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FOTOS PARA LA POSTERIDAD

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     La moda de fotografiarse para la posteridad se inició cuando Fotolito descubrió que una placa de papel era mucho más económica que una estatua de bronce o un cuadro al óleo.

     Los abuelos siempre tuvieron la obsesión de fotografiarse, vaya uno a saber porqué. Solos o rodeados de su familia, hacían imprimir sus imágenes en color sepia y las colgaban de la pared enmarcadas en gruesos armatostes. Por ese procedimiento los  parientes venideros podrían enterarse de sus virtudes. Coincidió esta costumbre con la aparición de una nueva ciencia, la fisiognómica, según la cual el rostro mostraba el espíritu: mentón cuadrado reflejaba una voluntad inquebrantable; bigotes espesos en manubrio revelaban severidad en las costumbres; nariz recta y frente alta eran signo natural de inteligencia y firmeza en las convicciones. Las conformaciones más vergonzantes eran las orejas en punta que sugerían la ignorancia de los asnos, y la frente estrecha, por su parecido con los monos.

     Fotolito, nuestro protagonista, combinando el arte de la fotografía con la cosmética y la caracterización teatral, llegó así a generar los nuevos patricios para la posteridad. La calvicie la disimulaba con pelucas, las carencias dentales las rellenaba con dientes de madera pintados de blanco; la riqueza se simulaba con una cadena de gruesos eslabones dorados circuncidando el abdomen,  y la nobleza con un collar de grueso calibre sosteniendo un medallón como sol. Con medallas de utilería se mentían supuestas victorias militares, y con corbatas negras voladores se insinuaba el talento poético. No existían por esos tiempos las inyecciones de bótox ni los rellenos musculares de  silicona, que se disimulaban con almohadones de lana. Para esconder el embarazo prematuro se inventaron las polleras con miriñaque o armazones de alambre, al tiempo que las arrugas de los ojos se emplastaban con masilla de carpintero. A los familiares encorvados los sostenían con trípodes por detrás, a los rengos los fotografiaban sentados y a los tuertos en tres cuartos de perfil.

     - ¿Cómo quiere que lo fotografíe? –inquiría cierta vez el obsequioso Fotolito a su cliente.

     - Como el general Roca en su expedición a los indios ranqueles.

     - Lo siento mucho, señor, pero no tengo un quepis de esa época.

     - ¿Podría ser entonces como el brigadier general Juan Manuel de Rosas? Tengo entendido que él también hizo una expedición contra los indios.

     - Así fue en efecto, mi estimado señor, pero no se lo aconsejo porque el país está divido en rosistas y antirrosistas.

     - Entonces podría ser como Bernardino Rivadavia; también fue un hombre importante en la historia.

     - Por supuesto, señor, pero fue civil y no usaba uniforme militar. No podríamos emplear las medallas y condecoraciones. Además era retacón, mulato, panzón y con pelo duro.

     - Bueno, don Fotolito, a este paso sólo me queda el general San Martín. ¿Qué le parece?

     - No, eso sí que no. El general San Martín es intocable. No me animo ni se lo aconsejo. Nadie lo ha hecho hasta ahora ni lo hará.

     - Acabemos, caballero, ¿o usted me va a decir ahora como quiero parecer yo? Yo necesito aparecer a mis descendientes como militar.  

     - En ese caso, mi estimado señor, podríamos imitar al general Urquiza, el vencedor de Caseros. Tengo uniformes parecidos a los de esa época, aunque le advierto que después de la batalla desfiló en la ciudad de Buenos Aires montado, con poncho blanco y galera negra de copa.

     -En ese caso, podríamos hacer una combinación: con bigotes como un kaiser alemán,  uniforme militar y condecoraciones, de pie, una franja presidencial con borla cruzada al frente, y una galera negra en el brazo.     

     - Podría ser, pero sus amigos actuales no lo reconocerán.

     - No interesa, porque la foto no es para ellos sino para mis nietos, biznietos y demás descendientes. Quiero que puedan mostrar con orgullo a este antepasado. Para ese entonces yo estaré muerto y nadie podrá poner en duda mi figura.

     - De acuerdo, señor. Entonces pase al tocador de la sala de atrás.

     Con los años don Fotolito y su cliente murieron y el cuadro se perdió en una subasta de antigüedades.   

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29/11/2009 21:53 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

LA SEÑORITA SORIA

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     Era soltera y le decíamos “señorita”,  no porque fuera soltera, sino porque en la provincia se denominaban señoritas  las maestras de la primaria. Enseñaba en quinto grado, y era tan plácida que no parecía persona de este mundo. Llamarla dulce no sería apropiado, debido a que no lo era: su presencia no trasuntaba precisamente dulzura, que viene a ser una especie de placer comparable al del azúcar. Era algo distinto que yo no alcanzo a expresar, como tampoco ninguno de sus alumnos. Esta falta de palabras no impedía nuestro cariño hacia ella, porque nos atraía sin más ni más, sin necesidad de explicaciones de diccionario.

    Al sonar la campana de entrada a clase, los alumnos mirábamos a la puerta de la sala de maestras para comprobar si ese día no había faltado por enfermedad, y entre las veintiuna maestras, nuestros ojos la buscaban con ansiedad. Cuando la veíamos decíamos “¡Vino!”, contentos con el día de felicidad que nos esperaba.” Con los años pude descubrir que en realidad esa especie de atracción o magnetismo no se originaba en su aspecto físico, porque no brillaba como la diosa de un cuento romántico, sino que era algo inexplicable, un asunto de nuestras almas. Su toque de distinción nos resultaba un misterio.

     Era justa e imparcial como lo eran las demás maestras, nos quería a todos como si fuéramos sus hijos, pero yo estaba seguro de que a mí me quería algo más aunque trataba de disimularlo para no desanimar a nadie. Yo lo notaba en el levísimo movimiento de las comisuras de sus labios cuando le respondía primero en sus ejercicios de cálculo oral, o cuando no había otro en el aula  que supiera que el picaflor o colibrí es el único pájaro de la naturaleza que se mantiene quieto en el aire y vuela para adelante y para atrás. Ella se había dado cuenta de que yo me había convertido en un asiduo lector en la Biblioteca Pública de cuanto libro nos recomendara, desde la  Enciclopedia Hispanoamericana de la Biblioteca Pública, donde todo estaba escrito, hasta la botánica de Langlebert y la física de Renouvier, traducidos del francés. Eso llenaba de gozo.

     Jamás hizo diferenciación entre sus alumnos. En las clases nos llamaba por el apellido y no por el nombre de pila, como se usaba en aquellos años. En una reunión de docentes alguien le preguntó quién era el mejor alumno del grado y ella trató de ocultar su preferencia con una contestación ambigua: “Todos son mejores por ahora. Al terminar el año veremos las notas finales y lo sabremos.” Era una declarada enemiga de  la competencia entre sus discípulos, pero sin embargo le regocijaban los estudiantes adelantados y estudiosos.

     Un día me sorprendió con una inesperada propuesta: quería conocer a mi mamá. Mi viejita preparó nuestra humilde vivienda para tan prominente visita: lavó los pisos, pulió los vidrios, fregó la cocina, planchó cuanto trapo había, y preparó la vajilla para tan la merienda. Vestimos nuestras  mejores ropas y nos dispusimos a recibir a tan importante la visitante. ¡La señorita Soria en mi casa! Yo temblaba para mis adentros, aunque estaba seguro de que no venía para nada malo.        

     La señorita llegó con exactitud a la hora convenida, vestida con la sencillez y la dignidad adecuada a su persona. La reunión fue como una reunión social cualquiera. Se habló del tiempo, de la sequía en el campo, de la mejor forma de cocinar un guiso de carne, de la próxima inauguración de un asilo de ancianos. Nada de política ni de religión, y naturalmente, nada de chismes vecinales.

     En determinado momento, la señorita Soria le preguntó a mi mamá si podía hablar a solas con ellas. Naturalmente que ella aceptó la propuesta. Los demás nos retiramos con respeto del lugar. Nunca supe de qué hablaron, porque guardaron en secreto sus palabras. Sólo conservo en mis recuerdos la frase que mi mamá dijo ni bien ella se fue: “¡Qué maravilla de mujer te ha tocado, hijo mío!”

     Han pasado cuarenta años de aquel día. Algo me dice adentro que estoy en deuda con la señorita Soria. Uno de estos días iré al cementerio a depositar una flor en su tumba, no porque crea que sus huesos la necesiten, sino porque estoy convencido de que ella me estará  mirando desde otro lugar.

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01/11/2009 12:40 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL ASESINO DE MOSCAS

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          Matar está prohibido en todo el mundo, y es natural que así sea porque nadie puede disponer de la vida ajena. Sin embargo, el pleito surgió cuando un caballero político de Animalville, míster John Doe, tuvo la desafortunada ocurrencia de matar a una obstinada mosca que insistía en posarse sobre su cabeza durante una entrevista por televisión. Seis horas después un periódico especializado en primicias publicaba una fotografía del hecho con el título de Asesino de moscas.

     Matar una mosca no es ninguna noticia cuando lo comete un hombre común de la calle, pero cuando el matador es un personaje importante como lo era el arriba citado, la cosa cambia mucho. John Doe reunió de inmediato a sus veintidós asesores y les pidió consejo para esfumar la desagradable situación antes de que la Sociedad Protectora de Animales pusiera el  grito en el cielo. El especialista en imagen visual recomendó borrar la mosca de la fotografía y poner en su reemplazo una estrellita brillante como sugiriendo simbólicamente que John Doe no se dejaba engañar por pensamientos nefastos. El consejero de sonoridades compartió este punto de vista, a condición de que se reforzara este simbolismo con un ángel sonando un clarín para hacer notar que John Doe contaba en sus decisiones con la colaboración de un ser superior que lo defendía.

     El  asesor en lingüística latina recomendó principiar por las palabras del título que debían ser trocadas para reforzar con palabras la imagen visual.

     - Musca  -dijo- es en latín un insecto volador que vive en los ámbitos domésticos, pariente de los mosquitos y los moscardones, de la familia de los muscáridos y, por lo tanto, como animal, no puede ser matado. Debe de alguna manera conservarse en el título. De paso, nos anticipamos a una eventual reclamación de las Naciones Unidas, que tiembla cada vez que se habla de muerte.

     - Totalmente de acuerdo con mi colega –precisó el asesor en lingüística árabe-, dejemos la palabra “mosca”, no la toquemos, y vayamos a la palabra “asesino”, que proviene del árabe.

     - Me parece razonable –opinó John Doe-. Continúe.

     - Assassin se decía al miembro de una secta religiosa musulmana secreta que estaba autorizada a matar a los Cruzados enemigos. Lo hacían bajo la influencia de la droga hashish. Nos conviene suprimirla para no malquistarnos con los árabes.

     - Conforme –dictaminó John Doe-. ¿Y en latín no tenemos algún refrán que nos sirva? –continuó mirando al asesor en lingüística latina.

    - Por  supuesto, señor, el latín sirve para todo. Por ejemplo tenemos el refrán Aquila non capit muscas (El águila no caza moscas), aunque no lo recomiendo en nuestro caso porque el Movimiento Universal contra la Discriminación podría interpretarlo como un desprecio encubierto hacia las moscas. Yo iría más bien al diccionario de la Real Academia Española.

     - ¿Real dijo? Ni loco, me acusarían de fascista antidemocrático.

     - Bueno, pero podríamos traducirlo al inglés. Fíjese, señor, las frases que tienen en español: papar moscas, soltar la mosca, mosca de la carne, mosca de la aceituna, mosca del queso, mosca de un día, mosca blanca, mosquita muerta y muchas otras que en este momento no recuerdo. Combinando entre tantas palabras, podríamos alcanzar una leyenda perfecta, digamos por ejemplo, “A mosca muerta, mosca puesta”.

     - No está mal, pero se me ocurre otra.  ¿Qué le parece “Muerta en el cumplimiento de su deber.”

     - No suena mal, pero pensándolo entre todos podríamos a lo mejor encontrar otra más conveniente.

     - Está bien, pero les doy cuatro horas para encontrarla. Cuando la tengan, me avisan.

     John Doe se retiró de la reunión a continuar con sus quehaceres políticos. El asesor en lingüística latina recordó en esos instantes un refrán español que dice “Por un perro que maté, mataperros me llamaron”, y entró en pánico. Si no nos apuramos, pensó, los adversarios inventarán en inglés “Esta mosca maté y con otras seguiré”.  

     En efecto, eso hicieron y John Doe perdió las elecciones. Su sucesor aprovechó la experiencia ajena y antes de cada entrevista o conferencia de prensa hacía desinsectizar escrupulosamente la sala.

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24/10/2009 13:10 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL PENSIONISTA BELGA

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 Guillermo apareció un día impensado en una cama disponible. Lo había traído como pensionista el mayor de los tres hermanos, Osvaldo, un poco para aliviar los gastos de la familia y otro poco para ayudar a su compañero de trabajo proveniente de Buenos Aires.

Era alto, casi rubio, muy educado y bastante chacotón. Dicho con más precisión, un hijo de extranjeros belgas radicados en la Argentina.

     Los tres hermanos y Guillermo compartían el reducido espacio de la habitación en sendos catres de lona, apretujados pero felices porque en aquellos tiempos  los jóvenes  hacían lo que tenían que hacer y no habían aparecido todavía los derechos humanos. Se era lo que se era y a otra cosa. El recién llegado era empleado administrativo, aficionado a los automóviles, cordial y ameno con todos, y en consecuencia, un candidato apreciable para el matrimonio. Las chicas provincianas más hermosas lo disputaban en silencio, con sonrisas limitadas por el pudor y las buenas costumbres. A una de ellas que se permitió mirar al candidato y morder una tableta de chocolate con gesto de apetito, las rivales la retiraron de la puja  quitándole el saludo.

     Osvaldo, gallardo y buen mozo también, competía si quererlo aunque con distintas candidatas. Para Guillermo eran las más bonitas por tratarse de un forastero, para Osvaldo las siguientes en belleza, porque era provinciano y no ofrecía posibilidades de ascenso nacional.  De noche, a la hora de las confidencias en el cuarto de dormir, cada uno contaba sus peripecias amatorias de la tarde. La escala de ascenso comenzaba con el acompañamiento en la plaza bajo la custodia ritual de  una amiga de la aspirante, luego hasta la casa de la candidata, después los besuqueos en la puerta de calle, y por último los paseos de la pareja sin compañía. El padre de la hermosa seguía día a día el progreso del compromiso por comentarios de sus amigos en las veladas del Jockey Club:

    - Me parece que lo de su hija con el forastero va en serio.

    - Parece que sí, pero hay que esperar. Ya sabe como son estos porteños, las engatusan y después se mandan a mudar.

     A la hora de la cena en la casa, no se trataban temas de amoríos. Guillermo, locuaz y espontáneo, refería historias de su familia en la Capital Federal. Su padre era gerente general de una empresa de origen belga radicada en los alrededores, La Lactificación Argentina, especializada  en la producción y distribución domiciliaria de leches y quesos. Se movía con parsimonia y jamás se lo había visto correr. No levantaba la voz, no señalaba con el dedo a nadie ni emitía juicios sobre terceras personas. El alcohol no había mojado en ningún momento sus labios, no ingería frituras, no admitía aderezos artificiales, y rehusaba el azúcar en los postres, esto es, se alimentaba en vez de comer. Cuando algún familiar lo instaba a salirse de su menú, respondía con un pensamiento clásico en su lenguaje:

     - Dios hizo la vid, el hombre el alcohol. Yo me atengo al primero.

     Con tales actitudes impertérritas podría habérselo considerado un prócer laico, pero su sobriedad no sugería ninguna altanería escondida, sino más bien una naturaleza sencilla.

     -Mi viejo es un caso -comentaba Guillermo-.A veces pienso que debería estar en un monasterio, pero está en una gerencia. Nunca sabré porqué, pero él es así. Y agregaba en tono festivo:

     - Yo, en cambio, si tuviera que elegir, me quedaría como corredor de automóviles. Los fierros son mi pasión.

     - Y yo cantor de tangos -agregaba Osvaldo-. Mi ídolo es Carlos Gardel, que se murió sin sucesor y cada día canta mejor.

     Nadie reprochaba nada a nadie en la mesa nocturna. Osvaldo y sus dos hermanos menores no decían esta boca es mía en presencia de sus padres, y sólo hablaban cuando el progenitor o la progenitora les pedían opinión, aunque por supuesto mentían a los cuatro vientos para no mostrar sus debilidades. Osvaldo en realidad no sentía ninguna atracción por los tangos ni por Gardel, pero era una evasiva rutinaria. Si hubiese expresado la verdad, es probable que su progenitor le hubiera ordenado levantarse de la mesa por falta de respeto. Se habría producido un cataclismo, por ejemplo, si alguno hubiera hecho referencia a la vecinita que gastaba los mosaicos de la acera cantando en voz baja al pensionista: "Guilly, Guilly consentido, / Guilly de mi vida,  / Guilly de mi amor", parodiando la música de la habanera cubana pero con letra propia.  

     A los cuatro meses de exilio en la ciudad, las provincianas hermosas se sintieron frustradas en sus ambiciones matrimoniales y cambiaron la candidatura de Guillermo por la de dos nuevos subtenientes que habían llegado de Buenos Aires. El porteño las había desilusionado en sus pretensiones y se entregó a su vocación por los automóviles, ayudando gratuitamente en las reparaciones a un mecánico de la vecindad.

     - Lo que es yo -comentaba la audaz del chocolate-, no pienso morir en este pueblo sin casarme. Sólo me queda que vengan y los gitanos y me rapten.

     Decía eso porque corrían rumores de que los zíngaros se aproximaban a la ciudad y a lo mejor acampaban en las afueras. Pero el destino no lo quiso así y desviaron sus carromatos rumbo más al norte. La osada se quedó sin marido, y se recluyó en un convento, para vestir santos como se decía en ese entonces. "La suerte de la fea, la bonita la desea", afirmaba el refrán, y en este caso era cierto.

     La costumbre de referirse a sus familiares de Buenos Aires subsistió firme en Guillermo. Algún día le tocaría hablar de su madre, por la que sentía un particular cariño. Hilando los cabos de sus confesiones esporádicas, la familia provinciana se enteró de que la madre de Guillermo era una mujer laboriosa, paciente, cariñosa, comprensiva, casi sin defectos humanos. De voz meliflua, movimientos parcos, gestos y ademanes moderados, escuchaba con tolerancia al prójimo, y daba la impresión de no haber experimentado nunca la ira, la violencia, el odio. Una sola cosa la diferenciaba de los demás miembros de su familia, la religión. Se había convertido al espiritismo en la edad madura.     

     Ni su propio esposo ni los hijos se atrevían a preguntarle sobre su creencia, pero eran conscientes de que concurría a las reuniones del culto dos días a la semana. ¿Sería una médium? ¿Con quiénes del otro mundo hablaría?  Imposible saberlo. Se sumía en un silencio absoluto y ni un músculo de su cara daba indicios para inferirlo. La familia resolvió dar por insoluble el misterio y aceptar que tenían una madre por cinco días a la noche, ya que los miércoles y los sábados les era ajena.

     - ¿Y qué hace, usted Guillermo,  esos dos días?

     - Lo mismo que mi hermano menor, nos vamos a un club de automovilistas que está cerca y conversamos de motores, válvulas y frenos, y de vez en cuando, nos tomamos una que otra cervecita. Mi viejo, en cambio, se va la cama y lee un libro de historia o revistas belgas. Por él sabemos en casa que Julio Cortázar nació en Bélgica y después se nacionalizó argentino,  además de que su territorio está cruzado de canales y no tiene pobres como en la Argentina.

     -¿Medio aburrido, no?

     - Ah, peor es el domingo, ni le cuento. Volamos todos de casa. Mi vieja a limpiar el templo con las demás mujeres, mi viejo a la lechería para preparar el trabajo de la semana, mi hermano menor a jugar al fútbol y yo a ver las carreras de autos. Sin embargo, somos una familia unida, como la de los italianos, con la diferencia de que ellos se reúnen todos los domingos a mediodía a comer los ravioles juntos, y nosotros nos arreglamos cada uno como puede.   

     - Eso está bien, cada uno con cada uno, y cada cual con cada cual, ¿no le parece? Así no se molestan.

   Interrumpió la charla el timbre de calle. Un mensajero del correo traía una carta  urgente para el señor Guillermo Delanghe.

     - ¡Qué raro! ¿Una carta certificada para mí este día? Mi viejita me escribe los lunes y hoy es miércoles?  Espero que no pase nada malo.

     Guillermo rasgó el sobre y extrajo del interior una tarjeta postal doblada con una rosa seca y una leyenda que decía: "Hoy es San Guillermo. Felicidades. La guardo desde el primer día que lo vi? ¿Se imagina quién soy? Búsqueme y me encontrará." Guillermo sonrió, rompió la misiva y la guardó en un bolsillo. Comprendimos que la noticia no era nefasta y quedamos a la espera de su comentario, que no tardó en llegar: "Ni fu, ni fa."

El dueño de casa se sintió en el compromiso de no ser descortés continuando la charla.

     - ¿No tiene otros parientes, Guillermo?

     - Bueno...realmente no sé qué contestarle. Con nosotros vive en una pieza del fondo una señora de nuestra confianza, que nos crió desde chicos. Mis padres le pusieron el nombre de María cuando la recogieron, y nos cuidaba, bañaba, vestía, nos controlaba si hacíamos los deberes de la escuela, en fin, era como una segunda madre.

     - ¿Comía en la mesa con ustedes?

     - En ese entonces no, porque las sirvientas comían después de los patrones en la cocina, pero ahora sí. Es muy viejita la pobre. La volvíamos loca, "María, me duele la panza", "María, me pinché un dedo con una aguja", "María, haber se escribe con b  corta o con b  larga?", "María, quiero un vaso de leche", "María, tengo sueño".  Y ella aparecía y resolvía el problema. Nos quería mucho seguramente, pero no nos besaba ni nos pegó nunca. Ella era así, y no ha cambiado con los años.

     - Ya no quedan esas sirvientas -dijo el dueño de casa- ahora se llaman institutrices, vienen de Inglaterra y hablan inglés y castellano.

     - Si, ya lo sé, pero para eso hay que ser millonario y tener una estancia en la pampa. Nosotros apenas somos clase media.

     Pasó un mes, tres meses pasaron, y un día Guillermo nos sorprendió con la noticia de que dentro de una quincena se volvía a Buenos Aires.

     - Pero, Guillermo, ¿por qué se va? ¿Lo hemos tratado acaso mal? Para nosotros usted ha sido como un hijo nuestro. Lo vamos a extrañar  mucho. Quédese, por lo menos un año más.

     - Yo también los voy a extrañar mucho, sobre todo a Osvaldo que ha sido tan bueno conmigo, pero la decisión está tomada, me voy.

     Así fue. La familia provinciana fue en bloque a despedirlo a la estación de tren. A punto de subir al coche, Guillermo abrazó a Osvaldo, lo miró fijamente a los ojos, los vio lagrimeantes, y le murmuró a los oídos:

     - Perdonáme, hermano, los Delanghe somos así.

12/10/2009 23:11 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL NEGOCIO DEL COMISARIO

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     - Aquí todos se enriquecen, menos yo -se quejó el comisario del barrio-. El único angelito que vive de su sueldo soy yo, y apenas me alcanza  para vivir como un tonto pobrete.

     - Con todo el poder que tiene usted podría ser millonario.

     - ¿Cómo, si lo único que sé hacer es perseguir y arrestar a los criminales?

     - Usted lo ha dicho, en esa facultad que tiene está precisamente su negocio. Si le interesa, puedo explicárselo.

     Se lo explicó al comisario, éste lo aceptó, lo agradeció y lo puso en práctica.

     A la noche siguiente llamó a su despacho al Flaco Metralla  y le describió el negocio.  El invento del comisario consistía en “liberar” de vigilancia una zona del barrio de su jurisdicción durante cinco horas nocturnas, prestar las armas decomisadas al delincuente, recibir el dinero robado y permitir escapar al reo después de tres meses de asaltos. El Flaco Metralla aceptó, después de meditarlo. Ese cretino me está explotando –se dijo-, pero es peor pasarse diez años a la sombra en un calabozo. A los tres meses me dejará fugar, yo me cambiaré de barrio o de ciudad y ni la Interpol me encontrará. Al final, seré rico en Panamá.

     El trato se respetó con estrictez por amas partes. La primera noche el comisario llamó a sus oficiales, suboficiales y tropa, y los destinó a misiones alejadas de la zona liberada.

     - Usted, teniente Mendizábal, a patrullar con sus hombres la zona del río por donde se infiltran los narcotraficantes. Usted, cabo Benavides, con sus hombres al espectáculo al aire libre de Los Rolling Wheels; tráiganme por lo menos tres vendedores de marihuana . Y usted, sargento Iribarren, captúreme seis prostitutas en el Barrio Rojo. Yo me quedaré con mi asistente a cargo de la comisaría. ¿Entendido? A sus trabajos.

     Una vez partidas las patrullas, el comisario fue al calabozo del Flaco Metralla, le entregó una ametralladora , una escopeta de caño recortado, dos puñales, una granada y un uniforme usado de policía para que lo usara en su trabajo.

- Ya lo sabés, Flaco, no vuelvas con menos de 500.000, porque anulo el arreglo.

- No se preocupe, jefecito, en una de ésas le traigo el doble.        

     Y así fue. El delincuente volvió con lo prometido, entregó el dinero robado, y el uniforme y las armas, hasta la siguiente salida.

    En el período de tres meses, en la zona liberada se cometieron catorce asaltos, dieciséis violaciones de propiedad ajena, veintidós amenazas de muerte a transeúntes  y doce arrebatos de carteras y bolsones.

     El legajo personal del comisario honesto que quiso ser rico no registra ningún acto

ilegal contrario a su honor y a la lealtad institucional. El Flaco Metralla compró una villa en Panamá, se juntó con una alternadora de hotel, y está escribiendo sus memorias purificadas con ayuda de un periodista local, para venderlas a un canal de televisión.

     En un arranque de arrepentimiento y por consejo de su esposa, el comisario fue a consultar a un párroco si era pecado apoderarse por interpósita persona de bienes ajenos, puesto que el texto bíblico permitía a los humanos enseñorearse de la tierra.

     - Eso fue inmediatamente después de la Creación, cuando todavía no estaba repartida la tierra. Pero ahora ya lo está, y toda apropiación de lo ajeno es robo.        

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04/10/2009 17:11 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

SIN GLOBALIZACIÓN SE MUERE

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     El médico auscultó al enfermo, le tomó la presión , contó sus pulsaciones, observó su lengua y garganta, prestó atención al tamaño de sus pupilas, controló los latidos del corazón, le preguntó qué le dolía  y le ordenó un electrocardiograma, un centellograma, dos radiografías de frente y de perfil, una resonancia magnéticonuclear, más un estudio de anticuerpos. "Cuando los tenga listos, llámeme a mi teléfono celular", dijo a la consorte.

    - Doctor, yo no tengo dinero para pagar tantos estudios. Soy apenas una pobre maestra. ¿ Qué hago entonces?  -preguntó la hija del paciente.

    - Realmente, no sé qué contestarle. Sin esos estudios no le garantizo la vida de su padre. Los necesito inevitablemente para hacer un diagnóstico y ponerlo en tratamiento.

Hay equipos norteamericanos e ingleses, drogas de Suiza y de Alemania y así otras cosas. En todo caso, vea si puede obtener ayuda financiera de alguna organización solidaria o de un gobierno.   

     - Pero hay millones de enfermos en el mundo y no alcanzan los recursos para curarlos a todos. ¿Cómo van a ocuparse de mi caso?

     - Tiene razón, señorita, y créame que lo siento en el alma, pero sin globalización su padre se muere.

     Desesperada, la joven recurrió a parientes, amigos, vecinos, iglesias, organizaciones no gubernamentales, fundaciones y filántropos, y consiguió el dinero necesario.

    La intervención quirúrgica se realizó sin éxito y el paciente falleció. La hija, víctima de un ataque de desolación, se sintió autorizada a recriminar al médico su promesa globalizadora.   

     El facultativo, le respondió:

     - Vea, señorita, como médico yo no podía violentar su derecho a la esperanza, pero la fórmula completa es:

                              Sin globalización se muere,

                               Con globalización también.

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24/09/2009 17:55 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL VIDENTE

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     Desde Milán había girado a Buenos Aires el anuncio periodístico: “La  divinidad a su  alcance. No más problemas. Poder, amor, riqueza. Profesor Amadeo Teixeira. Hotel Concordia, habitación 864. Lunes a viernes de 10 a 20 horas.”

 De pronto un americano con camisa a cuadros, pelirrojo, hizo estallar la soledad de

 Teixeira:

    -Disculpe, señor –le dijo acercándose y como mendigándole un sí-, mi nombre es

Edwin, John Edwin. ¿Usted no es por casualidad el señor  Polansky? Se parece tanto a

 un antiguo amigo mío …

     - Lo lamento, caballero, -lo desilusionó-. Quizás se trate de otra persona parecida.

     - Sin embargo, yo diría…

     - Lo siento, caballero, pero mi nombre es Amadeo Teixeira, para servirle, y si no lo toma a mal, debo retirarme. Buenos días.

El turista dio la impresión de recapacitar, se encogió de hombros mientras se alejaba con una reminiscencia caprichosa: Polansky tenía una cicatriz en el cuello, y además era zurdo.

La primera persona en acudir el lunes siguiente fue una mujer de modales aristocráticos. Cincuentona y novelista, y madre de un futbolista él, ninguno de los dos había gozado de los halagos de éxito.

- Tengo hipotecada la casa sin poderla pagar, mis libros no se venden y mi hijo se lo

pasa de discoteca en discoteca, entre drogadictos y roqueros. He consultado con cuanto psicólogo hay y ninguno ha podido sacarme de la depresión. ¿Por qué me suceden estas desgracias, hermanito?

- Tranquilícese, señora, los seres humanos no tenemos la culpa de nada, las cosas nos suceden, como las enfermedades, y eso es todo.

- Entonces, ¿no me queda otra que sufrir y esperar?

- De ninguna manera, para eso estoy yo con mis poderes. Déjeme ver.

  Teixeira encendió un calderillo de bronce que tenía encima de la mesa, arrojó adentro unas hierbas aromáticas, se concentró con las manos en las sienes, miró las volutas de humo y expresó:

  - Veo un demonio que la tortura. Su rostro aparece confuso y no logro distinguirlo con precisión. Podría ser Belial o Belgefor, o también, déjeme mirar un poco más, el espíritu de algún enemigo de la familia. Dígame, ¿hubo algún homicidio entre sus parientes?

   - Sí, mi abuelo materno mató en una partida de póquer a un jugador fullero.

   - Ah, lo que yo decía. No hablemos más. El espíritu del muerto es el que le provoca la mala suerte. Los que mueren víctimas de asesinatos no descansan hasta vengarse en  los familiares del homicida.  

   - Pero ¿qué tenemos que ver mi hijo y yo con el crimen de mi abuelo? ¿Por qué se las toma con nosotros?

    - Porque así está hecho este mundo. Pero no se inquiete, porque para eso hay un remedio infalible. Espere un momento.

       Teixeira abrió uno de los cajones de su escritorio y extrajo un pergamino con un  escrito.

     -  Concéntrese, hermanita –le dijo- y repita conmigo esta  plegaria de los antiguos dioses egipcios: “Oh, nombre santo y digno de reverencia, nombre único por el que debes ser bendecido, tú que otorgas a todos los mortales la virtud bienhechora de tu bondad, manifiéstate en esta plegaria y te daremos gracias por hacernos conocer tu misericordia. Adoramos tu santa persona y te imploramos que alejes de nuestra vida el maleficio que nos hacen los espíritus vengativos y que no permitas jamás la tristeza y el dolor de nuestros corazones. Amén, amén y amén.” Ahora vuelva a su casa, encienda esta vela roja todas las noches, tome un vaso de agua y venga a verme la próxima semana. Deje un donativo de cien dólares en la mesita de la puerta. Yo no puedo tocar dinero porque pierde efecto mi intervención.

     Cuando se retiró la clienta, Teixeira se sintió aliviado. El comienzo no había sido malo. Se recostó en un sillón a hojear el diario hasta que un golpe de nudillos en la puerta lo sacó de la lectura. Un mensajero del hotel le entregó una carta  con una leyenda en el reverso: “John Edwin. 1789 Century Avenue. Los Ängeles, USA.” Abrió el sobre y leyó la misiva. Le estrujó entre sus manos y fastidiado la arrojó al cesto de papeles.

     El resto del mes transcurrió en la rutina, recibir a los angustiados, arrojar hierbas en el calderillo, orar con ellos y citarlos para una próxima sesión. En la entrevista con un metafísico sueco las cosas fueron más arduas, pues el cliente había estudiado en la Universidad de Leipzig donde había aprendido que cada mortal es una cosa chiquitita metida dentro de otra más grande, como los adoquines dentro de un piso, de manera que quería saber cuál de los adoquines era él.

     - Lamento no poder satisfacerlo, mi amigo, pero yo soy vidente y no me ocupo del presente sino del porvenir. De todos modos, si a usted lo molesta alguna cosa que pueda sucederle más adelante, puedo ayudarlo. La consulta son cien dólares.

         - ¿Tanto dinero por una pregunta?

         - ¿Y qué pretende usted, que yo viva del aire?  Mis pacientes pagan  para que yo me mantenga en comunicación con los dioses mientras ellos se ocupan de sus cosas.

         - ¿Se puede pagar en cuotas mensuales?

         Esta cuestión hizo comprender a Teixeira que no había espacio en el mundo para los dos, y lo despidió con este consejo: “Dejemos, señor, las cosas como están. Usted es metafísico y yo soy vidente, y no hay más que hablar.

         Pasó otra quincena   y una tarde se presentó  un hombrecillo esmirriado y flacucho, de movimientos nerviosos, que sacó un papel escrito de su pantalón, lo extendió sobre la mesa y se justificó:

         - Es para no olvidarme.

         Leyó una por una las preguntas que deseaba esclarecer: su mujer lo había abandonado por un aventurero, la empresa lo había despedido por economías, tenía incontinencia urinaria, se le habían caído todos los dientes y muelas, la columna se le curvaba día a día, le quedaba un docena de pelos en la cabeza, vomitaba con frecuencia después de comer, de cada tres días pasaba uno en vela y rengueaba por la pierna derecha. Hombre acabado, pensó Teixeira, pero se guardó la opinión. Cuando el paciente acabó las preguntas, el adivino intentó consolarlo con una afirmación rotunda:

           - No olvide, mi estimado señor, que al final de los tiempos todos los dioses se consubstanciarán en uno sólo y nosotros con ellos. Nosotros también somos dioses con forma de seres humanos y seremos felices. Vaya tranquilo.

           Al momento de despedir con un apretón de manos al huésped, un mensajero del hotel llegó con una carta en la mano. “Para el señor Teixeira”, dijo y entregó la carta. El adivino leyó en el reverso de la epístola el nombre de John Edwin, y murmuró entre dientes: “Otra vez este maldito Edwin.”

           Teixeira pasó otra semana atendiendo a sus clientes y comenzó a tomar sedantes para calmar su nerviosidad. Mientras tanto, en Los Ángeles, California, Edwin no encontraba explicación a la falta de respuestas a sus cartas. Desde su regreso de África , al término de la guerra, no había vuelto a ver a su compañero de armas Polansky, a quien había salvado la vida cuando las tropas mecanizadas de los alemanes atacaron a una patrulla aliada. Polansky yacía en la arena del desierto malherido y Edwin lo recuperó y lo entregó a sus superiores, quienes lo enviaron para su recuperación a un hospital militar en Gran Bretaña. Nunca más volvió a saber nada de él hasta que se encontró con una persona muy parecida en un viaje a Buenos Aires. Sólo recordaba que Polansky  era zurdo y tenía una cicatriz en el cuello.

     -¿Por qué no le escribes? –le había dicho esposa-.Con probar no se pierde nada.

     - Ya le he escrito varias veces, pero no me ha contestado. Le escribiré una vez más, y si no me responde, daré por terminado el asunto.

      Las consultas de infortunados hicieron famoso a Teixeira y con los meses su fama de advino se amplió a la de profeta. Políticos, artistas y deportistas recurrían a sus vaticinios, y hasta la policía llegó a consultarlo en la búsqueda de homicidas. Consiguió alcanzar una posición económica expectable y lucrativa después de haber intentado varios oficios accidentales. Desterró de su mente los recuerdos ingratos y se consagró a estimular su principio de que en esta sociedad cada uno se prende de donde puede.

     Una mañana despertó iluminado. Cortaría definitivamente con el pasado y se mantendría en la nueva personalidad. Tomó un papel de carta y escribió: “Querido Edwin: Teixeira es Polansky. Gracias por siempre. Es más fácil ponerse una máscara que quitársela.”

     La puso en un sobre y marchó al correo a despacharla.

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05/09/2009 20:06 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL DERECHO A SER VIUDO

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  Los tribunales de justicia del país se caracterizan por su morosidad en sentenciar las causas pendientes. A veces tienen razón en demorarse porque los juzgados existentes son insuficientes para despachar los miles de causas pendientes; en otros casos su razón es dudosa, porque entre feriados, vacaciones, ferias judiciales y otros privilegios, no disponen ni siquiera de doscientos días hábiles por año para el cumplimiento de sus funciones. Esto sin considerar que algunos jueces son abiertamente haraganes, o mienten con descaro alegando inasistencias por maternidad de su mujer cuando en verdad están jugando al golf.

     Ni esperar entonces de ellos una respuesta a una inquietud que me da vueltas en la cabeza  desde hace tiempo. La cuestión es ésta: dado que los llamados derechos humanos me reconocen la libertad de opinar y pensar conforme a mi voluntad, vale decir, conforme a mi personalidad,  en estos momentos mi deseo es ser viudo.

     - Vamos por partes, mi amigo -me dijo un amigo garantista-.  Pare ser viudo hay que haber estado casado primero. ¿Usted está legalmente casado o está en pareja?

     - Casado -respondí.

     - Entonces vamos bien. Puede ser viudo. Pero además, su esposa debe morir. O la convence usted de que se suicide o la mata.

     - ¿Y no puedo hacerlo por interpósita persona?

     - Sería lo ideal. De esa manera usted no tendría responsabilidad criminal ninguna.

     - ¿Pero dónde encontrar un individuo que quiera hacerlo?

      - Muy sencillo, debe buscar una persona cuyo deseo sea precisamente el de matar a otro. De esa manera los dos estarían en legítimo uso de sus derechos humanos.

      - ¿Y mi esposa qué derecho humano reclamaría?

      - Ninguno, porque los derechos humanos son válidos para los vivos y no para los muertos. Una vez muerta, una persona deja de tener derechos humanos. La Declaración Universal  de los Derechos  Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas (1948) está concebida y redactada en ese sentido.

     - ¿Y si no encuentro ningún individuo para mis fines, ¿qué puedo hacer?

      - Hasta que lo encuentre tiene derecho a la "libertad de opinión y de expresión", "sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión" (art. 19). Puede, por ejemplo, fundar una asociación y reclutar afiliados (art. 20). Pero, permítame una aclaración: ¿usted no ama realmente a su esposa?

     - De ninguna manera. La amo todavía.

     -¿Y entonces?

     - Solamente pretendo saber cómo se siente un individuo viudo. Se me ha ocurrido que tal vez no sea tan trágico como se dice. Por eso he pensado que con el tiempo a lo mejor se muere naturalmente, la mata un criminal o se le antoja suicidarse. Formaré una sociedad, "Viudos sin Fronteras",  y veré qué pasa.

     -¿Y qué va a pasar? Nada. Hay tantas asociaciones desparramadas por el mundo en estos días que nadie les presta atención.

    - ¿Para qué se escribieron entonces los derechos humanos? 

    - Pues para que los gobiernos y los individuos sepan cómo deberían ser, no para que lo sean. No los conoce ni aplica ningún gobierno. Únicamente los estudian los universitarios para los exámenes. Los políticos los recitan de memoria en las campañas  electorales o en los encuentros internacionales. Por un eslogan político no le dan ni una salchicha en un quiosco callejero.

     - ¿Y no le parece que también deberían haber escrito las Naciones Unidas una Declaración Universal de Obligaciones Humanas?  Yo propondría el artículo primero:

"Todos los seres humanos nacen libres y obligados, y dotados como están de estos dos  atributos, deben comportarse fraternalmente unos con otros." ¿Qué le parece?

- Parecer me parece bien, pero lo considero un intento perdido. ¿Se imagina usted

 una ley que fijara la pena de horca para los violadores? El mundo se quedaría sin gobernantes. Ni en las Naciones Unidas se firmaría tal declaración. ¿Firmaría usted su propia condena de muerte?        

     - Con tales imitaciones no puedo ejercitar mi derecho a ser viudo ni crear una asociación "Viudos sin Fronteras.", ni proponer a las Naciones Unidas una Declaración  Universal de Obligaciones Humanas. No me queda entonces nada que hacer.

      -Sí, mi amigo, algo le queda: dejar de creer que cuando le dicen "derechos humanos" le han dicho la verdad absoluta cuando no es más que una aspiración de deseos o una mentira convencional. Las leyes no son más que enunciados verbales que los hombres escriben.

     - Desisto en tal caso de mi libertad de ser viudo.

     - Hágalo si lo desea, pero no vaya a ocurrírsele decir que los gobiernos son mentirosos porque va a ir a parar a un calabozo detrás de las rejas. Y mucho menos que el Estado tiene el derecho de coacción, porque lo condenarán por fascista. ¿Tanto le cuesta darse cuenta?

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09/08/2009 20:16 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

TEOLOGÍA GAUCHESCA

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     La noche bajó su oscuridad instalando su hechizo en el ánimo de los gauchos. Los reseros, enfundados en  sus toscos ponchos pampas y sombreros alicaídos, se congregaban a paso lento, agobiados por la fatiga, para compartir el descanso y el alimento reparador.

     Tres jornadas habían transcurrido desde la partida del Tandil hasta las tierras de pastoreo de Pergamino, para sustraer a los quinientos vacunos  del frío y la sequía.  Entre suelo y aire se jugaba la vida animal, como entre tierra y cielo la de los gauchos. Traquetear sobre el lomo de los caballos, dormitar mecidos por el balanceo rutinario, despertar al menor ladrido de alerta de los perros forzando a alguna bestia descarriada  a retornar a la tropilla, trasudar la ropa, tostarse la piel, y de cuando en cuando musitar alguna tonada regional o caer en un torbellino de reminiscencias deshilvanadas, eran al fin de cuentas una forma de aceptar el destino personal.

     Las reses concentradas al amparo de los algarrobos y ombúes sacudían la monotonía del silencio nocturno con algún que otro relincho resignado. Los hijos de la llanura disponían en el suelo sus monturas y arneses en torno al fogón donde las brasas asarían los costillares nutricios. Ni humanos ni bestias ponían sus expectativas en el día siguiente. La vida se compone de días sucesivos y cada uno tiene su propio destino. La lumbre de los leños se encargaría de suscitar el examen de conciencia de la jornada de hoy, y esto bastaba para dormir en paz.

     El cosquilleo estomacal cedía su pertinacia con los bocados de carne chispeantes de grasa, rociados con el néctar de las uvas cuyanas o la ginebra holandesa, bebidos a flor de pico de botellas, transmitida de mano en mano. Las evocaciones reprimidas en un principio por el pudor masculino, comenzaron a brotar de las lenguas desatadas por el alcohol, y los arrieros se enteraban así de los dolores y los amores ajenos: el hijo perdido en un duelo mano a mano, el alma en pena de un amigo insepulto detrás del horizonte, las apariciones del diablo Zupay a la vera de los senderos.

     El tránsito de la pena al misterio ocurría cuando los gauchos sacaban a relucir las guitarras y arrancaban a las cuerdas los secretos de la vida. El morocho Ledesma, oriundo de Santiago del Estero, había aprendido por instinto que las palabras sin música son como la fruta seca, porque el alma se mueve entre ritmos y tonos. Así pasa cuando una pena nos abruma, así pasa cuando un enamoramiento imprevisto se retuerce dentro de uno sin atreverse a salir. Sus escasas letras escolares no le alcanzaban para entender esas cosas y envidiaba a los doctores de la ciudad que seguramente sabrían algo de eso. Pero él no contaba más que con su compañera, la guitarra, para arrancarle algún misterio en algún rasgueo venturoso, la primicia de una rima certera.

     De pronto Adelmo Barrios, el guitarrero de la Banda Oriental, aportó los versos que le borboteaban en la boca como espuma en las fauces de un puma acorralado. Pulsó su instrumento, lo afinó y lanzó su desafío al santiagueño:

                                            Atiéndame, mi amigo,

                                             le pregunto por querella:

                                              ¿de cómo parió la Virgen

                                              y siempre quedó doncella?

     El morocho norteño clavó su  mirada  en los ojos del desafiante, y luego la bajó dando tiempo a que una inspiración súbita lo sacara del atolladero. Reflexionó que una cosa es ser amigo y otra muy distinta dejarse derrotar en una payada. Tal vez el cantor oriental fuera un artista furtivo oculto detrás de las destrezas del lazo y las espuelas. Creyó adivinar en el retraimiento de las comisuras de sus labios y la dureza sin parpadeos de sus ojos, la picardía provocativa de un hombre que buscaba la ostentación de su superioridad. Nada impedía entonces una definición rimada.

     Vinieron a su mente las enseñanzas del párroco pueblerino y la estrofa que había heredado de su devota abuela. Acomodó sobre una de sus piernas el instrumento, provocó con un silencio intencional la expectativa del auditorio, preludió con unas notas el recuerdo salvador y cantó:

                                              Tirá una piedrita al agua,

                                               verás como se abre y cierra;

                                               ansina parió la Virgen

                                                y siempre quedó doncella.

     Silencio total. Cuando el fogón se apagó, cada resero se acostó a soñar con el misterio.

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02/08/2009 23:10 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL INTENDENTE ASIMÉTRICO

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     El intendente Federico Aguilar había adquirido notoriedad desde el día en que se negó a presidir la procesión de Corpus Christi y portar la cruz en sus manos desde la Catedral como lo indicaba el ceremonial. Comentaba a sus amigos íntimos que él era intendente de todos de acuerdo con la constitución y no un empleado de la Curia. Para eso tenían los católicos su legión de arzobispos, obispos, monaguillos y demás prelados. “Pero un monaguillo no es un prelado” le habían advertido sus seguidores. “No me importa- había contestado-. Para mí todos son curas y eso basta.”

     Después de seis años de casado había cambiado a su primera esposa por una pareja más moderna y atractiva, modelo de pasarelas, vistosa y coqueta. “Si hubiera  sabido que un día llegaría a intendente, no me habría casado con la anterior. Los políticos no deben casarse jóvenes para no tener que arrepentirse cuando están arriba. A los electores no les gustan las primeras damas feas.”

     Su olfato político lo había conducido a una estrategia electoral efectiva, organizar festejos públicos gratuitos, campeonatos de minusválidos, maratones de aficionados, recitales al aire libre para expansión  de los jóvenes rebeldes y zonas rojas para comercio sexual.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

     Al verlo, Aguilar se distinguía por su vientre prominente, sostenido con dificultad por  dos  piernas cortas y anchas, curvadas como para dejar pasar un barril entre ellas. No podía cruzar por delante los cortos brazos terminados en manos regordetas, y la columna inclinada hacia un costado lo hacía mantenerse cómodo únicamente sentado en un sillón ancho y mullido. Su contextura se complicaba cuando llegaba a la cabeza, apoyada en el tronco de un cuello grueso y venoso como de árbol antiguo, pero más voluminosa de un costado que del otro. La ciencia  fisiognómica lo habría declarado intelectualmente inepto considerando su estrechez frontal, pero tenía a su favor el descrédito de esa antigua disciplina. Era, en definitiva, un hombre asimétrico. “A mí me han elegido los votantes por mis condiciones y no por mi fotografía”, decía a sus íntimos.

     En lo concerniente a su educación, ni a su mamá se le habría ocurrido en la niñez presentarlo a una olimpíada estudiantil de matemática o lengua. No se le conocían escritos de su propia letra por su incompatibilidad con la ciencia de la ortografía, por eso se expresaba únicamente en la lengua hablada, en la que no hay errores de ortografía.

      Su cuerpo, sin embargo, era una preciosura comparado con su alma, donde ninguna idea tenía su asiento. Sus enemigos políticos decían que había llegado tarde en la repartición de bienes hecha por el Creador. Tuvo que conformarse con los rezagos que quedaban por su demora en presentarse a la distribución. Para colmo de males, entre esos restos no quedaba  disponible la capacidad de comparación y siempre se creyó inteligente como el que más.

     Se hacía pasar todos los días las noticias sobre los intendentes de las grandes metrópolis extranjeras, prolijamente subrayadas en sus párrafos principales.

      Un sábado por la mañana se encontraba Aguilar leyendo los informes sobre iniciativas extranjeras que podrían imitarse. Tres o cuatro llamaron su atención principalmente. Él las habría adoptado a todas si le hubiera sido posible, pero unas eran demasiado costosas y menoscaban el erario y otras implicaban viajes en avión a otros países y él padecía de “aerofagia”, según sus propias palabras.  Varias ideas pugnaban esa mañana en su mente, dicho sea sin indagar el verdadero significado de la palabra ideas. Su máxima aspiración era levantar en vida su propia estatua sobre un pedestal erigido en la plaza central, mas consideraba que tal objetivo debería postergarlo para más adelante hasta mejorar un poco su figura con ejercicios y otros artilugios. Hasta el momento tenía prometido por un cirujano plástico extirparle el bosque de pelos de la frente, pero le quedaban pendientes el abultamiento de la barriga y el arco de triunfo de sus piernas. Los bracitos cortos no eran un impedimento, dado que con esculpirlos con un libro entre las manos quedaban disimilados.        

     Pensó en traer como visitante oficial de la ciudad a un jugador gigante de básquetbol de Miami, pasearlo al frente de una caravana por las calles, hacerlo declarar que la ciudad era la más hermosa y mejor cuidada del mundo, y nombrarlo visitante ilustre. Costo total del espectáculo, setecientos mil dólares en efectivo pagados por anticipado, con la exigencia de que firmara un recibo por dos millones. La desechó porque el gigante hablaría en inglés y sería necesario traerlo en un avión adaptado al caso, trasladarlo dentro de la ciudad y alojarlo en un estadio deportivo, por falta de hotel adecuado. Lo atrajo además la idea de pasearse en un globo aerostático por los cielos de la ciudad y saludar desde la barquilla a los vecinos, pero el temor a ser derribado a flechazos por un adversario lo disuadió.

     Más factible consideró, en cambio, el festejo que en España se conoce como el tomatazo. En Buenos Aires los camiones de tiradores de tomates al público circularían por las callejuelas de la Boca, barrio de inmigrantes italianos, aunque temía que lo criticaran por desperdiciar alimentos en una época de niños desnutridos.

    Pero no había tiempo que perder, las elecciones se aproximaban y las aspiraciones del intendente se diluían en la duda.  Su opositor en las elecciones maquinaba su candidatura en un nivel más alto, invitaciones a cenar a diplomáticos extranjeros, viajes sistemáticos a Washington, conferencias sobre globalización, humanismo y derechos humanos, reuniones cumbres con los presidentes de Brasil, Chile, México, Uruguay y Venezuela, apariciones semanales en audiciones de televisión y bisemanales por cadenas de radio, en fin, publicidad a diestra y siniestra basada en su prestancia física, su hablar pausado y melodioso, en otras palabras, todo lo contrario de su rústico oponente.

    Optó, pues, por nacionalizar el tomatazo hispánico en un “harinazo” argentino.

Se lo anunció con bombos y platillos y se invitó a toda la población a participar. La municipalidad proveería gratuitamente las bombas llenas de agua y harina y se premiaría al más enharinado en un estadio de fútbol.

      Desde la noche anterior comenzaron a llegar camiones atestados de muchachos desarrapados, sin camisa, con apenas un pantaloncito deportivo o en traje de baño. El circuito de calles estaba cercado y custodiado por policías para evitar peleas callejeras. En el estadio de fútbol donde terminaría la gran celebración bullía una muchedumbre de espectadores en las tribunas, y en un palco oficial decorado con banderas al viento, el intendente Aguilar y su séquito de personalidades de la cultura lucían sus fachas y levantaban los brazos saludando a los cuatro rumbos de la brújula. Un disparo de bombas de estruendo señaló el comienzo de la caravana desde el punto inicial. A mitad del desfile un olor hediondo y  nubes de gases lacrimógenos y tusígenos dispersaron a los grupos. Los “chicos”, en la jerga democrática del gobierno, destaparon barriles ocultos de lodo, harina y restos de inmundicias que arrojaban contra las personas y edificios, al tiempo que los más revoltosos destrozaban con palos los faroles públicos, vidrieras de las tiendas, estatuas, fuentes y cuanto encontraban a su paso.

           Un grupo desprendido del convoy se dirigió al palco oficial, tomó entre sus manos al intendente y sus funcionarios, los revolcó por el suelo y los embadurnó de pies a cabeza,       frotándolos por todo el cuerpo. Desde el suelo, Aguilar apelaba a gritos “¡Hijos de su madre! ¡Atorrantes, mal nacidos, piqueteros!  ¡Ya me las pagarán, muertos de hambre! ¡No les daré más bonos de comida gratis!” 

     Esa misma noche legiones de empleados municipales barrían las calles y limpiaban con mangueras los frentes de los edificios, entremezclados con niños buscones que seleccionaban de entre los restos objetos para revenderlos. En distintos conciliábulos sociales se discutían los desórdenes y en las redacciones de los diarios y estaciones de televisión los periodistas se afanaban en lo suyo para llegar a tiempo a la edición de la mañana.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

     El intendente Aguilar era el más afectado. Una profunda pena le quitaba la palabra y apenas le permitía pensar. Se sentía humillado y manoseado por esa multitud que había movilizado con la esperanza de atraerlos a su candidatura. “Menos mal que no asistió el cónsul de los Estados Unidos. Imagínese el papelón internacional” –se dijo para sus adentros.

     No quedaron dudas, Aguilar era un intendente asimétrico por fuera y por dentro.

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19/07/2009 19:53 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL MINISTERIO PERFECTO

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     Cuando lo eligieron presidente del país en elecciones fraudulentas, se vio en la necesidad de constituir su gabinete ministerial. Su pericia política en escoger colaboradores se había vuelto proverbial. Un día convocó a su despacho al ministro de Comunicaciones y Propaganda y le ordenó:

      Presidente:  Ministro, prepáreme un decreto para informar a la opinión pública que el país, según fuentes internacionales, está en vías de ser elegido como el más seguro de toda Sudamérica.

     Ministro: Correcto, señor presidente. Siempre es bueno levantar el ánimo de la población. Sin estímulo espiritual el pueblo ser siente abandonado.

     - No, no lo escriba, lo he pensado mejor: mis enemigos podrían aprovecharlo para burlarse de mí.     .

     - Me parece acertado, señor presidente. Cuanto menos informa un gobierno, menos expuesto está a la reacción de los adversarios.  

     Al día siguiente el presidente llamó a su despacho al ministro de Relaciones Internacionales y le ordenó:

     - Necesito que me redacte un decreto reconociendo que el pueblo judío ha sido víctima de un holocausto donde murieron asesinados millones de víctimas.

     - Muy bien, señor presidente, los judíos son muy poderosos en el mundo, y aplaudirán su declaración.

     Dos horas después el ministro regresó con el texto del borrador ya redactado, pero fue recibido con estas palabras:

     - Rómpalo, he cambiado de opinión. No puedo enemistarme con los árabes. Son gente de convicciones profundas.

     - Bien dicho, señor presidente. Se ofenderán y pueden retirar sus embajadores del país.

      Tres semanas más tarde hizo venir a su escritorio al ministro de Economía y le ordenó:

     - Redácteme un comunicado de prensa  informando al país que este año hemos tenido un superávit comercial de 28.000.000 de dólares.

     - Bien dicho, señor presidente, siempre es conveniente dar la impresión de prosperidad para tranquilizar a la gente.

     No habían transcurrido diez horas desde la orden, cuando convocó al ministro con urgencia.

     - Lo he pensado mejor, ministro. No escriba ese comunicado. La opinión pública puede desmentir esos datos.

     - Bien pensado, señor presidente, es muy riesgoso proporcionar cifras al pueblo. Pueden no creerlas.

    En otra ocasión conversó con el ministro de Desarrollo Social:

    - Pienso disponer un aumento salarial del 20 % para los trabajadores, con retroactividad al 1º de enero.

    - Es muy oportuno ahora, cuando se notan ciertos rumores de malestar.

    - Pero no, no me conviene. No podré cumplir porque no tenemos en caja ese dinero.

    - Me parece muy acertado. Un gobierno no puede estar sometido a la presión de los obreros. Hoy le piden salario, mañana le pedirán un sueldo más extra a fin de año, y después vivienda propia.

     En otra ocasión, llamó al jefe del gabinete, el hombre de su más íntima relación y le comentó:

     - Paquito, estoy preocupado. El Servicio Secreto me ha informado que el pueblo está a punto de revelarse. ¿Qué hago, renuncio o me fugo del país y pido asilo político en el Lejano Oriente?

     - En mi opinión, cualquier alternativa es excelente. Si renuncia, los revolucionarios se darán por satisfechos y no lo perseguirán más. Si se fuga, puede vivir con falsa identidad el resto de sus días.

     - ¿Pero cuál me aconsejas?

     - Las dos, señor presidente.

     Una hora después Paquito se iba del país en helicóptero con rumbo desconocido, reflexionado: ¿se habrá creído ese presidentito que sólo él era vivo?

     En el escritorio del presidente, dos cafeteros comentaban la desaparición del presidente.

     - Se hizo humo el farsante. ¿Para qué le servirá lo que robó? Tendrá que vivir para siempre en una cueva hasta que la barba lo ahogue.

   

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05/07/2009 18:16 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL BURRO GEODÉSICO

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     Una mañana los vecinos de Totoral se sorprendieron al ver a unos señores de Buenos Aires observando el lugar con unos aparatos sobre trípodes, cintas de medición de cincuenta metros, reglas numeradas plantadas en el suelo, cuerdas por el suelo, tiendas de campaña aquí y allá. Los recién llegados se trasladaban de un lugar a otro, separados de los rayos del sol mediante cascos de exploradores y de la sed con caramañolas de agua cruzadas sobre el pecho. Preparaban sus viandas en pequeñas cocinas transportables, y dormían en carpas de campaña, protegidos de los mosquitos con el humo de braseros encendidos y de las serpientes con círculos de ajo trazados en el suelo.

     La novedad corrió por los alrededores  y en el término de dos horas se había

congregado una multitud de lugareños emergidos de entre la maraña de los bosques y serranías. Miraban y hacían comentarios entre sí,  sin poder discernir si se trataba de una patrulla militar, un comando terrorista  o de simples constructores de alguna estación de comunicaciones. Sabían por experiencia que menos averigua Dios y perdona, pero como ellos eran nada más que terrestres, no se sintieron involucrados en esa máxima. El más valiente de los espectadores miró a sus vecinos  buscando la aprobación en sus rostros, dio unos pasos adelante y se enfrentó al director del grupo:

     - Disculpe, doctor, quería decirle que hemos venido aquí para ayudarlos si nos necesitan.

     - Doctor, no; ingeniero de caminos. Estamos estudiando el trazado de un nuevo camino, y por el momento no necesitamos ayuda. De todos, modos, muchas gracias por su ofrecimiento. Si los necesitamos se lo haremos saber.

     Los lugareños volvieron a sus chozas y  a sus tareas diarias. Pasaron esa noche como los perros, con  media oreja dormida y la otra en alerta, por si acaso los intrusos fueran dañinos. Procedían de la capital del país, entrometida siempre en asuntos del interior. No creían en aquello de que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino, salvo el caso de que hubiera que despojarlos de sus bienes personales. Día a día vigilaban escondidos al grupo capitalino como los indios espiaron a Cristóbal Colón a su llegada a América. Todo aparecía tranquilo y pacífico, a excepción de las frecuentes discusiones entre el jefe y un subordinado, que en todo momento vertía tragos de una petaca a su lengua. Su función consistía en delinear en un mapa extendido sobre una mesa de campaña el recorrido óptimo de un camino desde Totoral hasta Santiago, lo más corto, económico y seguro posible, según la ciencia de la geodesia.

     Los lugareños no alcanzaban a explicarse por qué razón era necesario tener la cara enrojecida, gesticular y hablar a los gritos para dibujar. Pero convencidos como estaban desde tiempos inmemoriales de que los capitalinos saben mucho más que los provincianos, optaban por espiar y esperar. Las discusiones llevaban ya casi un mes y las obras no comenzaban. Conforme a los indicios gestuales y verbales, la paciencia del  ingeniero se agotaría en muy poco tiempo.

     Y efectivamente eso se corroboró cuando una tarde, al ponerse el sol, el jefe hizo un bollo con el mapa y lo arrojó al fuego, con estas palabras:

     - Si le hacemos caso a este mapa, el camino va a parar al Brasil en vez de Santiago.    

     Su primera intención fue despedir al responsable, pero considerando que el profesional tenía mujer y cinco hijos que mantener, prefirió tomarse unos días para serenarse y después tomar la decisión. Se sentó en una silla desplegable, con la cabeza  entre sus manos, pero a los minutos un palmoteo en un hombre lo sacó del trance.

     Era el valiente de Totoral que interrumpió la angustia del ingeniero:

- Disculpe, doctor; perdón ingeniero, pero tengo alguien que puede ayudarlo.

- ¿Ayudarme? ¿Quién, usted?

- No, yo no, Cachilo –contestó, señalando a un burro que pastaba en las cercanías.

- Vea, amigo, no estoy para bromas, retírese por favor y déjeme en paz.

     - No es una broma, señor. Cuando nosotros queremos abrir una picada en el bosque lo soltamos y lo seguimos. Seguro que el burro nos guiará por el mejor camino. Nunca nos ha fallado. ¿Por qué no hace la prueba?

     El ingeniero se convenció, calculó la travesía en quince días, y la caravana se puso en camino con Cachilo a la cabeza. En la primera y segunda jornada nada anormal sucedió, pero a la tercera al tratar de vadear un riacho la camioneta que llevaba parte de los instrumentos se atascó en el barro y hubo que abandonarla en medio del cauce. En el octavo día el vehículo que remolcaba la cocina de la caravana se desbarrancó en una cuesta y se destrozó en el fondo. Felizmente pudo recuperarse la cocinilla, que se montó en otro de los vehículos.

     Cachilo no era uno de esos pollinos humildes, mansos, de pelambre aterciopelada que se usan en los lugares de veraneo para fotografiar niños en su lomo y darle un manojo  de pasto como recompensa. Al contrario, era un asno en serio, de porte erguido, orejas enhiestas y cola en permanente movimiento, capaz de mandar un perro a los quintos infiernos si lo perturban los ladridos. Era un burro con personalidad, no un burro de exhibición. En su función de guía geodésico, se detenía de tanto en tanto, giraba la testa a uno y otro lado y husmeaba el aire en actitud de comandante napoleónico. Luego se ponía en marcha arrastrando detrás de sí a la caravana.

     A los doce días se toparon con un árbol caído en el sendero. Cachilo pasó con solvencia el escollo, primero las patas delanteras y después las traseras, y se detuvo a la espera de que los viajeros retiraran del lugar el tronco con sus respectivas raíces y copa. Tres capitalinos demoraron una jornada íntegra en despedazar a hachazos el monstruo

vegetal, mientras el borrico se restregaba el lomo en el suelo y se acostaba a dormir.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

     - ¿Pero por dónde nos lleva este animal? –preguntó el ingeniero.

     - Por donde debe ir el camino. El no tiene la culpa de que haya obstáculos. El camino es el camino. Menos podría encontrarlos un dibujante en un plano sobre una mesa.

     Superado el obstáculo, la caravana reanudó la travesía. Al duodécimo día, tres menos de lo calculado, Cachilo se detuvo alborozado, se levantó sobre sus patas traseras, dio un estruendoso rebuzno y se lanzó a la carrera hacia un bajío del terreno, cien metros abajo.

    - Esto no puede ser, ¿cómo va a tener que bajar cien metros el camino y volver a subirlos? Algo pasa aquí  -dijo desconcertado el ingeniero.

    - Voy a ver –replicó el vecino de Totoral-. Nunca ha pasado esto

    Se acercó al borde del precipicio y miró la escena. En medio del bajío Cachilo olfateaba a una burra que coqueteaba a su congénere con ágiles movimientos de cola  y hociqueos gozosos.

    - Disculpe, doctor, digo ingeniero, me había olvidado que Cachilo está en época de celo.

 

27/06/2009 19:59 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

GASTOS RESERVADOS

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El gobernador Persifonte Malacara suscribió un decreto por el que otorgó una pensión vitalicia de treinta mil pesos mensuales al ciudadano Arquímedes Passalacqua, cuñado suyo, en retribución por los patrióticos y desinteresados servicios prestados a la provincia..

     A la pregunta de un periodista sobre si esa decisión no implicaba un privilegio a un familiar, el gobernante manifestó que la justicia es una para todos y no hace distinción entre parientes y extraños. Negarle el derecho a un familiar, sólo por serlo, sería un atropello a la majestad judicial.

     - Pero a los maestros usted les paga quinientos pesos mensuales –le replicó el hombre de prensa.

- Así es, y bien pagados están, porque son los segundos padres de los alumnos. ¿Dónde ha visto usted que un padre o una madre le cobren a sus hijos por educarlos?

- Y por qué le paga usted tanta plata a su cuñado? Con mucho menos podría vivir.

- ¿Cómo por qué? Él ha administrado el presupuesto provincial durante muchos años y le  ha ahorrado al erario público millones de pesos. ¿Se ha ganado o no su pensión?

- Está bien, señor gobernador, dejémoslo ahí. ¿Se podría saber cuánto gana usted?

- Lo que indica el presupuesto, mil quinientos pesos mensuales.

- Más los gastos reservados que señala el presupuesto.

- ¿Qué quiere insinuar usted, caballerito?

   - Que los gastos reservados ascienden a cien millones y el pueblo no sabe en qué se gastan. Durante su gobierno la residencia del gobernador se ha ampliado con un diario oficial, helipuerto, un lago artificial, dos aviones, ocho automóviles deportivos, un teatro al aire libre para espectáculos, un quincho con aire acondicionado para asados, dos piscinas cubiertas, más otros arreglos y decoraciones de lujo, y sobre, todo alfombras rojas por todas partes.

 - ¿ Y qué demonios pretende usted, caballerito; que el gobernador viva en una choza? Espantaría a los inversores extranjeros y los visitantes se burlarían de mí y de la provincia.

- ¿Y los desocupados, los sin techo, los enfermos, las mujeres, los ancianos y los  niños?

- Ésos pueden esperar, la provincia está primero. En todo el mundo se empieza así.

- En Suiza, Alemania, Dinamarca, Suecia y Noruega, no.

- Porque no tienen pobres.

- Pero tienen ancianos, enfermos y niños.

          Bueno, jovencito, la entrevista ha  terminado. Un gobernador progresista  no  dialoga con terroristas.¿O cree que va a enseñarme a mí a gobernar porque ha ido a una escuela de periodismo?

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03/06/2009 22:40 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

CAMA 14

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     - ¿ Dónde se encuentra el paciente?  –preguntó el médico al enfermero del Hospital de Agudos.

     - Cama 14, doctor –respondió el asistente.

     El médico recorrió de un vistazo el pabellón y dirigió su mirada al lugar indicado. Vio entonces encogido en el lecho a un hombre canoso, más bien envejecido que viejo,  de unos cincuenta años, apoyado sobre su costado derecho como signo de interrogación caído, que no miró al recién llegado ni respondió a su saludo. El facultativo recabó los datos previos necesarios y se enteró de que el enfermo había sido internado de urgencia unos minutos antes por fuertes dolores en el costado derecho. Una cortina colgada de un caño lo separaba de la cama vecina numerada con el fatídico 13, el número de la mala suerte, como  se sabe en todo Occidente. Desde hacía mucho tiempo esa cama estaba desocupada porque ningún enfermo quería  ser acostado en ella por temor. La tradición hospitalaria sostenía que desde esa cama infausta todos los pacientes habían pasado directamente a la morgue.

     Nuestro paciente Eugenio Bonaventura, tampoco parecía dispuesto a romper con esa tradición, y reclamó la cama 14. Por de pronto, una vez que había pasado por debajo de una escalera abierta, un tacho de pintura le había inutilizado el traje, y en otra ocasión , cuando en una comida derramó sal en el mantel y no la arrojó atrás por sobre su hombro, estuvo arrumbado en el lecho por diarreas intermitentes. El facultativo indicó al enfermero inyectarle un calmante para interrogarlo más tarde.  Los manuales de medicina interna reconocen por lo menos quince enfermedades con ese síntoma, desde un simple cólico hasta una perforación intestinal. Esperaría en la guardia hasta después.   

     - El próximo que caiga tendrá que ocupar esa cama porque no tenemos otra disponible -dijo el facultativo.

    Eugenio Bonaventura, el buenaventura bien nacido, según el significado de origen de su nombre y apellido, no se despertó hasta el día siguiente contrariando la previsión médica. Lo hizo cuidadosamente pisando el suelo con el pie derecho, para no transgredir la sabiduría que anticipa un mal día para quien lo haga con el izquierdo.

     En la visita matutina, el médico, acompañado de una media docena de discípulos, explicaba los antecedentes del caso y pedía opiniones. El internado se quejaba de fuertes dolores en el costado derecho y se removía sin cesar en el lecho, aunque movía su vientre con normalidad, tenía buen apetito, lengua y garganta estaban normalmente humedecidas, no experimentaba vómitos ni náuseas ni su piel estaba amarillenta; la  presión arterial y las pulsaciones normales. En definitiva, un extraño caso. Los diagnósticos de profesor y alumnos no se conciliaban entre sí: apendicitis aguda, cólico hepático, derrame biliar, cirrosis, obstrucción intestinal. Y como sin diagnóstico no hay pronóstico, el médico, sin poder echarle la culpa a ninguna bacteria ni virus, dictaminó:

     - Que continúe internado en observación hasta que le hagamos una tomografía computada y un análisis de sangre y anticuerpos.     

       A la hora del almuerzo Bonaventura comió y bebió como un tiburón, pollo hervido,  puré de zapallo, flan sin azúcar y tres cuartos litros de agua mineral. Durmió su siesta habitual, hasta que una camarera lo despertó con la merienda habitual. Bonaventura, para no desdecirse de su apetito del mediodía, pidió repetirla, con gran asombro de la servidora:                                         

     - Si este internado está enfermo, yo soy Marilyn Monroe –comentó.

     En el intervalo entre la merienda y la cena los internados se levantaban de sus camas para conversar entre sí, hacerse bromas y comentar la gravedad de otros pacientes. Bonaventura, en cambio, se mantenía incólume en su lecho y leía con fervor un libro forrado que se había hecho traer por un amigo. Daba la impresión de estar ensimismado en una interminable paciencia a la espera de algún acontecimiento.

     Una semana duró la espera. Un paciente víctima de un ataque respiratorio fue instalado en la cama 13. Bonaventura escuchó al médico de guardia diagnosticar asma al enfermo y tenerlo en observación por unos días. Corriendo la cortinilla que los separaba trabaron conversación  a los pocos minutos, sin interrogarse por discreción sobre las dolencias respectivas. Bonaventura no se quejaba salvo cuando las enfermeras le traían botellones de agua y le controlaban la temperatura corporal. Les extrañó oírlo decir “¡Cruz diablo!”cuando una lechuza pasó graznando cerca de la ventana., pero como estaban habituadas a toda clase de expresiones, ruegos y conjuros, no le dieron importancia.

     Pero ni la tomografía ni los análisis llegaban por falta de recursos del hospital. Una mañana fue despertado súbitamente por un nuevo médico. Fue suficiente que lo viera tuerto para que aumentaran los latidos de su corazón. En un instante tocó un bastón de madera que tenía al lado del lecho, al tiempo que pensaba: “¡Zas, un tuerto al despertar! ¡Mala suerte para hoy! Menos mal que tenía una madera a mano para tocarla.”

     Tranquilizado con el  conjuro, prestó atención a las palabras del tuerto al otro lado de la cortinilla. corrediza.

- ¿Estoy grave, doctor? –preguntó asustado el paciente.

- ¿Grave? Está enfermo como todos los demás de esta sala. Eso es todo. ¿O quiere algo más? 

     - Ni lo diga, doctor, con lo que tengo me basta.

     Cuando se retiró el médico Eugenio Bonaventura descorrió la cortinilla y le extendió  una cola de conejo diciéndole:

     - Téngala, amigo, espanta los malos espíritus. Cuando no la necesite, me la devuelve.

     Tuvo lástima del enfermo de la 13 que no había tenido la oportunidad de negarse. Si llega a morir le cerraré los ojos porque en caso contrario, lo seguirá un familiar, pensó.

     En pocas horas más en la sala todos los enfermos estaban enterados del poder de los amuletos de don Bonaventura y lo rodeaban solicitándole uno para uso personal.

     - Lo siento, amigos, pero no tengo ninguno más. Pero si alguien consigue una herradura de siete agujeros, puede protegernos a todos.

     - Yo puedo conseguirla –terció una enfermera recién integrada al grupo-. Aunque no estoy en cama, tengo también mis problemas de salud. Un sobrino herrero me la puede hacer.

     En efecto, a los dos días la enfermera llevó escondida en su ropa la herradura  de la salud, con poder para toda una sala. Estaba por ponerla debajo de una imagen la Virgen, pero la reminiscencia de su niñez, cuando tenía fe, se lo impidió. Tampoco podía exhibirla a la vista de todos los pacientes para no violentar la conciencia de algunos creyentes musulmanes. Eugenio Bonaventura le sugirió entonces que  la disimulara debajo del colchón de su cama donde él se encargaría de custodiarla. En ese refugio cualquier interesado podía ir en horas de la tarde a tocarla en demanda de salud.

     Entretanto, el vecino de la cama 13 empeoraba día a día. Echaba pálidos suspiros, se ahogaba  y sus debilitados pulmones no alcanzaban a absorber suficiente oxígeno. Bonaventura le aconsejó  acostarse del lado del corazón para comprimir los pulmones y expulsar a los malos espíritus del cuerpo. Para confirmar su presunción sólo le quedaba la prueba del espejo. Colocaría un espejo grande en el testero del habitáculo, y si se caía al suelo y se hacía añicos, la muerte del paciente sería irremediable. Dicho y hecho con el consentimiento del paciente y del médico tuerto.

     Pasaron trece días y sus noches sin efecto alguno, pero una madrugada pasó por delante de hospital un camión recolector de basura, gran y pesado como diez elefantes, los muros vibraron y se estremecieron, y el espejo se desprendió de la pared. Cayó sobre la cabeza de Bonaventura, quien se fue de este mundo sin chistar. Lo llevaron a la morgue, lo pusieron en un mezquino ataúd de pino, y se lo entregaron a la municipalidad para su inhumación por falta de parientes conocidos.

- ¿Quién era este Bonaventura? Nunca pudimos averiguarlo –comentó un paciente.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

     Nadie lo sabía, hablaba poco, se lo pasaba leyendo y mascullando palabras que no se entendían. 

    A todo esto, la enfermera se mantenía en silencio, pero tal vez por remordimiento, explicó:

    - Yo sí lo sé. Era un supersticioso que buscaba una fórmula para la salud universal.  Se internó fingiendo una enfermedad en este hospital, el mejor lugar para experimentar sus ideas.  

     En los meses siguientes el médico tuerto se descalabró en una escalera y se rompió la crisma, la enfermera fue internada en la sala de mujeres donde falleció de un derrame cerebral y el paciente de la cama 13 se recuperó de su asma y hoy en día es entrenador de un equipo de fútbol. 

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27/05/2009 22:27 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

MI VECINO GROSSI

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     Inesperadamente una mañana sentimos ruidos de mudanza y la casa vecina apareció ocupada. Los nuevos dueños eran los Grossi, antiguos vecinos de un barrio bajo de la ciudad, donde desde tres generaciones atrás eran pintores de paredes. Se los veía transitar por las calles del barrio, padre e hijo, cada uno con una escalera tijera, un tacho de pintura, una brocha gruesa y un rollo de cuerdas enrollado en torno a sus pechos.

     Para nosotros, los Basavilbaso y Funes, descendientes de un bisabuelo maestre de la Orden de Calatrava, fue una sorpresa la mudanza puesto que ignorábamos hasta entonces quiénes eran los nuevos vecinos. Espiamos por la cerca del jardín del fondo, trepados a escondidas en un algarrobo, y algo alcanzamos a ver, puesto que los nuevos dueños habían iniciado la mudanza en horas de la noche para eludir los comentarios.

     Cuando nos enteramos que eran los artesanos Grossi, mi mujer hizo un gesto de desagrado, balanceó los hombros  y no llegó a escupir en el suelo para no empañar el  prestigio de nosotros los educados, y no dar un mal ejemplo a nuestra hija Belarmina. Con todo, expresó su sentir con una pregunta nobiliaria:

     - ¿Un vecino pintor de paredes? Si al menos hubiera sido un descendiente de Miguel Ángel…  

     El domingo lo vimos con su mujer y su hijo arrodillado en primera fila donde se instalan las personas importantes de la ciudad, y entre ellos nosotros. De pie al final  de la fila, un hombre vestido de negro, cabello casi rapado, anteojos oscuros y las manos cruzadas por delante, parecía una estatua humana de custodia. No quedaba lugar a dudas. Los Grossi se habían encumbrado a la posición de expectables por alguna razón. A cada paso de la misa miraban con disimulo a diestra y siniestra a los fieles, para imitarlos en sus movimientos. Se pusieron de pie a la entrada del sacerdote, escucharon sentados las epístolas y se levantaron para escuchar la lectura del Evangelio. Sólo que el jefe de familia desenfundó de su bolsillo trasero un pañuelo y se sonó con estruendo las narices, ante el respetuoso fastidio de los demás fieles. El asunto se les complicó cuando el sacerdote invitó a los asistentes a desearse la paz. En agitados movimientos se saludaban y besaban los unos a los otros, mientras los Grossi se miraban entre sí sin encontrar a nadie a quien abrazar.

     Al concluir la ceremonia, el padre esperaba a los fieles en el atrio para saludarlos. Grossi y su mujer se acercaron al ministro, pero sólo habló el marido:

    - Diputado Grossi, para servirle.                                                                                                                                                                                                                                                      

    - ¡Ah, diputado! Celebro tenerlo en esta iglesia. ¿Hace mucho que  viven en esta parroquia?

     - Desde el viernes.

     - Bienvenidos entonces. Los espero la próxima semana, si Dios quiere.

     Los domingos a la tarde, nosotros no solíamos recibir en nuestro domicilio pues aprovechábamos ese día para practicar en familia el inglés, muy en boga con motivo de la globalización y sumamente inevitable para el dominio de los negocios. Para ese entonces los tres habíamos aprendido bastantes términos y frases, y distinguíamos claramente, por decir algo, entre hardware y software. En la casa de mi vecino, por el contrario, la cosa no era igual. Numerosos automóviles transponían la puerta controlada de la mansión, todos con cristales oscuros. Oíamos de tanto en tanto algunos gritos y carcajadas estentóreas de gente alegre o tal vez borracha. Tuvimos que dejar el estudio del inglés y ponernos a mirar televisión. “ Ése es el precio de ser un buen vecino”

-dije-. Pero en cambio, había pensado: “Pintor de porquería.”

     En eso estaba, cuando sonó el timbre de la puerta de calle: Salió mi hija Belarmina a atender y volvió apresurada con una caja con media docena de champán francés que enviaba el flamante vecino con este mensaje:

     - Disculpe, señor, pero hoy es mi cumpleaños, y me sentiría muy complacido de que usted participara del festejo. Y firmaba Dr. Pedro Grossi.  

     - ¿Doctor ? –preguntó mi mujer-. No lo parece. Se sopla las narices en la misa.

     Nos pareció muy descortés rechazar el envío y dejamos para el día siguiente la respuesta. Siempre es bueno tomarse un tiempito antes de una decisión.

     A los dos días,  le enviamos un ramo de flores de nuestro jardín. con una tarjeta  adjunta que decía: “Muy agradecido, Eugenio Basavilbaso Funes.” Mi mujer, con ese instinto natural femenino, al principio no comentó mi actitud, pero al final dijo: “ No sé porqué, pero este asunto no me huele bien.”

     Los Basabilbaso nos hemos educado con otras reglas de urbanidad. No extendemos la mano para saludar a una dama que nos presentan hasta que ella no lo extiende primero, dándonos su probación; cuando corresponde besar la mano en una ceremonia diplomática, lo hacemos inclinando levemente la cabeza y besamos el dorso sin tocar con los labios el guante de cuero; y nunca llevamos un alimento a la boca con las manos. Practicamos el arte de sonreír en vez de reir y jamás salen de nuestras bocas palabras procaces, obscenas ni vulgares.

     Una tarde antes de oscurecer, asomó su cabeza por encima de la cerca de ligustros el hijo de los Grossi, que resultó llamarse familiarmente Ignacio, chistó a mi hija y la saludó con la mano sin decirle palabra. Sorprendida, Berlamina no tuvo tiempo de pensar la reacción y por educación le respondió levantando su diestra. Nosotros no le reprochamos esa forma de responder, pues estábamos seguros de que su inocencia la protegía de toda intrusión deshonesta. Esta forma de comunicación se mantuvo durante unos tres meses hasta convertirse en rutina. De todas maneras, no violábamos el código de la urbanidad ni comprometíamos la honestidad de nuestra hija. 

     A todo esto, la casa de nuestro vecino seguía visitada con insistencia por visitantes en automóviles con cristales oscuros, hasta que un día entró en la casa un BMW don dos banderitas en los guardabarros. Comprendimos entonces que se trataría cuando menos del automóvil de un ministro. No nos preocupamos por eso, pues los Basabilbaso no teníamos ningún litigio pendiente con nadie. 

      Hasta entonces los roces con los Grossi habían sido de alguna manera distantes, sin diálogos personales. Pero como se sabe que el hombre propone y Dios dispone, la intervención divina se produjo cuando una mañana mientras mi esposa regresaba a pie de misa, una perrita yorkshire que la señora de Grossi llevaba en su falda, se escapó del coche y mi esposa la detuvo en un  gesto espontáneo como lo haría cualquier persona. La esposa de Gossi abrió la puerta del coche y fue a recibirla. Se enfrentaron por primera vez cara a cara, y se dijeron las palabras convencionales en estos casos. Pero como la señora de Grossi lo hizo en el mínimo inglés posible  (Thanks  you), mi mujer le contestó con la misma moneda (You are welcome). Mi media naranja algo sabe de inglés, pero estoy seguro de que la Grossi no sabe más que lo que dijo. Completaron los cumplidos con  sendos estiramientos de las comisuras, y se retiraron. La mujer de mi  vecino era con seguridad una ignorante, pero también era mujer con sus instintos. Olfateaba que la aborrecíamos, como nosotros a ellos, pero las reglas de urbanidad prohibían manifestarlo.    

     Día a día ganaba Grossi terreno en su carrera a la incorporación en la clase aristocrática. Dejaba a la puerta de su casa el Volvo de superlujo que había comprado en Suecia, hasta que llegó la gran sorpresa para el vecindario curioso: una placa de bronce bruñido con la leyenda Dr. Peter Grossi, Ph.D.  ¿Dos veces doctor? Porque Ph.D. en inglés americano quiere decir  también doctor. Seguramente había comprado el falso título en una de esas agencias clandestinas de los Estados Unidos que los confeccionan a pedido sin estudio alguno.

     Otra revelación lo constituyó su aparición en primera fila en el estrado presidencial durante la inauguración de una sucursal de McDonald en el barrio. Aunque no estaba al lado de la figura presidencial, en el estrado estaba, y por lo tanto algún importante personaje debía de ser. En la ciudad siempre se inauguraba alguna cosa, una barrera ferroviaria, un poste de luz, una hamaca para niños en una plazuela, una alcantarilla de desagote, y así otras obras públicas. Grossi  se las ingeniaba siempre estirando el cuello inmediatamente por detrás del presidente, para salir fotografiado. Las sucesivas apariciones de su hijo por encima de la cerca del fondo no le habían dado resultado debido a la vocación religiosa de mi hija Belarmina. Su diaria asistencia a las novenas de la parroquia la habían inmunizado contra trepadores. Las repetidas invasiones de gases en nuestro jardín provenientes del encendido de pastillas desinfectantes de ambientes tampoco nos habían inmutado porque conocíamos el truco.

     Teníamos en claro que Grossi quería que le vendiésemos nuestra casa, y él lo sabía.

Pero los Basavilbaso y Funes nos habíamos juramentado hacía varias generaciones en no emparentarnos por la sangre con ningún advenedizo, y mucho menos ahora que se había sancionado la ley de divorcio. Seis meses de matrimonio, luego la separación y la intromisión de un Grossi en un juicio sucesorio sería una calamidad insoportable.

     Pese a todo, la imagen de Grossi crecía poco a poco. Los vecinos le cedían la pared  a su paso, cuando lo mencionaban en sus charlas lo mencionaban como “el doctor”, se descubrían la cabeza en los encuentros callejeros, el barrendero se esmeraba en la limpieza del frente de su casa, los transeúntes levantaban en brazos sus mascotas caninas para evitar que ladren o ensucien las baldosas, en fin, nos tenían acorralados.

     Sin embargo, los Grossi son despreciados por todo el mundo y lo saben. El jefe del clan no deja de ser un pobre pintor de paredes, mientras nosotros, los Basavilbaso, somos de la aristocracia y nadie puede quitarnos ese título. Hará un mes más o menos, desapareció por una semana del escenario. Se murmuraba que había ido a depositar fondos en Luxemburo u otro paraíso fiscal, pero no se tenían pruebas. De todos modos,

volvió cambiado. El barrendero dejó de limpiar  el frente de mi casa, comenzaron a llegarme intimaciones de la oficina de impuestos por deudas que no tenía, me cortaban de noche los cables de luz, me escupían las paredes, el teléfono no funcionaba varias horas diarias, la cañería dejaba pasar apenas un hilo de agua y el televisor sólo mostraba en la pantalla rayas titilantes. Mi paciencia se agotó cuando una tarde, al regresar mi hija mi hija Belarmina del rosario, fue enfrentada por un grupo de muchachotes encapuchados que la empujaban de un lado para otro al tiempo que le gritaba: “¡Decile a tu viejo que se mande a mudar del barrio, o te romperemos los huesos!”

     Nos reunimos los tres y discutimos el caso. Mi Belarmina prefería internarse en un convento de monjas, yo proponía ir a hablar en persona con el viejo Grossi y venderle mi casa, mientras que a mi esposa le renació su temperamento aguerrido. Su tesis era: a canalla, canalla y medio. Denunciarlos a la policía era una ingenuidad, porque no teníamos poder para que nos atendiera. Recurrir a los jueces ni soñarlos, porque no dictaban  fallos contra los poderosos y dejan empolvarse los expedientes en los sótanos.

     - Está bien , ya sé qué hacer –dijo sin agregar ningún comentario.

      En plena madrugada, nos despertó a Belarmina y a mí y nos indicó que la acompañáramos sin pérdida de tiempo adonde ella nos llevaría. Al salir de nuestra casa, vimos que la morada del Dr. Grossi estaba en llamas.   

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21/05/2009 00:03 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL COMPRADOR SABIO

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  - Buenos días, señor, desearía comprar un kilo de manzanas. ¿A cuánto están?

    - Doce pesos, señor, del Valle de Río Negro, la mejor calidad.

    - Ah, me parece bien. Pero yo soy sabio, doctor en filosofía y letras graduado en la Sorbona de París, con dos posgrados, uno de teología en Universidad Pontificia del Vaticano, y otro de lingüística en la de Harvard. Le pago el kilo con una clase de una hora a domicilio de cualquiera de esas especialidades.

     -¿Y para qué me sirve a mí una clase de esas cosas? El fruticultor me cobra a mí en pesos.

     - Está bien, le ofrezco entonces una clase de dos horas, para su esposa, sus hijos o quien usted desee. 

     - Lo lamento, señor, pero no puede ser. En mi familia no estudia nadie ni conozco  ningún frutero que esté interesado.  Nosotros vendemos y no tenemos tiempo de estudiar.

     - Pero es que yo también necesito comer, y me he pasado una vida entera estudiando. ¿Le parece justo? ¿Qué tengo que hacer?

    -  ¿Por qué no le vende sus clases a un estudioso, al ministro de educación, por ejemplo?

    - Imposible, los ministros de educación no tienen interés en ser educados; están ocupados en ser ministros.

    - Bueno, ¿y por qué no le vende sus clases a otro estudioso como usted: él le paga en pesos y con esos pesos me paga usted a mí.

     - Ya lo he intentado sin éxito con dos candidatos. Uno me dijo que había dejado la sabiduría para no morirse de hambre, y el otro que se había convertido en asesor de un diputado con escuela primaria, no más.

     - Lo lamento sinceramente, mi amigo. Si yo pudiera le cambiaría el kilo de manzanas por unas horas de trabajo, pero el gremio no me lo permite. Tiene que estar afiliado.

     A todo esto, los clientes habían tenido que formar fila para hacer sus compras. El vendedor, compasivo pero con pujos capitalistas, comprendió que había gastado demasiado tiempo en explicaciones, dio la espalda al necesitado sabio, diciéndole:

    - Disculpe, mi amigo, pero tengo que atender a mis clientes.

    El sabio, atormentado por su estómago vacío, se acercó a un cesto de desperdicios, tomó con disimulo una manzana podrida, y la ocultó en un bolsillo. Un espectador, que había visto y escuchado la escena, se aproximó con discreción al sabio, y entabló este diálogo:

     - Disculpe, señor, pero casualmente he sido testigo de su problema. Con su permiso y sin pretender entrometerme en vida ajena, creo que el frutero tiene razón. En ninguna parte del mundo se cambian manzanas por conocimientos. ¿Por qué no cambia de oficio?

     - Se equivoca, señor. La verdad es todo lo contrario. ¿De dónde cree que he sacado la idea de comer lo que otros tiran? Pues nada menos que de un libro medieval. Todo está escrito en este mundo.     

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11/05/2009 23:37 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

LOS PERSONAJES

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     En un descanso de su trabajo, los personajes se pusieron a dialogar en un aislado recoveco de neuronas anquilosadas, hastiados de esperar su destino. El novelista no se resolvía a otorgarles personalidad de una vez por todas, mientras le llegaba la inspiración.        

     -¿Qué haces tú en la novela? –le preguntó Alonso-. Te veo poco entre nosotros.

     - Es que el autor no se sabe qué hacer conmigo. Soy una especie de comodín. El escritor me lleva de aquí para allá. De pronto me describe como un campesino laborioso y en la página siguiente se arrepiente y quiere hacerme otra cosa. ¿Te das cuenta? El mes pasado era un padre cariñoso, un modelo del vecindario, después me convirtió en un fullero de casino, y hoy no sé qué hará conmigo –replicó fastidiado Martín.

     - Eso pasa a menudo. Pero te olvidas de que el autor es quien nos crea y puede pintarnos a su gusto. Nosotros no tenemos otra alternativa que ser obedientes. Cervantes engendró más de novecientos personajes en su Quijote  y ninguno se lo recriminó. Era su derecho.

       - De acuerdo, él nos da la existencia y si somos algo es por él. Pero eso no le da razón para  pensarnos desatinadamente. A mí me avergüenza pasar a la cabeza de los lectores como un alcahuete entregador de mujeres. 

        - Bueno, yo empecé siendo loco y me convertí en cuerdo. ¿Qué tiene eso de malo?

        - Tuviste suerte. Yo, en cambio, fui siempre bueno y me transformé en malvado.

        - Pero al menos todavía vives. Ten cuidado, no sea que el autor te haga matar de un disparo en la cabeza. Ahora se usa mucho esta técnica. No se puede escribir una obra sin que haya un personaje villano. Así han sido siempre las cosas. Si los hombres no se destrozan entre sí, ¿qué habría para narrar? Dicen que Dios hizo el mundo y creó a los narradores para entretenerlos y proporcionales gozo.

       - Entonces deberían contar otras historias, reales si quieren, pero más artísticas. O describirnos tales como somos sin inmiscuirse con sus opiniones propias.  

      - ¿Y qué te importa que te vean como un villano si nadie puede recriminártelo puesto que no andas por la calle? Nosotros constituimos otro mundo, el de las personas que no existen pero representan a las existentes. Somos fantasmas y nada más.

     - Yo diría fantasmas, sí, pero fantasmas ejemplares.         

     - Pero no nos leen para tomar ejemplo, nos leen para distraerse.

      - Será como dices. Pero yo me resisto a ser como le viene en capricho a nuestro autor.    

      - Puedes resistirte cuanto quieras, pero nosotros los personajes no podemos ser otra cosa que lo que ordena el escritor. A las personas del mundo real les pasa como a nosotros que no pueden ser como quieren.

       - No puedo contestarte por los otros. Separémonos que el nuestro se ha despertado y comienza a escribir. Buena suerte. Ojalá te llame para ser San Miguel Arcángel.

      - Difícil, es ateo.

       Los personajes, varones y mujeres, se recluyeron en un salón de la memoria, listos para hacerse presentes cuando la voluntad del novelista los convocara. Repantigados en cómodos sofás, de pie en grupos de conversación o dialogando en torno a mesas circulares, cada uno se movía a su arbitrio en la incertidumbre de su destino del día. En apariencia se veían tranquilos, aunque en realidad deseaban con ansiedad ser llamados para algún buen papel en la nueva obra. A los pobres personajes les había tocado en suerte habitar en un cerebro estéril, inhábil para armar una trama atractiva, y sin capacidad para concebirlos verosímiles en sus pensamientos y en sus comportamientos, de manera que a su  angustia se sumaba el temor de ser desfigurados irresponsablemente por ese artista novicio y sin dotes. Algunos de ellos ya tenían experiencias degradantes en libros anteriores y casi todos estaban frustrados por los papeles desempeñados. Uno se quejaba de haber tenido que transfigurarse del gaucho Hormiga Negra, un minúsculo y huidizo gaucho delincuente, vencedor de partidas policiales, en el David bíblico, triunfador en su desigual enfrentamiento con el gigante filisteo Sansón.

          El narrador, caracterizado por su mal gusto y su incultura libresca, les adjudicaba por lo común almas delincuentes, regodeándose con mujeres desleales y pervertidas, políticos ambiciosos y perdularios, aristócratas corrompidos y nocherniegos, comisarios sobornables y de sesos mal irrigados, jueces prevaricadores, en otras palabras, engendros inmisericordes, fantásticos y estúpidos. Había descubierto que la más rápida técnica de crear un personaje era mezclar caracteres. Se jactaba de su creación más celebrada,

Buchón, el informante secreto de la policía , vagabundo desastrado e itinerante consuetudinario de las vías ferroviarias. Lo había compuesto con el rostro de un intendente indígena del norte, la facha de un millonario extravagante enemigo de la civilización, los modales pedigüeños con los de un pordiosero de la Catedral, las intrigas entre malhechores con copiados manejos de algunos senadores del Congreso, y el lenguaje, ¡maldito lenguaje!, del que oía en el Mercado de Abasto. Una sustancial fuente de ejemplares eran los cuentos de Las mil y una noches, de El Decamerón de Boccaccio y los dramas de Shakeaspeare. 

        En un rincón de su mente conversaban agrupados los personajes argentinos, mejor dicho porteños, que había incluido en sus relatos el escritor. Rememoraban el infierno de individuos del arrabal porteño, un universo de hombres y mujeres destrozados en la conquista de la fama, el dinero y el poder.

       Sus escritos desmentían la antigua ilusión de que Dios había enviado los narradores al mundo para entretener a los humanos y hacerlos gozar con las artes bellas. Los personajes opinaban,  por el contrario, que el Diablo los había enviado a este mundo para hablar mal de la gente. Tomaba sus modelos de las letras de tango y los embadurnaba con su impenitente  mal gusto. En una sola narración había hecho confluir a Malena, que allá en el suburbio cantaba el tango con penas de bandoneón; Griseta, la francesita “pizpireta, sentimental y coqueta”, que una noche murió ahogada de champán en un cabaret  con la pena de no haber podido ser la mejor flor de del arrabal; Melenita de Oro, la simuladora de amor, traicionera y mentirosa; la Galleguita, que tocó tierra argentina un día de abril para juntar plata para  su viejita y sucumbió en la lujuria de un club nocturno; Milonguita, una vendedora de deleites corporales condenada a ser pisoteada por todos; Estercita, que en la primer cita dio al malevo su amor y su honor; Flor de Fango, nacida en un conventillo de arrabal alumbrado a querosén y que se hizo buscadora de amantes.

         Los hombres del tango no desmerecían en la cofradía de personajes, el Ciruja, que vencido y mirando el mundo de reojo, vivía del dinero que su pareja les sacaba a los matones;  Patotero, el rey del bailongo, que en vida sólo tuvo amantes y nunca una mujer, y ahora ríe cuando tiene ganas de llorar; Niño Bien, el pretencioso y fatuo, que pasa las horas en una mesa de bar y habla únicamente de las estancias de papá que es en realidad un vendedor de fainá; Yira, haragán y buscavidas, que no se da cuenta de que el día de su agonía los demás estarán probándose los trajes que él dejará. “Para mí, inspirarse es robar y en eso no soy el primero ni el único” se defendía si algún ilustrado lo recriminaba.

           - Basta –interrumpió un tercero-, ninguno ha tenido peor destino que el mío, que en mi largo oficio de personaje me han tocado los papeles de rey de Dinamarca y Julio César, y ahora el autor me utiliza como un rufián de cabaret.

     - De acuerdo, pero no le eches la culpa al escritor porque él toma sus modelos de la realidad. En la vida, todos somos comediantes, incluido el propio escritor.

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08/03/2009 19:25 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

MI VIDA POR UNA FOTO

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Allá a lo lejos y hace tiempo hubo un rey que desesperado por huir de la batalla perdida, ofrecía su reino a quien le ofreciera un caballo: “Mi reino por un caballo.”

Desde entonces quedó establecida la costumbre de ofrecer un precio inmenso por una nimiedad que puede salvar la vida.

     ¿Qué daría hoy en día un presidente o un rey en tal caso? Nada, no se haga ilusiones el lector,  porque los soberanos no se presentan en los campos de batalla ni ebrios ni dormidos: se mueven en este mundo bajo la premisa inalterable de “animémonos y vayan.” Mientras sus súbditos mueren en las batallas, ellos se mantienen refugiados en algún búnker, cueva o túnel subterráneo, hospital, escuela, jardín de infantes, maternidad o templos, con la esperanza de que los enemigos sean ingenuos y dejen de atacarlos. Podrían citarse decenas de dictadores que cuando llegó la hora de la valentía, se mostraron cobardes como cualquier vecino de la calle y se fugaron a embajadas en busca de protección. No es necesario mencionarlos, porque cualquier curioso puede encontrar sus nombres en los diarios de la época. 

     Pero dejemos a los cobardes históricos con certificado de garantía y volvamos a los cobardes vulgares, a los cobardes actuales, que tienen miedo a no salir impresos en las portadas de las revistas o diarios, y ofrecen fortunas a los editores a cambio una publicación.  Mingo Equus pagó 200.000 dólares al editor de Good Wealth para ver su rostro con sonrisa trucada de ángel en la publicación, debido a que su facies real se parecía a la de un perro bulldog.  Dulzura Naciente, bailarina colombiana de cumbia, pagó por su parte 500.000 para que el editor publicara su fotografía de cuerpo entero, pero cambiada su piel negra en la de una mulata.

      Es inexplicable este obsesivo afán por la propia fotografía, como si en el más allá el ingreso se hiciera conforme a las fotografías terrenales y no a los actos cumplidos. Los guardianes de las tres puertas celestiales no confían en las fotos de nosotros los humanos y se atienen estrictamente a los registros propios. 

     Esta angustia por la fotografía asombraría a los mismísimos hermanos Lumière, que a duras penas aceptaron ser fotografiados ellos mismos, aunque dicho sea en su honor, no cobraron estipendio alguno por esa concesión. Mas cuando en la vida se mezclan la fotomanía con la ignorancia, el asunto se torna peligrosísimo. Mariquita Reinosa, actriz de espectáculos, no conseguía que le tomaran una fotografía y la publicaran en la portada de Good Wealth, como había sucedido con Mingo Equus. En su niñez los consejos escolares la habían declarado “analfabeta a perpetuidad”, y su razón tenían. Sostenía que como la letra hache no se pronuncia en castellano, en su lugar debía ponerse un cero.

     No habría corrido mayor peligro, si además de ignorante se hubiera resignado a quedarse en su casa y tejer. Pero no. Fotomanía e ignorancia forman un cóctel mortal, y ella sin darse cuenta, se metió cierto día en la manifestación de unos piqueteros fotográficos que reclamaban el monopolio para ejercer su oficio en la ciudad, con exclusión de todo otro profesional. Excitada y fuera de sí por los tambores, pitos, maracas y panderetas, perdió los estribos y se puso a gritar “Mi vida por una fotografía” en vez de ofrecer en pago alguna otra minucia de menos valor, como podría haber sido “mi marido por una foto.”

     Los errores se pagan en este mundo lo mismo que las verdades, y así ocurrió en su caso. Un piquetero tailandés refugiado, se hizo cargo del ofrecimiento, le tomó la foto con una Polaroid en la refriega, se la tiró a los pies, y le dio un maquinazo en la cabeza al grito de  “Entrégale tu alma al Diablo a cuenta de mis deudas.”  

     Eso le pasó a Mariquita Reinosa por vanidosa.

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28/02/2009 14:07 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

MIS PARIENTES HOLANDESES

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     Llegaron un sábado a las nueve de la noche desde el aeropuerto de Ezeiza en un taxi que les cobró, por supuesto, mucho más de la tarifa oficial. El chófer no sabía que Lulia, la madre, era argentina, aunque residía en Amsterdam, con su esposo K. y su hijo Polke, ambos holandeses de nacimiento. Pero Lulia sí sabía que los taxistas del aeropuerto no trabajaban bajo normas de honradez y resultaba más práctico hacerse la ingenua y pagar, antes que iniciar las vacaciones con un conflicto personal.

     Los recibimos en casa con gran expectativa, mi esposa e hija. ¿Cómo serían esos parientes que venían de un extraño país? Nos apresuramos a saludarlos y abrazarlos, pero con gran sorpresa nuestra, Polke dio un paso atrás y se negó a que lo tocáramos. No entendimos su actitud y pensamos que probablemente estaba intimidado ante parientes tan expresivos. Tener diez años no es edad todavía suficiente para ser un héroe social. No aceptaron compartir con nosotros una suculenta cena que les teníamos preparada, y únicamente admitieron tomar sendos vasos de una gaseosa con cola de fama universal. ¡Qué prudentes -pensé- no quieren causar molestias!

     Milena, nuestra perrita joven y alegre, les dio una recepción menos confiada. Los ladraba en español con breves pausas en las que nos miraba a nosotros como esperando una respuesta aclaratoria, favorable o desfavorable a los recién llegados, husmeaba las tres enormes maletas que traían, se acercaba a Lulia, a K. y a Folke, los olía  y reolía, sin dejar de mover su rabo cortado y mirarnos en procura de una respuesta. Como no la obtuvo porque nosotros estábamos concentrados en la recepción, se resignó a extenderse en el suelo a nuestro costado, dispuesta a defendernos si fuera necesario. Padre y madre no se inmutaron con los ladridos y sólo Folke le dirigió unas miradas que no alcanzamos a comprender si eran de simpatía o temor. Les mostramos las habitaciones que les teníamos reservadas y nos fuimos todos a dormir.

     Al día siguiente, me desperté temprano y fui a la cocina para prepararme el desayuno, y encontré a  Lulia tomando mate con bombilla como solemos hacerlo nosotros. Hablamos únicamente de la Argentina y sus cosas, que ella no había olvidado y se complacía en rememorar, como sabueso que remueve de la tierra el hueso enterrado. Evidentemente había conservado intactas sus experiencias juveniles en el país enterradas en un voluntario olvido pero no hacía comentarios comparativos ni me decía “En Holanda nos desayunamos con…” A todas luces, evitaba hablarnos de los asuntos que podían suscitar desacuerdos. Mientras ocurría esto, Lulia preparaba el desayuno para su esposo y para su hijo. Para Polke esos pequeños limoncitos que aquí llamamos kinotos, papas fritas disecadas y me parece que una gaseosa de cola. Para K. no recuerdo. Lulia no despertó a ninguno de los dos y esperó a  que se levantaran por su cuenta.

    Quiso después conocer mi computadora. La probó y me dijo que estaba mal configurada . Tecleó y retecleó por aquí y por allá y me la dejó programada de una forma increíble. Mejoró la configuración, agregó programas, instaló entradas directas y otras exquisiteces técnicas que me deslumbraron. Aplicando uno de esos programas, me mostró su casa en Amsterdam, vista desde diferentes altitudes y me explicó cómo era y cómo marchaban sus planes para el pago de las hipotecas.

     En eso estábamos, cuando apareció Polke masticando los kinotos crudos y sonrió al ver el equipo listo para funcionar. A partir de entonces Polke se convirtió en un visitante fantasma, jugando con la computadora, mirando televisión,  masticando kinotos y entreteniéndose horas y horas por día.

     Con K. yo me entendía en un medio inglés, al paso que mi esposa y mi hija se entrometían de vez en cuando escuchaban alguna frase conocida. Yo, por manifestarle mis buenos sentimientos, le mencionaba de vez en cuando algún personaje o hecho relacionado con su país, leído o escuchado de bocas expertas. Desfilaron  así por mi galería el delicado filósofo Erasmo de Rotterdam y sus divergencias  con la Iglesia de Roma; el torturado pintor Van Gogh y su extraño suicidio; las misteriosas reuniones secretas de los miembros e invitados del Grupo Bildelberg, fundado en Holanda por el Príncipe Bernardo entre otros, y al que la opinión pública consideraba  el grupo de poder capitalista más fuerte del mundo.  

    Como mis infructuosos intentos de manifestar  mi simpatía no parecían obtener reciprocidad, intenté temas más cotidianos, y pasé al turismo en las islas de Araba y las Antillas Holandesas, a la esposa argentina del príncipe heredero Guillermo de Orange, a las vacas lecheras holando-argentinas, sin olvidar el próximo encuentro de fútbol entre los equipos de nuestros países en las olimpíadas de Beijing. Tampoco logré conmoverlo. K. escuchaba con atención y me respondía subiendo y bajando la cabeza, con un escueto yes o a lo sumo con una frase en inglés que yo entendía algunas veces y otras no.     

    Me quedaba un último recurso, la ginebra Bols, pero no sabía nada de ella. ¿Dónde encontrar información tan minúscula? Me salvó la Wikipedia, donde de paso aprendí que era una bebida espirituosa producida por el destilador holandés, Lucas Bols y alguna que otra minucia.

     Mientras este torneo no se definía, otro prosperaba, el de Folke y mi perrita. Milena iba y venía de la cocina donde se desarrollaban las conferencias académicas a la sala donde Folke efectuaba sus investigaciones informáticas. Sorpresivamente una mañana encontré que Folke y la perrita se abrazaban gozosos en un sofá frente al televisior y una alegría interior me inundó. ¡Por fin Holanda y la Argentina se habían unido!                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

     A los cinco días llegó el momento de la despedida: Lulia, K. y Folke tomaban un ómnibus a las sierras de Córdoba. Los acompañé en un taxi a la estación  terminal de Buenos Aires, para evitarles inconvenientes y ayudarlos en cualquier imprevisto. Durante la espera, lamenté que la perrita no hubiera podido venir a hacer lo mismo con su amigo Polke, y para ofrecer al niño un última manifestación de cariño, le compré en su nombre un llavero con la figura de un conocido jugador argentino de fútbol. Esta vez me sonrió con franca alegría, pero sólo me permitió que le diera la mano y no lo besara. Me lo imaginé en la escuela de su ciudad natal, exhibiendo el trofeo de su safari.

     A punto de abordar el ómnibus, abracé a Lulia, volví a dar la mano a Polke y me dirigí a K. Lo miré sin decirle nada, como pidiéndole aprobación para lo que iba a hacer, y le di un fuerte abrazo y lo besé. Sólo entonces se despojó de su holandés interior, me sonrió agradecido y me abrazó.

    Dios los bendiga, parientes holandeses. Vuelvan pronto, mi casa es la suya.

 

 

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20/02/2009 11:35 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

HOMBRE JUGADO

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Después de remover el matorral con la luz de su linterna, el taita Sarratea encontró a su hermano Filemón acurrucado a la vera del camino, como puma dispuesto a saltar sobre su presa.

- ¿Qué andás haciendo por aquí –le preguntó.

            La respuesta fue tajante:

            - Menos averigua Dios y perdona.

            Sarratea bajó los párpados y meditó. Si el muchacho agazapado en la oscuridad no hubiera empuñado en su diestra un 38 largo, quizás habría pensado en un secreto amorío juvenil. Pero el arma daba testimonio de una más grave intención:

- Estás por matar a alguien -le recriminó.

            Filemón permaneció mudo comprendiendo el mensaje encubierto de su hermano y bajó el arma. Sarratea insistió:

            - ¿Se puede saber a quién?

            Tampoco respondió Filemón a esa pregunta.

             En el Ford T detenido unos metros antes, el diputado Ponce esperaba el resultado de la exploración previa de su guardaespaldas.  Se inclinó apoyándose en el respaldo trasero del vehículo y preguntó al chófer:

            - ¿Pasa algo?

            - No sé, doctor, en la oscuridad no se ve nada.

            - Está bien, esperemos que vuelva –comentó el diputado Ponce.

            Las elecciones serían el domingo siguiente y el gobernador había manipulado la situación para el triunfo de su caudillo. La votación se haría a voz cantada y el Correo y los comisarios locales colaborarían en el robo y cambio de las urnas. Con todo, corría el rumor de que el presidente de la nación no confiaba en la fidelidad del candidato del partido:

           - Nos volverá locos a todos en el momento menos pensado –confesaba a sus íntimos-. No lo quiero en el Congreso. Encárguense ustedes del asunto.

            La voluntad presidencial había sido trasmitida en forma secreta al comisario del pueblo, que se dijo para sus adentros:

- Entre Ponce y el presidente, me quedo con el presidente.

Hizo venir del calabozo donde tenía detenido a Filemón, conversó con él y le

- Si el doctor Ponce no llega a las elecciones del domingo, me olvido del robo de caballos y del asalto al Jockey Club, y quedamos a mano. Ya sabés que por los caballos la pena es de cinco años y por el asalto a mano armada es de otros diez. Te dejo tu 38 largo, por si te hace falta. Hasta el sábado tenés plazo. Ahora volvé al calabozo y el sábado te doy las balas.

 Para Filemón resultó fácil averiguar que el sábado a eso de las diez de la noche, hora reservada exclusivamente por la regenta del prostíbulo local para los gobernantes y funcionarios, pasaría el doctor Ponce en su Ford T.

Escondido en  el sitio escogido para la emboscada, esperó con paciencia en el matorral. Nadie lo había visto llegar y ocultarse. El atraco se presentaba más sencillo de lo pensado. Pero como el miedo no es zonzo, una duda le martillaba en la cabeza: ¿y si el candidato venía acompañado de un guardaespaldas? Entonces no será uno sino dos, reflexionó, de modo que lo dejó librado al azar.

- ¿Qué tenés para matarlo? –le había dicho su hermano-. ¿No sabés acaso que vivimos de su plata?

La explicación no se hizo esperar:

- El comisario me prometió perdonarme el robo de los caballos y el asalto al Jockey si lo hago.

- ¿Estás seguro de que no me mientes?

- Te lo juro por esta cruz, hermano –contestó cruzando los dedos índices de sus manos y besándolos .- Son quince años.

- Imbécil, nunca aprenderás a vivir. ¿A  tu edad todavía crees en los Reyes Magos?  Te matará ni bien cumplas el pedido para que no queden testigos.

Filemón sintió vergüenza ante el razonamiento de su hermano y se quedó sin palabras para justificarse. En su aturdimiento, alcanzó a oír:

-Ahora dame el revólver y andá a esconderte en la casa del compadre Ramón y no salgas hasta que yo te avise.

Filemón puso el arma en manos de su hermano Sarratea, se arrastró sin hacer ruido por entre las matas y desapareció. El taita lo guardó entre sus ropas y se dirigió parsimonioso hacia el automóvil del caudillo. El doctor Ponce era para Sarratea su salvador y amigo. En dos ocasiones lo había librado de la cárcel por homicidio en asuntos de polleras.

- ¿Qué pasa, Sarratea? ¿Con quién hablabas?

El guardaespaldas no respondió. Súbitamente extrajo de entre sus ropas la Colt que siempre llevaba consigo y apuntando al pecho de su protector, le dijo:

- Discúlpeme, doctor Ponce. Lo hago porque mi viejita no aguantaría la muerte de su hijo menor. Yo, en cambio, ya estoy jugado en la vida.

Dio vuelta la cara para no ver la cara de su protector y descargó su pistola.

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15/02/2009 09:58 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL PERRITO JAPONÉS

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              Se llamaba Tomodata y era de oficio mecánico, muy aficionado a la construcción de juguetes. Entre sus méritos contaba con la invención de una muñeca que suspiraba y exhalaba un perfume de rosas cuando se le oprimía el pecho. Sin embargo, su obra cayó en el olvido cuando en los Estados Unidos apareció la grácil figurilla de Barbie con su acompañamiento de vestidos, casa y enseres domésticos.

            Esto le sucedió a fines del siglo pasado, cuando todavía se creía que las cosas inanimadas no pensaban. Llegó entonces la electrónica del brazo con la cibernética y sus deslumbrantes promesas, y adiós a los juguetes con engranajes y baterías, movidos por la voluntad de sus dueños. Tomodata se propuso entonces idear una mascota que pudiera resolver los problemas del exterior con criterio propio

             Se inclinó por los caninos, inspirado en su inseparable perrita Tuigi que lo acompañaba paciente y sumisa en sus interminables horas de trabajo, extendida a sus pies  del hocico a la cola. Por momentos giraba la cabeza a uno y otro lado y levantaba las orejas tratando de interpretar a la distancia cualquier sonido errabundo, o husmeaba cuanto insecto minúsculo le pasaba por delante. Miraba luego a su amo indicándole que no había peligro a su alrededor, para volver finalmente a su posición inicial y dormitar hasta la aparición del próximo sonido o intruso desconocido. Satisfacía su hambre con las escasas migajas que caían al piso del emparedado de queso de su señor y resistía a la sed y demás necesidades hasta que Tomodata se levantaba de su silla y salía al jardín a tomar un poco de aire fresco y tonificar su imaginación. Siempre a su pies, más de una noche la pasó sin comer por olvido del laborioso mecánico.

              En su empeño de lograr un perrito lo más acabado posible, Tomodata asistió a exposiciones en todo el país, aprendió inglés para leer manuales traídos de América y mantuvo correspondencia epistolar con algunos cerebros del Silicon Valley de California, paraíso de la cibernética. Se rumoreaba que el mismísimo Bill Gates le había enviado una tarjeta postal de fin de año animándolo en su proyecto y que un descendiente de Edison lo había distinguido con el aporte de una copia de las memorias íntimas de su abuelo sobre los secretos del arte de inventar.

              No le sirvió de mucho que digamos, pues la fórmula consistía el olvidarse de las ideas aprendidas y poner en su lugar otras nuevas y diferentes. ¡Vaya novedad!, pensó. Si al menos me hubiera indicado dónde encontrar una idea novedosa. Es como la explicación que Miguel Ángel dio en su época sobre el arte de esculpir: sacarle a un bloque de mármol lo que sobra de la figura que pretendemos lograr. La historia de una famosa muñeca china tampoco le resultó provechosa, porque su inventor tenía que meter la mano para hacerla acostarse, sentarse en una silla o arrodillarse a rezar al Gran Dragón.

En la ilusión de Tomodata su perrito tendría que ser capaz de darse cuenta de todo problema y resolverlo por sí mismo. No sabría decir si el mecánico se habría hecho merecedor del castigo de los dioses, considerando que no pretendía un lucro económico y le bastaba con la simple satisfacción de la labor cumplida. No sabría decirlo además, porque yo no estaba en el alma del artesano y mi pobre formación religiosa no alcanzaba para discernir si su afán por las cosas de este mundo se había convertido o no en el pecado de orgullo y soberbia.

Otros varios progresos se añadieron  con el tiempo a los ya obtenidos. Su perrito electrónico movía la cola hacia arriba y la dejaba enhiesta cuando detectaba algún peligro y la meneaba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, nerviosamente, si el incógnito obstáculo resultaba ser un presunto animal enemigo. Había aprendido a tomar la comida de un plato separando la carne de cualquier añadido extraño; orientaba su cabeza con la orejas levantadas y ladraba desde la lejanía a los pájaros invasores. Su mecanismo interno era tan sutil, que había incorporado la habilidad de arrastrarse con la cola entre las patas cuando su amo lo reprendía.

El inventor llegó a sentirse satisfecho. La programación electrónica preveía casi prácticamente toda forma de reacción y comportamiento. La inteligencia artificial del perrito había llegado al increíble punto de percibir el diferente tono de los mandatos, y quedarse quieto sin responder si la voz de orden le era dada en un idioma que no fuera el japonés o el inglés.  Y como todo buen perro, no se preocupaba si su amo era rico o pobre, ni hacía distinción entre un lecho suntuario y un mísero cuchitril. Unos pasos más y su mascota estaría en condiciones de igualar al perro guardián del convento budista próximo, que permitía la entrada al recinto tanto a los monjes residentes como a los feligreses nuevos, pero gruñía y atacaba a dentelladas a cualquier polizón que se disfrazara de creyente. Pero Tomodata confiaba en que arribaría pronto a ese grado de exquisitez.

Lo probaba secretamente en todas las situaciones de vida que se imaginaba, corregía los defectos y dotaba al juguete cada vez de mayor memoria de recursos. Logró instruirlo para ponerse a cubierto cuando llovía, saltar por encima de una piedra si obstruía  su paso y caer sobre sus patas sin trastabillar. Con el tiempo el perrito aprendió también a leer el reloj. Miraba con atención el cuadrante, entornaba los párpados en actitud de pensar y levantaba una pata delantera, dos, cuatro, quince o veinticuatro veces, según fuera el momento del día. Por el momento era suficiente. En unos meses más le enseñaría a leer los minutos.

Llegó por fin el día en que Tomodata consideró que su invento había llegado a un grado casi perfecto de evolución, se sintió satisfecho, vio que su obra era buena, como el dios hebreo Yahvé, y decidió tomarse un mes de reposo, el séptimo día, y presentarlo después al público. Por consejo de un comerciante norteamericano resolvió ponerle nombre y lo bautizó Silly –sedoso-, de pronunciación casi idéntica en todas lenguas modernas, fácilmente memorizable -dos sílabas-, y acorde con la textura de la piel artificial.  Se ofrecería  en el mercado dentro de un estuche de aterciopelado, y más aún, con algunos repuestos adicionales que prolongarían la vida útil del prodigio, y sorprendentemente, con el agregado de un certificado de nacimiento.  El lanzamiento se realizaría el próximo 6 de enero del año 2000, conforme al calendario occidental, en el Kennel Club de Tokio.

El día y hora anunciados unos dos mil espectadores colmaban el anfiteatro en derredor del círculo donde Silly demostraría sus habilidades y destrezas al mundo.  Fabricantes de juguetes de todo el mundo, ingenieros electrónicos, inventores, periodistas, camarógrafos de varias cadenas de televisión, criadores de perros y cazadores de primicias aguardaban entre comentarios y discusiones al prodigio anunciado. Alguien creyó notar la presencia del superior de una orden religiosa, versado en la interpretación del Apocalipsis de San Juan, escandalizado por la posibilidad –satánica en su opinión-, de que el inventor pudiera ser en el nuevo milenio un representante del Anticristo.

Tomodata, vestido de pulcro frac negro, pantalones, camisa y corbata occidentales, con un lujoso kimono sobrepuesto a la usanza del país, hizo su aparición con su perrito dentro de una caja de cristal cubierta de un manto brilloso, destapó el contenedor, lo extrajo con ademán solemne  y lo mostró a los asistentes con los brazos en alto. Lo depositó con suavidad sobre una mesa  y le ordenó:

                 -Saluda, Silly.-  El perrito ladró dirigiendo su cabeza a uno y otro lado. Saludar al prójimo es lo más natural que puede venirle a la mente a un mortal cuando se encuentra en el camino con un semejante, pero  los eruditos saben que eso significa desearle buena salud.  Tomodata nada conocía de esta etimología y por consiguiente mucho menos su engendro mecánico, que sin embargo saludó. Un fuerte aplauso recompensó la hazaña. 

                 -Llora –fue la segunda orden.- Silly se extendió sobre su vientre en el suelo, se tapó con sus manos los ojos y a los oídos de los espectadores llegaron los sonidos de un lamento.  El llanto quita la penuria del remordimiento y descarga el dolor del corazón. Pero aunque Silly había llorado sin lágrimas, el público estalló en una estruendosa salva de aplausos. Cuando el asombro ante un portento abruma, la explicación se hace innecesaria.

Bajo el imperio de los tres mandatos siguientes, el prodigio electrónico bailó sobre sus patas traseras, saltó por encima de una cuerda horizontal y gruñó amenazante a un gato negro que le pusieron delante. Los aplausos cedieron paso a estruendosas ovaciones que atronaron el recinto.

Llegó el turno de la siguiente prueba. Un silencio de tumba se suspendió en el aire y lo puso tenso. La creciente expectativa afloró en los rostros. Tomodata se recostó en el piso apoyado sobre uno de sus brazos y de sus labios brotó la orden final:

-Si me quieres, Silly, bésame –dijo. Esta vez la orden implicaba una condición previa dependiente del servidor. Era un si subordinado a la reacción ajena, un encuentro entre la voluntad del perro y su amo. Los papeles se habían cambiado y la clave del éxito estaba en el lado opuesto.  Pudo haberle ordenado sencillamente que lo besara, pero no lo hizo.

El obediente perrito miró a su amo y no hizo movimiento alguno. Tomodata no pudo ocultar en su rostro la perplejidad, y en la vacilación, optó por insistir en su demanda. Tampoco obtuvo respuesta. ¿Acaso un mecanismo podría insubordinarse contra su creador?

El inventor transformó entonces su exhortación en un tonante imperativo que cruzó el anfiteatro como un atronador relámpago. Su ímpetu espontáneo no tenía explicación posible, puesto que un grito no puede acrecentar la razón de un pensamiento.

-¡Bésame!

Ante el asombro o quizás el desencanto del público, el autómata Silly se mantuvo inmutable.

De pronto, se vio salir corriendo de entre el público a su  perrita Tuigi, ladrando a los saltos y agitando como bandera su cola,

acercarse a su amo, y lamerle gozosamente su boca.

Estas cosas no suceden, pero debieran suceder.

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06/02/2009 19:36 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

CAMPEONATO DE SUICIDIOS

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     En estos tiempos en que todos o casi todos coincidimos en que los hombres nacemos a la vida con iguales derechos, llama la atención que mientras por un lado se proclama a todo viento esa igualdad, por otro se realizan competencias en el norte y en el sur, en el este y el oeste, para decidir quién es el mejor de los iguales. Esta incongruencia puede imputarse en la cuenta de los organizadores y de los participantes. Los primeros vaya uno a saber por qué causa, aunque hay razones para suponer que son el espacio de poder y notoriedad, mezclados con el dinero. Los segundos, porque en las competencias se ganan fortunas, se obtienen privilegios fotográficos, de promoción y de popularidad,  y muchos más, pero fundamentalmente porque el placer de ser mejor que el otro, de vencerlo y superarlo,  parece brindar una gratificación inmensa. Se diría –si no se oponen los psicólogos- que este impulso de triunfar forma parta de la naturaleza humana, como el apetito, la sed, y el sentido del dolor.

     Mientras los psicólogos discuten el problema, el mínimo conocimiento histórico permite comprobar la existencia de la oposición o lucha entre los hombres por lograr y ostentar la supremacía. Los combates de los samurai japoneses, las olimpíadas de los griegos, los espectáculos circenses de los romanos, los torneos de los caballeros medievales, las juegos olímpicos modernos, los concursos mundiales de belleza, los campeonatos nacionales, continentales y mundiales de fútbol, en fin, son algunos de los más notorios. Faltan que se instauren las competencias opuestas, las de los peores, que llegarán algún día, porque ser el peor de todos es también una manera de ser el único, y a buen seguro habrá fotografías, primeras planas en  las revistas, dinero en efectivo y otros privilegios. ¿Qué tal un campeonato de los más feos, de los más gordos, de las más descocadas, de los más criminales? Ya vendrán, todo es cuestión de tener paciencia y no desesperar en este siglo XXI donde nada es improbable. Si mis cocimientos no me traicionan, creo que los indios  no han caído en esa incongruencia, porque no se han registrado competencias de fakires en lechos de clavos,  de ascetas en oración, ni de encantadores de serpientes. 

     Sin remontarnos a la respetable antigüedad, nos consta que casi toda cultura o pueblo cultiva alguna especie de competencia: carreras de embolsados, camareros de café con bandejas cargadas, lanzamiento de objetos a la mayor distancia, ingestión de hamburguesas o salchichas, subida a palos engrasados, incrementados ahora con saltos en paracaídas desde la mayor o menor altura posible, inmersión en aguas sin respiradores, longevidad, procreación de hijos, natación submarina entre cardúmenes de tiburones, duración de abrazos y besos, y es de esperar, número de divorcios y de adulterios. La modernidad no respeta ni siquiera a los niños, dado que los hace competir en duración de los llantos, menor edad en caminar sin caerse, rapidez en los cálculos aritméticos mentales, y así etcétera.

     Las formas de competencia proliferan escandalosamente. No contentos los humanos con competir entre sí, han tenido la ingeniosidad de involucrar en sus desvaríos a los animales. Hoy puede asistirse a carreras caballos, de perros, de pulgas, de cóndores, de belleza entre mascotas caninas, sin que los espectadores se inmuten.

     Frente a estos hechos, alguien podría pensar que en esto de ser el ganador, la civilización ha llegado al límite. Ingenuo error. Faltaría en mi opinión otro campeonato, el campeonato de suicidios. Me lo imagino así. Un comité organizador convoca a los interesados a un campeonato de suicidios, con inscripción gratuita y un premio de 1.000.000 de dólares. Cada aspirante debe entregar en ese momento un sobre cerrado y lacrado con el nombre de beneficiario. Precio de entrada para los 100.000 espectadores, 2.000 dólares. Total de ingresos, 200.000.000 de dólares. Menos 5.000.000 de gastos organizativos y 1.000.000 para el premiado, da un beneficio bruto de 194.000.000.

      El día anunciado, se presentan en el estadio, en un escenario apropiado, cuatro candidatos. Comienza el espectáculo y el primer sorteado saluda con su diestra al público, extrae de un bolsillo una pastilla de cianuro, la ingiere y cae muerto en segundos. Se escuchan intentos aislados de aplauso que cesan de inmediato. ¿Aplaudirlo porque ha participado o guardar silencio por respeto a su muerte? Nadie lo había pensado, ni sabía que el enfermo desahuciado por los médicos había hecho testamento el día anterior en beneficio de su pobrísima familia.

     Después de retirarse el cuerpo, una campana hace saber que le toca el turno al segundo. No se oye entre el público ni el suspiro de un gorrión. El hombre, con rostro de oriental, extrae una daga curva de entre su atuendo, se la inserta en el bajo abdomen y cae sin proferir palabra en medio de un charco de sangre. Un médico revisa el cadáver y constata su muerte, que comunica al jurado con un gesto de cabeza. Nadie sabía que era un samurai sentenciado a muerte por sus compañeros debido a un acto de cobardía.                  

     El tercero cometió el suicido sin gran espectacularidad. Extrajo una pistola de su cintura, apuntó a su corazón que tenía marcado en el pecho para no errar el disparo y pasó al otro mundo. Como en los casos anteriores, nadie conocía las razones del acto. Era un asesino serial, autor de once asesinatos, acorralado por la policía, con una sentencia segura a la cámara de gas.

     Cerraba la serie el cuarto inscripto. Se presentaba con una vestimenta promiscua, un pantalón vaquero cuidadosamente deshilachado y desteñido, una chaqueta de cuero abultada en la cintura y un turbante oriental arrollado en torno a la cabeza. Al sonar la campana indicando el momento de ejecutar el suicidio, el desconocido abrió súbitamente su chaqueta, giró su cuerpo mostrando a los asistentes una faja negra con explosivos y un dedo metido en una argolla para hacerlos explotar. A la sorpresa siguió el pánico cuando el candidato se bajó del estrado y comenzó a caminar frente a las tribunas. El espectáculo convirtióse en un pandemonio de corridas tumultuosas, alaridos  de horror, pisoteos, atropellos, con heridos y lastimados, revolcados y aplastados, mientras el prometido suicida actor caminaba con un brazo en alto como torero vencedor en la arena y se esfumaba del estadio con rumbo imprecisable.

     Nadie quedó en el recinto. Los organizadores se refugiaron en su centro de operaciones, gozosos de que la masacre no se hubiera consumado, y se apresuraron a buscar el sobre con el nombre del beneficiario. Lo abrió el presidente del comité, levantó las cejas y bajó las comisuras de los labios, mientras leía el texto: “Estúpidos.”

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28/01/2009 16:47 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

DUELO CRIOLLO

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El mulato Eusebio, con las manos apoyadas sobre el fuste de la montura y el cuerpo inclinado hacia delante, interrumpió la siesta del gaucho Cuenca con la escueta fórmula tradicional:

- Ave María Purísima.

     - Sin pecado concebida –agradeció Cuenca ratificando al mismo tiempo la fe común.

     Un diálogo de miradas, sin palabras ni pestañeos, inmovilizó la escena. Eran miradas escrutadoras en procura de un indicio revelador. 

     - Amigo –dijo el recién llegado-, estoy ofendido con usted y vengo a matarlo.

     - Si usted lo dice…

     - Nazareno era mi hermano.

     - Ajá…

     - Usted lo mató.

     - Quiso quitarme a la Manuela y tenía que escarmentarlo. Ella es mía.

     - Pues vengo a llevármela. Démela.

     Fue todo. El mulato desmontó parsimonioso . Cuenca se puso lentamente de pie. Hacía pocas semanas que Cuenca y Manuela habían llegado a orillas del río Dulce huyendo de la partida policial que los perseguía. El crimen había ocurrido delante de testigos, por culpa de la propia víctima. A Nazareno lo habían escuchado en la pulpería afirmar, entre trago y trago, que las hembras son del que las puede agarrar. Sin saberlo, había rebajo a la condición de antojo personal el texto bíblico que “no es bueno que el hombre esté solo.”

     - ¿Con qué nos divertiríamos si no los varoncitos?

     En la carrera cuadrera Nazareno había visto a la Manuela por primera vez y sus instintos habían aflorado. Pensó que su decir ingenioso y su fama de enamorador bastarían para seducirla. Pero allí estaba Cuenca, el dueño, observando en silencio el intento de despojo. Nazareno miró con desdén por encima del hombro a su oponente e insistió en su pretensión, confirmándola con un escupitajo despectivo.

     Cuenca desenvainó su facón y acabó con hombría la insolencia. Mientras secaba el acero en la suela de su bota, explicó a los testigos su razón:

     - Tuve que matarlo, no más. No se ofende así a un paisano.

     El destino lo había puesto ahora frente al hermano. Al apearse el mulato Eusebio se quitó el poncho, lo arrolló como escudo en su brazo izquierdo, y con el arma alerta, invitó a su rival:

     - Cuando guste, amigo.

      Cuenca, impasible, se debatía en sus adentros por alejar el recuerdo de la mueca mortuoria de Nazareno. Tomó a su vez el poncho, envolvió su brazo, y con el arma apretada en su puño, previno a su desafiante:

- No me obligue, mi amigo. Dos hijos muertos son mucho para una madre.

El mulato respondió:

- La mía puede parir otros dos sin llorar.

La respuesta de Cuenca no se hizo esperar:

- Siendo así, qué le vamos a hacer.

Una turbonada de polvo se levantó cubriendo los pies de los duelistas. El relampagueo de los puñales  anticipaba la inminencia de una muerte.

    La figura de la Manuela se recortó entonces en el vano de la puerta del rancho, atraída por el golpeteo de los cuchillos. Desde allí se escuchó su voz:

- No te dejes matar, Cuenca.

    Un viajero español por tierras argentinas refiere en sus memorias que ha visto morir a muchos gauchos sin una queja de dolor. Cuenca volvió a limpiar la sangre de su cuchillo en la suela de sus botas y dijo su lamento:

     - Si al menos no hubieran sido hermanos… 

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19/01/2009 18:52 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

EL PLEITO DE LAS GORDAS Y LAS FLACAS

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      De vez en cuando no viene mal repasar los textos que alguna vez hemos leído y sobreviven empolvados en los estantes de nuestra memoria. Digo más aún, es necesario hacerlo para no caer en transgresiones por olvido y provocar daños a nuestros semejantes. Revisando por ejemplo la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948) y la Convención Americana sobre Derechos Humanos (1978) que la complementa en el área de América, descubro que por olvido muchas personas están transgrediendo un derecho, como lo es el de que todos los seres humanos tienen a ser reconocidos y respetados “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma,   religión, opinión política o de cualquier otra índole.”

     En efecto, entre mujeres y hombres no debe haber ninguna distinción, pese a que la imprecisión del corte entre lo femenino y lo masculino no ha alcanzado todavía un grado satisfactorio y emergen a menudo rebrotes de feminismo y de machismo, sin contar con que hay varones feministas y mujeres machistas.

     En cierta república sudamericana caracterizada por estar siempre en desacuerdo con alguien o con algo, se ha promovido últimamente una discordia inesperada. Dentro de la especie misma de las mujeres, un sector, el de las gordas, o mejor el de las obesas para decirlo en lenguaje científico, ha creado una organización no gubernamental en defensa de su derecho a la gordura, violado a su entender por el auge de las delgadas en la televisión y por la exclusión de toda gorda de los concursos internacionales de belleza.

    La querella lleva ya cinco años en el tapete, con intensidad alternativa, pues en pleno verano las flacas ostentan a todo viento sus cuerpos gráciles y estilizados aprovechando que las gordas no pueden hacerlo porque el calor las abruma  y la estética se les opone. En invierno, en cambio, las gordas se esconden en vestiduras amplias y así algo aprovechan de la vida,  al paso que las flacuchas se ven forzadas a envolverse en pieles, bufandas y gorros sin poder exhibir sus excelencias corporales. De todos modos, el problema de la diferenciación subsiste y las leyes de los derechos humanos no se cumplen.

     En el caos de opiniones, el presidente decidió convocar  a su despacho a cinco de los juristas más afamados de La Haya para que lo asesoraran en la toma de decisión. Quedó pasmado de asombro cuando se encontró con que tres eran mujeres, dos gordas y una magra. Las dos gruesas sacaron de su error al presidente asegurándole que no era cierto que por cada siete mujeres gordas hubiera otras siete flacas, como en el caso de las siete vacas gordas y las siete flacas que postulan los economistas. La tercera de las mujeres, una letona desmirriada, enteca y enjuta, opinó que el invocado problema era inexistente, puesto que se es gorda hasta los setenta años y flaca desde los setenta en adelante, debido a que la naturaleza se encarga de desengordar a las grasosas hasta emparejarlas con las raquíticas.  Según era de esperar, ni fu ni fa.

     El presidente, que se regía por el principio chino de que la verdad está siempre en el medio, razonó que las dos gordas hablaban como gordas, y la flaca lo hacía como flaca, y que no existía un término medio entre dos y uno. Haciendo entonces gala de su vocación democrática, estimó que para dirimir el conflicto lo mejor era entrevistar a la representante de la Liga de la Gordura en primer término, y luego a la delegada de la Liga de la Flacura.      

     Ambas expusieron sus argumentos al presidente y responsabilizaron a personas e instituciones a diestra y siniestra, a la UNESCO, a la Convención de San José de Costa Rica, a la CIA, al Fondo Monetario Internacional, a la Reserva Federal, al Consenso de Washington, al catolicismo, al judaísmo, a los musulmanes, a Fidel Castro, a Bush, a Condolezza Rice, a Bin Laden, a Soros, a Greenspan, a los fabricantes de lácteos, a los productores de azúcar, a los laboratorios medicinales, a los entrenadores personales, a lo criadores de cerdos, a las empresas aceiteras, a los fabricantes de dulces y golosinas, a los inventores de regímenes dietéticos. Nadie, ni el Creador se salvó de la queja, por no haber previsto en su plan de salvación beatífica un paraíso especial unificado para las féminas .

     El presidente, aturdido entre los cientos de alegatos, razonó: “Pero yo no estoy para hacer bien lo que el Creador hizo mal”. Pidió una tregua de cinco días corridos para 

dictaminar, sin darse cuenta de que si el juez es ignorante, no puede saber cuál de los litigantes tiene la razón.  Recordó un caso que uno de sus consejeros le había referido hacía años, en el que un monarca de la China debía decidir cuál de dos mujeres que se disputaban la maternidad de un infante era la verdadera. Sentenció que se cortara al niño en dos y se le diera a cada peticionante una mitad. La madre auténtica gritó de dolor y renunció al niño antes de que lo dividieran, al tiempo que la segunda permanecía indiferente. Comprendió que el ejemplo no le servía puesto que no había un tercero en disputa y no podía tampoco dar a la gruesa la mitad de la fina y a la fina la mitad de la gruesa. ¿Qué hacer en la encrucijada?

      No le quedaban sino dos soluciones, enflaquecer a las gordas o engordar a las flacas. No tuvo que devanarse mucho los sesos para entender que una cosa barata es más conveniente al gobierno que otra cara; las esqueléticas son muchísimas menos que las regordetas y economizaría un vagón de billetes subsidiando a las primeras antes que a las segundas, con el agregado de que la adiposidad no se soluciona, y si se logra, retorna al poco tiempo. Que las burbujas la eliminan, que el jugo de naranjas es altamente eficaz, que caminar diez minutos en determinado aparato gimnástico equivale a recorrer una legua, que evitar las bebidas gaseosas disminuye un kilogramo de peso por quincena, que el chocolate es el demonio engordador, son todos engaños comerciales, lobos disfrazados de corderos.   Como máximo estímulo democrático, premiaría con un cargo de ministra a la campeona del programa nacional de engordamiento.

     Todavía está en marcha el campeonato y sólo resta esperar. 

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12/01/2009 14:24 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

AUTOBIOGRAFÍA COMPUTADA

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     El asesor presidencial le indicó que debía mejorar su imagen para ganar las elecciones. El inconveniente estaba en que el candidato no tenía antecedentes propios y se hacía necesario crearlos. Le recomendó entonces que escribiera una autobiografía para difundirla  entre el pueblo. Pero ¿cómo encontrar una imagen más convincente que las ya publicadas por sus competidores? Nadie cree en los libros escritos por los políticos pues ya se sabe que los escriben periodistas a sueldo.

     Pero el asesor de Nemo Neminis era superior a los asesores ajenos y se puso en la tarea de redactarla con datos extraídos de Internet y la Wikipedia. Navegó por las enciclopedias más acreditadas de occidente y leyó las vidas de gobernantes famosos en la historia con la intención de  adaptarlas a las circunstancias de su empleador.   

     Después de diez jornadas de trabajo había extractado ya unas trescientas biografías ajenas, antiguas y modernas, una lista demasiado extensa para reproducirla íntegramente aquí. Me limitaré tan sólo a  las escogidas para el candidato Nemo Neminis por considerarlas básicas en esta especialidad.

     Como en estos tiempos lo más seductor para los votantes es prometerles riqueza, salud, sexo y poder, el asesor seleccionó una frase de Pietro Aretino, “El que es pobre es bueno” y le indicó a su cliente que castigara en el libro a los ricos y los culpara de la  pobreza ajena. Los pobres son pobres porque los ricos los han robado y yo restituiré a cada uno lo suyo, pensó. Agregó un pensamiento de Juan de Castellanos actualizado en la jerga popular. “Y si el rico defiende sus alhajas, los pobres no se duermen en las pajas.” En la nueva versión quedó  “Los ricos defienden sus campos; yo defenderé a los campesinos. A cada trabajador rural, su propio campo.”

      En el tema de la salud, el asunto se volvió más difícil. Nemo padecía de cálculos en los riñones, arritmia cardíaca y úlcera duodenal y no podía tomárselas con los médicos porque su galeno privado se ofendería. Pero algo había que prometer y se quedó con esta  modificación  de una milenaria máxima anónima: “Las enfermedades no las escogemos nosotros, nos vienen sin pedirnos permiso. Las afrontaremos y les daremos batalla hasta vencerlas. Nadie morirá de enfermedad, sino de muerte natural.”   

     El tercer tema a desarrollar se refería al sexo y aunque Nemo era machista hasta la médula de sus huesos, sabía que las mujeres también votan y había que prometerles algo. Pensó inicialmente prometer “A cada mujer un marido personal”, pero desistió ante la objeción de que si bien es cierto que las mujeres quieren tener su propio marido, no aceptarían que se los eligiera el Estado. Razonó además que los homosexuales no tendrían que ofenderse y que en realidad las mujeres no tenían gran necesidad del apoyo del gobierno pues en esta elección materia se las arreglan bastante bien solas. Él mismo tenía su propia pareja y no podría ocultarlo, de modo que era mejor alejarse del tema del matrimonio y abordar a las mujeres por otro lado. El de la maternidad era la solución, aunque el problema de la esterilidad, la concepción in vitro, las madres sustitutas y demás materias conexas lo introducirían en el campo de la bioética y lo enfrentarían con las electoras católicas y la Iglesia. ¿Entonces? Podría hacerse el distraído y pasar por alto el tema, pero como las mujeres constituían la mitad del electorado, correría el riesgo de perder su voto.

     En esa encrucijada, su asesor le recomendó prometer un poco a cada parte, que era como no prometer nada a ninguna y asunto resuelto. La solución estaba en los derechos humanos de las mujeres, reconocerlos sin amedrentar a los varones. Las ideas proliferaron a diestra y siniestra: casas de tránsito para madres solteras, leyes rápidas de adopción, pensiones para madres sin esposos, seis meses de vacaciones pagadas antes y después del parto para las obreras, asistencia psicológica para las embarazadas primerizas, salas cunas en las fábricas para dejar a los niños mientras se trabaja, enfermerías de primeros auxilios en cada población, vacaciones gratuitas para madre e hijos de padres desconocidos, y mil franquicias más. El único obstáculo era la falta de recursos.

    –En su momento lo veremos –dijo Nemo Néminis-. Si no alcanzan, no alcanzan. Para sus honorarios no faltarán. Por ahora lo importante es la autobiografía. Busque usted las ideas convincentes y un eslogan atractivo. Pasemos al tema del poder.

     –Aquí tengo disponibles varias frases de autores célebres. Hay una de Arquímedes que me gusta mucho: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

    -¡Qué buena! No me diga más. Déle una redacción popular y nacional y ya tenemos de paso la consigna para las próximas elecciones.   

     Los comicios se realizaron y Nemo Néminis ganó las elecciones con su autobiografía computada. Yo no he podido leerla y por lo tanto no podría decir si es buena o mala. De lo que sí estoy seguro, es de que el vencedor no se sintió avergonzado.

                                         

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28/12/2008 19:04 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

AMBROSIO PAREDES ME DICEN

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     Se llamaba realmente Nemesio Leiva, pero sólo de día, porque de noche era Ambrosio Paredes.

     Cada hecho tiene su escenario propio para suceder. En lugares de iluminación profusa la indiscreción lumínica entorpece el fingimiento y delata los pasos furtivos. La oscuridad hipócrita favorece desde los tiempos de la candela de aceite los amores espurios y los atracos en los callejones.

     En el suburbio de Barracas, donde se asienta la espuma proletaria de obreros y artesanos abandonados por las olas atlánticas, Nemesio había aprendido gracias a su deambular callejero esta elemental verdad. El tango presumido engaña al ruedo de admiradores y apostadores los sábados y domingos por la noche,  bajo el relumbrón agonizante de las asmáticas lamparillas eléctricas. El cuchillo justificador del honor engreído ostenta su insolencia en el cinturón de los bailarines, en la espera paciente y silenciosa del desafiante que ponga en duda la valentía del  taita portador.

     Es esa lánguida frontera donde la pampa y el asfalto discuten el derecho de avanzar, Nemesio Leiva ha comprendido que su redención social requiere abrirse paso desde los   cafetines y bailongos arrabaleros hasta los cabarets del centro de la ciudad, donde las damas ricas distraen su aburrimiento conyugal en procura de un auténtico macho salvador, y donde la lenidad de las leyes y la corruptela de los vigiladores públicos hacen vista gorda al delito a cambio de un  fajo de billetes.     

     - El cuchillo es lo único que respetan los hombres –le había dicho su madre-. Si lo desenvainas, húndelo hasta el fondo.

    En su recoveco del fondo del conventillo esperaba que el traqueteo del tranvía del Bajo hubiera despertado al más remolón de los inquilinos para liquidar del todo el silencio nocturno con su sinfonía de martillazos y el canturreo de valsecitos criollos. Fungía de hojalatero alargando la vida de cacerolas y cacharros de metal con su destreza en el golpeteo y la soldadura de estaño, matizados de tanto en tanto con los resoplidos de satisfacción por los resultados obtenidos.

      Complaciente y amistoso, sus vecinos del inquilinato recogían de sus labios los buenos días prometedores, el elogio estimulante del traje o vestido recién estrenados, las felicitaciones gozosas por el premio ganado en la quiniela, cuando no el piropo zalamero que hacía sonreír ir y exagerar el balanceo de cadera de las muchachas en estado de merecer. Mas a pesar de su locuacidad reconfortante, nada ni nadie había logrado perforar la coraza de su intimidad, ni siquiera el coqueteo provocativo de la diosa del albergue al pasar delante de él en busca del agua para el puchero diario en la canilla común.

     Por las noches mudaba su vestimenta obrera apretándose dentro de un angosto pantalón de fantasía rayada, un saco de impecable negrura con ribetes blancos en las solapas y cuello, y un chambergo de ala requintada. Completaban su atuendo de valiente unos espejados zapatos de cabritilla negra y el legendario pañuelo de seda blanca con el monograma bordado A.P.  Con estos atavíos de vestuario advertía a los parroquianos del cafetín que debajo de la faja de su cintura dormitaba latente la muerte al filo de su facón.

     Para los vecinos de Barracas no pasaba de ser un presumido enamorador de hembras, último ejemplar quizás de una estirpe en extinción, despojada ya de su fama heroica y salpicada por la irreverencia burlesca de la nueva generación. Acorralado entre dos fidelidades, Nemesio Trejo se inclinaba por la heredada consigna de su madre en su lecho de muerte:

     -Sé algo, hijo mío. Nosotros no pudimos.

     Para los varones de la lunfardía, el culto del cuchillo letal venía después de Dios y del amor a la viejecita. Nuca se sabe por qué se mata, pero es algo que no se puede evitar. Forma parte del destino y sucede en el momento menos pensado, sin buscarlo, como sucede con el amor. Quien traiciona al caudillo político o infama a la mujer del prójimo se ha internado en el laberinto del cuchillo. El honor se limpia únicamente con la sangre chorreante del filo acerado.

     En los lúgubres bailongos de Nueva Pompeya, los compadritos menores abrían paso a Ambrosio Paredes cuando entraba en los locales vecinos a confirmar su fama de taita mayor, no fuera que olvidaran su nombre o buscaran sustituir su señorío. Si se anticipaba a requebrar a alguna coqueta o le indicaba con un gesto del mentón que la había escogido para la próxima pieza, el compañero de la bailarina se apresuraba a desprenderse de ella, quedarse quieto en su lugar y mirar de reojo a su competidor, sin decir esta boca es mía, tragándose el desafío. Y si algún parroquiano arrancaba los aplausos de los concurrentes por sus cortes y quebradas, Ambrosio retomaba su fama con las improvisaciones de una guitarra.

     Una noche de Carnaval de mil novecientos dieciocho, cuando el médico de guardia del Hospital Rawson le retiraba respetuoso del vientre la hoja del cuchillo y suturaba las entrañas para restañar los borbotones de sangre, intrigado por la derrota del afamado rey, se atrevió a preguntarle cautelosamente:

     -¿Y por qué no se defendió con el cuchillo que llevaba, don Ambrosio?

     - Es que soy Nemesio Leiva y no Ambrosio Paredes como me dicen, doctor. Y ese cabrón lo había presentido.

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21/12/2008 10:01 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

MATAR A SU HOMBRE

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     El tema había surgido sin premeditación, por desvío casual de la conversación. Una palabra arrastra a otra de la memoria y la controversia se produce.

     Ambos interlocutores habían aprendido a vivir en el infierno de la experiencia, donde el chirrido del tranvía ahoga las mendicidades de los menesterosos  y las proclamas de los vendedores se entretejen con las picardías verbales de los muchachos esquineros.  Lo que se puede leer puede aprenderse también mirando alrededor. Sin saberlo, uno y otro repiten en nivel vulgar, lo que pensaron en griego Platón y en latín Santo Tomás. En la barahúnda de las voces, se articulan promiscuamente los temas académicos de El Ateneo con la filosofía callejera de los malevos del arrabal:

- Ardió Troya.

- Se armó la podrida

    Con el fluir de los pensamientos, la discusión ha caído en el homicidio. Garmendia, el guapo Garmendia de Puente Alsina, sostenía que la peor vergüenza era la cobardía y que cuando tocaba desenvainar el cuchillo, había que hacerlo con la obligación moral de hundirlo hasta el mango en el vientre del desafiante. El duelo forma parte del destino varonil y no hay nada que discutir.

     ¿Es que un hombre ha de tolerar la infamia? A los quince años había hecho amistad con una imitación primordial de madera, que con el tiempo adquirió la dimensión de dos palmos de acero. Ahora, a los cuarenta y tres años, el insobornable caudillo había encallecido su alma con una obstinada premisa: el honor dormita en el filo del arma y sólo espera el momento preciso para levantarse. Y esto sucede cuando se trata de ser fiel a  su padrino político. Tres veces anteriores sus oídos habían percibido los quejidos reprimidos de las víctimas.

     El taita Lucero de Barracas al Sur difería de esta opinión. Los machos se han hecho para pelear por las mujeres. Así de sencilla la cosa. Ni la madre, ni la hermana, ni la novia ni la esposa pueden ser ofendidas sin pagar con sangre el atrevimiento. Lo demás, la premeditación, la alevosía, el ensañamiento son charlatanerías inventadas por los comisarios y los leguleyos. Le había tocado matar de un certero puntazo en el corazón en un baile de carnaval al  morocho Leguizamón, antes de darle tiempo para concluir el peor de los insultos imaginables: “Hijo de …”.

     Garmendia y Lucero, señores del malevaje en sus respectivos territorios, se respetaban entre sí. Los unía el culto a la valentía y la firme convicción de que la muerte es algo que nos sucede cuando menos se la espera, como el amor. Cumplida la fatalidad del primer homicidio, sólo resta continuarla hasta el final.  Se emparentaban como hermanos del destino.

- ¿Otra copa de ginebra, don Garmendia? –preguntó Lucero al tiempo que vertía el

licor en el vaso de su amigo.

- Si usted lo dice, con gusto, don Lucero.

     Corrió su sombrero hacia atrás, aflojó el nudo de su pañuelo de seda, al tiempo que agregaba:

- ¿Sabe, don Lucero? No sé por qué, pero usted me simpatiza.

    El pudor de su hombría le impidió explicar los demás sentimientos de su alma, de modo que calló. La parquedad de su habla formaba parte también de su persona.

     Después de agotar la botella, Lucero y Garmendia abandonaron el cafetín tomados del brazo, sin hablar. Cada uno se preguntaba en su interior si su amigo no sería el hombre que tendría que matar algún día.

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16/12/2008 17:14 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

CRISTIANO, HACÉ PUM

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Ese día, como todos, terminó en oscuridad. El hombre se ha acostumbrado ya a esta persecución de la luz y las tinieblas y la afronta sin  asombro. El gaucho Toribio Navarro, alzado contra la autoridad, aprovechaba esa pugna para conversar consigo mismo.

     Agobiado por la travesía de la planicie chaqueña, matizada aquí y allá por oportunos matorrales de espinillos, tiró de las riendas, frenó su alazán y se apeó a mascar su tasajo y matear. Retiró el apero del lomo de su caballo, lo depositó en el suelo y arrrumbó  su cuerpo  contra un algarrobo para reposar. La fricción de un palo contra una tabla seca en medio de una hojarasca aportó la lumbre para calentar el agua y ahuyentar a los pumas.

      El relumbrón mortecino del rescoldo marcó el término de su frugal sustento. Unos sorbos de ginebra y un cigarro de chala  sirvieron de puente al sueño. El pistolón en su puño le garantizaba su permanencia en el mundo de los vivos. A corta distancia, el alazán, después de pastar, se entregó al entresueño vigilante de su raza.

     Un torbellino indescifrable de taperas, paisanos, pulperías, tabas, duelos con patrullas policiales, habitaron su mente esa noche. La avalancha de imágenes sin concierto entre sí, se transformó en confusa pesadilla. Acaso una premonición gratuita ofrecida por el destino, lo preparaba para el nuevo día.

     Una mano sacudió con levedad su hombro izquierdo y lo devolvió a la vigilia. Aletargado todavía por la ensoñación que demoraba en retirarse, entreabrió los ojos y levantó la mirada. De pie, inmóvil frente a él, con el rostro de piedra inexpresiva, un indio lo observaba. Callado e inmutable, con una carabina en su diestra, botín tal vez de un malón inmisericorde, nada podía inferirse de su actitud. Desconcertado, Toribio hurgueteó en su mente alguna explicación, pero fue en vano. Nunca había vivido una experiencia similar. Le habían dicho que la muerte se presiente. Acaso habrá llegado mi hora, pensó. Se persignó sin pronunciar palabra alguna.

     El alazán del indio, en pelo y con una soga por bozal, mascullaba el cáñamo del cabezal unos metros más allá, como obediente testigo histórico de lo que estaba por suceder. Parecía remiso a participar de la escena. Sacudió la cabeza ventilando las crines, giró su inquisición de su amo al indio, como interrogándolos a ambos. Era el papel que tenía asignado.

     A la mente de Toribio asomaron los trances de su vida pasada. Desde su atalaya de guardia armado en la reducción jesuítica de San Javier había visto en cierta ocasión  una flecha guaraní abrirse paso por entre los omóplatos del padre campanero mientras tocaba a misa matutina. Apenas un tenue  quejido, casi imperceptible, había marcado el tránsito del mártir. Las embestidas de los malones indígenas lo habían confirmado en su opinión de que la revancha forma parte de las necesidades humanas. La vida, algunas veces se justifica con la muerte ajena.

     No alcanzaba ahora a discernir si estaba sereno o aterrorizado. El miedo superlativo es siempre callado y el pudor de mostrarse cobarde obra igual. Toribio se mantuvo expectante sin pretender explicarse la situación. El indio rompió el silencio alargándole el arma que traía:

   - Cristiano, hacé pum –le dijo.

   Toribio recibió el arma de su interlocutor, y sin dejar resquicio alguno que permitiera adivinar su actitud, enterró el plomo de un proyectil en el pecho de aborigen. El caballo volvió la cabeza, observó el espectáculo, lanzó un relincho al aire y continuó su tarea de comer.

    Así ha sido siempre y así seguirá siéndolo. No hay nada que explicar, y según Concolorcorvo, ni los sabios de Lima podrían hacerlo.

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08/12/2008 16:20 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

LOS FUNERALES DEL ROBOT

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Hubiera preferido titular a este artículo como el entierro de un robot, pero dado que entierro significa poner bajo tierra y con el robot muerto no hicieron eso, tuve que someterme al título que pongo.

     Empiezo por declarar que según mis conocimientos el Japón es el país actual que más confía en los robots y siente por ellos una veneración desconocida en Occidente, como en Haití por los zombies, en la India por las almas reencarnadas y en Egipto por las momias. En la Argentina no hay zombies, ni almas reencarnadas, ni momias, pero existen las “almas en pena” o sea aquellas que andan rodando de un lugar a otro porque sus cuerpos muertos no han sido enterrados todavía. Se carece, pues, de robots.

     En el Japón el mecánico Tomodata, conocido por su invención del autómata Sillo, que saludaba, lloraba, bailaba sobre sus piernas, saltaba a la cuerda, cantaba y rezaba, y no se preocupaba si era rico o pobre, estaba en el apogeo de la fama, ratificada por una tarjeta de felicitación que le había enviado el mismísimo Bill Gates animándolo en su creación. Pero como en este mundo el hombre propone y Dios dispone, sucedió lo inesperado, el autómata Sillo además de sus extraordinarias habilidades también había adquirido la de morir, y un día se murió no más.

     Tomodata, convencido hasta la médula de los huesos de que los robots suplantarían con el tiempo a los seres humanos en la faz de la tierra, lo primero que pensó fue en hibernarlo a 272 grados bajo cero, hasta que la robótica descubriera la técnica de dotar a su criatura de inmortalidad. Desistió sin embargo de este propósito porque al no saberse de qué enfermedad había muerto, se corría el peligro de complicar aún más cosas. No se tenía experiencia de cómo reaccionarían los circuitos y mecanismos plásticos y metálicos a tan baja temperatura.

     Lo más prudente, a su criterio, era organizarle un gran funeral y  depositarlo en un panteón especial. Adquirió entonces un predio de varias hectáreas cercanas a Tokio, y diseñó un cementerio exclusivo para muñecos mecánicos en todo el mundo. Hizo construir en el centro un túmulo con una cubierta de cristal transparente donde depositaría al cadáver informático. Invitó a sus colegas a concurrir con sus ingenios electrónicos a los funerales del primer robot muerto en el mundo, y obtuvo del gobierno el derecho a consagrar la ciudad como la capital mundial de los “robots.” Se consagraría con exclusividad a los robots antropomórficos, o androides, excluidos los zoomórficos y los meros artefactos móviles, sin forma humana., y que se utilizan para localizar minas y aparatos explosivos, espiar al enemigo, inspeccionar cráteres de volcanes, transportar cargas y otras tareas menores. Tampoco fueron invitados los robots simplemente biológicos, como los minúsculos que se infiltran entre las cucarachas o los muñecos meramente mecánicos con un índice intelectual inferior al de un mosquito.

     El día del funeral, se hicieron presentes los mayores ingenios de todo el orbe, encabezados por los “robots hábiles” que caminan, corren, suben y bajan escaleras, cocinan y ayudan a las amas de casa, lavan la ropa sucia, limpian los pisos con estropajos, ejecutan órdenes verbales y hasta orinan y defecan. Marchaban cabizbajos y sollozantes, a paso lento y fúnebre, en columnas y filas ordenadas como en un desfile militar.

     Separados por una distancia diferenciadora, venían los “robots intelectuales”, reconocidos por su capacidad mental excepcional, ejecutores de obras reservadas a los genios, sacar instantáneamente la raíz cuadrada de cualquier número, traducir lenguas, clasificar fósiles de dinosaurios y otras excelencias del pensamiento, hasta la fabulosa de inventar otros robots.

     En tercer lugar marchaban los “robots artísticos”, famosos por su capacidad de pintar cuadros, componer canciones, crear coreografías, incluso la de escribir poemas. Traían impresos en sus pechos los nombres de los artistas humanos superados, Biogogh, Cervantic, Vincivic, y otros. En sus testas lucían coronas de laureles y desfilaban erguidos, quizás también apesadumbrados, pero orgullosos al fin.

     El cuarto lugar le había sido denegado a los “robots suicidas”, que pretendieron aparecer encapuchados y con sus armas y explosivos, para evitar conflictos ideológicos entre los países fabricantes.          

     Al final de la caravana, rodeado de una docena de ingenios tocadores de harpas, marchaban los “robots místicos” portando el ataúd del fallecido. Cerraba el cortejo llorando a toda lágrima Tomodata. Depositaron el cuerpo a la espera de una próxima resurrección en el túmulo de cristal  y hombres y androides se dispersaron.

    Como se estila este tercer milenio, Tomodata ofreció a los periodistas una conferencia de prensa.     

    - Señor Tomodata, ¿de qué falleció su robot?

    - No lo sé todavía, hay que investigarlo.

    - Pero ¿podría decirnos al menos cómo fueron sus últimos momentos?

    - Eso sí. Estaba rezando y le pidió a Dios que le dejara ver la cara. El Padre le respondió “Sube y me verás”. Mi hijo androide quiso hacerlo, se puso de pie y cayó al suelo. Eso es todo, señores periodistas, muchas gracias.

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16/11/2008 22:12 Autor: CARLOS A. LOPRETE. Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.

MEMORIAS DE UN TIGRE

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               Tendría un mes, no más, cuando comencé a darme cuenta de que la piel de mi mamá no tenía pelaje como el mío. El de ella era corto, de color ocre subido y uniforme, en tanto el mío era gris amarillento con rayas negras, suave como un plumón. Éramos dos hermanos semejantes, entre otros seis diferentes que se atropellaban unos con otros sobre las ubres maternas para alimentarse, mientras que yo y mi igual  hurgábamos entre ellos para conseguir un lugar entre los pezones. Los hijos legítimos, amontonados y atropellados,  sólo accedieron a cedernos un sitio cuando comprobaron en sus pellejos que teníamos uñas filosas en los extremos de las patas.

            Una mañana un guardián del zoológico se llevó a mi hermano. Me quedé solo en el chiquero, entre esos animales extraños y opté por resignarme. Otro día vinieron a vernos a mi mamá o a mí, no sabría decirlo, los chicos de una escuela con su maestra, un fotógrafo y un camarógrafo de televisión. El director del zoológico, un veterinario mediático, medio barbudo y con chaquetilla blanca, me tomó en sus manos, me acarició y arrulló en su seno y hasta me dio un beso para demostrar su cariño. Explicó a los visitantes  quién era yo y pidió a los escolares que entregaran un papelito con el nombre que quisieran ponerme. Después del concurso que duró un mes, resultó que vine a llamarme Jim, como el niño indio de una novela, en vez de Boby (nombre de perro), Falucho (soldado de la guerra de la independencia), Facundo (caudillo argentino del siglo XIX apodado el Tigre de los Llanos) o Mickey (ya había un ratón famoso con ese nombre).

           A las semanas vine a saber que mi padre había sido un cuadrúpedo carnicero de Birmania y se mandó a mudar a la selva por su instinto de polígamo, dejando a mi madre abandonada, que a las semanas murió de tristeza o neumonía, no pude saberlo bien. Por ese entonces privaba en el mundo la moda de la solidaridad, y acorde con sus principios, el director del zoológico asiático nos había obsequiado al de Buenos Aires junto con mi hermano. Éste nos aceptó sin tener madre que nos amamantara. Nos encerró en un corral con una obesa chancha cordobesa que nos dio leche sin darse cuenta de que éramos unos intrusos, aunque cada tanto nos miraba de reojo, vaya uno a saber por qué razón.

     Yo me cuidaba muy bien de ocultar a la chancha mi extranjería procurando succionar sus mamas sin lastimarla con mis filosos dientes. De este modo, en un mes engordé con su leche al doble de mi peso. Tengo fundadas sospechas de que como el presupuesto del director apenas  alcanzaba para alimentar a los animales nacionales, el funcionario había decidido sacarse de encima a mi hermano y a mí. Mi hermanito fue canjeado a un gobernador de provincia por una montura criolla, un mate y una bombilla de plata labrada,  mientras yo fui a parar a manos del ministro de agricultura y ganadería, cuya esposa coleccionaba mascotas exóticas en la parte posterior de su residencia. Allí conviví entre papagayos del Caribe, monos tití del Paraguay, avestruces del África, gatos de Persia, una perra de Terranova y otros animales forasteros.

          El director del zoológico ascendió a secretario de comercio exterior y la esposa del ministro se lucía mostrándome a sus amistades, acariciándome, besándome en la boca sin temor y narrando a sus huéspedes lecciones de ciencias naturales aprendidas de apuro en la enciclopedia Espasa Calpe. “El nombre tigre proviene del latín tigris y no se puede cabalgar sobre este animal, porque una vez que se subió a su lomo, si se desmonta lo ataca, como dicen los brahmanes –comentó con prestada erudición la anfitriona. En una recepción de Nochebuena me sacó a relucir en el salón y me pasó de mano en mano para que me palparan. Hastiado de tanto manoseo, a una de ellas engalanada con una estola de tigre auténtico, le olí mi raza en la prenda y en un arranque instintivo le arañé las mejillas y le  mordí un labio. Me arrojó furiosa al suelo y de un puntapié me estrelló contra la pared. Las dos hijitas de la dueña de casa aparecieron a la carrera cuando oyeron mis aullidos de dolor, me recogieron, me consolaron con abrazos y besuqueos, y la mayorcita masculló a su hermana su repudio mediante una reminiscencia televisiva: “Vieja hucha, lo patea porque no es el tigre de la Esso”.

           Cuando me hice más grande, los animales comenzaron a alejarse de mí. Los avestruces me miraban con desconfianza desde un rincón, las gallinas me sobrevolaban al trasladarse, los gatos monteses me olfateaban  extrañados desde lejos al ver a tan extraño pariente,  los perros se aproximaban cautelosos desde atrás con la cola entre las patas y el guardián me arrojaba la comida desde detrás del alambrado. Yo la comía porque tenía hambre, pero la carne vacuna  no era de mi agrado y necesitaba otra clase de carne. Comprobé así que esos animales eran racistas, aunque se cuidaban de dar a conocer sus ideas. Me pusieron una gruesa cadena por collar y me sacaban a pasear atado. Poco a poco fui perdiendo la paciencia con los transeúntes que me tiraban de la cola, me hacían muecas con las manos pegadas a las orejas,  me provocaban con gritos, me arrojaban  caramelos y golosinas ajenas a mi paladar, cuando no palos y piedras pequeñas. En la plaza hombres, mujeres y niños me miraban ansiosos de que bostezara y mostrara mis colmillos. Yo los miraba aburrido, y entre bostezo y bostezo, arrojaba al aire un mugido que los entusiasmaba. En una ocasión en que los observadores se agruparon en exceso, se acercó un policía uniformado para saber qué pasaba, pero cuando lo vi cerca  con rostro de disgusto, de un zarpazo le arranqué el silbato de la mano. Fue el acabóse de mi felicidad. El comisario llamó a su despacho a mi patrona y le indicó que debía desprenderse de mí.

         El ministro de agricultura y ganadería preguntó entonces a su consorte:

         -¿Qué hacemos con el tigre? Los chicos lo extrañarán, pero no podemos correr el riesgo de que hiera a una persona. La noticia saldría en todos los diarios y pondría en peligro mi carrera política.

         - Podríamos enviárselo al rey de Etiopía y de paso, hacemos confraternidad.

-                                        - Imposible, porque en ese país hay millones. Sería como enviarle un naranjo al presidente del Paraguay.

         Entretanto el matrimonio debatía mi destino, la casualidad quiso entonces que un circo norteamericano, el Barnum Brothers, anunciara a todo cartel que a la semana siguiente abriría sus puertas durante doce días en una jira de espectáculos procedente del Uruguay. Repetidos desfiles de animales enjaulados precedidos por una banda de música, el director montado en el lomo de un elefante enjaezado como príncipe oriental, una bandada de payasos revoloteando y haciendo piruetas y malabares, llamó la atención de los vecinos. Una idea brillante se filtró en la mente del ministro. Envió reservadamente  a su secretario privado  para que me ofreciera en venta o en canje, según fuera su preferencia, con tal de sacarme de la ciudad. El director vino a verme una mañana muy temprano acompañado de su domador mayor, quien me azuzó con su látigo, me obligó a treparme a unos cajones altos, me pinchó las nalgas, me hizo abrir la boca amenazándome con una tea encendida y comentó a su patrón:

        - Es de buena raza, pero medio caprichoso. Pero yo me encargaré de amaestrarlo. Por algo nos hizo Dios inteligentes a los hombres

       Eso sí, discutieron  y mucho la transacción. El ministro pretendía dinero, el director del circo un canje. Acordaron al final que darían por mí dos mil dólares en efectivo y a la mano, sin recibo, y una pareja de pavos reales asiáticos con colas de vistosas plumas verdes y visos de azul y oro, para exhibirlos en el aviario del zoológico, sin peligro para los cuidadores ni gastos excesivos en la manutención.

        - De acuerdo –dijo el ministro-. Pero mándemelos  más bien a mi casa que yo me encargaré de entregarlos.

         Mi vida en el circo fue una serie de tragedias y sufrimientos. Una vez me quemé la cola al saltar a través de un aro encendido, otra casi pierdo un ojo por un golpe de vara del domador en una sesión de entrenamiento. El otra oportunidad, estuve rengo de la pata trasera izquierda durante quince días  debido a una caída del trapecio.  De la comida ni hablar. Apenas unos kilos de carne podrida o de animal muerto, porque me resistía a ingerir como alimento mezclas comerciales para gatos. Yo temblaba cuando se moría algún animal, porque sabía que iría a parar a mi estómago. Cuando se murió el hipopótamo, me indigesté con su carne grasienta, que con gran sacrifico tuve que comer durante dios semanas. A mi entrenador lo tenía entre ojos, dispuesto a pegarle un zarpazo en la cara y dejarlo tuerto hasta el fin de sus días, pero el muy cochino era tan cobardón que nunca se me acercó a menos de ocho metros de distancia y protegido por un escudo portátil y tres ayudantes con tridentes.

        A todo esto, ya había crecido y madurado en mis gustos y experiencia de los hombres. Dejé de ser un tigrecito mascota para convertirme en un tigre hecho y derecho, con todas las de la ley. Si alguien me atacaba, seguro que acababa entre mis garras y mis colmillos y en una cama del hospital. Entre los peones del circo me hice fama de peligroso y ellos trataban de no pasar cerca de mí. Es una bestia asesina –decían-. Un empleado correntino era la excepción. Con más amor propio que una reina universal de belleza, se mofaba del temor de sus compañeros. Para demostrar su valentía apostó un día a que me enfrentaría. Mejor no lo hubiera hecho. Se metió en la jaula con un poncho en la mano izquierda para defenderse, una red y una horquilla como gladiador romano, y me desafió. Le advertí con un rugido que no se me acercara, pero el estúpido no me creyó. De un salto caí sobre el atrevido, quien se enredó y no le sirvieron para nada sus defensas. En menos de medio minuto desafiante estaba a los gritos en el suelo y yo le hubiera arrancado un brazo si el capataz no me dispara dos balazos que por fortuna no me tocaron.

        Sólo sentía cariño por los niños y los respetaba, a menos de que alguno tuviera la ocurrencia de acercarse a mi jaula y me arrojara una pedrada o me pinchara con una vara. Seguía soñando con la carne de venado. Algo interior me decía que ése era el plato preferido de nosotros los felinos. Naturalmente, el patrón del circo presentía mi instinto, pero no estaba en sus proyectos mandar a cazarlos a los bosques del sur para darme el gusto.

        No me quedaba otro recurso que escaparme y huir adonde la suerte me llevara, porque yo no conocía el mundo. Dedicaba horas enteras a planear la fuga. Ansiaba ser yo mismo, un tigre real y valiente, sin la intromisión de los hombres, para los cuales yo no era otra cosa que un instrumento para obtener ganancias.

        Como nunca falta en la vida la oportunidad de hacer una cosa, a mí también se me presentó. Un lunes de descanso del personal, al atardecer, mi cuidador, un yugoslavo perseguido por la justicia de su país, irradiando vapores de alcohol por todos los poros, coqueteaba a una trapecista con intenciones no precisadas y fanfarroneaba con su valentía. Ella, desconfiada de toda jactancia varonil, lo desafió a que entrara en mi jaula sin látigo. El muy bobo abrió la puerta y entró. Lo recibí a manotazos por todos lados y no le comí un brazo o una pierna para no perder tiempo. Aproveché la confusión y me fugué por un matorral próximo. La trapecista se desmayó en el acto sin alcanzar a proferir grito alguno y me dio el tiempo suficiente para esconderme trepado en la copa frondosa de un árbol. Me acurruqué entre las ramas superiores, hecho un ovillo, y esperé hasta la noche.

        Los vecinos, organizados en piquetes con horquillas, machetes, escopetas y pistolas salieron en  persecución mía. Los policías y bomberos, desacostumbrados a cazar bestias, lo hacían con redes y metralletas, y traían perros husmeadores que ladraban, se movían agitados de un lado para otro, iban y venían  sin encontrarme. Yo había tenido la precaución de fugarme por el curso de una acequia de modo que su olfato no les servía para su propósito. Salía del agua y orinaba al borde, volvía a meterme en el riachuelo, mataba una gallina aquí y un pato allá,  de modo que los remolinos de plumas dispersas por el viento confundían sus sentidos. De noche, en la oscuridad, saltaba de rama en rama; mientras los perseguidores me olfateaban por el norte yo me hallaba por el sur. Los hombres suspendían el rastreo por la noche, temerosos de que yo los saltara por detrás y acrecentara el número de viudas y huérfanos.

        Las autoridades publicaron bandos ofreciendo dinero por mi captura, la bestia salvaje de Hircania, sin saber que Hircania estaba en Persia y yo provenía de Birmania. De todos modos, morir por morir, poco importa la nacionalidad de la víctima. A uno de los vecinos, con fama de inteligente, se le ocurrió dejar atado a un inocente cordero y a su alrededor cuatro trampas de acero. Con bastante experiencia sobre los humanos, no me dejé tentar por el cebo a pesar de la mezquina comida que tenía en el estómago.

        Sin embargo, no las tenía todas conmigo. Por arriba dominaba yo la situación, ¿pero qué sucedería cuando el hambre mi obligara a bajar a tierra? Abajo ellos son nuestros depredadores. Sabía que el cautiverio o la muerte eran mi destino fatal y sin embargo luchaba por la vida en libertad. Por momentos deseaba ser águila para volar. No tenía un dios felino para pedirle un milagro, ni estaba a mi alcance el recurso de suicidarme que usan los hombres. No entiendo por qué estoy condenado a matar para subsistir, pero no conozco otra forma de ser. Mejor están las jirafas y los monos, que se alimentan de vegetales, aunque tampoco escapan del encierro en los zoológicos.

        Llevaba ya seis días de fuga, cuando se me ocurrió una idea. De noche los vigías y centinelas tienen sueño y si llueve, se cuidan más de no mojarse que de vigilar. Una inesperada tormenta acompañada de rayos y truenos vino a darme un respiro. Me deslicé sigilosamente sin impedimento de una rama a otra, hasta que encontré un vacío para arrojarme al suelo.  Caminé toda la noche por una senda sin saber adónde iría a parar y al cabo trepé en el techo de una vivienda, me encogí debajo de un tanque de agua y esperé hecho un ovillo.

        La mañana siguiente amaneció radiante como un cristal. Sólo se escuchaba el ronquido de un helicóptero explorador, revoloteando como mariposa, con dos fusileros apuntando a uno y otro lado. Me buscaban desde el aire y terminaron por encontrarme. Sentí un disparo y una flecha pequeña con un líquido se introdujo entre mis costillas. Me dormí profundamente. No podría decir cuánto tiempo estuve dormido, pero deben de haber sido bastantes horas porque tuve varios sueños. Soñé que unos cazadores indígenas me habían atrapado haciéndome caer en un foso profundo con la entrada de ramas disimulada y  estacas puntiagudas en el fondo. Me tuvieron allí sin darme de comer hasta que extenuado y desangrado, pudieron alzarme sin peligro. Me degollaron hasta dejarme la cabeza y el cuero. Me dejaron secar al sol y después me canjearon con un explorador por dos botellones de licor y un rifle, quien a su vez me vendió un millonario inglés. Convertido en alfombra, yo miraba a mis nuevos propietarios sin comprender el cambio, pensando en los  años interminables que tendría que esperar hasta mi muerte definitiva.

          No podría precisar cuánto tiempo estuve dormido, pero al despertar me encontré otra vez cautivo Esta vez el encierro era distinto. Estaba en un espacio mucho mayor que el anterior, como de media manzana de superficie, bastante más abajo del piso, con unos troncos de árbol y una peñas de adorno. Una covacha con barrotes de hierro me servía para dormir.  El empleado me arrojaba la comida desde el borde y podía tomar agua de una cascada que me servía también para refrescarme los días muy calurosos. Un foso profundo y una verja de hierro me impedían cualquier nuevo intento de huir.

         Los chicos ya no me llamaban  Jim, me ponían cualquier nombre, abuelo,  mordisquito y otros para burlarse de mi vejez, ni provenía de Birmania ni de Hircania, sino que era un simple tiger asiaticus,, según rezaba en nuevo cartel. Ya no me arrojaban galletitas ni golosinas, sino latas vacías, piedras, botellas y papeles encendidos para hacerme salir de mi refugio. Molesto y avergonzado yo salía de vez en cuando, me dejaba observar unos minutos, lanzaba un rugido sordo y volvía a entrar desanimado y triste. Apenas me movía, no miraba a los visitantes, soportaba las bromas y burlas, y me mantenía ajeno al mundo. Tirado de costado en el suelo, con la cabeza entre las patas, sin fuerzas y aburrido, espero, espero y espero, no sabría decir qué, pero espero. Presiento que algo está por sucederme y no sé qué. Cada día que pasa soy menos yo mismo, menos que el tigre de antes. Ni el guardián me tiene respeto, hace la limpieza sin encerrarme en la guarida y hasta me empuja a escobillazos para que me corra de lugar.

        Llevo ya varios años en este cautiverio. Mis músculos se han vuelto fláccidos, mis fuerzas están debilitadas, mi voz está apagada, mis colmillos ya no tienen filo y varios dientes se me han caído.

        He perdido la prestancia y las energías de antes. Me acuerdo de mis años juveniles, cuando el perfil de mi cuerpo y la elegancia de mi andar provocaban el asombro y los hombres me consideraban  un soberano del mundo animal.

       El público me mira con indiferencia. Un visitante, al verme en este estado, me señaló desdeñoso a su hijita:

      -Parece un gato en ruinas.

      Ya no me molesto ni siquiera en llamar la atención. Los caminantes prefieren a mi vecina, la pantera negra de Cambodia, de mirada acechante y tenebrosa, inmóvil en la espera del momento del salto mortal. Hace unos días le arrancó de un mordiscón la mano a un osado que se atrevió a ofrecerle una galleta por entre los barrotes.

-                                              Es curioso todo esto. Los hombres parecen respetar sólo lo que temen. No se      preocupan por las glorias pasadas y sólo admiran al triunfador del día, olvidando que el que una vez fue vez tigre, siempre será tigre.

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02/11/2008 21:45 Cuentos Breves. Tema: CUENTOS No hay comentarios. Comentar.


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