia; también fue un hombre importante en la historia.
- Por supuesto, señor, pero fue civil y no usaba uniforme militar. No podríamos emplear las medallas y condecoraciones. Además era retacón, mulato, panzón y con pelo duro.
- Bueno, don Fotolito, a este paso sólo me queda el general San Martín. ¿Qué le parece?
- No, eso sí que no. El general San Martín es intocable. No me animo ni se lo aconsejo. Nadie lo ha hecho hasta ahora ni lo hará.
- Acabemos, caballero, ¿o usted me va a decir ahora como quiero parecer yo? Yo necesito aparecer a mis descendientes como militar.
- En ese caso, mi estimado señor, podríamos imitar al general Urquiza, el vencedor de Caseros. Tengo uniformes parecidos a los de esa época, aunque le advierto que después de la batalla desfiló en la ciudad de Buenos Aires montado, con poncho blanco y galera negra de copa.
-En ese caso, podríamos hacer una combinación: con bigotes como un kaiser alemán, uniforme militar y condecoraciones, de pie, una franja presidencial con borla cruzada al frente, y una galera negra en el brazo.
- Podría ser, pero sus amigos actuales no lo reconocerán.
- No interesa, porque la foto no es para ellos sino para mis nietos, biznietos y demás descendientes. Quiero que puedan mostrar con orgullo a este antepasado. Para ese entonces yo estaré muerto y nadie podrá poner en duda mi figura.
- De acuerdo, señor. Entonces pase al tocador de la sala de atrás.
Con los años don Fotolito y su cliente murieron y el cuadro se perdió en una subasta de antigüedades.
PSIQUIATRÍA TELEFÓNICA

La nueva tecnología comunicativa ha permitido por fin la eliminación de los honorarios de los psiquiatras, tan elevados en todo el mundo que los tornaban inaccesibles a los pobres. Si los pacientes estaban aquejados de estrés o complejos se morían irremisiblemente con ellos en sus almas y después tenían que arreglárselas con San Pedro, que tampoco era psiquiatra. Ahora basta una llamada telefónica de pocos centavos para solventar la injusticia. Un buen ejemplo es el diálogo mantenido entre Maruca y Chiche.
CHICHE: ¿Maruca? ¡Qué gusto escucharte! Hace tiempo que no te veo y me gustaría saber algo de tu vida. ¿En qué andas ahora?
MARUCA: ¡Qué alegría escucharte! Justamente en estos momentos en que tengo un problema grande.
- ¿Pero qué te sucede, mujer? ¿Puedo saberlo?
- Es que todas las noches sueño con arañas y no puedo dormir.
- Ah, eso no tiene importancia, se arregla fácilmente. Toma antes de acostarte una pastilla de gamexane disuelta en un vaso de agua y asunto arreglado.
- ¿Gamexane? Pero esas pastillas son para matar hormigas.
- ¿Gamexane dije? Discúlpame pero me equivoqué. Quise decir diazepán.
- Ya las probé y no me dieron ningún resultado.
- ¿Por qué no pruebas entonces con clonazepán? A mí me dieron resultado.
- Sin embargo, mi esposo las tomó por consejo de un médico famoso que estudió en Suiza y anda lo más bien. Aplacan los nervios en forma impresionante.
- Pero conmigo no funcionan. Cada día que pasa sueño con más arañas. Si sigo así no sé qué pasará conmigo.
- Escucha, Maruca, entonces lo que tienes es miedo nocturno. ¿Por qué no pruebas con rohipnol? Con una pastilla quedas planchada toda la noche hasta el día siguiente.
- Ya he oído hablar de ese remedio, pero no me animo a tomarlo porque dicen que lo toman los drogadictos para no tener que trabajar. En una de ésas a mí me hacen mal y me voy al otro mundo.
- Bueno, querida Maruca, lo que tienes entonces es una zoofobia galopante.
- ¿Y eso qué es? Nunca he escuchado esa palabra.
- Es un miedo fuerte a los animales que está en la mente y no deja dormir. No te preocupes. Cuando te venga el sueño, piensa que estás soñando nada más y no pueden picarte y te quedarás tranquila.
- Pero una araña no es un animal como un tigre o un león. Más bien es un bicho.
- ¿Y qué, acaso los bichos no son también animales?
- Sí, son animales de alguna manera, pero son animales que pican y no animales que muerden. De todas maneras, tengo miedo de tomarlas.
- Ah, entonces lo tuyo es una farmacofobia, o sea miedo a los remedios. En ese caso, prueba con bromozepán de 10 miligramos, con probar no se pierde nada. Un vecino mío lo toma y duerme como un angelito.
- ¿Y dónde lo consigo? En las farmacias no te lo venden sin receta médica.
- Ah, eso no es inconveniente, para eso están los farmacéuticos amigos. Yo podría recomendarte al mío, pero vive un poco lejos.
- Con más razón todavía. Últimamente me han aparecido dolores en la cadera y me cuesta muchísimo caminar.
- Eso nos pasa a todos, querida, son enfermedades del almanaque, como yo las llamo. Aparecen con los años, pero con aspirina, vitamina B y calcio se van. Pero que sea "forte", no aspirina de la común que se usa con los niños. Si el dolor no cede, te queda un polivitamínico plus: tiene todas las vitaminas y demás minerales que necesita el cuerpo a nuestra edad. Pero por ahora empieza con la común.
- Déjame pensarlo un poco y después veré.
- Como quieras, querida, pero no olvides que se empieza por una neurosis y se termina con una psicosis.
- ¿Y esas cosas qué son?
- Es un poco largo para explicarlo por teléfono. A mí me llevó un año aprenderlo. Te lo digo con una frase común: "El psicótico dice que dos más dos son cinco, mientras que el neurótico dice que son cuatro pero le molesta que sea así." O sea que el psicótico está loco, y el neurótico no. Pero, no tengas miedo, querida Maruca, porque ninguna de esas cosas te suceden cuando estás despierta sino cuando duermes.
- Yo había pensado en consultar mi caso con un curandero medio brujo que hay aquí. ¿Qué te parece?
- No te lo recomiendo, querida; los brujos se utilizan cuando hay que maldecir a alguien. Más bien cómprate el folletito Freud para todos en una hora y allí encontrarás los consejos que necesitas. Está en todos los quioscos de diarios o golosinas.
- Te agradezco tus palabras, querida Chiche. Ahora me siento más tranquila. Menos mal que se te ocurrió llamarme por teléfono. Hasta pronto. Si llego a necesitar algo, te llamaré. Un abrazo, querida, me voy rápido a la cocina porque dejé las rodajas de pan tostándose al fuego. Chau.






