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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

EL DUEÑO DEL AGUA

EL DUEÑO DEL AGUA

     Hay algunas cosas que no son de nadie, como las estrellas, pero otras sí, como muchas que están en la tierra. No hagamos filosofía para no meternos en otro pleito. En principio y provisionalmente, admitamos que las cosas pertenecen a los que la tienen en su poder (legítimamente o ilegítimamente), de manera que tengamos la posibilidad de discutir el tema de la posesión del agua.

     Propiedad es algo que un individuo o grupo tiene como propio, le pertenece por algún derecho (compra, herencia, donación, etcétera), y por lo tanto tiene derecho a tenerla. Un ejemplo sencillo es una casa o vivienda. La casa es del dueño de ella y puede disponer de su destino a discreción, venderla, alquilarla, regalarla o lo que quisiere. La posee en función del derecho humano a la propiedad y nadie puede quitársela. Su escritura legal y escrita de dominio es la prueba del dominio sobre ese bien inmueble.

     Con algunos objetos muebles (movibles, transportables), la pertenencia es indiscutible: nadie diría que es dueño de mis zapatillas ni de la mesa de mi comedor.  Pero cuando las cosas  son de la naturaleza, el asunto se complica. Un perro mío es mío y sus cachorros también, y una higuera y sus frutos son míos y no de otra persona.

     ¿Y lo que está por los aires encima de su terreno o lo que está en el subsuelo por debajo, de quién son? El Estado se ha proclamado en algunos países el dueño del subsuelo, arrogándose la propiedad subterránea ¿Pero dónde comienza esa propiedad, a un milímetro debajo del piso, a dos metros, a cien metros? La ciencia del derecho habla de subsuelo en términos generales, sin especificarlo.

     Por esta falta de definición don Aurelio Aquafonte está atrapado desde hace quince años en una querella judicial. “El subsuelo es mío -alegaba frenético ante el juez-, porque de lo contrario las hojas inútiles de arriba serían mías y las zanahorias enterradas del Estado. Lo único que falta ahora es que me salgan con que tampoco el aire es mío y en consecuencia debo pagarle al Estado el aire que respiro.”

     - Y bueno, mi amigo, usted no está en los Estados Unidos. Allí cuando usted compra un terreno, lo compra con atmósfera y subsuelo incluidos. Si hay un pozo de petróleo es suyo, y si encuentra agua, también. Lo mismo sucede con el aire: usted puede respirar todo el que quiera, mientras no asome las narices por encima de la cerca, porque ese otro aire pertenece a su vecino.

     - Es cierto, a un sobrino mío que vive en el estado de Colorado una compañía le paga alquiler por atravesar con un caño el subsuelo de su propiedad para llevar petróleo a una refinería distante.

     - Así tiene que ser. Por eso yo sostengo que la capa de agua que está debajo de mi  propiedad es mía y de nadie más. Yo puedo perforar un pozo, extraerla y venderla.

     - De acuerdo, porque esa capa esta a unos pocos metros de la superficie. Pero si se encuentra a miles de metros de la superficie, ¿es también suya?                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

     - Obvio, podría llamar a una compañía de perforación, hacerla extraer y venderla embotellada.

     - Pero en ese caso, cuando usted compra un terreno en este mundo resulta que se ha comprado una tajada del globo terrestre, como una tajada de melón. Tenga en cuenta que por debajo de las capas de agua hay piedra y finalmente, fuego y material incandescente.

     - Vea, mi amigo, no me haga difícil las cosas. Las piedras y el fuego del centro de la tierra que se las quede el gobierno si las quiere, yo me conformo con bombear agua en  mi propiedad y vendérsela a los vecinos. Y eso puedo hacerlo porque me lo permite la ley.   

    - Por supuesto, no lo discuto, aunque me queda una duda. Si a sus vecinos se les ocurre decir que tienen sed y no están dispuestos a morirse por falta de agua, ¿qué les respondería?

     - Bueno, que la sed es un asunto personal de cada uno y que perforen sus propios pozos o compren mi agua. Yo no vine a este mundo a darles a los carentes lo que no tienen y desean tener. Si aceptara ese principio, tendría que proveerlos de esposas, comida, entretenimiento, automóviles y cuanto se les ocurra. Yo, por ejemplo, no tengo esposa y no pretendo que mi vecino me la provea.

    El diálogo transcurrió entre éstos y otros razonamientos incoherentes. Al día siguiente, un vocerío inesperado sacó de la cama muy temprano por la mañana a don Aurelio Aquaforte. Asomó la cabeza por la ventana de su dormitorio y vio a un grupo de vecinos que llenaban bidones y cacharros con agua de su fuente y se los llevaban  a sus casas. Desconcertado, asustado y furioso, todo al mismo tiempo, corrió a esclarecer el suceso. A la primera pregunta que formuló a uno de los intrusos, encontró la explicación del caso:

     - Vea, don Aurelio, ¿no ha oído usted alguna vez el refrán “A buen hambre no hay pan duro”?  Pues bien, nosotros lo hemos transformado en “A buena sed, no hay agua ajena” y aquí nos tiene.

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