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CUENTO CORTO/ CARLOS A. LOPRETE

EL BURRO GEODÉSICO

EL BURRO GEODÉSICO

     Una mañana los vecinos de Totoral se sorprendieron al ver a unos señores de Buenos Aires observando el lugar con unos aparatos sobre trípodes, cintas de medición de cincuenta metros, reglas numeradas plantadas en el suelo, cuerdas por el suelo, tiendas de campaña aquí y allá. Los recién llegados se trasladaban de un lugar a otro, separados de los rayos del sol mediante cascos de exploradores y de la sed con caramañolas de agua cruzadas sobre el pecho. Preparaban sus viandas en pequeñas cocinas transportables, y dormían en carpas de campaña, protegidos de los mosquitos con el humo de braseros encendidos y de las serpientes con círculos de ajo trazados en el suelo.

     La novedad corrió por los alrededores  y en el término de dos horas se había

congregado una multitud de lugareños emergidos de entre la maraña de los bosques y serranías. Miraban y hacían comentarios entre sí,  sin poder discernir si se trataba de una patrulla militar, un comando terrorista  o de simples constructores de alguna estación de comunicaciones. Sabían por experiencia que menos averigua Dios y perdona, pero como ellos eran nada más que terrestres, no se sintieron involucrados en esa máxima. El más valiente de los espectadores miró a sus vecinos  buscando la aprobación en sus rostros, dio unos pasos adelante y se enfrentó al director del grupo:

     - Disculpe, doctor, quería decirle que hemos venido aquí para ayudarlos si nos necesitan.

     - Doctor, no; ingeniero de caminos. Estamos estudiando el trazado de un nuevo camino, y por el momento no necesitamos ayuda. De todos, modos, muchas gracias por su ofrecimiento. Si los necesitamos se lo haremos saber.

     Los lugareños volvieron a sus chozas y  a sus tareas diarias. Pasaron esa noche como los perros, con  media oreja dormida y la otra en alerta, por si acaso los intrusos fueran dañinos. Procedían de la capital del país, entrometida siempre en asuntos del interior. No creían en aquello de que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino, salvo el caso de que hubiera que despojarlos de sus bienes personales. Día a día vigilaban escondidos al grupo capitalino como los indios espiaron a Cristóbal Colón a su llegada a América. Todo aparecía tranquilo y pacífico, a excepción de las frecuentes discusiones entre el jefe y un subordinado, que en todo momento vertía tragos de una petaca a su lengua. Su función consistía en delinear en un mapa extendido sobre una mesa de campaña el recorrido óptimo de un camino desde Totoral hasta Santiago, lo más corto, económico y seguro posible, según la ciencia de la geodesia.

     Los lugareños no alcanzaban a explicarse por qué razón era necesario tener la cara enrojecida, gesticular y hablar a los gritos para dibujar. Pero convencidos como estaban desde tiempos inmemoriales de que los capitalinos saben mucho más que los provincianos, optaban por espiar y esperar. Las discusiones llevaban ya casi un mes y las obras no comenzaban. Conforme a los indicios gestuales y verbales, la paciencia del  ingeniero se agotaría en muy poco tiempo.

     Y efectivamente eso se corroboró cuando una tarde, al ponerse el sol, el jefe hizo un bollo con el mapa y lo arrojó al fuego, con estas palabras:

     - Si le hacemos caso a este mapa, el camino va a parar al Brasil en vez de Santiago.    

     Su primera intención fue despedir al responsable, pero considerando que el profesional tenía mujer y cinco hijos que mantener, prefirió tomarse unos días para serenarse y después tomar la decisión. Se sentó en una silla desplegable, con la cabeza  entre sus manos, pero a los minutos un palmoteo en un hombre lo sacó del trance.

     Era el valiente de Totoral que interrumpió la angustia del ingeniero:

- Disculpe, doctor; perdón ingeniero, pero tengo alguien que puede ayudarlo.

- ¿Ayudarme? ¿Quién, usted?

- No, yo no, Cachilo –contestó, señalando a un burro que pastaba en las cercanías.

- Vea, amigo, no estoy para bromas, retírese por favor y déjeme en paz.

     - No es una broma, señor. Cuando nosotros queremos abrir una picada en el bosque lo soltamos y lo seguimos. Seguro que el burro nos guiará por el mejor camino. Nunca nos ha fallado. ¿Por qué no hace la prueba?

     El ingeniero se convenció, calculó la travesía en quince días, y la caravana se puso en camino con Cachilo a la cabeza. En la primera y segunda jornada nada anormal sucedió, pero a la tercera al tratar de vadear un riacho la camioneta que llevaba parte de los instrumentos se atascó en el barro y hubo que abandonarla en medio del cauce. En el octavo día el vehículo que remolcaba la cocina de la caravana se desbarrancó en una cuesta y se destrozó en el fondo. Felizmente pudo recuperarse la cocinilla, que se montó en otro de los vehículos.

     Cachilo no era uno de esos pollinos humildes, mansos, de pelambre aterciopelada que se usan en los lugares de veraneo para fotografiar niños en su lomo y darle un manojo  de pasto como recompensa. Al contrario, era un asno en serio, de porte erguido, orejas enhiestas y cola en permanente movimiento, capaz de mandar un perro a los quintos infiernos si lo perturban los ladridos. Era un burro con personalidad, no un burro de exhibición. En su función de guía geodésico, se detenía de tanto en tanto, giraba la testa a uno y otro lado y husmeaba el aire en actitud de comandante napoleónico. Luego se ponía en marcha arrastrando detrás de sí a la caravana.

     A los doce días se toparon con un árbol caído en el sendero. Cachilo pasó con solvencia el escollo, primero las patas delanteras y después las traseras, y se detuvo a la espera de que los viajeros retiraran del lugar el tronco con sus respectivas raíces y copa. Tres capitalinos demoraron una jornada íntegra en despedazar a hachazos el monstruo

vegetal, mientras el borrico se restregaba el lomo en el suelo y se acostaba a dormir.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

     - ¿Pero por dónde nos lleva este animal? –preguntó el ingeniero.

     - Por donde debe ir el camino. El no tiene la culpa de que haya obstáculos. El camino es el camino. Menos podría encontrarlos un dibujante en un plano sobre una mesa.

     Superado el obstáculo, la caravana reanudó la travesía. Al duodécimo día, tres menos de lo calculado, Cachilo se detuvo alborozado, se levantó sobre sus patas traseras, dio un estruendoso rebuzno y se lanzó a la carrera hacia un bajío del terreno, cien metros abajo.

    - Esto no puede ser, ¿cómo va a tener que bajar cien metros el camino y volver a subirlos? Algo pasa aquí  -dijo desconcertado el ingeniero.

    - Voy a ver –replicó el vecino de Totoral-. Nunca ha pasado esto

    Se acercó al borde del precipicio y miró la escena. En medio del bajío Cachilo olfateaba a una burra que coqueteaba a su congénere con ágiles movimientos de cola  y hociqueos gozosos.

    - Disculpe, doctor, digo ingeniero, me había olvidado que Cachilo está en época de celo.

 

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