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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

EL INTENDENTE ASIMÉTRICO

EL INTENDENTE ASIMÉTRICO

     El intendente Federico Aguilar había adquirido notoriedad desde el día en que se negó a presidir la procesión de Corpus Christi y portar la cruz en sus manos desde la Catedral como lo indicaba el ceremonial. Comentaba a sus amigos íntimos que él era intendente de todos de acuerdo con la constitución y no un empleado de la Curia. Para eso tenían los católicos su legión de arzobispos, obispos, monaguillos y demás prelados. “Pero un monaguillo no es un prelado” le habían advertido sus seguidores. “No me importa- había contestado-. Para mí todos son curas y eso basta.”

     Después de seis años de casado había cambiado a su primera esposa por una pareja más moderna y atractiva, modelo de pasarelas, vistosa y coqueta. “Si hubiera  sabido que un día llegaría a intendente, no me habría casado con la anterior. Los políticos no deben casarse jóvenes para no tener que arrepentirse cuando están arriba. A los electores no les gustan las primeras damas feas.”

     Su olfato político lo había conducido a una estrategia electoral efectiva, organizar festejos públicos gratuitos, campeonatos de minusválidos, maratones de aficionados, recitales al aire libre para expansión  de los jóvenes rebeldes y zonas rojas para comercio sexual.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

     Al verlo, Aguilar se distinguía por su vientre prominente, sostenido con dificultad por  dos  piernas cortas y anchas, curvadas como para dejar pasar un barril entre ellas. No podía cruzar por delante los cortos brazos terminados en manos regordetas, y la columna inclinada hacia un costado lo hacía mantenerse cómodo únicamente sentado en un sillón ancho y mullido. Su contextura se complicaba cuando llegaba a la cabeza, apoyada en el tronco de un cuello grueso y venoso como de árbol antiguo, pero más voluminosa de un costado que del otro. La ciencia  fisiognómica lo habría declarado intelectualmente inepto considerando su estrechez frontal, pero tenía a su favor el descrédito de esa antigua disciplina. Era, en definitiva, un hombre asimétrico. “A mí me han elegido los votantes por mis condiciones y no por mi fotografía”, decía a sus íntimos.

     En lo concerniente a su educación, ni a su mamá se le habría ocurrido en la niñez presentarlo a una olimpíada estudiantil de matemática o lengua. No se le conocían escritos de su propia letra por su incompatibilidad con la ciencia de la ortografía, por eso se expresaba únicamente en la lengua hablada, en la que no hay errores de ortografía.

      Su cuerpo, sin embargo, era una preciosura comparado con su alma, donde ninguna idea tenía su asiento. Sus enemigos políticos decían que había llegado tarde en la repartición de bienes hecha por el Creador. Tuvo que conformarse con los rezagos que quedaban por su demora en presentarse a la distribución. Para colmo de males, entre esos restos no quedaba  disponible la capacidad de comparación y siempre se creyó inteligente como el que más.

     Se hacía pasar todos los días las noticias sobre los intendentes de las grandes metrópolis extranjeras, prolijamente subrayadas en sus párrafos principales.

      Un sábado por la mañana se encontraba Aguilar leyendo los informes sobre iniciativas extranjeras que podrían imitarse. Tres o cuatro llamaron su atención principalmente. Él las habría adoptado a todas si le hubiera sido posible, pero unas eran demasiado costosas y menoscaban el erario y otras implicaban viajes en avión a otros países y él padecía de “aerofagia”, según sus propias palabras.  Varias ideas pugnaban esa mañana en su mente, dicho sea sin indagar el verdadero significado de la palabra ideas. Su máxima aspiración era levantar en vida su propia estatua sobre un pedestal erigido en la plaza central, mas consideraba que tal objetivo debería postergarlo para más adelante hasta mejorar un poco su figura con ejercicios y otros artilugios. Hasta el momento tenía prometido por un cirujano plástico extirparle el bosque de pelos de la frente, pero le quedaban pendientes el abultamiento de la barriga y el arco de triunfo de sus piernas. Los bracitos cortos no eran un impedimento, dado que con esculpirlos con un libro entre las manos quedaban disimilados.        

     Pensó en traer como visitante oficial de la ciudad a un jugador gigante de básquetbol de Miami, pasearlo al frente de una caravana por las calles, hacerlo declarar que la ciudad era la más hermosa y mejor cuidada del mundo, y nombrarlo visitante ilustre. Costo total del espectáculo, setecientos mil dólares en efectivo pagados por anticipado, con la exigencia de que firmara un recibo por dos millones. La desechó porque el gigante hablaría en inglés y sería necesario traerlo en un avión adaptado al caso, trasladarlo dentro de la ciudad y alojarlo en un estadio deportivo, por falta de hotel adecuado. Lo atrajo además la idea de pasearse en un globo aerostático por los cielos de la ciudad y saludar desde la barquilla a los vecinos, pero el temor a ser derribado a flechazos por un adversario lo disuadió.

     Más factible consideró, en cambio, el festejo que en España se conoce como el tomatazo. En Buenos Aires los camiones de tiradores de tomates al público circularían por las callejuelas de la Boca, barrio de inmigrantes italianos, aunque temía que lo criticaran por desperdiciar alimentos en una época de niños desnutridos.

    Pero no había tiempo que perder, las elecciones se aproximaban y las aspiraciones del intendente se diluían en la duda.  Su opositor en las elecciones maquinaba su candidatura en un nivel más alto, invitaciones a cenar a diplomáticos extranjeros, viajes sistemáticos a Washington, conferencias sobre globalización, humanismo y derechos humanos, reuniones cumbres con los presidentes de Brasil, Chile, México, Uruguay y Venezuela, apariciones semanales en audiciones de televisión y bisemanales por cadenas de radio, en fin, publicidad a diestra y siniestra basada en su prestancia física, su hablar pausado y melodioso, en otras palabras, todo lo contrario de su rústico oponente.

    Optó, pues, por nacionalizar el tomatazo hispánico en un “harinazo” argentino.

Se lo anunció con bombos y platillos y se invitó a toda la población a participar. La municipalidad proveería gratuitamente las bombas llenas de agua y harina y se premiaría al más enharinado en un estadio de fútbol.

      Desde la noche anterior comenzaron a llegar camiones atestados de muchachos desarrapados, sin camisa, con apenas un pantaloncito deportivo o en traje de baño. El circuito de calles estaba cercado y custodiado por policías para evitar peleas callejeras. En el estadio de fútbol donde terminaría la gran celebración bullía una muchedumbre de espectadores en las tribunas, y en un palco oficial decorado con banderas al viento, el intendente Aguilar y su séquito de personalidades de la cultura lucían sus fachas y levantaban los brazos saludando a los cuatro rumbos de la brújula. Un disparo de bombas de estruendo señaló el comienzo de la caravana desde el punto inicial. A mitad del desfile un olor hediondo y  nubes de gases lacrimógenos y tusígenos dispersaron a los grupos. Los “chicos”, en la jerga democrática del gobierno, destaparon barriles ocultos de lodo, harina y restos de inmundicias que arrojaban contra las personas y edificios, al tiempo que los más revoltosos destrozaban con palos los faroles públicos, vidrieras de las tiendas, estatuas, fuentes y cuanto encontraban a su paso.

           Un grupo desprendido del convoy se dirigió al palco oficial, tomó entre sus manos al intendente y sus funcionarios, los revolcó por el suelo y los embadurnó de pies a cabeza,       frotándolos por todo el cuerpo. Desde el suelo, Aguilar apelaba a gritos “¡Hijos de su madre! ¡Atorrantes, mal nacidos, piqueteros!  ¡Ya me las pagarán, muertos de hambre! ¡No les daré más bonos de comida gratis!” 

     Esa misma noche legiones de empleados municipales barrían las calles y limpiaban con mangueras los frentes de los edificios, entremezclados con niños buscones que seleccionaban de entre los restos objetos para revenderlos. En distintos conciliábulos sociales se discutían los desórdenes y en las redacciones de los diarios y estaciones de televisión los periodistas se afanaban en lo suyo para llegar a tiempo a la edición de la mañana.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

     El intendente Aguilar era el más afectado. Una profunda pena le quitaba la palabra y apenas le permitía pensar. Se sentía humillado y manoseado por esa multitud que había movilizado con la esperanza de atraerlos a su candidatura. “Menos mal que no asistió el cónsul de los Estados Unidos. Imagínese el papelón internacional” –se dijo para sus adentros.

     No quedaron dudas, Aguilar era un intendente asimétrico por fuera y por dentro.

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