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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

DIÁLOGO DE UN RICO Y UN POBRE

DIÁLOGO DE UN RICO Y UN POBRE

 

     Se toparon casualmente sentados en un mismo banco de plaza. Después de mirarse dos o tres veces a los ojos, comprendieron que podían hablar entre sí:

     - Disculpe, señor, pero me parece verlo triste. ¿Le sucede algo malo?

     - Malo no, muy malo. No tengo dinero para comer.

     - ¿Por qué no pide una ayuda a los que pasan?, algo le darán. La gente no es tan mal como parece.

     - Ya sé que hay buenos y malos en este mundo. Yo me considero bueno, pero bueno pobre. Y yo preferiría ser bueno y rico.

     - ¿Y con cuánto cree usted que sería rico?

     - Y…con un millón de pesos por lo menos.

     - Hum, eso es un fortunón, no hace falta tanto para ser rico. Yo tengo mucho menos que eso y me considero rico. Una cosa es ser rico y otra ser millonario.

    - Está bien, acepto lo que usted dice. Pero como nadie sabe cuánto tiempo vivirá, hay que estar prevenido. No es cuestión de ser rico hoy para volver a ser pobre mañana.

     - En ese caso, a razón de un peso por día, necesitaría tener 36.500 pesos para estar seguro los próximos 100 años.

     - Eso siempre y cuándo no subieran los precios y apareciera la inflación.

     - Tanta seguridad es imposible tener. La inflación no se puede prever y por lo tanto la cantidad de lo que usted considera riqueza no se puede calcular.     

     - Realmente no, y por esta razón pretendo por lo menos un millón de pesos ahora.

     - Su precaución me parece excesiva. Con esa suma se podría convertir a miles y miles de pobres en ricos.

     - No lo pongo en duda, así son las cosas en este mundo y yo no tengo la culpa.

Para que haya  ricos debe haber pobres porque la riqueza total del mundo no alcanza para todos

     - Entonces  ¿de qué se queja? A usted le ha tocado estar entre los pobres como a mí entre los ricos. No hay nada que hacer.

     - ¿Hasta cuándo? Porque sin comida puedo vivir a lo sumo tres o cuatro meses más.

 

     - ¿Cómo que no? Se pueden hacer muchas, por ejemplo quitarles la plata a los ricos y repartirla entre los pobres.

     - Con eso no se resolvería nada, pues habría que robarles a unos su riqueza para regalársela a otros, y el problema subsistiría porque los ricos se volverían pobres y los pobres, ricos. Aparte de que cada uno querría ser rico con diferente cantidad de plata. .     

           - Ése es otro asunto. Usted me ha preguntado si yo estaba triste y no los otros, y yo estoy triste porque tengo hambre. Cada pobre debe arreglar su problema personal, y dejar que los otros pobres arreglen los suyos.

     - Y si cada persona debe arreglar sus problemas personales, ¿por qué los ricos tendrían que ocuparse de los pobres?

     - Tanta cosa no sé ni tengo tiempo para pensarlo. Me moriría en el camino. El caso es que necesito comer ya. ¿Me podría dar usted el peso que necesito ahora?

     - Con mucho gusto se lo daría si no disminuyera mi riqueza. Yo también he tomado mis precauciones para el futuro y debo cuidar mis reservas. Para que no me falte nunca dinero, me debe sobrar a la hora de la muerte. Tampoco tengo vergüenza de ser rico, porque he conseguido la fortuna con trabajo, y ella me permite ser honesto.

     - Lo que me imaginaba: cuanto más se tiene más se quiere tener. El rico es más miedoso que el pobre.  

     - Y si usted fuera rico, ¿no haría lo mismo o correría el riesgo de volver a ser pobre?

El dinero honesto se consigue con mucho esfuerzo, no se encuentra en la calle ni llueve del cielo. Y no le hablo del dolor de conservarlo en un mundo donde los pillos y los gobiernos tratan de quitárselo.  Tanto duele ganarlo como conservarlo.

     - No lo discuto, pero aun siendo así, es más doloroso sufrir sin nada que sufrir con algo. Los ricos tienen la obligación de ayudar a los pobres, dice la Iglesia.

      - Disculpe, señor, pero creo que usted está equivocado. Están moralmente obligados a la justicia y a la caridad, porque los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Cuando el Creador hizo el mundo, cada individuo tomó para sí lo que necesitaba porque sobraban bienes, pero ahora ya está todo repartido y pretender lo ajeno es injusto.

     - Pero en  casos extremos admite ciertas excepciones.

     - ¿Podría decirme cuáles?

     - Las que sean de necesidad urgente y sean el único medio de remediar las

necesidades inmediatas.

     - En este momento comer una hamburguesa y tomar una gaseosa, pero para la Nochebuena dentro de un mes, un pan dulce madrileño, dos botellas de sidra, turrones, garrapiñadas, dulces y un sobre con dinero de regalo.

     - ¿Nada más? Ésas no son necesidades urgentes e inmediatas. Al menos así lo pienso yo. Y si un rico no se los quiere dar ¿qué haría?  

     - Podría robarle, dañarle su propiedad, amenazarlo, golpearlo, insultarlo, difamarlo, estafarlo, romperle sus instrumentos de trabajo, envenenarle su cachorro y muchísimas cosas más.

     -  Sin embargo, ésas no son acciones permitidas y usted está obligado a la templanza, o sea a moderar su apego a los bienes de este mundo. 

     - ¿Y quién puede decirme en qué consiste esa templanza?

     - ¿Quién? Yo.  Consiste en mantenerse igualmente alejado de la pobreza que de la riqueza.

     - Será como usted dice, señor, pero el caso es que yo no estoy de ninguna manera alejado de la pobreza, porque estoy metido dentro de ella.

     Los circunstanciales interlocutores comprendieron que no había manera de hacer concordar sus opiniones, y se separaron con estas palabras:

     - Lo espero el próximo 24 de diciembre en este mismo lugar a mediodía, para  obsequiarle un pan dulce y una botella de sidra.

     - Aquí estaré, pero que sea pan dulce importado de Milán y dos botellas de sidra francesa.    

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