PSIQUIATRÍA TELEFÓNICA

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La nueva tecnología comunicativa ha permitido por fin la eliminación de los honorarios de los psiquiatras, tan elevados en todo el mundo que los tornaban inaccesibles a los pobres. Si los pacientes estaban aquejados de estrés o complejos se morían irremisiblemente con ellos en sus almas y después tenían que arreglárselas con San Pedro, que tampoco era psiquiatra. Ahora basta una llamada telefónica de pocos centavos para solventar la injusticia. Un buen ejemplo es el diálogo mantenido entre Maruca y Chiche.

     CHICHE: ¿Maruca? ¡Qué gusto escucharte! Hace tiempo que no te veo y me gustaría saber algo de tu vida. ¿En qué andas ahora?

     MARUCA: ¡Qué alegría escucharte! Justamente en estos momentos en que tengo un problema grande.

     - ¿Pero qué te sucede, mujer? ¿Puedo saberlo?

     - Es que todas las noches sueño con arañas y no puedo dormir.

     - Ah, eso no tiene importancia, se arregla fácilmente. Toma antes de acostarte una pastilla de gamexane disuelta en un vaso de agua y asunto arreglado.

     - ¿Gamexane? Pero esas pastillas son para matar hormigas.

     - ¿Gamexane dije? Discúlpame pero me equivoqué. Quise decir diazepán.

     - Ya las probé y no me dieron ningún resultado.

     - ¿Por qué no pruebas entonces con clonazepán? A mí me dieron resultado.

     - Sin embargo, mi esposo las tomó por consejo de un médico famoso que estudió en Suiza y anda lo más bien. Aplacan los nervios en forma impresionante.

     - Pero conmigo no funcionan. Cada día que pasa sueño con más arañas. Si sigo así no sé qué pasará conmigo.

     - Escucha, Maruca, entonces lo que tienes es miedo nocturno. ¿Por qué no pruebas con rohipnol? Con una pastilla quedas planchada toda la noche hasta el día siguiente.

     - Ya he oído hablar de ese remedio, pero no me animo a tomarlo porque dicen que lo toman los drogadictos para no tener que trabajar. En una de ésas a mí me hacen mal y me voy al otro mundo.

     - Bueno, querida Maruca, lo que tienes entonces es una zoofobia galopante.

     - ¿Y eso qué es? Nunca he escuchado esa palabra.

     - Es un miedo fuerte a los animales que está en la mente y no deja dormir. No te preocupes. Cuando te venga el sueño, piensa que estás soñando nada más y no pueden picarte y te quedarás tranquila. 

     - Pero una araña no es un animal como un tigre o un león. Más bien es un bicho.

     - ¿Y qué, acaso los bichos no son también animales?

     - Sí, son animales de alguna manera, pero son animales que pican y no animales que muerden. De todas maneras, tengo miedo de tomarlas.

     - Ah, entonces lo tuyo es una farmacofobia, o sea  miedo a los remedios. En ese caso, prueba con bromozepán de 10 miligramos, con probar no se pierde nada. Un vecino mío lo toma y duerme como un angelito.

     - ¿Y dónde lo consigo? En las farmacias no te lo venden sin receta médica.

     - Ah, eso no es inconveniente, para eso están los farmacéuticos amigos. Yo podría recomendarte al mío, pero vive un poco lejos.

     - Con más razón todavía. Últimamente me han aparecido dolores en la cadera y me cuesta muchísimo caminar.

     - Eso nos pasa a todos, querida, son enfermedades del almanaque, como yo las llamo. Aparecen con los años, pero con aspirina, vitamina B y calcio se van. Pero que sea "forte", no aspirina de la común que se usa con los niños. Si el dolor no cede, te queda un polivitamínico plus: tiene todas las vitaminas y demás minerales que necesita el cuerpo a nuestra edad. Pero por ahora empieza con la común.

     - Déjame pensarlo un poco y después veré.

     - Como quieras, querida, pero no olvides que se empieza por una neurosis y se termina con una psicosis.

     - ¿Y esas cosas qué son?

     - Es un poco largo para explicarlo por teléfono. A mí me llevó un año aprenderlo. Te lo digo con una frase común: "El psicótico dice que dos más dos son cinco, mientras que el neurótico dice que son cuatro pero le molesta que sea así." O sea que el psicótico está loco, y el neurótico no. Pero, no tengas miedo, querida Maruca,  porque ninguna de esas cosas te suceden cuando estás despierta sino cuando duermes.

     - Yo había pensado en consultar mi caso con un curandero medio brujo que hay aquí. ¿Qué te parece?

     - No te lo recomiendo, querida; los brujos se utilizan cuando hay que maldecir a alguien. Más bien cómprate el folletito Freud para todos en una hora y allí encontrarás los consejos que necesitas. Está en todos los quioscos de diarios o golosinas.

     - Te agradezco tus palabras, querida Chiche. Ahora me siento más tranquila. Menos mal que se te ocurrió llamarme por teléfono. Hasta pronto. Si llego a necesitar algo, te llamaré. Un abrazo, querida, me voy rápido a la cocina porque dejé las rodajas de pan tostándose al fuego. Chau.  

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14/11/2009 18:09 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. No hay comentarios. Comentar.

LA SEÑORITA SORIA

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     Era soltera y le decíamos “señorita”,  no porque fuera soltera, sino porque en la provincia se denominaban señoritas  las maestras de la primaria. Enseñaba en quinto grado, y era tan plácida que no parecía persona de este mundo. Llamarla dulce no sería apropiado, debido a que no lo era: su presencia no trasuntaba precisamente dulzura, que viene a ser una especie de placer comparable al del azúcar. Era algo distinto que yo no alcanzo a expresar, como tampoco ninguno de sus alumnos. Esta falta de palabras no impedía nuestro cariño hacia ella, porque nos atraía sin más ni más, sin necesidad de explicaciones de diccionario.

    Al sonar la campana de entrada a clase, los alumnos mirábamos a la puerta de la sala de maestras para comprobar si ese día no había faltado por enfermedad, y entre las veintiuna maestras, nuestros ojos la buscaban con ansiedad. Cuando la veíamos decíamos “¡Vino!”, contentos con el día de felicidad que nos esperaba.” Con los años pude descubrir que en realidad esa especie de atracción o magnetismo no se originaba en su aspecto físico, porque no brillaba como la diosa de un cuento romántico, sino que era algo inexplicable, un asunto de nuestras almas. Su toque de distinción nos resultaba un misterio.

     Era justa e imparcial como lo eran las demás maestras, nos quería a todos como si fuéramos sus hijos, pero yo estaba seguro de que a mí me quería algo más aunque trataba de disimularlo para no desanimar a nadie. Yo lo notaba en el levísimo movimiento de las comisuras de sus labios cuando le respondía primero en sus ejercicios de cálculo oral, o cuando no había otro en el aula  que supiera que el picaflor o colibrí es el único pájaro de la naturaleza que se mantiene quieto en el aire y vuela para adelante y para atrás. Ella se había dado cuenta de que yo me había convertido en un asiduo lector en la Biblioteca Pública de cuanto libro nos recomendara, desde la  Enciclopedia Hispanoamericana de la Biblioteca Pública, donde todo estaba escrito, hasta la botánica de Langlebert y la física de Renouvier, traducidos del francés. Eso llenaba de gozo.

     Jamás hizo diferenciación entre sus alumnos. En las clases nos llamaba por el apellido y no por el nombre de pila, como se usaba en aquellos años. En una reunión de docentes alguien le preguntó quién era el mejor alumno del grado y ella trató de ocultar su preferencia con una contestación ambigua: “Todos son mejores por ahora. Al terminar el año veremos las notas finales y lo sabremos.” Era una declarada enemiga de  la competencia entre sus discípulos, pero sin embargo le regocijaban los estudiantes adelantados y estudiosos.

     Un día me sorprendió con una inesperada propuesta: quería conocer a mi mamá. Mi viejita preparó nuestra humilde vivienda para tan prominente visita: lavó los pisos, pulió los vidrios, fregó la cocina, planchó cuanto trapo había, y preparó la vajilla para tan la merienda. Vestimos nuestras  mejores ropas y nos dispusimos a recibir a tan importante la visitante. ¡La señorita Soria en mi casa! Yo temblaba para mis adentros, aunque estaba seguro de que no venía para nada malo.        

     La señorita llegó con exactitud a la hora convenida, vestida con la sencillez y la dignidad adecuada a su persona. La reunión fue como una reunión social cualquiera. Se habló del tiempo, de la sequía en el campo, de la mejor forma de cocinar un guiso de carne, de la próxima inauguración de un asilo de ancianos. Nada de política ni de religión, y naturalmente, nada de chismes vecinales.

     En determinado momento, la señorita Soria le preguntó a mi mamá si podía hablar a solas con ellas. Naturalmente que ella aceptó la propuesta. Los demás nos retiramos con respeto del lugar. Nunca supe de qué hablaron, porque guardaron en secreto sus palabras. Sólo conservo en mis recuerdos la frase que mi mamá dijo ni bien ella se fue: “¡Qué maravilla de mujer te ha tocado, hijo mío!”

     Han pasado cuarenta años de aquel día. Algo me dice adentro que estoy en deuda con la señorita Soria. Uno de estos días iré al cementerio a depositar una flor en su tumba, no porque crea que sus huesos la necesiten, sino porque estoy convencido de que ella me estará  mirando desde otro lugar.

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01/11/2009 12:40 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL ASESINO DE MOSCAS

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          Matar está prohibido en todo el mundo, y es natural que así sea porque nadie puede disponer de la vida ajena. Sin embargo, el pleito surgió cuando un caballero político de Animalville, míster John Doe, tuvo la desafortunada ocurrencia de matar a una obstinada mosca que insistía en posarse sobre su cabeza durante una entrevista por televisión. Seis horas después un periódico especializado en primicias publicaba una fotografía del hecho con el título de Asesino de moscas.

     Matar una mosca no es ninguna noticia cuando lo comete un hombre común de la calle, pero cuando el matador es un personaje importante como lo era el arriba citado, la cosa cambia mucho. John Doe reunió de inmediato a sus veintidós asesores y les pidió consejo para esfumar la desagradable situación antes de que la Sociedad Protectora de Animales pusiera el  grito en el cielo. El especialista en imagen visual recomendó borrar la mosca de la fotografía y poner en su reemplazo una estrellita brillante como sugiriendo simbólicamente que John Doe no se dejaba engañar por pensamientos nefastos. El consejero de sonoridades compartió este punto de vista, a condición de que se reforzara este simbolismo con un ángel sonando un clarín para hacer notar que John Doe contaba en sus decisiones con la colaboración de un ser superior que lo defendía.

     El  asesor en lingüística latina recomendó principiar por las palabras del título que debían ser trocadas para reforzar con palabras la imagen visual.

     - Musca  -dijo- es en latín un insecto volador que vive en los ámbitos domésticos, pariente de los mosquitos y los moscardones, de la familia de los muscáridos y, por lo tanto, como animal, no puede ser matado. Debe de alguna manera conservarse en el título. De paso, nos anticipamos a una eventual reclamación de las Naciones Unidas, que tiembla cada vez que se habla de muerte.

     - Totalmente de acuerdo con mi colega –precisó el asesor en lingüística árabe-, dejemos la palabra “mosca”, no la toquemos, y vayamos a la palabra “asesino”, que proviene del árabe.

     - Me parece razonable –opinó John Doe-. Continúe.

     - Assassin se decía al miembro de una secta religiosa musulmana secreta que estaba autorizada a matar a los Cruzados enemigos. Lo hacían bajo la influencia de la droga hashish. Nos conviene suprimirla para no malquistarnos con los árabes.

     - Conforme –dictaminó John Doe-. ¿Y en latín no tenemos algún refrán que nos sirva? –continuó mirando al asesor en lingüística latina.

    - Por  supuesto, señor, el latín sirve para todo. Por ejemplo tenemos el refrán Aquila non capit muscas (El águila no caza moscas), aunque no lo recomiendo en nuestro caso porque el Movimiento Universal contra la Discriminación podría interpretarlo como un desprecio encubierto hacia las moscas. Yo iría más bien al diccionario de la Real Academia Española.

     - ¿Real dijo? Ni loco, me acusarían de fascista antidemocrático.

     - Bueno, pero podríamos traducirlo al inglés. Fíjese, señor, las frases que tienen en español: papar moscas, soltar la mosca, mosca de la carne, mosca de la aceituna, mosca del queso, mosca de un día, mosca blanca, mosquita muerta y muchas otras que en este momento no recuerdo. Combinando entre tantas palabras, podríamos alcanzar una leyenda perfecta, digamos por ejemplo, “A mosca muerta, mosca puesta”.

     - No está mal, pero se me ocurre otra.  ¿Qué le parece “Muerta en el cumplimiento de su deber.”

     - No suena mal, pero pensándolo entre todos podríamos a lo mejor encontrar otra más conveniente.

     - Está bien, pero les doy cuatro horas para encontrarla. Cuando la tengan, me avisan.

     John Doe se retiró de la reunión a continuar con sus quehaceres políticos. El asesor en lingüística latina recordó en esos instantes un refrán español que dice “Por un perro que maté, mataperros me llamaron”, y entró en pánico. Si no nos apuramos, pensó, los adversarios inventarán en inglés “Esta mosca maté y con otras seguiré”.  

     En efecto, eso hicieron y John Doe perdió las elecciones. Su sucesor aprovechó la experiencia ajena y antes de cada entrevista o conferencia de prensa hacía desinsectizar escrupulosamente la sala.

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24/10/2009 13:10 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL PENSIONISTA BELGA

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 Guillermo apareció un día impensado en una cama disponible. Lo había traído como pensionista el mayor de los tres hermanos, Osvaldo, un poco para aliviar los gastos de la familia y otro poco para ayudar a su compañero de trabajo proveniente de Buenos Aires.

Era alto, casi rubio, muy educado y bastante chacotón. Dicho con más precisión, un hijo de extranjeros belgas radicados en la Argentina.

     Los tres hermanos y Guillermo compartían el reducido espacio de la habitación en sendos catres de lona, apretujados pero felices porque en aquellos tiempos  los jóvenes  hacían lo que tenían que hacer y no habían aparecido todavía los derechos humanos. Se era lo que se era y a otra cosa. El recién llegado era empleado administrativo, aficionado a los automóviles, cordial y ameno con todos, y en consecuencia, un candidato apreciable para el matrimonio. Las chicas provincianas más hermosas lo disputaban en silencio, con sonrisas limitadas por el pudor y las buenas costumbres. A una de ellas que se permitió mirar al candidato y morder una tableta de chocolate con gesto de apetito, las rivales la retiraron de la puja  quitándole el saludo.

     Osvaldo, gallardo y buen mozo también, competía si quererlo aunque con distintas candidatas. Para Guillermo eran las más bonitas por tratarse de un forastero, para Osvaldo las siguientes en belleza, porque era provinciano y no ofrecía posibilidades de ascenso nacional.  De noche, a la hora de las confidencias en el cuarto de dormir, cada uno contaba sus peripecias amatorias de la tarde. La escala de ascenso comenzaba con el acompañamiento en la plaza bajo la custodia ritual de  una amiga de la aspirante, luego hasta la casa de la candidata, después los besuqueos en la puerta de calle, y por último los paseos de la pareja sin compañía. El padre de la hermosa seguía día a día el progreso del compromiso por comentarios de sus amigos en las veladas del Jockey Club:

    - Me parece que lo de su hija con el forastero va en serio.

    - Parece que sí, pero hay que esperar. Ya sabe como son estos porteños, las engatusan y después se mandan a mudar.

     A la hora de la cena en la casa, no se trataban temas de amoríos. Guillermo, locuaz y espontáneo, refería historias de su familia en la Capital Federal. Su padre era gerente general de una empresa de origen belga radicada en los alrededores, La Lactificación Argentina, especializada  en la producción y distribución domiciliaria de leches y quesos. Se movía con parsimonia y jamás se lo había visto correr. No levantaba la voz, no señalaba con el dedo a nadie ni emitía juicios sobre terceras personas. El alcohol no había mojado en ningún momento sus labios, no ingería frituras, no admitía aderezos artificiales, y rehusaba el azúcar en los postres, esto es, se alimentaba en vez de comer. Cuando algún familiar lo instaba a salirse de su menú, respondía con un pensamiento clásico en su lenguaje:

     - Dios hizo la vid, el hombre el alcohol. Yo me atengo al primero.

     Con tales actitudes impertérritas podría habérselo considerado un prócer laico, pero su sobriedad no sugería ninguna altanería escondida, sino más bien una naturaleza sencilla.

     -Mi viejo es un caso -comentaba Guillermo-.A veces pienso que debería estar en un monasterio, pero está en una gerencia. Nunca sabré porqué, pero él es así. Y agregaba en tono festivo:

     - Yo, en cambio, si tuviera que elegir, me quedaría como corredor de automóviles. Los fierros son mi pasión.

     - Y yo cantor de tangos -agregaba Osvaldo-. Mi ídolo es Carlos Gardel, que se murió sin sucesor y cada día canta mejor.

     Nadie reprochaba nada a nadie en la mesa nocturna. Osvaldo y sus dos hermanos menores no decían esta boca es mía en presencia de sus padres, y sólo hablaban cuando el progenitor o la progenitora les pedían opinión, aunque por supuesto mentían a los cuatro vientos para no mostrar sus debilidades. Osvaldo en realidad no sentía ninguna atracción por los tangos ni por Gardel, pero era una evasiva rutinaria. Si hubiese expresado la verdad, es probable que su progenitor le hubiera ordenado levantarse de la mesa por falta de respeto. Se habría producido un cataclismo, por ejemplo, si alguno hubiera hecho referencia a la vecinita que gastaba los mosaicos de la acera cantando en voz baja al pensionista: "Guilly, Guilly consentido, / Guilly de mi vida,  / Guilly de mi amor", parodiando la música de la habanera cubana pero con letra propia.  

     A los cuatro meses de exilio en la ciudad, las provincianas hermosas se sintieron frustradas en sus ambiciones matrimoniales y cambiaron la candidatura de Guillermo por la de dos nuevos subtenientes que habían llegado de Buenos Aires. El porteño las había desilusionado en sus pretensiones y se entregó a su vocación por los automóviles, ayudando gratuitamente en las reparaciones a un mecánico de la vecindad.

     - Lo que es yo -comentaba la audaz del chocolate-, no pienso morir en este pueblo sin casarme. Sólo me queda que vengan y los gitanos y me rapten.

     Decía eso porque corrían rumores de que los zíngaros se aproximaban a la ciudad y a lo mejor acampaban en las afueras. Pero el destino no lo quiso así y desviaron sus carromatos rumbo más al norte. La osada se quedó sin marido, y se recluyó en un convento, para vestir santos como se decía en ese entonces. "La suerte de la fea, la bonita la desea", afirmaba el refrán, y en este caso era cierto.

     La costumbre de referirse a sus familiares de Buenos Aires subsistió firme en Guillermo. Algún día le tocaría hablar de su madre, por la que sentía un particular cariño. Hilando los cabos de sus confesiones esporádicas, la familia provinciana se enteró de que la madre de Guillermo era una mujer laboriosa, paciente, cariñosa, comprensiva, casi sin defectos humanos. De voz meliflua, movimientos parcos, gestos y ademanes moderados, escuchaba con tolerancia al prójimo, y daba la impresión de no haber experimentado nunca la ira, la violencia, el odio. Una sola cosa la diferenciaba de los demás miembros de su familia, la religión. Se había convertido al espiritismo en la edad madura.     

     Ni su propio esposo ni los hijos se atrevían a preguntarle sobre su creencia, pero eran conscientes de que concurría a las reuniones del culto dos días a la semana. ¿Sería una médium? ¿Con quiénes del otro mundo hablaría?  Imposible saberlo. Se sumía en un silencio absoluto y ni un músculo de su cara daba indicios para inferirlo. La familia resolvió dar por insoluble el misterio y aceptar que tenían una madre por cinco días a la noche, ya que los miércoles y los sábados les era ajena.

     - ¿Y qué hace, usted Guillermo,  esos dos días?

     - Lo mismo que mi hermano menor, nos vamos a un club de automovilistas que está cerca y conversamos de motores, válvulas y frenos, y de vez en cuando, nos tomamos una que otra cervecita. Mi viejo, en cambio, se va la cama y lee un libro de historia o revistas belgas. Por él sabemos en casa que Julio Cortázar nació en Bélgica y después se nacionalizó argentino,  además de que su territorio está cruzado de canales y no tiene pobres como en la Argentina.

     -¿Medio aburrido, no?

     - Ah, peor es el domingo, ni le cuento. Volamos todos de casa. Mi vieja a limpiar el templo con las demás mujeres, mi viejo a la lechería para preparar el trabajo de la semana, mi hermano menor a jugar al fútbol y yo a ver las carreras de autos. Sin embargo, somos una familia unida, como la de los italianos, con la diferencia de que ellos se reúnen todos los domingos a mediodía a comer los ravioles juntos, y nosotros nos arreglamos cada uno como puede.   

     - Eso está bien, cada uno con cada uno, y cada cual con cada cual, ¿no le parece? Así no se molestan.

   Interrumpió la charla el timbre de calle. Un mensajero del correo traía una carta  urgente para el señor Guillermo Delanghe.

     - ¡Qué raro! ¿Una carta certificada para mí este día? Mi viejita me escribe los lunes y hoy es miércoles?  Espero que no pase nada malo.

     Guillermo rasgó el sobre y extrajo del interior una tarjeta postal doblada con una rosa seca y una leyenda que decía: "Hoy es San Guillermo. Felicidades. La guardo desde el primer día que lo vi? ¿Se imagina quién soy? Búsqueme y me encontrará." Guillermo sonrió, rompió la misiva y la guardó en un bolsillo. Comprendimos que la noticia no era nefasta y quedamos a la espera de su comentario, que no tardó en llegar: "Ni fu, ni fa."

El dueño de casa se sintió en el compromiso de no ser descortés continuando la charla.

     - ¿No tiene otros parientes, Guillermo?

     - Bueno...realmente no sé qué contestarle. Con nosotros vive en una pieza del fondo una señora de nuestra confianza, que nos crió desde chicos. Mis padres le pusieron el nombre de María cuando la recogieron, y nos cuidaba, bañaba, vestía, nos controlaba si hacíamos los deberes de la escuela, en fin, era como una segunda madre.

     - ¿Comía en la mesa con ustedes?

     - En ese entonces no, porque las sirvientas comían después de los patrones en la cocina, pero ahora sí. Es muy viejita la pobre. La volvíamos loca, "María, me duele la panza", "María, me pinché un dedo con una aguja", "María, haber se escribe con b  corta o con b  larga?", "María, quiero un vaso de leche", "María, tengo sueño".  Y ella aparecía y resolvía el problema. Nos quería mucho seguramente, pero no nos besaba ni nos pegó nunca. Ella era así, y no ha cambiado con los años.

     - Ya no quedan esas sirvientas -dijo el dueño de casa- ahora se llaman institutrices, vienen de Inglaterra y hablan inglés y castellano.

     - Si, ya lo sé, pero para eso hay que ser millonario y tener una estancia en la pampa. Nosotros apenas somos clase media.

     Pasó un mes, tres meses pasaron, y un día Guillermo nos sorprendió con la noticia de que dentro de una quincena se volvía a Buenos Aires.

     - Pero, Guillermo, ¿por qué se va? ¿Lo hemos tratado acaso mal? Para nosotros usted ha sido como un hijo nuestro. Lo vamos a extrañar  mucho. Quédese, por lo menos un año más.

     - Yo también los voy a extrañar mucho, sobre todo a Osvaldo que ha sido tan bueno conmigo, pero la decisión está tomada, me voy.

     Así fue. La familia provinciana fue en bloque a despedirlo a la estación de tren. A punto de subir al coche, Guillermo abrazó a Osvaldo, lo miró fijamente a los ojos, los vio lagrimeantes, y le murmuró a los oídos:

     - Perdonáme, hermano, los Delanghe somos así.

12/10/2009 23:11 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL NEGOCIO DEL COMISARIO

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     - Aquí todos se enriquecen, menos yo -se quejó el comisario del barrio-. El único angelito que vive de su sueldo soy yo, y apenas me alcanza  para vivir como un tonto pobrete.

     - Con todo el poder que tiene usted podría ser millonario.

     - ¿Cómo, si lo único que sé hacer es perseguir y arrestar a los criminales?

     - Usted lo ha dicho, en esa facultad que tiene está precisamente su negocio. Si le interesa, puedo explicárselo.

     Se lo explicó al comisario, éste lo aceptó, lo agradeció y lo puso en práctica.

     A la noche siguiente llamó a su despacho al Flaco Metralla  y le describió el negocio.  El invento del comisario consistía en “liberar” de vigilancia una zona del barrio de su jurisdicción durante cinco horas nocturnas, prestar las armas decomisadas al delincuente, recibir el dinero robado y permitir escapar al reo después de tres meses de asaltos. El Flaco Metralla aceptó, después de meditarlo. Ese cretino me está explotando –se dijo-, pero es peor pasarse diez años a la sombra en un calabozo. A los tres meses me dejará fugar, yo me cambiaré de barrio o de ciudad y ni la Interpol me encontrará. Al final, seré rico en Panamá.

     El trato se respetó con estrictez por amas partes. La primera noche el comisario llamó a sus oficiales, suboficiales y tropa, y los destinó a misiones alejadas de la zona liberada.

     - Usted, teniente Mendizábal, a patrullar con sus hombres la zona del río por donde se infiltran los narcotraficantes. Usted, cabo Benavides, con sus hombres al espectáculo al aire libre de Los Rolling Wheels; tráiganme por lo menos tres vendedores de marihuana . Y usted, sargento Iribarren, captúreme seis prostitutas en el Barrio Rojo. Yo me quedaré con mi asistente a cargo de la comisaría. ¿Entendido? A sus trabajos.

     Una vez partidas las patrullas, el comisario fue al calabozo del Flaco Metralla, le entregó una ametralladora , una escopeta de caño recortado, dos puñales, una granada y un uniforme usado de policía para que lo usara en su trabajo.

- Ya lo sabés, Flaco, no vuelvas con menos de 500.000, porque anulo el arreglo.

- No se preocupe, jefecito, en una de ésas le traigo el doble.        

     Y así fue. El delincuente volvió con lo prometido, entregó el dinero robado, y el uniforme y las armas, hasta la siguiente salida.

    En el período de tres meses, en la zona liberada se cometieron catorce asaltos, dieciséis violaciones de propiedad ajena, veintidós amenazas de muerte a transeúntes  y doce arrebatos de carteras y bolsones.

     El legajo personal del comisario honesto que quiso ser rico no registra ningún acto

ilegal contrario a su honor y a la lealtad institucional. El Flaco Metralla compró una villa en Panamá, se juntó con una alternadora de hotel, y está escribiendo sus memorias purificadas con ayuda de un periodista local, para venderlas a un canal de televisión.

     En un arranque de arrepentimiento y por consejo de su esposa, el comisario fue a consultar a un párroco si era pecado apoderarse por interpósita persona de bienes ajenos, puesto que el texto bíblico permitía a los humanos enseñorearse de la tierra.

     - Eso fue inmediatamente después de la Creación, cuando todavía no estaba repartida la tierra. Pero ahora ya lo está, y toda apropiación de lo ajeno es robo.        

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04/10/2009 17:11 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

SIN GLOBALIZACIÓN SE MUERE

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     El médico auscultó al enfermo, le tomó la presión , contó sus pulsaciones, observó su lengua y garganta, prestó atención al tamaño de sus pupilas, controló los latidos del corazón, le preguntó qué le dolía  y le ordenó un electrocardiograma, un centellograma, dos radiografías de frente y de perfil, una resonancia magnéticonuclear, más un estudio de anticuerpos. "Cuando los tenga listos, llámeme a mi teléfono celular", dijo a la consorte.

    - Doctor, yo no tengo dinero para pagar tantos estudios. Soy apenas una pobre maestra. ¿ Qué hago entonces?  -preguntó la hija del paciente.

    - Realmente, no sé qué contestarle. Sin esos estudios no le garantizo la vida de su padre. Los necesito inevitablemente para hacer un diagnóstico y ponerlo en tratamiento.

Hay equipos norteamericanos e ingleses, drogas de Suiza y de Alemania y así otras cosas. En todo caso, vea si puede obtener ayuda financiera de alguna organización solidaria o de un gobierno.   

     - Pero hay millones de enfermos en el mundo y no alcanzan los recursos para curarlos a todos. ¿Cómo van a ocuparse de mi caso?

     - Tiene razón, señorita, y créame que lo siento en el alma, pero sin globalización su padre se muere.

     Desesperada, la joven recurrió a parientes, amigos, vecinos, iglesias, organizaciones no gubernamentales, fundaciones y filántropos, y consiguió el dinero necesario.

    La intervención quirúrgica se realizó sin éxito y el paciente falleció. La hija, víctima de un ataque de desolación, se sintió autorizada a recriminar al médico su promesa globalizadora.   

     El facultativo, le respondió:

     - Vea, señorita, como médico yo no podía violentar su derecho a la esperanza, pero la fórmula completa es:

                              Sin globalización se muere,

                               Con globalización también.

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24/09/2009 17:55 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL VIDENTE

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     Desde Milán había girado a Buenos Aires el anuncio periodístico: “La  divinidad a su  alcance. No más problemas. Poder, amor, riqueza. Profesor Amadeo Teixeira. Hotel Concordia, habitación 864. Lunes a viernes de 10 a 20 horas.”

 De pronto un americano con camisa a cuadros, pelirrojo, hizo estallar la soledad de

 Teixeira:

    -Disculpe, señor –le dijo acercándose y como mendigándole un sí-, mi nombre es

Edwin, John Edwin. ¿Usted no es por casualidad el señor  Polansky? Se parece tanto a

 un antiguo amigo mío …

     - Lo lamento, caballero, -lo desilusionó-. Quizás se trate de otra persona parecida.

     - Sin embargo, yo diría…

     - Lo siento, caballero, pero mi nombre es Amadeo Teixeira, para servirle, y si no lo toma a mal, debo retirarme. Buenos días.

El turista dio la impresión de recapacitar, se encogió de hombros mientras se alejaba con una reminiscencia caprichosa: Polansky tenía una cicatriz en el cuello, y además era zurdo.

La primera persona en acudir el lunes siguiente fue una mujer de modales aristocráticos. Cincuentona y novelista, y madre de un futbolista él, ninguno de los dos había gozado de los halagos de éxito.

- Tengo hipotecada la casa sin poderla pagar, mis libros no se venden y mi hijo se lo

pasa de discoteca en discoteca, entre drogadictos y roqueros. He consultado con cuanto psicólogo hay y ninguno ha podido sacarme de la depresión. ¿Por qué me suceden estas desgracias, hermanito?

- Tranquilícese, señora, los seres humanos no tenemos la culpa de nada, las cosas nos suceden, como las enfermedades, y eso es todo.

- Entonces, ¿no me queda otra que sufrir y esperar?

- De ninguna manera, para eso estoy yo con mis poderes. Déjeme ver.

  Teixeira encendió un calderillo de bronce que tenía encima de la mesa, arrojó adentro unas hierbas aromáticas, se concentró con las manos en las sienes, miró las volutas de humo y expresó:

  - Veo un demonio que la tortura. Su rostro aparece confuso y no logro distinguirlo con precisión. Podría ser Belial o Belgefor, o también, déjeme mirar un poco más, el espíritu de algún enemigo de la familia. Dígame, ¿hubo algún homicidio entre sus parientes?

   - Sí, mi abuelo materno mató en una partida de póquer a un jugador fullero.

   - Ah, lo que yo decía. No hablemos más. El espíritu del muerto es el que le provoca la mala suerte. Los que mueren víctimas de asesinatos no descansan hasta vengarse en  los familiares del homicida.  

   - Pero ¿qué tenemos que ver mi hijo y yo con el crimen de mi abuelo? ¿Por qué se las toma con nosotros?

    - Porque así está hecho este mundo. Pero no se inquiete, porque para eso hay un remedio infalible. Espere un momento.

       Teixeira abrió uno de los cajones de su escritorio y extrajo un pergamino con un  escrito.

     -  Concéntrese, hermanita –le dijo- y repita conmigo esta  plegaria de los antiguos dioses egipcios: “Oh, nombre santo y digno de reverencia, nombre único por el que debes ser bendecido, tú que otorgas a todos los mortales la virtud bienhechora de tu bondad, manifiéstate en esta plegaria y te daremos gracias por hacernos conocer tu misericordia. Adoramos tu santa persona y te imploramos que alejes de nuestra vida el maleficio que nos hacen los espíritus vengativos y que no permitas jamás la tristeza y el dolor de nuestros corazones. Amén, amén y amén.” Ahora vuelva a su casa, encienda esta vela roja todas las noches, tome un vaso de agua y venga a verme la próxima semana. Deje un donativo de cien dólares en la mesita de la puerta. Yo no puedo tocar dinero porque pierde efecto mi intervención.

     Cuando se retiró la clienta, Teixeira se sintió aliviado. El comienzo no había sido malo. Se recostó en un sillón a hojear el diario hasta que un golpe de nudillos en la puerta lo sacó de la lectura. Un mensajero del hotel le entregó una carta  con una leyenda en el reverso: “John Edwin. 1789 Century Avenue. Los Ängeles, USA.” Abrió el sobre y leyó la misiva. Le estrujó entre sus manos y fastidiado la arrojó al cesto de papeles.

     El resto del mes transcurrió en la rutina, recibir a los angustiados, arrojar hierbas en el calderillo, orar con ellos y citarlos para una próxima sesión. En la entrevista con un metafísico sueco las cosas fueron más arduas, pues el cliente había estudiado en la Universidad de Leipzig donde había aprendido que cada mortal es una cosa chiquitita metida dentro de otra más grande, como los adoquines dentro de un piso, de manera que quería saber cuál de los adoquines era él.

     - Lamento no poder satisfacerlo, mi amigo, pero yo soy vidente y no me ocupo del presente sino del porvenir. De todos modos, si a usted lo molesta alguna cosa que pueda sucederle más adelante, puedo ayudarlo. La consulta son cien dólares.

         - ¿Tanto dinero por una pregunta?

         - ¿Y qué pretende usted, que yo viva del aire?  Mis pacientes pagan  para que yo me mantenga en comunicación con los dioses mientras ellos se ocupan de sus cosas.

         - ¿Se puede pagar en cuotas mensuales?

         Esta cuestión hizo comprender a Teixeira que no había espacio en el mundo para los dos, y lo despidió con este consejo: “Dejemos, señor, las cosas como están. Usted es metafísico y yo soy vidente, y no hay más que hablar.

         Pasó otra quincena   y una tarde se presentó  un hombrecillo esmirriado y flacucho, de movimientos nerviosos, que sacó un papel escrito de su pantalón, lo extendió sobre la mesa y se justificó:

         - Es para no olvidarme.

         Leyó una por una las preguntas que deseaba esclarecer: su mujer lo había abandonado por un aventurero, la empresa lo había despedido por economías, tenía incontinencia urinaria, se le habían caído todos los dientes y muelas, la columna se le curvaba día a día, le quedaba un docena de pelos en la cabeza, vomitaba con frecuencia después de comer, de cada tres días pasaba uno en vela y rengueaba por la pierna derecha. Hombre acabado, pensó Teixeira, pero se guardó la opinión. Cuando el paciente acabó las preguntas, el adivino intentó consolarlo con una afirmación rotunda:

           - No olvide, mi estimado señor, que al final de los tiempos todos los dioses se consubstanciarán en uno sólo y nosotros con ellos. Nosotros también somos dioses con forma de seres humanos y seremos felices. Vaya tranquilo.

           Al momento de despedir con un apretón de manos al huésped, un mensajero del hotel llegó con una carta en la mano. “Para el señor Teixeira”, dijo y entregó la carta. El adivino leyó en el reverso de la epístola el nombre de John Edwin, y murmuró entre dientes: “Otra vez este maldito Edwin.”

           Teixeira pasó otra semana atendiendo a sus clientes y comenzó a tomar sedantes para calmar su nerviosidad. Mientras tanto, en Los Ángeles, California, Edwin no encontraba explicación a la falta de respuestas a sus cartas. Desde su regreso de África , al término de la guerra, no había vuelto a ver a su compañero de armas Polansky, a quien había salvado la vida cuando las tropas mecanizadas de los alemanes atacaron a una patrulla aliada. Polansky yacía en la arena del desierto malherido y Edwin lo recuperó y lo entregó a sus superiores, quienes lo enviaron para su recuperación a un hospital militar en Gran Bretaña. Nunca más volvió a saber nada de él hasta que se encontró con una persona muy parecida en un viaje a Buenos Aires. Sólo recordaba que Polansky  era zurdo y tenía una cicatriz en el cuello.

     -¿Por qué no le escribes? –le había dicho esposa-.Con probar no se pierde nada.

     - Ya le he escrito varias veces, pero no me ha contestado. Le escribiré una vez más, y si no me responde, daré por terminado el asunto.

      Las consultas de infortunados hicieron famoso a Teixeira y con los meses su fama de advino se amplió a la de profeta. Políticos, artistas y deportistas recurrían a sus vaticinios, y hasta la policía llegó a consultarlo en la búsqueda de homicidas. Consiguió alcanzar una posición económica expectable y lucrativa después de haber intentado varios oficios accidentales. Desterró de su mente los recuerdos ingratos y se consagró a estimular su principio de que en esta sociedad cada uno se prende de donde puede.

     Una mañana despertó iluminado. Cortaría definitivamente con el pasado y se mantendría en la nueva personalidad. Tomó un papel de carta y escribió: “Querido Edwin: Teixeira es Polansky. Gracias por siempre. Es más fácil ponerse una máscara que quitársela.”

     La puso en un sobre y marchó al correo a despacharla.

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05/09/2009 20:06 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL TONTO DEL PUEBLO

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 Para ser el tonto de un pueblo la población no puede exceder  a los veinte mil vecinos. Un tonto no es identificable en las ciudades, no sólo porque en ellas hay generalmente  varios miles, sino también porque la gente no se conoce entre sí. ¿Cuántos tontos habrá en Nueva York o en Hong Kong? Imposible saberlo.

     En una  población chica su existencia es notoria y puede ser certificada por el intendente y vista por toda la población. Un ejemplo típico es Tupé, el tonto oficial de Árbol Caído, un pueblito de dieciséis mil habitantes. Los chiquilines saben de su existencia desde que adquieren el uso de razón y cuando lo ven pasar le gritan sin misericordia ¡Tupé, Tupé!, y él los retribuye levantando su brazo, sin darse cuenta de que se mofan de él.

     Su antecesor se llamaba Bailón, nombre del santo correspondiente al día de su nacimiento, y tan generoso que tuvo la cortesía de esperar hasta que Tupé estuviera en condiciones de asumir la tontería local para dejarse envolver en una caja de madera. El coro de ¡Bailón, Bailón! sonaba halagador, pero el susodicho no se dejó tentar y se fue no más sin decir esta boca es mía.  No todas las personas son capaces en este mundo de aguantar con paciencia la mayoría de edad de su sucesor. Otros tontos no se resignan a dejar de oír los coros infantiles, y otros confían en que al final del túnel estarán esperándolo para ovacionarlo.  

     Tupé no era apuesto, de rostro llamativo, de andar gallardo, pero tampoco era de pecho hundido, bichoco, desdentado, baboso y cosas así. Era un tonto de apariencia respetable, un tonto de esos que sólo los médicos pueden detectar. Pero bastaba que rompiera su silencio o ejecutara alguna acción para poner en descubierto su menguada  razón. Lo seguía un perrito fiel que lo quería mucho, porque esa virtud tienen los  canes, para quienes sus amos son sus amos, y no l0os discriminan en ricos y pobres, poderosos y humildes, y si les toca pasar hambre con sus patrones, lo pasan sin quejarse ni morderlos.

      El pueblo de Árbol Caído terminaba en una laguna de unas diez cuadras de ancho, y sobre la otra orilla se levantaba ufana la casucha de Tupé, que nadie visitaba pues no había ningún historiador en la zona, ni tampoco ningún paleontólogo inglés empecinado  en encontrar esqueletos de dinosaurios. Nadie sabía de qué se alimentaba, aunque por el humo de una chimenea se podía inferir que fritaba alguna carne, blanca o roja, o hervía  algún guisote o agua para tomar mate. Algo debían de embuchar él y su perro, porque demacrados no estaban. Algunos sábados solía acercarse a las mesas de los paseos en la plaza central y preguntaba “Señor, ¿el pan con queso hace mal?”, y ante la lógica respuesta negativa extraía de un bolsillo un pedazo de pan duro y decía “Entonces déme una monedita para comprar queso porque ya tengo el pan.” Si bien no era su caso, demostraba sin necesidad del testimonio de ningún un psicólogo que es cierto aquello de que ningún humano, ni cuerdo ni loco, mastica vidrio.

     Claro que con los cinco centavitos que recogía los sábados en la plaza nadie pensaba que pudiera alimentarse como el gobernador, ni siquiera sumados a los recaudados los jueves a medianoche , donde se congregaban los pueblerinos para ver pasar el tren semanal a Buenos Aires, la otra reunión de Árbol Caído. “Este Tupé debería dejar de pedir siempre queso y pedir la monedita para comprar naranjas con un vaso en la mano”, comentó cierta noche  el jefe de la estación.

     De puro antojadizo que era, al comisario se le ocurrió un día citarlo a su despacho para obsequiarlo con unas empanadas criollas . “Pero yo no cumplo años, señor comisario”, le respondió Tupé. “¿Cómo que no cumple años? Yo soy el comisario de Árbol Caído y sé lo que le digo. Tome estas empanadas, se las regalo y que pase bien su día…” Confundido por la noticia, Tupé alcanzó a responder: “Si usted lo dice…” Al salir del despacho acompañado por el funcionario, Tupé vio en las paredes varios retratos de personas con la leyenda  “buscados”. “¿Y ésos quiénes son?”, preguntó. “Son ladrones que andamos buscando”, dijo el policía. La respuesta confirmó que Tupé era Tupé: “¿Y por qué no los agarraron cuando vinieron  a fotografiarse?”

     Habría pasado un año más o menos de este hecho, cuando de repente y sin advertencia alguna  apareció en el pueblo Pata de Bola, una especie de intruso en la familia pueblerina. No se sabía si se llamaba propiamente así, pero los chicos habían decidido que ése sería su nombre en adelante. Había construido una guarida con troncos de árboles, ramas y lodo próxima a la casucha de Tupé y allí se había instalado, pero aunque vecinos, no compartían sus penas. Tupé podía caminar, pero Pata de Bola no, debido a que una de sus piernas , encogida y sin movimiento, no terminaba en su pie respectivo, sino en un muñón abultado. Caminaba apoyado en un palo de algarrobo y se fatigaba a los cien metros, de modo que disponer de muletas era lo mismo que la nada.

Tupé no hablaba con  Pata de Bola  sobre la desgracia de no poder caminar, porque sólo Jesucristo tuvo el poder de hacer levantarse a un paralítico de su postración dándole una orden, según le habían comentado en las clases de catecismo.

     Un lunes radiante, de esos lunes en que los necesitados ven renacer su esperanza semanal olvidándose de la desgraciada anterior, Tupé apareció en las calles de Árbol Caído con una latita pintada de amarillo, mendigando de puerta en puerta. Los vecinos notaron el cambio de adminículo mendicatorio sin decir esta boca es mía, y no se apartaron de su clásica cuota de cinco centavitos. Pero por las tardes vieron que la lata estaba pintada de rojo. Algunas personas consideraron a esta duplicación de latas como una demasía de pretensiones y le reprocharon su actitud, al tiempo que otras se sometieron sin chistar reflexionando que cuanta más caridad, más premio en el otro mundo. A cada moneda de la lata amarilla, Tupé agradecía con la fórmula “Muchas gracias por mí”, y a cada mo neda en la roja, “Muchas gracias por él.” Lo más impiadoso  que llegó a sus oídos fue  un “Bueno, Tupé, no me vendrás ahora al mediodía a casa con una lata rosa y un agradecimiento para ella.”

     Tupé era tonto, pero contar sabía. Se regodeaba como un niño separando las monedas obtenidas, y al término de una quincena, días más días menos,  fue a visitar a Pata de Bola a su covacha. Tanta era su alegría, que saltaba por los aires, daba manotazos con la derecha y con  la izquierda, profería gritos exaltados, acompañado de su fiel pichicho:

     - ¡Patita, se acabaron tus penas! –le dijo con diminutivo afectivo.

     Volcó en sus manos las monedas recogidas en la lata roja y se puso a llorar de alegría. Pata de Bola le correspondió con otro abrazo y lloraron ambos.

     Pero como todo lo que empieza termina en esta vida, la vida de Tupé tenía que terminar también. Y terminó. Pata de Bola le hizo llegar la noticia al intendente por interpósita persona, quien se hizo presente en lugar porque estaba en tiempos electorales, y quién le dice, en una de ésas Tupé tenía seguidores cristianos por caridad. 

Hasta el día de hoy nadie pudo dar una explicación satisfactoria de la actitud del intendente, pero sucedió que el día del entierro, cuando menos se esperaba, apareció una multitud de vecinos con sendas velas para orar por la vida eterna del mendigo tonto. La Iglesia somos todos, decían los peregrinos, y lo que hagamos por nuestros hermanos, lo hacemos por nosotros mismos.

     El intendente, ni lerdo ni perezoso, pensó que no podía desperdiciar tantos votos en las inminentes elecciones. Hizo rodear el predio con una reja, enterrar el cadáver de Tupé con la latita amarilla, y cubrir el sitio con una cruz. Quien quiera verla, recuerde, sobre la margen del otro lado de la laguna. No encontrará a Pata de Bola ni a ninguna persona, pero sí a su perrito esperando su regreso.

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22/08/2009 22:32 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. No hay comentarios. Comentar.

EL DERECHO A SER VIUDO

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  Los tribunales de justicia del país se caracterizan por su morosidad en sentenciar las causas pendientes. A veces tienen razón en demorarse porque los juzgados existentes son insuficientes para despachar los miles de causas pendientes; en otros casos su razón es dudosa, porque entre feriados, vacaciones, ferias judiciales y otros privilegios, no disponen ni siquiera de doscientos días hábiles por año para el cumplimiento de sus funciones. Esto sin considerar que algunos jueces son abiertamente haraganes, o mienten con descaro alegando inasistencias por maternidad de su mujer cuando en verdad están jugando al golf.

     Ni esperar entonces de ellos una respuesta a una inquietud que me da vueltas en la cabeza  desde hace tiempo. La cuestión es ésta: dado que los llamados derechos humanos me reconocen la libertad de opinar y pensar conforme a mi voluntad, vale decir, conforme a mi personalidad,  en estos momentos mi deseo es ser viudo.

     - Vamos por partes, mi amigo -me dijo un amigo garantista-.  Pare ser viudo hay que haber estado casado primero. ¿Usted está legalmente casado o está en pareja?

     - Casado -respondí.

     - Entonces vamos bien. Puede ser viudo. Pero además, su esposa debe morir. O la convence usted de que se suicide o la mata.

     - ¿Y no puedo hacerlo por interpósita persona?

     - Sería lo ideal. De esa manera usted no tendría responsabilidad criminal ninguna.

     - ¿Pero dónde encontrar un individuo que quiera hacerlo?

      - Muy sencillo, debe buscar una persona cuyo deseo sea precisamente el de matar a otro. De esa manera los dos estarían en legítimo uso de sus derechos humanos.

      - ¿Y mi esposa qué derecho humano reclamaría?

      - Ninguno, porque los derechos humanos son válidos para los vivos y no para los muertos. Una vez muerta, una persona deja de tener derechos humanos. La Declaración Universal  de los Derechos  Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1948) está concebida y redactada en ese sentido.

     - ¿Y si no encuentro ningún individuo para mis fines, ¿qué puedo hacer?

      - Hasta que lo encuentre tiene derecho a la "libertad de opinión y de expresión", "sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión" (art. 19). Puede, por ejemplo, fundar una asociación y reclutar afiliados (art. 20). Pero, permítame una aclaración: ¿usted no ama realmente a su esposa?

     - De ninguna manera. La amo todavía.

     -¿Y entonces?

     - Solamente pretendo saber cómo se siente un individuo viudo. Se me ha ocurrido que tal vez no sea tan trágico como se dice. Por eso he pensado que con el tiempo a lo mejor se muere naturalmente, la mata un criminal o se le antoja suicidarse. Formaré una sociedad, "Viudos sin Fronteras",  y veré qué pasa.

     -¿Y qué va a pasar? Nada. Hay tantas asociaciones desparramadas por el mundo en estos días que nadie les presta atención.

    - ¿Para qué se escribieron entonces los derechos humanos? 

    - Pues para que los gobiernos y los individuos sepan cómo deberían ser, no para que lo sean. No los conoce ni aplica ningún gobierno. Únicamente los estudian los universitarios para los exámenes. Los políticos los recitan de memoria en las campañas  electorales o en los encuentros internacionales. Por un eslogan político no le dan ni una salchicha en un quiosco callejero.

     - ¿Y no le parece que también deberían haber escrito las Naciones Unidas una Declaración Universal de Obligaciones Humanas?  Yo propondría el artículo primero:

"Todos los seres humanos nacen libres y obligados, y dotados como están de estos dos  atributos, deben comportarse fraternalmente unos con otros." ¿Qué le parece?

- Parecer me parece bien, pero lo considero un intento perdido. ¿Se imagina usted

 una ley que fijara la pena de horca para los violadores? El mundo se quedaría sin gobernantes. Ni en las Naciones Unidas se firmaría tal declaración. ¿Firmaría usted su propia condena de muerte?        

     - Con tales imitaciones no puedo ejercitar mi derecho a ser viudo ni crear una asociación "Viudos sin Fronteras.", ni proponer a las Naciones Unidas una Declaración  Universal de Obligaciones Humanas. No me queda entonces nada que hacer.

      -Sí, mi amigo, algo le queda: dejar de creer que cuando le dicen "derechos humanos" le han dicho la verdad absoluta cuando no es más que una aspiración de deseos o una mentira convencional. Las leyes no son más que enunciados verbales que los hombres escriben.

     - Desisto en tal caso de mi libertad de ser viudo.

     - Hágalo si lo desea, pero no vaya a ocurrírsele decir que los gobiernos son mentirosos porque va a ir a parar a un calabozo detrás de las rejas. Y mucho menos que el Estado tiene el derecho de coacción, porque lo condenarán por fascista. ¿Tanto le cuesta darse cuenta?

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09/08/2009 20:16 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

TEOLOGÍA GAUCHESCA

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     La noche bajó su oscuridad instalando su hechizo en el ánimo de los gauchos. Los reseros, enfundados en  sus toscos ponchos pampas y sombreros alicaídos, se congregaban a paso lento, agobiados por la fatiga, para compartir el descanso y el alimento reparador.

     Tres jornadas habían transcurrido desde la partida del Tandil hasta las tierras de pastoreo de Pergamino, para sustraer a los quinientos vacunos  del frío y la sequía.  Entre suelo y aire se jugaba la vida animal, como entre tierra y cielo la de los gauchos. Traquetear sobre el lomo de los caballos, dormitar mecidos por el balanceo rutinario, despertar al menor ladrido de alerta de los perros forzando a alguna bestia descarriada  a retornar a la tropilla, trasudar la ropa, tostarse la piel, y de cuando en cuando musitar alguna tonada regional o caer en un torbellino de reminiscencias deshilvanadas, eran al fin de cuentas una forma de aceptar el destino personal.

     Las reses concentradas al amparo de los algarrobos y ombúes sacudían la monotonía del silencio nocturno con algún que otro relincho resignado. Los hijos de la llanura disponían en el suelo sus monturas y arneses en torno al fogón donde las brasas asarían los costillares nutricios. Ni humanos ni bestias ponían sus expectativas en el día siguiente. La vida se compone de días sucesivos y cada uno tiene su propio destino. La lumbre de los leños se encargaría de suscitar el examen de conciencia de la jornada de hoy, y esto bastaba para dormir en paz.

     El cosquilleo estomacal cedía su pertinacia con los bocados de carne chispeantes de grasa, rociados con el néctar de las uvas cuyanas o la ginebra holandesa, bebidos a flor de pico de botellas, transmitida de mano en mano. Las evocaciones reprimidas en un principio por el pudor masculino, comenzaron a brotar de las lenguas desatadas por el alcohol, y los arrieros se enteraban así de los dolores y los amores ajenos: el hijo perdido en un duelo mano a mano, el alma en pena de un amigo insepulto detrás del horizonte, las apariciones del diablo Zupay a la vera de los senderos.

     El tránsito de la pena al misterio ocurría cuando los gauchos sacaban a relucir las guitarras y arrancaban a las cuerdas los secretos de la vida. El morocho Ledesma, oriundo de Santiago del Estero, había aprendido por instinto que las palabras sin música son como la fruta seca, porque el alma se mueve entre ritmos y tonos. Así pasa cuando una pena nos abruma, así pasa cuando un enamoramiento imprevisto se retuerce dentro de uno sin atreverse a salir. Sus escasas letras escolares no le alcanzaban para entender esas cosas y envidiaba a los doctores de la ciudad que seguramente sabrían algo de eso. Pero él no contaba más que con su compañera, la guitarra, para arrancarle algún misterio en algún rasgueo venturoso, la primicia de una rima certera.

     De pronto Adelmo Barrios, el guitarrero de la Banda Oriental, aportó los versos que le borboteaban en la boca como espuma en las fauces de un puma acorralado. Pulsó su instrumento, lo afinó y lanzó su desafío al santiagueño:

                                            Atiéndame, mi amigo,

                                             le pregunto por querella:

                                              ¿de cómo parió la Virgen

                                              y siempre quedó doncella?

     El morocho norteño clavó su  mirada  en los ojos del desafiante, y luego la bajó dando tiempo a que una inspiración súbita lo sacara del atolladero. Reflexionó que una cosa es ser amigo y otra muy distinta dejarse derrotar en una payada. Tal vez el cantor oriental fuera un artista furtivo oculto detrás de las destrezas del lazo y las espuelas. Creyó adivinar en el retraimiento de las comisuras de sus labios y la dureza sin parpadeos de sus ojos, la picardía provocativa de un hombre que buscaba la ostentación de su superioridad. Nada impedía entonces una definición rimada.

     Vinieron a su mente las enseñanzas del párroco pueblerino y la estrofa que había heredado de su devota abuela. Acomodó sobre una de sus piernas el instrumento, provocó con un silencio intencional la expectativa del auditorio, preludió con unas notas el recuerdo salvador y cantó:

                                              Tirá una piedrita al agua,

                                               verás como se abre y cierra;

                                               ansina parió la Virgen

                                                y siempre quedó doncella.

     Silencio total. Cuando el fogón se apagó, cada resero se acostó a soñar con el misterio.

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02/08/2009 23:10 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL INTENDENTE ASIMÉTRICO

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     El intendente Federico Aguilar había adquirido notoriedad desde el día en que se negó a presidir la procesión de Corpus Christi y portar la cruz en sus manos desde la Catedral como lo indicaba el ceremonial. Comentaba a sus amigos íntimos que él era intendente de todos de acuerdo con la constitución y no un empleado de la Curia. Para eso tenían los católicos su legión de arzobispos, obispos, monaguillos y demás prelados. “Pero un monaguillo no es un prelado” le habían advertido sus seguidores. “No me importa- había contestado-. Para mí todos son curas y eso basta.”

     Después de seis años de casado había cambiado a su primera esposa por una pareja más moderna y atractiva, modelo de pasarelas, vistosa y coqueta. “Si hubiera  sabido que un día llegaría a intendente, no me habría casado con la anterior. Los políticos no deben casarse jóvenes para no tener que arrepentirse cuando están arriba. A los electores no les gustan las primeras damas feas.”

     Su olfato político lo había conducido a una estrategia electoral efectiva, organizar festejos públicos gratuitos, campeonatos de minusválidos, maratones de aficionados, recitales al aire libre para expansión  de los jóvenes rebeldes y zonas rojas para comercio sexual.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

     Al verlo, Aguilar se distinguía por su vientre prominente, sostenido con dificultad por  dos  piernas cortas y anchas, curvadas como para dejar pasar un barril entre ellas. No podía cruzar por delante los cortos brazos terminados en manos regordetas, y la columna inclinada hacia un costado lo hacía mantenerse cómodo únicamente sentado en un sillón ancho y mullido. Su contextura se complicaba cuando llegaba a la cabeza, apoyada en el tronco de un cuello grueso y venoso como de árbol antiguo, pero más voluminosa de un costado que del otro. La ciencia  fisiognómica lo habría declarado intelectualmente inepto considerando su estrechez frontal, pero tenía a su favor el descrédito de esa antigua disciplina. Era, en definitiva, un hombre asimétrico. “A mí me han elegido los votantes por mis condiciones y no por mi fotografía”, decía a sus íntimos.

     En lo concerniente a su educación, ni a su mamá se le habría ocurrido en la niñez presentarlo a una olimpíada estudiantil de matemática o lengua. No se le conocían escritos de su propia letra por su incompatibilidad con la ciencia de la ortografía, por eso se expresaba únicamente en la lengua hablada, en la que no hay errores de ortografía.

      Su cuerpo, sin embargo, era una preciosura comparado con su alma, donde ninguna idea tenía su asiento. Sus enemigos políticos decían que había llegado tarde en la repartición de bienes hecha por el Creador. Tuvo que conformarse con los rezagos que quedaban por su demora en presentarse a la distribución. Para colmo de males, entre esos restos no quedaba  disponible la capacidad de comparación y siempre se creyó inteligente como el que más.

     Se hacía pasar todos los días las noticias sobre los intendentes de las grandes metrópolis extranjeras, prolijamente subrayadas en sus párrafos principales.

      Un sábado por la mañana se encontraba Aguilar leyendo los informes sobre iniciativas extranjeras que podrían imitarse. Tres o cuatro llamaron su atención principalmente. Él las habría adoptado a todas si le hubiera sido posible, pero unas eran demasiado costosas y menoscaban el erario y otras implicaban viajes en avión a otros países y él padecía de “aerofagia”, según sus propias palabras.  Varias ideas pugnaban esa mañana en su mente, dicho sea sin indagar el verdadero significado de la palabra ideas. Su máxima aspiración era levantar en vida su propia estatua sobre un pedestal erigido en la plaza central, mas consideraba que tal objetivo debería postergarlo para más adelante hasta mejorar un poco su figura con ejercicios y otros artilugios. Hasta el momento tenía prometido por un cirujano plástico extirparle el bosque de pelos de la frente, pero le quedaban pendientes el abultamiento de la barriga y el arco de triunfo de sus piernas. Los bracitos cortos no eran un impedimento, dado que con esculpirlos con un libro entre las manos quedaban disimilados.        

     Pensó en traer como visitante oficial de la ciudad a un jugador gigante de básquetbol de Miami, pasearlo al frente de una caravana por las calles, hacerlo declarar que la ciudad era la más hermosa y mejor cuidada del mundo, y nombrarlo visitante ilustre. Costo total del espectáculo, setecientos mil dólares en efectivo pagados por anticipado, con la exigencia de que firmara un recibo por dos millones. La desechó porque el gigante hablaría en inglés y sería necesario traerlo en un avión adaptado al caso, trasladarlo dentro de la ciudad y alojarlo en un estadio deportivo, por falta de hotel adecuado. Lo atrajo además la idea de pasearse en un globo aerostático por los cielos de la ciudad y saludar desde la barquilla a los vecinos, pero el temor a ser derribado a flechazos por un adversario lo disuadió.

     Más factible consideró, en cambio, el festejo que en España se conoce como el tomatazo. En Buenos Aires los camiones de tiradores de tomates al público circularían por las callejuelas de la Boca, barrio de inmigrantes italianos, aunque temía que lo criticaran por desperdiciar alimentos en una época de niños desnutridos.

    Pero no había tiempo que perder, las elecciones se aproximaban y las aspiraciones del intendente se diluían en la duda.  Su opositor en las elecciones maquinaba su candidatura en un nivel más alto, invitaciones a cenar a diplomáticos extranjeros, viajes sistemáticos a Washington, conferencias sobre globalización, humanismo y derechos humanos, reuniones cumbres con los presidentes de Brasil, Chile, México, Uruguay y Venezuela, apariciones semanales en audiciones de televisión y bisemanales por cadenas de radio, en fin, publicidad a diestra y siniestra basada en su prestancia física, su hablar pausado y melodioso, en otras palabras, todo lo contrario de su rústico oponente.

    Optó, pues, por nacionalizar el tomatazo hispánico en un “harinazo” argentino.

Se lo anunció con bombos y platillos y se invitó a toda la población a participar. La municipalidad proveería gratuitamente las bombas llenas de agua y harina y se premiaría al más enharinado en un estadio de fútbol.

      Desde la noche anterior comenzaron a llegar camiones atestados de muchachos desarrapados, sin camisa, con apenas un pantaloncito deportivo o en traje de baño. El circuito de calles estaba cercado y custodiado por policías para evitar peleas callejeras. En el estadio de fútbol donde terminaría la gran celebración bullía una muchedumbre de espectadores en las tribunas, y en un palco oficial decorado con banderas al viento, el intendente Aguilar y su séquito de personalidades de la cultura lucían sus fachas y levantaban los brazos saludando a los cuatro rumbos de la brújula. Un disparo de bombas de estruendo señaló el comienzo de la caravana desde el punto inicial. A mitad del desfile un olor hediondo y  nubes de gases lacrimógenos y tusígenos dispersaron a los grupos. Los “chicos”, en la jerga democrática del gobierno, destaparon barriles ocultos de lodo, harina y restos de inmundicias que arrojaban contra las personas y edificios, al tiempo que los más revoltosos destrozaban con palos los faroles públicos, vidrieras de las tiendas, estatuas, fuentes y cuanto encontraban a su paso.

           Un grupo desprendido del convoy se dirigió al palco oficial, tomó entre sus manos al intendente y sus funcionarios, los revolcó por el suelo y los embadurnó de pies a cabeza,       frotándolos por todo el cuerpo. Desde el suelo, Aguilar apelaba a gritos “¡Hijos de su madre! ¡Atorrantes, mal nacidos, piqueteros!  ¡Ya me las pagarán, muertos de hambre! ¡No les daré más bonos de comida gratis!” 

     Esa misma noche legiones de empleados municipales barrían las calles y limpiaban con mangueras los frentes de los edificios, entremezclados con niños buscones que seleccionaban de entre los restos objetos para revenderlos. En distintos conciliábulos sociales se discutían los desórdenes y en las redacciones de los diarios y estaciones de televisión los periodistas se afanaban en lo suyo para llegar a tiempo a la edición de la mañana.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

     El intendente Aguilar era el más afectado. Una profunda pena le quitaba la palabra y apenas le permitía pensar. Se sentía humillado y manoseado por esa multitud que había movilizado con la esperanza de atraerlos a su candidatura. “Menos mal que no asistió el cónsul de los Estados Unidos. Imagínese el papelón internacional” –se dijo para sus adentros.

     No quedaron dudas, Aguilar era un intendente asimétrico por fuera y por dentro.

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19/07/2009 19:53 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL MINISTERIO PERFECTO

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     Cuando lo eligieron presidente del país en elecciones fraudulentas, se vio en la necesidad de constituir su gabinete ministerial. Su pericia política en escoger colaboradores se había vuelto proverbial. Un día convocó a su despacho al ministro de Comunicaciones y Propaganda y le ordenó:

      Presidente:  Ministro, prepáreme un decreto para informar a la opinión pública que el país, según fuentes internacionales, está en vías de ser elegido como el más seguro de toda Sudamérica.

     Ministro: Correcto, señor presidente. Siempre es bueno levantar el ánimo de la población. Sin estímulo espiritual el pueblo ser siente abandonado.

     - No, no lo escriba, lo he pensado mejor: mis enemigos podrían aprovecharlo para burlarse de mí.     .

     - Me parece acertado, señor presidente. Cuanto menos informa un gobierno, menos expuesto está a la reacción de los adversarios.  

     Al día siguiente el presidente llamó a su despacho al ministro de Relaciones Internacionales y le ordenó:

     - Necesito que me redacte un decreto reconociendo que el pueblo judío ha sido víctima de un holocausto donde murieron asesinados millones de víctimas.

     - Muy bien, señor presidente, los judíos son muy poderosos en el mundo, y aplaudirán su declaración.

     Dos horas después el ministro regresó con el texto del borrador ya redactado, pero fue recibido con estas palabras:

     - Rómpalo, he cambiado de opinión. No puedo enemistarme con los árabes. Son gente de convicciones profundas.

     - Bien dicho, señor presidente. Se ofenderán y pueden retirar sus embajadores del país.

      Tres semanas más tarde hizo venir a su escritorio al ministro de Economía y le ordenó:

     - Redácteme un comunicado de prensa  informando al país que este año hemos tenido un superávit comercial de 28.000.000 de dólares.

     - Bien dicho, señor presidente, siempre es conveniente dar la impresión de prosperidad para tranquilizar a la gente.

     No habían transcurrido diez horas desde la orden, cuando convocó al ministro con urgencia.

     - Lo he pensado mejor, ministro. No escriba ese comunicado. La opinión pública puede desmentir esos datos.

     - Bien pensado, señor presidente, es muy riesgoso proporcionar cifras al pueblo. Pueden no creerlas.

    En otra ocasión conversó con el ministro de Desarrollo Social:

    - Pienso disponer un aumento salarial del 20 % para los trabajadores, con retroactividad al 1º de enero.

    - Es muy oportuno ahora, cuando se notan ciertos rumores de malestar.

    - Pero no, no me conviene. No podré cumplir porque no tenemos en caja ese dinero.

    - Me parece muy acertado. Un gobierno no puede estar sometido a la presión de los obreros. Hoy le piden salario, mañana le pedirán un sueldo más extra a fin de año, y después vivienda propia.

     En otra ocasión, llamó al jefe del gabinete, el hombre de su más íntima relación y le comentó:

     - Paquito, estoy preocupado. El Servicio Secreto me ha informado que el pueblo está a punto de revelarse. ¿Qué hago, renuncio o me fugo del país y pido asilo político en el Lejano Oriente?

     - En mi opinión, cualquier alternativa es excelente. Si renuncia, los revolucionarios se darán por satisfechos y no lo perseguirán más. Si se fuga, puede vivir con falsa identidad el resto de sus días.

     - ¿Pero cuál me aconsejas?

     - Las dos, señor presidente.

     Una hora después Paquito se iba del país en helicóptero con rumbo desconocido, reflexionado: ¿se habrá creído ese presidentito que sólo él era vivo?

     En el escritorio del presidente, dos cafeteros comentaban la desaparición del presidente.

     - Se hizo humo el farsante. ¿Para qué le servirá lo que robó? Tendrá que vivir para siempre en una cueva hasta que la barba lo ahogue.

   

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05/07/2009 18:16 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

EL BURRO GEODÉSICO

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     Una mañana los vecinos de Totoral se sorprendieron al ver a unos señores de Buenos Aires observando el lugar con unos aparatos sobre trípodes, cintas de medición de cincuenta metros, reglas numeradas plantadas en el suelo, cuerdas por el suelo, tiendas de campaña aquí y allá. Los recién llegados se trasladaban de un lugar a otro, separados de los rayos del sol mediante cascos de exploradores y de la sed con caramañolas de agua cruzadas sobre el pecho. Preparaban sus viandas en pequeñas cocinas transportables, y dormían en carpas de campaña, protegidos de los mosquitos con el humo de braseros encendidos y de las serpientes con círculos de ajo trazados en el suelo.

     La novedad corrió por los alrededores  y en el término de dos horas se había

congregado una multitud de lugareños emergidos de entre la maraña de los bosques y serranías. Miraban y hacían comentarios entre sí,  sin poder discernir si se trataba de una patrulla militar, un comando terrorista  o de simples constructores de alguna estación de comunicaciones. Sabían por experiencia que menos averigua Dios y perdona, pero como ellos eran nada más que terrestres, no se sintieron involucrados en esa máxima. El más valiente de los espectadores miró a sus vecinos  buscando la aprobación en sus rostros, dio unos pasos adelante y se enfrentó al director del grupo:

     - Disculpe, doctor, quería decirle que hemos venido aquí para ayudarlos si nos necesitan.

     - Doctor, no; ingeniero de caminos. Estamos estudiando el trazado de un nuevo camino, y por el momento no necesitamos ayuda. De todos, modos, muchas gracias por su ofrecimiento. Si los necesitamos se lo haremos saber.

     Los lugareños volvieron a sus chozas y  a sus tareas diarias. Pasaron esa noche como los perros, con  media oreja dormida y la otra en alerta, por si acaso los intrusos fueran dañinos. Procedían de la capital del país, entrometida siempre en asuntos del interior. No creían en aquello de que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino, salvo el caso de que hubiera que despojarlos de sus bienes personales. Día a día vigilaban escondidos al grupo capitalino como los indios espiaron a Cristóbal Colón a su llegada a América. Todo aparecía tranquilo y pacífico, a excepción de las frecuentes discusiones entre el jefe y un subordinado, que en todo momento vertía tragos de una petaca a su lengua. Su función consistía en delinear en un mapa extendido sobre una mesa de campaña el recorrido óptimo de un camino desde Totoral hasta Santiago, lo más corto, económico y seguro posible, según la ciencia de la geodesia.

     Los lugareños no alcanzaban a explicarse por qué razón era necesario tener la cara enrojecida, gesticular y hablar a los gritos para dibujar. Pero convencidos como estaban desde tiempos inmemoriales de que los capitalinos saben mucho más que los provincianos, optaban por espiar y esperar. Las discusiones llevaban ya casi un mes y las obras no comenzaban. Conforme a los indicios gestuales y verbales, la paciencia del  ingeniero se agotaría en muy poco tiempo.

     Y efectivamente eso se corroboró cuando una tarde, al ponerse el sol, el jefe hizo un bollo con el mapa y lo arrojó al fuego, con estas palabras:

     - Si le hacemos caso a este mapa, el camino va a parar al Brasil en vez de Santiago.    

     Su primera intención fue despedir al responsable, pero considerando que el profesional tenía mujer y cinco hijos que mantener, prefirió tomarse unos días para serenarse y después tomar la decisión. Se sentó en una silla desplegable, con la cabeza  entre sus manos, pero a los minutos un palmoteo en un hombre lo sacó del trance.

     Era el valiente de Totoral que interrumpió la angustia del ingeniero:

- Disculpe, doctor; perdón ingeniero, pero tengo alguien que puede ayudarlo.

- ¿Ayudarme? ¿Quién, usted?

- No, yo no, Cachilo –contestó, señalando a un burro que pastaba en las cercanías.

- Vea, amigo, no estoy para bromas, retírese por favor y déjeme en paz.

     - No es una broma, señor. Cuando nosotros queremos abrir una picada en el bosque lo soltamos y lo seguimos. Seguro que el burro nos guiará por el mejor camino. Nunca nos ha fallado. ¿Por qué no hace la prueba?

     El ingeniero se convenció, calculó la travesía en quince días, y la caravana se puso en camino con Cachilo a la cabeza. En la primera y segunda jornada nada anormal sucedió, pero a la tercera al tratar de vadear un riacho la camioneta que llevaba parte de los instrumentos se atascó en el barro y hubo que abandonarla en medio del cauce. En el octavo día el vehículo que remolcaba la cocina de la caravana se desbarrancó en una cuesta y se destrozó en el fondo. Felizmente pudo recuperarse la cocinilla, que se montó en otro de los vehículos.

     Cachilo no era uno de esos pollinos humildes, mansos, de pelambre aterciopelada que se usan en los lugares de veraneo para fotografiar niños en su lomo y darle un manojo  de pasto como recompensa. Al contrario, era un asno en serio, de porte erguido, orejas enhiestas y cola en permanente movimiento, capaz de mandar un perro a los quintos infiernos si lo perturban los ladridos. Era un burro con personalidad, no un burro de exhibición. En su función de guía geodésico, se detenía de tanto en tanto, giraba la testa a uno y otro lado y husmeaba el aire en actitud de comandante napoleónico. Luego se ponía en marcha arrastrando detrás de sí a la caravana.

     A los doce días se toparon con un árbol caído en el sendero. Cachilo pasó con solvencia el escollo, primero las patas delanteras y después las traseras, y se detuvo a la espera de que los viajeros retiraran del lugar el tronco con sus respectivas raíces y copa. Tres capitalinos demoraron una jornada íntegra en despedazar a hachazos el monstruo

vegetal, mientras el borrico se restregaba el lomo en el suelo y se acostaba a dormir.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

     - ¿Pero por dónde nos lleva este animal? –preguntó el ingeniero.

     - Por donde debe ir el camino. El no tiene la culpa de que haya obstáculos. El camino es el camino. Menos podría encontrarlos un dibujante en un plano sobre una mesa.

     Superado el obstáculo, la caravana reanudó la travesía. Al duodécimo día, tres menos de lo calculado, Cachilo se detuvo alborozado, se levantó sobre sus patas traseras, dio un estruendoso rebuzno y se lanzó a la carrera hacia un bajío del terreno, cien metros abajo.

    - Esto no puede ser, ¿cómo va a tener que bajar cien metros el camino y volver a subirlos? Algo pasa aquí  -dijo desconcertado el ingeniero.

    - Voy a ver –replicó el vecino de Totoral-. Nunca ha pasado esto

    Se acercó al borde del precipicio y miró la escena. En medio del bajío Cachilo olfateaba a una burra que coqueteaba a su congénere con ágiles movimientos de cola  y hociqueos gozosos.

    - Disculpe, doctor, digo ingeniero, me había olvidado que Cachilo está en época de celo.

 

27/06/2009 19:59 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

GASTOS RESERVADOS

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El gobernador Persifonte Malacara suscribió un decreto por el que otorgó una pensión vitalicia de treinta mil pesos mensuales al ciudadano Arquímedes Passalacqua, cuñado suyo, en retribución por los patrióticos y desinteresados servicios prestados a la provincia..

     A la pregunta de un periodista sobre si esa decisión no implicaba un privilegio a un familiar, el gobernante manifestó que la justicia es una para todos y no hace distinción entre parientes y extraños. Negarle el derecho a un familiar, sólo por serlo, sería un atropello a la majestad judicial.

     - Pero a los maestros usted les paga quinientos pesos mensuales –le replicó el hombre de prensa.

- Así es, y bien pagados están, porque son los segundos padres de los alumnos. ¿Dónde ha visto usted que un padre o una madre le cobren a sus hijos por educarlos?

- Y por qué le paga usted tanta plata a su cuñado? Con mucho menos podría vivir.

- ¿Cómo por qué? Él ha administrado el presupuesto provincial durante muchos años y le  ha ahorrado al erario público millones de pesos. ¿Se ha ganado o no su pensión?

- Está bien, señor gobernador, dejémoslo ahí. ¿Se podría saber cuánto gana usted?

- Lo que indica el presupuesto, mil quinientos pesos mensuales.

- Más los gastos reservados que señala el presupuesto.

- ¿Qué quiere insinuar usted, caballerito?

   - Que los gastos reservados ascienden a cien millones y el pueblo no sabe en qué se gastan. Durante su gobierno la residencia del gobernador se ha ampliado con un diario oficial, helipuerto, un lago artificial, dos aviones, ocho automóviles deportivos, un teatro al aire libre para espectáculos, un quincho con aire acondicionado para asados, dos piscinas cubiertas, más otros arreglos y decoraciones de lujo, y sobre, todo alfombras rojas por todas partes.

 - ¿ Y qué demonios pretende usted, caballerito; que el gobernador viva en una choza? Espantaría a los inversores extranjeros y los visitantes se burlarían de mí y de la provincia.

- ¿Y los desocupados, los sin techo, los enfermos, las mujeres, los ancianos y los  niños?

- Ésos pueden esperar, la provincia está primero. En todo el mundo se empieza así.

- En Suiza, Alemania, Dinamarca, Suecia y Noruega, no.

- Porque no tienen pobres.

- Pero tienen ancianos, enfermos y niños.

          Bueno, jovencito, la entrevista ha  terminado. Un gobernador progresista  no  dialoga con terroristas.¿O cree que va a enseñarme a mí a gobernar porque ha ido a una escuela de periodismo?

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03/06/2009 22:40 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.

CAMA 14

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     - ¿ Dónde se encuentra el paciente?  –preguntó el médico al enfermero del Hospital de Agudos.

     - Cama 14, doctor –respondió el asistente.

     El médico recorrió de un vistazo el pabellón y dirigió su mirada al lugar indicado. Vio entonces encogido en el lecho a un hombre canoso, más bien envejecido que viejo,  de unos cincuenta años, apoyado sobre su costado derecho como signo de interrogación caído, que no miró al recién llegado ni respondió a su saludo. El facultativo recabó los datos previos necesarios y se enteró de que el enfermo había sido internado de urgencia unos minutos antes por fuertes dolores en el costado derecho. Una cortina colgada de un caño lo separaba de la cama vecina numerada con el fatídico 13, el número de la mala suerte, como  se sabe en todo Occidente. Desde hacía mucho tiempo esa cama estaba desocupada porque ningún enfermo quería  ser acostado en ella por temor. La tradición hospitalaria sostenía que desde esa cama infausta todos los pacientes habían pasado directamente a la morgue.

     Nuestro paciente Eugenio Bonaventura, tampoco parecía dispuesto a romper con esa tradición, y reclamó la cama 14. Por de pronto, una vez que había pasado por debajo de una escalera abierta, un tacho de pintura le había inutilizado el traje, y en otra ocasión , cuando en una comida derramó sal en el mantel y no la arrojó atrás por sobre su hombro, estuvo arrumbado en el lecho por diarreas intermitentes. El facultativo indicó al enfermero inyectarle un calmante para interrogarlo más tarde.  Los manuales de medicina interna reconocen por lo menos quince enfermedades con ese síntoma, desde un simple cólico hasta una perforación intestinal. Esperaría en la guardia hasta después.   

     - El próximo que caiga tendrá que ocupar esa cama porque no tenemos otra disponible -dijo el facultativo.

    Eugenio Bonaventura, el buenaventura bien nacido, según el significado de origen de su nombre y apellido, no se despertó hasta el día siguiente contrariando la previsión médica. Lo hizo cuidadosamente pisando el suelo con el pie derecho, para no transgredir la sabiduría que anticipa un mal día para quien lo haga con el izquierdo.

     En la visita matutina, el médico, acompañado de una media docena de discípulos, explicaba los antecedentes del caso y pedía opiniones. El internado se quejaba de fuertes dolores en el costado derecho y se removía sin cesar en el lecho, aunque movía su vientre con normalidad, tenía buen apetito, lengua y garganta estaban normalmente humedecidas, no experimentaba vómitos ni náuseas ni su piel estaba amarillenta; la  presión arterial y las pulsaciones normales. En definitiva, un extraño caso. Los diagnósticos de profesor y alumnos no se conciliaban entre sí: apendicitis aguda, cólico hepático, derrame biliar, cirrosis, obstrucción intestinal. Y como sin diagnóstico no hay pronóstico, el médico, sin poder echarle la culpa a ninguna bacteria ni virus, dictaminó:

     - Que continúe internado en observación hasta que le hagamos una tomografía computada y un análisis de sangre y anticuerpos.     

       A la hora del almuerzo Bonaventura comió y bebió como un tiburón, pollo hervido,  puré de zapallo, flan sin azúcar y tres cuartos litros de agua mineral. Durmió su siesta habitual, hasta que una camarera lo despertó con la merienda habitual. Bonaventura, para no desdecirse de su apetito del mediodía, pidió repetirla, con gran asombro de la servidora:                                         

     - Si este internado está enfermo, yo soy Marilyn Monroe –comentó.

     En el intervalo entre la merienda y la cena los internados se levantaban de sus camas para conversar entre sí, hacerse bromas y comentar la gravedad de otros pacientes. Bonaventura, en cambio, se mantenía incólume en su lecho y leía con fervor un libro forrado que se había hecho traer por un amigo. Daba la impresión de estar ensimismado en una interminable paciencia a la espera de algún acontecimiento.

     Una semana duró la espera. Un paciente víctima de un ataque respiratorio fue instalado en la cama 13. Bonaventura escuchó al médico de guardia diagnosticar asma al enfermo y tenerlo en observación por unos días. Corriendo la cortinilla que los separaba trabaron conversación  a los pocos minutos, sin interrogarse por discreción sobre las dolencias respectivas. Bonaventura no se quejaba salvo cuando las enfermeras le traían botellones de agua y le controlaban la temperatura corporal. Les extrañó oírlo decir “¡Cruz diablo!”cuando una lechuza pasó graznando cerca de la ventana., pero como estaban habituadas a toda clase de expresiones, ruegos y conjuros, no le dieron importancia.

     Pero ni la tomografía ni los análisis llegaban por falta de recursos del hospital. Una mañana fue despertado súbitamente por un nuevo médico. Fue suficiente que lo viera tuerto para que aumentaran los latidos de su corazón. En un instante tocó un bastón de madera que tenía al lado del lecho, al tiempo que pensaba: “¡Zas, un tuerto al despertar! ¡Mala suerte para hoy! Menos mal que tenía una madera a mano para tocarla.”

     Tranquilizado con el  conjuro, prestó atención a las palabras del tuerto al otro lado de la cortinilla. corrediza.

- ¿Estoy grave, doctor? –preguntó asustado el paciente.

- ¿Grave? Está enfermo como todos los demás de esta sala. Eso es todo. ¿O quiere algo más? 

     - Ni lo diga, doctor, con lo que tengo me basta.

     Cuando se retiró el médico Eugenio Bonaventura descorrió la cortinilla y le extendió  una cola de conejo diciéndole:

     - Téngala, amigo, espanta los malos espíritus. Cuando no la necesite, me la devuelve.

     Tuvo lástima del enfermo de la 13 que no había tenido la oportunidad de negarse. Si llega a morir le cerraré los ojos porque en caso contrario, lo seguirá un familiar, pensó.

     En pocas horas más en la sala todos los enfermos estaban enterados del poder de los amuletos de don Bonaventura y lo rodeaban solicitándole uno para uso personal.

     - Lo siento, amigos, pero no tengo ninguno más. Pero si alguien consigue una herradura de siete agujeros, puede protegernos a todos.

     - Yo puedo conseguirla –terció una enfermera recién integrada al grupo-. Aunque no estoy en cama, tengo también mis problemas de salud. Un sobrino herrero me la puede hacer.

     En efecto, a los dos días la enfermera llevó escondida en su ropa la herradura  de la salud, con poder para toda una sala. Estaba por ponerla debajo de una imagen la Virgen, pero la reminiscencia de su niñez, cuando tenía fe, se lo impidió. Tampoco podía exhibirla a la vista de todos los pacientes para no violentar la conciencia de algunos creyentes musulmanes. Eugenio Bonaventura le sugirió entonces que  la disimulara debajo del colchón de su cama donde él se encargaría de custodiarla. En ese refugio cualquier interesado podía ir en horas de la tarde a tocarla en demanda de salud.

     Entretanto, el vecino de la cama 13 empeoraba día a día. Echaba pálidos suspiros, se ahogaba  y sus debilitados pulmones no alcanzaban a absorber suficiente oxígeno. Bonaventura le aconsejó  acostarse del lado del corazón para comprimir los pulmones y expulsar a los malos espíritus del cuerpo. Para confirmar su presunción sólo le quedaba la prueba del espejo. Colocaría un espejo grande en el testero del habitáculo, y si se caía al suelo y se hacía añicos, la muerte del paciente sería irremediable. Dicho y hecho con el consentimiento del paciente y del médico tuerto.

     Pasaron trece días y sus noches sin efecto alguno, pero una madrugada pasó por delante de hospital un camión recolector de basura, gran y pesado como diez elefantes, los muros vibraron y se estremecieron, y el espejo se desprendió de la pared. Cayó sobre la cabeza de Bonaventura, quien se fue de este mundo sin chistar. Lo llevaron a la morgue, lo pusieron en un mezquino ataúd de pino, y se lo entregaron a la municipalidad para su inhumación por falta de parientes conocidos.

- ¿Quién era este Bonaventura? Nunca pudimos averiguarlo –comentó un paciente.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

     Nadie lo sabía, hablaba poco, se lo pasaba leyendo y mascullando palabras que no se entendían. 

    A todo esto, la enfermera se mantenía en silencio, pero tal vez por remordimiento, explicó:

    - Yo sí lo sé. Era un supersticioso que buscaba una fórmula para la salud universal.  Se internó fingiendo una enfermedad en este hospital, el mejor lugar para experimentar sus ideas.  

     En los meses siguientes el médico tuerto se descalabró en una escalera y se rompió la crisma, la enfermera fue internada en la sala de mujeres donde falleció de un derrame cerebral y el paciente de la cama 13 se recuperó de su asma y hoy en día es entrenador de un equipo de fútbol. 

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27/05/2009 22:27 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS. No hay comentarios. Comentar.


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